Casi corría por el pasillo cuando volvió a la casa, haciendo oidos sordos a las llamadas de Isaac, que corría trás ella.
Como hiciera Talbo, Loni no se volvió, y cuando llegó al taller, cerró la pesada puerta trás de sí, atravesando un leño para atrancarla.
_¡Loni! ¡Loni! ¿Qué ha ocurrido? ¡Abre!- gritaba Isaac golpeando con fuerza la puerta, al otro lado- ¡Déjame entrar, Loni!
Loni retrocedió, mirándo fijamente la puerta temiendo que el brujah, con su fuerza e insistencia pudiera tirarla abajo. Retrocedía como un animalillo asustado que se ve acorralado, y comenzó a volver la cabeza a un lado y a otro, buscando algo, sin saber el qué.
_ ¡Loni! ¡Déjame entrar!- gritó Isaac al otro lado. La puerta no cedía.
Loni se volvió entonces hacia el taller, sintiendo la rabia crecer en su interior, con los ojos llenos de ira.
En dos grandes zancadas, llegó hasta la escultura que tallara de Pedro, que estaba junto a la pared, y cogiéndo las alas con sendas manos, tiró con fuerza de ella hasta que consiguió tirarla al suelo, rompiéndola en pedazos con un estruendo ensordecedor.
_ ¡Loni!- gritó alarmado Isaac al escuchar el estruendo- ¿Qué estás haciendo? ¡Abre! ¡Abre, por el amor de Dios, Loni!
No respondió, corrió hasta otra estatua y la tiró al suelo, rompiendola en mil pedazos que rodaron por el suelo. Y luego otra, y otra, y otra, y el taller se convirtió en un montón de escombros.
Con un grito cargado de ira, barrió todas las herramientas de la mesa tirándolas al suelo, y volcó la mesa empujando con fuerza.
_ ¡Voy a tirar la puerta abajo!- bramó Isaac, y su potente voz se perdió en el sonido de la piedra al partise- ¡Loni!
Loni se volvió entonces hacia la puerta y gritó.
Gritó con todas sus fuerzas, inclinándo el cuerpo hacia delante para proyectar su voz, sintiendo como le ardía la garganta como si fuera a rasgarse.
Gritó y gritó en un alarido interminable, apretando los puños hasta casi hacerlos sangrar.
Un golpe sacudió la puerta y casi pareció que iba a salirse de sus goznes. Isaac había comenzado a embestirla y la madera no aguantaría.
Pero no le importaba, cogió otra escultura y la arrojó al suelo, mirando desafiante la puerta, invitándole a deternerla si se atrevía.
Pronto dejó de pensar y se abandonó al consuelo de la ira, destruyendo todo en el taller, con los ojos llameantes y los dientes apretados.
Descargó su ira a golpes contra todo lo que halló a su paso, por todo y por nada, por la sonrisa confiada de Pedro y su cadáver desgajado entre sus brazos, por la mente de Rodrigo derramándose en su mente, por el odio en los ojos de Talbo, por la mirada paternal de Isaac, por todo lo que tocaba y destruía.
"Cristo caminó solo por el desierto" dijo una voz en su mente, pero era ella, su propia voz volviéndose en su contra como un pequeño farol en medio de la tempestad.
Corrió entonces hasta la espléndida escultura que hizo de Isaac y la empujó con todas sus fuerzas hasta que se venció por su peso y cayó al suelo partiendose en pedazos.
_ ¡Yo no soy Cristo!- bramó con la voz rota, mientras todo a su alrededor se teñía de rojo, dando vueltas, todo caos y destrucción.
"Tampoco eres una bestia"
Y el tiempo se detuvo.
Todo dejó de girar. El polvo de piedra que lo llenaba todo, quedó suspendido en el aire y se hizo un repentino silencio.
Después de unos segundos que parecieron siglos, la madera cedió con un crujido e Isaac entró violentamente en la sala.
Y cuando el polvo que flotaba en el aire se depositó en el suelo, permitiéndole ver el interior, quedó clavado en el suelo.
No quedaba una sola escultura en pie.
Convertidas en escombros, ocupaban ahora el suelo del taller en pedazos irreconocibles, los muebles estaban astillados y tirados por el suelo...
No quedaba nada en pie.
Y en medio de aquella destrucción, estaba Loni.
Estaba de pie y llevaba el cabello y las ropas revueltas, y estaba cubierta de polvo de piedra y diversas heridas se cerraban en sus manos.
Estaba quieta, de pie, en medio de los escombros.
Algo en ella resultaba inquietante, pero Isaac no supo el qué.
Durante un instante no se movieron. Se observaron el uno al otro a través de la sala.
Y entonces Isaac comprendió qué le inquietaba en ella, qué le impedía caminar para acercarse.
No había locura en sus ojos. Su rostro era una perfecta máscara de serenidad.
Y en sus ojos, brillaba una fría determinación.
Y cuando habló en su mente, su voz le heló las venas.
"No quiero tu protección, quiero que me ames. Si no puedes darme eso, me marcharé."
No se había movido, no había cambiado un ápice su gesto ni su mirada, fría como el hielo.
"Pero no me marcharé todavía. Antes, me enseñarás lo que sabes para que no vuelva a necesitarte nunca más"
_ Enseñame.

23 feb 2005
22 feb 2005
Sesión Décimo Quinta: Girona
Girona no había cambiado.
Una semana después de dejar Toledo, la ciudad que había sido su refugio en tiempos turbulentos se alzaba frente a ellos. El carruaje recorrió las calles familiares y les llevó hasta casa de Menahem, donde encontraron a Pierre, que había sido mantenido con vitae por el brujah judío y que había pasado una importante crisis de ansiedad al haber perdido a su amada Loni.
Fue Isaac quien dio la noticia a Menahem: su hermano de sangre había muerto a manos de los humanos en Toledo. Para el viejo judío, fue un duro golpe, pero no tardó demasiado en plantearse encontrar un nuevo hijo para su causa.
Por su parte, Loni e Isaac se reunieron largas noches. Habían sido separados de golpe en Salou, dando lugar a las sospechas del Brujah y con los sucesos ocurridos, no habían tenido tiempo de hablar, de contar qué había ocurrido, de disipar las dudas...
De modo que trás alimentarse, se reunieron en el acogedor salón en casa de Loni, en el que habían pasado largas horas con Talbo, charlando, y cada uno a su vez, explicó los derroteros de su vida desde que se separaron hasta el reencuentro en Toledo.
Loni le explicó por qué había seguido a Ètienne (Isaac pensaba que estaba huyendo con él) y lo ocurrido en la capilla, así como su entrada en el Ordo, aunque obvió por completo el hecho de que Rodrigo volcara en su mente todos aquellos pensamientos, pues le humillaba y avergonzaba.
Le explicó lo que había descubierto sobre el Tercer Caín, aunque sin poder evitarlo, se consternaba a la mención de Pedro, y su rostro se volvía frío al recordar su muerte.
No volvió a hablar de Talbo.
Por su parte, Isaac le explicó como Talbo se había separado de él en Salou, partiendo en su búsqueda, y como él se había embarcado hacia Mallorca, cumpliendo su trato con el capadocio Xoan. Allí había comprobado como el rey Jaime, el muchacho que educó con ayuda de Miquel, se había convertido en un magnifico estratega y gobernante.
Pero habían sufrido una traición y habían sido atacados sin estar apenas preparados, ataque en el cual Isaac había resultado herido. Cuando se hubo recuperado, cerró algunos tratos con Lucrecia, su contacto, y recibió el mensaje.
Se había despertado y había visto a Loni flotándo junto a la cama. Y trás oir el mensaje, había preparado todo para la partida y había vuelto a la Península, dirigiéndose a Toledo y haciendo llegar a Talbo un mensaje para que acudiera él también en la ciudad.
Y mientras hablaban, Loni miraba a Isaac con una sonrisa en los labios, con los ojos llenos de cariño por su viejo amigo. Y él comprendió que sus dudas habían sido infundadas y que si sus sospechas le habían hecho daño, le compensaría con creces.
Pero Loni no encontró en sus ojos lo que buscaba, y trás la última noche de conversaciones, no volvió a invitar a Isaac a su casa y se encerró en el taller.
Pasaron así largas semanas sin que ni Menahem ni Isaac supieran nada de la joven toreador, que no salía de su casa, encerrada con sus herramientas. Sabían que Pierre le ayudaba para alimentarse, puesto que ella no salía a cazar jamás, y si, a cualquier hora de la noche uno pasaba en las cercanías de su casa, podía escuchar, en cualquier momento, el repiqueteo del cincel sobre la piedra.
Hasta que un día, estando Isaac cómodamente sentado en su butaca, sumergido en la lectura de los libros de leyes, tratando de regresar a sus tiempos de juez y erudito, tres golpes quedos sonaron en su puerta.
Isaac frunció el ceño, pues era muy avanzada la madrugada y faltaba poco para el amanecer, de modo que se levantó de su butaca sin cerrar el libro y fue a abrir la puerta, temeroso de que se tratara de una emergencia.
En la entrada, y con el gesto solemne, estaba Pierre.
_ Mi señora desea veros en su taller ahora .-dijo- Hay algo que desea mostraros.
Isaac asintió, intrigado y en cierto modo alegre, pues echaba de menos a su vieja amiga y le preocupaba que se hubiera encerrado para languidecer a causa de la muerte de Talbo.
Caminaron en silencio por las calles de Girona durante varios minutos, sin cruzarse con nadie en su camino, dada la hora que era. Aquí y allá se oia el sonido de la gente al despertar y moverse en la oscuridad, y tan solo en el taller del panadero había luz, y el aroma de las hogazas de pan inundaban las calles.
Al fin llegaron a casa de Loni. Del interior llegaba el eterno repiqueteo, que tan solo cesaba durante el día y en ocasiones ni siquiera entonces. Pierre no llamó a la puerta. Sacó de los pliegues de su capa un manojo de llaves y abrió, haciendo pasar a Isaac.
Encendió algunos faroles que, aunque no eran necesarios para ver, daban al hogar un aspecto acogedor, y pidió a Isaac que le acompañara. Entraron por una portezuela a la derecha del salón y bajaron unos escalones.
Allí el aire era más frío y humedo, y Pierre se frotó los brazos con energía.
Llegaron a otra puerta, de madera, y sin llamar de nuevo, entraron.
Lo primero que notaron al entrar, fue que el repiqueteo era mucho más audible allí, puesto que provenía del fondo de la gran sala, el taller de Loni, repleto de esculturas distribuidas junto a las paredes.
Una vez Isaac hubo entrado, Pierre salió de la habitación, cerrando la puerta trás de sí.
Isaac miró a su alrededor un instante: nunca había entrado en el taller y ahora le sorprendía la cantidad de figuras talladas que había allá donde posara la vista.
Junto a la puerta, y apartada de todas las demás, había una escultura.
Se trataba de un ángel que, arrodillado en el suelo, miraba al cielo con gesto de súplica, con los brazos extendidos y las enormes alas desplegadas. Casi parecía que iba a echar a volar, o que si acariciaba las plumas de sus alas, sentiría su tacto suave bajo las yemas de los dedos.
Y entonces vio el rostro y lo reconoció.
Era el muchacho que había visto en Toledo, el Tercer Caín, el muchacho que Malkav había querido poseer y que Loni, con ayuda de la extraña mujer, Layla, habían matado.
Un nombre vino a su mente.
Pedro.
Recordó el rostro desencajado de Loni cuando cuchillaba el vacío como si estuviera loca, sus lágrimas cuando sostuvo el cadaver entre sus brazos.
Quería a aquel muchacho.
Sacudió la cabeza, tratando de sacar aquellos pensamientos de su mente: aquello ya había terminado, y ahora quería olvidar.
Se adentró más en el taller, dirigiéndose hacia el lugar del que venia el repiqueteo contra la piedra.
Loni estaba allí, subida a una pequeña escalera de madera, tallando con el cincel una nueva creación. Iba vestida con un sencillo vestido de paño y un delantal, y se había recogido el cabello rubio ceniza en la nuca para que no le molestara.
Isaac observó la escultura, y no pudo reprimir una exclamación.
Tan inmortal como era por su sangre, la enorme figura de la estatua de Isaac dejó impresionado al juez.
En su mano derecha, sostenía un pesado tomo, que sin duda se trataba de un libro sagrado o de leyes, y el puño izquierdo se cerraba alrededor de la empuñadura de una espada, apoyada contra el suelo.
Su espada.
Loni estaba terminando unos detalles de la túnica con esmero.
Isaac recorrió la figura con la mirada y admiró el arte de la joven toreador: si había sido capaz de hacer todo aquello en unas pocas semanas, era realmente una maestra en aquel arte...
_ Isaac..- dijo Loni, sin volverse, sin dejar de trabajar- te esperaba.
Isaac salió de su ensimismamiento.
_ Loni, es magnífica -dijo, como si le costara articular palabra.
La mujer no se volvió, siguió trabajando.
_ Gracias... pero aun no está. ¿Me pasas la lija?- y sin volverse señaló una mesa a su espalda.
Isaac se acercó la mesa, repleta de herramientas, sin saber cual era la que tenía que coger.
_ Esa, la del mango desgastado- dijo, como si le hubiera leido el pensamiento. Isaac tomó la lija y se acercó a la escalera para tendersela.
Sin mirarle, Loni tomó la lija y pulió la filigrana con la que reproducía el bordado que tenía la túnica de Isaac, la que gustaba llevar en ocasiones importantes.
Continuó deslizando la lija unos instantes, y al fin retrocedió un instante para ver el efecto de su obra.
Satisfecha con lo que había conseguido, se volvió y depositó la lija en la mano de Isaac.
Pero no la soltó.
Le miró fijamente a los ojos hasta que pudo sumergise en ellos. Isaac estaba visiblemente emocionado, y acarició con una mano los pliegues de la túnica.
_ Es magnífica, Loni.- dijo, pero ella no le soltó la mano ni dejó de mirarle.
El tiempo se detuvo un instante, y sus ojos se clavaron los unos en los del otro, y al fin, con un suspiro, Loni soltó la mano y se volvió hacia la escultura y comenzó a repiquetear.
_ No estaba segura de cómo hacer la forma de tus cejas.- dijo. Isaac supiró aliviado y arqueó las cejas para facilitar la tarea de la artista.
Al fin y al cabo, era el modelo...
Pasarón así unos minutos más, Isaac en silencio y Loni repiqueteando con el cincel hasta que de nuevo se detuvo, bajó la escalera de madera y miró alternativamente a la estatua a Isaac.
Al fin asintió rotundamente, complacida.
_ Ya está.- dijo- está lista.
Se quitó el polvo de piedra de las manos frotándolas con el delantal. Cerró los ojos, arqueó un poco el cuello y relajó su cuerpo con un suspiro, cargado por el extasis creativo que la había embargado todo aquel tiempo.
_ Es perfecta.- dijo Isaac, agradeciéndole aquel esfuerzo- jamás me había fijado en tu tremenda habilidad.
Loni entreabrió los ojos.
_ ¿Sabes por qué lo he hecho, Isaac?- preguntó en voz baja. Isaac se acercó a la estatua, inspeccionando el libro tallado, y Loni se acercó a él por detrás, y le rodeó con sus brazos de alabastro, hundiendo el rostro en su espalda y dejando caer el cincel en el suelo con un sonido metálico, estruendoso.
Isaac sonrió y se volvió, abrazándola a su vez, como si fuera una niña pequeña, la niña pequeña y desprotegida que siempre le había parecido que era. Loni se acurrucó contra su pecho, y por un momento, el juez casi notó un latido de corazón en el pecho de la toreador.
Tratando de no dejar de sonreir, con suavidad, se deshizo del abrazo, separando su cuerpo el de Loni.
_ Cuentame -preguntó con dulzura- ¿Por qué lo has hecho?
Loni no respondió. Le miró con unos ojos llenos de comprensión y tristeza y le tomó una mano.
_ De acuerdo...- dijo con una voz que era una mezcla de determinación y lástima de si misma- Pero déjame al menos hacerte un regalo.
Isaac alzó las cejas, sorprendido.
_ Pensé que eso era lo que querías que viera-dijo, echando un vistazo a la escultura. Loni tiró de su mano.
_ Ven.
E Isaac se dejó guiar por la casa, aferrado a la mano de Loni.
Llegaron entonces a una habitación sin ventanas, con una gran cama en el medio, rodeada de velas encendidas, creando juegos de sombra que se proyectaban y danzaban por las paredes. Guiándole, le hizo sentarse en el borde de la cama, y una vez lo hubo hecho, se sentó sobre sus rodillas.
Isaac que no entendía, la miraba inseguro, sin saber si debía detener aquello para evitar cualquier malententido que lamentara después.
Loni rodeó el cuello con sus brazos y le hizo descansar la cabeza contra su pecho, meciéndolo con un movimiento rítmico y suave, casi atávico.
_ Dejate llevar-dijo en un murmullo inaudible- no te resistas...
Isaac relajó su cuerpo, siendo solo consciente de aquel movimiento, y de pronto, Loni se detuvo.
Pero antes de que tuviera oportunidad de hablar o moverse, sintió como su cuerpo era más ligero, se sintió liviano y se dio cuenta, de que estaba flotando.
Miró hacia abajo: su cuerpo sostenía a Loni en sus brazos.
_ Ven conmigo.- dijo una voz a su espalda.
Loni flotaba junto a él, varios metros por encima de la cama. Le tomó la mano y tirando de él, atravesó la pared.
Se vio entonces flotando, su espiritu casi entrelazado con el de Loni, volando bajo el cielo estrellado en cuerpos de plata, viendo su Girona natal a vista de pájaro, y de repente, una inquietud que no entendía, hizo presa en él.
Pero Loni, no parecía preocupada, y le llevó sobrevolando los campos hasta que se detuvieron en un prado. Y entonces Isaac comprendió su miedo.
Iba a amanecer.
_ Pase lo que pase.- dijo Loni-no te sueltes.
Y de pronto, como si esperara una señal, el sol apareció trás las colinas, derramando su luz por los campos y bañando todo de color. Isaac asustado abrazó a Loni y escondió el rostro contra su cuerpo, pero se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada y se volvió.
Por primera vez en treinta años, estaba viendo la luz del sol.
Deslizó la mirada por los campos de verde intenso, al cielo azul, a las flores de colores vibrantes, a los rayos del sol cada vez más intensos, según el gran astro ascendía en su camino diario.
De pronto, reparó en dos personas a algunos metros de donde ellos estaban. Una mujer y una niña.
Y dos lágrimas cayeron de sus ojos y fueron a caer al suelo.
Tal y como las recordaba en su memoria, allí estaban su esposa y su hija, con la paz dibujada en el rostro.
Quiso acercarse, tocarlas, pero tuvo miedo de romper el hechizo si se acercaba demasiado.
La mujer y la niña saludaron con la mano y sonrieron.
_ Tenemos que irnos.- dijo Loni, a su lado. Isaac negó con la cabeza, suplicante.- Donde ellas están no puedo llevarte.
_ Un momento más -murmuró, casi sin poder hablar, suplicante- solo un instante más, por favor...
_ Tenemos que irnos, Isaac.- tiró de su mano, flotándo de nuevo- Vamos.
Isaac asintió levemente y alzó la mano para despedirse de aquella ilusión. La mujer y la niña le sonrieron y le despidieron con la mano mientras se alejaba en el aire, de la mano de Loni.
Flotaron de nuevo sobre los campos hasta la ciudad, bajo el sol brillante, y volvieron a atravesar los muros de piedra, retornando a sus cuerpos.
Despertó la noche siguiente.
Seguían aferrados el uno al otro, pero ahora estaban tumbados en la cama y Loni se había encogido sobre sí misma, contra su pecho.
Isaac miró al techo, tratando de asimilar lo que había visto, lo que había ocurrido.
No olvidaría aquello jamás... Su esposa, su hija, tan felices, tan hermosas...
Aferró el vestido de Loni lleno de pena, rabia y alegría a un tiempo.
Se dio cuenta entonces de que Loni no se movía.
No había abierto los ojos y había caido dormida en el momento en que volvió a su cuerpo, agotada por el esfuerzo sobrehumano de arrancarle de su cuerpo y llevarle con ella en su viaje del alma.
Isaac la miró con ternura, lleno de agradecimiento y de cariño, y apartó un mechón de pelo que le caia sobre el rostro, besándole la frente y dejando que una lágrima de sangre cayera sobre su piel de alabastro.
Después la recostó contra su pecho y la rodeó con los brazos, haciendo firme la decisión de permanecer a su lado hasta que despertara.
Loni no despertó aquella noche, ni tampoco la siguiente, e Isaac permaneció a su lado, sentado en una butaca junto a la cama, observando aquel rostro que parecía de niña, incapaz de entender como había podido sospechar de ella.
Pierre tan solo entró una vez en la habitación, preocupado al ver que su señora no despertaba, pero al ver a Isaac velando su sueño, pareció comprender, y con un atisbo de envidia en su mirada, cerró la puerta y siguió ocupandose de la casa.
Y la tercera noche, despertó.
Estaba aún cansada, pero sobre todo, estaba infinitamente triste.
Isaac se inclinó sobre la cama y le acarició el rostro con dulzura.
Ella le miró. Sus ojos eran tristes pero mostraban determinación.
Le tomó la mano.
_ Esto fue lo último que podías querer de mí y que yo podía darte.- su voz era débil, pero entendió con amargura lo que la muchacha le decía.
Se observaron en silencio.
Oyeron pasos en el piso superior. Unos pertenecían a Pierre, ligeros y rápidos. Otros parecían mucho más pesados.
Isaac apretó la mano que sostenía la suya y habló:
_ Loni, te quiero.-dijo, mirándola a los ojos- Tu eres mi familia ahora, lo único que tengo, ahora que apenas me queda nadie.
Y en aquel preciso instante en que decía aquellas palabras, se abrió la puerta.
Y una voz dijo:
_ Sea.
Y con un golpe de una fuerza irracional, Talbo, con el rostro desencajado, sin poder creer lo que acababa de ver, cerró la puerta trás de sí, partiéndola en dos y astillandola contra el marco.
_ ¡Talbo- exclamó Loni saltando de la cama,y corrió trás él.
Sabía por qué no había atacado a Isaac: era su hermano de sangre y le respetaba demasiado.
Débil como estaba, tiró durante unos instantes de la puerta rota e impracticable hasta que consiguió abrirla y corrió trás su marido.
Talbo no se detuvo, continuó caminando con grandes zancadas, con una mochila al hombro, haciendo caso o mismo a las llamadas de su mujer, que corría trás él, débil, renqueante.
Loni le siguió por las calles, sin alcanzarle, sin que se volviera para mirarla, hasta que llegaron al río, y sin dirigirle una última mirada, Talbo se lanzó al agua y desapareció.
La joven toreador llegó a la orilla del agua segundos después de que su esposo saltara, pero ya se había desvanecido en el agua oscura.
No iba a seguirle, había decidido que ya no la necesitaba a su lado.
Y Loni, al pie del agua, con el viento agitando su cabello y el vestido arrugado que llevara tres noches antes al trabajar en el taller, le perdonó como le había perdonado cuando estaban vivos y las Voces le habían dicho que muchas mujeres esperaban su regreso.
Era hora de tomar decisiones.
Una semana después de dejar Toledo, la ciudad que había sido su refugio en tiempos turbulentos se alzaba frente a ellos. El carruaje recorrió las calles familiares y les llevó hasta casa de Menahem, donde encontraron a Pierre, que había sido mantenido con vitae por el brujah judío y que había pasado una importante crisis de ansiedad al haber perdido a su amada Loni.
Fue Isaac quien dio la noticia a Menahem: su hermano de sangre había muerto a manos de los humanos en Toledo. Para el viejo judío, fue un duro golpe, pero no tardó demasiado en plantearse encontrar un nuevo hijo para su causa.
Por su parte, Loni e Isaac se reunieron largas noches. Habían sido separados de golpe en Salou, dando lugar a las sospechas del Brujah y con los sucesos ocurridos, no habían tenido tiempo de hablar, de contar qué había ocurrido, de disipar las dudas...
De modo que trás alimentarse, se reunieron en el acogedor salón en casa de Loni, en el que habían pasado largas horas con Talbo, charlando, y cada uno a su vez, explicó los derroteros de su vida desde que se separaron hasta el reencuentro en Toledo.
Loni le explicó por qué había seguido a Ètienne (Isaac pensaba que estaba huyendo con él) y lo ocurrido en la capilla, así como su entrada en el Ordo, aunque obvió por completo el hecho de que Rodrigo volcara en su mente todos aquellos pensamientos, pues le humillaba y avergonzaba.
Le explicó lo que había descubierto sobre el Tercer Caín, aunque sin poder evitarlo, se consternaba a la mención de Pedro, y su rostro se volvía frío al recordar su muerte.
No volvió a hablar de Talbo.
Por su parte, Isaac le explicó como Talbo se había separado de él en Salou, partiendo en su búsqueda, y como él se había embarcado hacia Mallorca, cumpliendo su trato con el capadocio Xoan. Allí había comprobado como el rey Jaime, el muchacho que educó con ayuda de Miquel, se había convertido en un magnifico estratega y gobernante.
Pero habían sufrido una traición y habían sido atacados sin estar apenas preparados, ataque en el cual Isaac había resultado herido. Cuando se hubo recuperado, cerró algunos tratos con Lucrecia, su contacto, y recibió el mensaje.
Se había despertado y había visto a Loni flotándo junto a la cama. Y trás oir el mensaje, había preparado todo para la partida y había vuelto a la Península, dirigiéndose a Toledo y haciendo llegar a Talbo un mensaje para que acudiera él también en la ciudad.
Y mientras hablaban, Loni miraba a Isaac con una sonrisa en los labios, con los ojos llenos de cariño por su viejo amigo. Y él comprendió que sus dudas habían sido infundadas y que si sus sospechas le habían hecho daño, le compensaría con creces.
Pero Loni no encontró en sus ojos lo que buscaba, y trás la última noche de conversaciones, no volvió a invitar a Isaac a su casa y se encerró en el taller.
Pasaron así largas semanas sin que ni Menahem ni Isaac supieran nada de la joven toreador, que no salía de su casa, encerrada con sus herramientas. Sabían que Pierre le ayudaba para alimentarse, puesto que ella no salía a cazar jamás, y si, a cualquier hora de la noche uno pasaba en las cercanías de su casa, podía escuchar, en cualquier momento, el repiqueteo del cincel sobre la piedra.
Hasta que un día, estando Isaac cómodamente sentado en su butaca, sumergido en la lectura de los libros de leyes, tratando de regresar a sus tiempos de juez y erudito, tres golpes quedos sonaron en su puerta.
Isaac frunció el ceño, pues era muy avanzada la madrugada y faltaba poco para el amanecer, de modo que se levantó de su butaca sin cerrar el libro y fue a abrir la puerta, temeroso de que se tratara de una emergencia.
En la entrada, y con el gesto solemne, estaba Pierre.
_ Mi señora desea veros en su taller ahora .-dijo- Hay algo que desea mostraros.
Isaac asintió, intrigado y en cierto modo alegre, pues echaba de menos a su vieja amiga y le preocupaba que se hubiera encerrado para languidecer a causa de la muerte de Talbo.
Caminaron en silencio por las calles de Girona durante varios minutos, sin cruzarse con nadie en su camino, dada la hora que era. Aquí y allá se oia el sonido de la gente al despertar y moverse en la oscuridad, y tan solo en el taller del panadero había luz, y el aroma de las hogazas de pan inundaban las calles.
Al fin llegaron a casa de Loni. Del interior llegaba el eterno repiqueteo, que tan solo cesaba durante el día y en ocasiones ni siquiera entonces. Pierre no llamó a la puerta. Sacó de los pliegues de su capa un manojo de llaves y abrió, haciendo pasar a Isaac.
Encendió algunos faroles que, aunque no eran necesarios para ver, daban al hogar un aspecto acogedor, y pidió a Isaac que le acompañara. Entraron por una portezuela a la derecha del salón y bajaron unos escalones.
Allí el aire era más frío y humedo, y Pierre se frotó los brazos con energía.
Llegaron a otra puerta, de madera, y sin llamar de nuevo, entraron.
Lo primero que notaron al entrar, fue que el repiqueteo era mucho más audible allí, puesto que provenía del fondo de la gran sala, el taller de Loni, repleto de esculturas distribuidas junto a las paredes.
Una vez Isaac hubo entrado, Pierre salió de la habitación, cerrando la puerta trás de sí.
Isaac miró a su alrededor un instante: nunca había entrado en el taller y ahora le sorprendía la cantidad de figuras talladas que había allá donde posara la vista.
Junto a la puerta, y apartada de todas las demás, había una escultura.
Se trataba de un ángel que, arrodillado en el suelo, miraba al cielo con gesto de súplica, con los brazos extendidos y las enormes alas desplegadas. Casi parecía que iba a echar a volar, o que si acariciaba las plumas de sus alas, sentiría su tacto suave bajo las yemas de los dedos.
Y entonces vio el rostro y lo reconoció.
Era el muchacho que había visto en Toledo, el Tercer Caín, el muchacho que Malkav había querido poseer y que Loni, con ayuda de la extraña mujer, Layla, habían matado.
Un nombre vino a su mente.
Pedro.
Recordó el rostro desencajado de Loni cuando cuchillaba el vacío como si estuviera loca, sus lágrimas cuando sostuvo el cadaver entre sus brazos.
Quería a aquel muchacho.
Sacudió la cabeza, tratando de sacar aquellos pensamientos de su mente: aquello ya había terminado, y ahora quería olvidar.
Se adentró más en el taller, dirigiéndose hacia el lugar del que venia el repiqueteo contra la piedra.
Loni estaba allí, subida a una pequeña escalera de madera, tallando con el cincel una nueva creación. Iba vestida con un sencillo vestido de paño y un delantal, y se había recogido el cabello rubio ceniza en la nuca para que no le molestara.
Isaac observó la escultura, y no pudo reprimir una exclamación.
Tan inmortal como era por su sangre, la enorme figura de la estatua de Isaac dejó impresionado al juez.
En su mano derecha, sostenía un pesado tomo, que sin duda se trataba de un libro sagrado o de leyes, y el puño izquierdo se cerraba alrededor de la empuñadura de una espada, apoyada contra el suelo.
Su espada.
Loni estaba terminando unos detalles de la túnica con esmero.
Isaac recorrió la figura con la mirada y admiró el arte de la joven toreador: si había sido capaz de hacer todo aquello en unas pocas semanas, era realmente una maestra en aquel arte...
_ Isaac..- dijo Loni, sin volverse, sin dejar de trabajar- te esperaba.
Isaac salió de su ensimismamiento.
_ Loni, es magnífica -dijo, como si le costara articular palabra.
La mujer no se volvió, siguió trabajando.
_ Gracias... pero aun no está. ¿Me pasas la lija?- y sin volverse señaló una mesa a su espalda.
Isaac se acercó la mesa, repleta de herramientas, sin saber cual era la que tenía que coger.
_ Esa, la del mango desgastado- dijo, como si le hubiera leido el pensamiento. Isaac tomó la lija y se acercó a la escalera para tendersela.
Sin mirarle, Loni tomó la lija y pulió la filigrana con la que reproducía el bordado que tenía la túnica de Isaac, la que gustaba llevar en ocasiones importantes.
Continuó deslizando la lija unos instantes, y al fin retrocedió un instante para ver el efecto de su obra.
Satisfecha con lo que había conseguido, se volvió y depositó la lija en la mano de Isaac.
Pero no la soltó.
Le miró fijamente a los ojos hasta que pudo sumergise en ellos. Isaac estaba visiblemente emocionado, y acarició con una mano los pliegues de la túnica.
_ Es magnífica, Loni.- dijo, pero ella no le soltó la mano ni dejó de mirarle.
El tiempo se detuvo un instante, y sus ojos se clavaron los unos en los del otro, y al fin, con un suspiro, Loni soltó la mano y se volvió hacia la escultura y comenzó a repiquetear.
_ No estaba segura de cómo hacer la forma de tus cejas.- dijo. Isaac supiró aliviado y arqueó las cejas para facilitar la tarea de la artista.
Al fin y al cabo, era el modelo...
Pasarón así unos minutos más, Isaac en silencio y Loni repiqueteando con el cincel hasta que de nuevo se detuvo, bajó la escalera de madera y miró alternativamente a la estatua a Isaac.
Al fin asintió rotundamente, complacida.
_ Ya está.- dijo- está lista.
Se quitó el polvo de piedra de las manos frotándolas con el delantal. Cerró los ojos, arqueó un poco el cuello y relajó su cuerpo con un suspiro, cargado por el extasis creativo que la había embargado todo aquel tiempo.
_ Es perfecta.- dijo Isaac, agradeciéndole aquel esfuerzo- jamás me había fijado en tu tremenda habilidad.
Loni entreabrió los ojos.
_ ¿Sabes por qué lo he hecho, Isaac?- preguntó en voz baja. Isaac se acercó a la estatua, inspeccionando el libro tallado, y Loni se acercó a él por detrás, y le rodeó con sus brazos de alabastro, hundiendo el rostro en su espalda y dejando caer el cincel en el suelo con un sonido metálico, estruendoso.
Isaac sonrió y se volvió, abrazándola a su vez, como si fuera una niña pequeña, la niña pequeña y desprotegida que siempre le había parecido que era. Loni se acurrucó contra su pecho, y por un momento, el juez casi notó un latido de corazón en el pecho de la toreador.
Tratando de no dejar de sonreir, con suavidad, se deshizo del abrazo, separando su cuerpo el de Loni.
_ Cuentame -preguntó con dulzura- ¿Por qué lo has hecho?
Loni no respondió. Le miró con unos ojos llenos de comprensión y tristeza y le tomó una mano.
_ De acuerdo...- dijo con una voz que era una mezcla de determinación y lástima de si misma- Pero déjame al menos hacerte un regalo.
Isaac alzó las cejas, sorprendido.
_ Pensé que eso era lo que querías que viera-dijo, echando un vistazo a la escultura. Loni tiró de su mano.
_ Ven.
E Isaac se dejó guiar por la casa, aferrado a la mano de Loni.
Llegaron entonces a una habitación sin ventanas, con una gran cama en el medio, rodeada de velas encendidas, creando juegos de sombra que se proyectaban y danzaban por las paredes. Guiándole, le hizo sentarse en el borde de la cama, y una vez lo hubo hecho, se sentó sobre sus rodillas.
Isaac que no entendía, la miraba inseguro, sin saber si debía detener aquello para evitar cualquier malententido que lamentara después.
Loni rodeó el cuello con sus brazos y le hizo descansar la cabeza contra su pecho, meciéndolo con un movimiento rítmico y suave, casi atávico.
_ Dejate llevar-dijo en un murmullo inaudible- no te resistas...
Isaac relajó su cuerpo, siendo solo consciente de aquel movimiento, y de pronto, Loni se detuvo.
Pero antes de que tuviera oportunidad de hablar o moverse, sintió como su cuerpo era más ligero, se sintió liviano y se dio cuenta, de que estaba flotando.
Miró hacia abajo: su cuerpo sostenía a Loni en sus brazos.
_ Ven conmigo.- dijo una voz a su espalda.
Loni flotaba junto a él, varios metros por encima de la cama. Le tomó la mano y tirando de él, atravesó la pared.
Se vio entonces flotando, su espiritu casi entrelazado con el de Loni, volando bajo el cielo estrellado en cuerpos de plata, viendo su Girona natal a vista de pájaro, y de repente, una inquietud que no entendía, hizo presa en él.
Pero Loni, no parecía preocupada, y le llevó sobrevolando los campos hasta que se detuvieron en un prado. Y entonces Isaac comprendió su miedo.
Iba a amanecer.
_ Pase lo que pase.- dijo Loni-no te sueltes.
Y de pronto, como si esperara una señal, el sol apareció trás las colinas, derramando su luz por los campos y bañando todo de color. Isaac asustado abrazó a Loni y escondió el rostro contra su cuerpo, pero se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada y se volvió.
Por primera vez en treinta años, estaba viendo la luz del sol.
Deslizó la mirada por los campos de verde intenso, al cielo azul, a las flores de colores vibrantes, a los rayos del sol cada vez más intensos, según el gran astro ascendía en su camino diario.
De pronto, reparó en dos personas a algunos metros de donde ellos estaban. Una mujer y una niña.
Y dos lágrimas cayeron de sus ojos y fueron a caer al suelo.
Tal y como las recordaba en su memoria, allí estaban su esposa y su hija, con la paz dibujada en el rostro.
Quiso acercarse, tocarlas, pero tuvo miedo de romper el hechizo si se acercaba demasiado.
La mujer y la niña saludaron con la mano y sonrieron.
_ Tenemos que irnos.- dijo Loni, a su lado. Isaac negó con la cabeza, suplicante.- Donde ellas están no puedo llevarte.
_ Un momento más -murmuró, casi sin poder hablar, suplicante- solo un instante más, por favor...
_ Tenemos que irnos, Isaac.- tiró de su mano, flotándo de nuevo- Vamos.
Isaac asintió levemente y alzó la mano para despedirse de aquella ilusión. La mujer y la niña le sonrieron y le despidieron con la mano mientras se alejaba en el aire, de la mano de Loni.
Flotaron de nuevo sobre los campos hasta la ciudad, bajo el sol brillante, y volvieron a atravesar los muros de piedra, retornando a sus cuerpos.
Despertó la noche siguiente.
Seguían aferrados el uno al otro, pero ahora estaban tumbados en la cama y Loni se había encogido sobre sí misma, contra su pecho.
Isaac miró al techo, tratando de asimilar lo que había visto, lo que había ocurrido.
No olvidaría aquello jamás... Su esposa, su hija, tan felices, tan hermosas...
Aferró el vestido de Loni lleno de pena, rabia y alegría a un tiempo.
Se dio cuenta entonces de que Loni no se movía.
No había abierto los ojos y había caido dormida en el momento en que volvió a su cuerpo, agotada por el esfuerzo sobrehumano de arrancarle de su cuerpo y llevarle con ella en su viaje del alma.
Isaac la miró con ternura, lleno de agradecimiento y de cariño, y apartó un mechón de pelo que le caia sobre el rostro, besándole la frente y dejando que una lágrima de sangre cayera sobre su piel de alabastro.
Después la recostó contra su pecho y la rodeó con los brazos, haciendo firme la decisión de permanecer a su lado hasta que despertara.
Loni no despertó aquella noche, ni tampoco la siguiente, e Isaac permaneció a su lado, sentado en una butaca junto a la cama, observando aquel rostro que parecía de niña, incapaz de entender como había podido sospechar de ella.
Pierre tan solo entró una vez en la habitación, preocupado al ver que su señora no despertaba, pero al ver a Isaac velando su sueño, pareció comprender, y con un atisbo de envidia en su mirada, cerró la puerta y siguió ocupandose de la casa.
Y la tercera noche, despertó.
Estaba aún cansada, pero sobre todo, estaba infinitamente triste.
Isaac se inclinó sobre la cama y le acarició el rostro con dulzura.
Ella le miró. Sus ojos eran tristes pero mostraban determinación.
Le tomó la mano.
_ Esto fue lo último que podías querer de mí y que yo podía darte.- su voz era débil, pero entendió con amargura lo que la muchacha le decía.
Se observaron en silencio.
Oyeron pasos en el piso superior. Unos pertenecían a Pierre, ligeros y rápidos. Otros parecían mucho más pesados.
Isaac apretó la mano que sostenía la suya y habló:
_ Loni, te quiero.-dijo, mirándola a los ojos- Tu eres mi familia ahora, lo único que tengo, ahora que apenas me queda nadie.
Y en aquel preciso instante en que decía aquellas palabras, se abrió la puerta.
Y una voz dijo:
_ Sea.
Y con un golpe de una fuerza irracional, Talbo, con el rostro desencajado, sin poder creer lo que acababa de ver, cerró la puerta trás de sí, partiéndola en dos y astillandola contra el marco.
_ ¡Talbo- exclamó Loni saltando de la cama,y corrió trás él.
Sabía por qué no había atacado a Isaac: era su hermano de sangre y le respetaba demasiado.
Débil como estaba, tiró durante unos instantes de la puerta rota e impracticable hasta que consiguió abrirla y corrió trás su marido.
Talbo no se detuvo, continuó caminando con grandes zancadas, con una mochila al hombro, haciendo caso o mismo a las llamadas de su mujer, que corría trás él, débil, renqueante.
Loni le siguió por las calles, sin alcanzarle, sin que se volviera para mirarla, hasta que llegaron al río, y sin dirigirle una última mirada, Talbo se lanzó al agua y desapareció.
La joven toreador llegó a la orilla del agua segundos después de que su esposo saltara, pero ya se había desvanecido en el agua oscura.
No iba a seguirle, había decidido que ya no la necesitaba a su lado.
Y Loni, al pie del agua, con el viento agitando su cabello y el vestido arrugado que llevara tres noches antes al trabajar en el taller, le perdonó como le había perdonado cuando estaban vivos y las Voces le habían dicho que muchas mujeres esperaban su regreso.
Era hora de tomar decisiones.
21 feb 2005
Sesión Décimo Cuarta: La Torre
_ ¿Qué hacen con los prisioneros en esta ciudad?- preguntó Isaac mirando la torre, temiendo por la vida de su hermano de sangre.
Loni trató de recordar, pero era todo muy confuso: las voces seguían hablando en su interior.
_ Creo... creo que el rey imparte justicia en la plaza de Zocodover, pero lo que hacen con ellos hasta ese momento... no quiero saberlo...- agitó la cabeza, tratando de sacar aquellas murmullos de su cabeza.- Tenemos que sacarlo ahora. No podemos dejar que descubran lo que somos. Si esperamos al alba y Talbo ve amanecer, la guardia estará sacando a la luz del día a todos los cainitas de la ciudad, y mañana, los de Madrid, y después los de Soria, Barcelona... No, no podemos permitir eso.
El muchacho tiró de su manga.
_ Disculpad, señora, pero ya saben que es un demonio.- dijo. Loni se zafó de él.
_ ¡Pero no saben lo que ocurre con la luz del sol! Tenemos que sacarle de ahí antes de que amanezca.
O matarlo nosotros antes de que lo hagan ellos.
Isaac la miró a los ojos.
_ Loni, ya perdí a mi familia una vez y Talbo es ahora mi hermano de sangre. No dejaré que ocurra otra vez. ¿Entraremos?
No había curiosos ni espectadores. Era tarde y la gente se había refugiado en sus casas al llegar la oscuridad. Eran pocos al pie de la torre, a parte de ellos.
De pronto, de un callejón oscuro, surgió un hombre, un mendigo vestido con harapos y que arrastraba la pierna derecha.
_ Loni... eres familia...- dijo el hombre- debo ayudarte.
_ ¿Quién es?- preguntó Isaac mirando a su compañera.
Loni retrocedió sorprendida.
"¿Quien eres?"
*Las voces me piden que te ayude... Y yo te ayudo*
Isaac se acercó más a ella, tratando de protegerla con su cuerpo si ocurriera algo inesperado.
Otro hombre surgió de las sombras. Este vestía elegantemente, con calzón de seda y zapatos brillantes. Curiosamente, cada calza y cada zapato, al igual de cada guante, eran de un color diferente.
Isaac llevó la mano a la empuñadura de su espada.
_ Loni ¿Quienes son?
Loni asintió, comprendiendo, y depositó una mano tranquilizadora en el brazo de Isaac.
_ Amigos.
_ Saludos, señores. Creo que precisan de mis servicios.- dijo el recién llegado. Loni le dio la bienvenida con una leve inclinación de cabeza.
_ ¿Ha de venir alguien más?- preguntó Loni al último en llegar.
Ambos hombres asintieron. Y ella asintió también.
Un tercer hombre llego a caballo. Vestía como un caballero de alta cuna, y montaba como tal. Se acercó a ellos.
_ ¿Vos sois Loni de Lances?- preguntó con cortesía. Loni asintió con gesto grave.
_ Soy yo.
Isaac murmuró entre dientes.
_ Esto es demencial...- pero Loni apretó un poco el brazo, que no había soltado e Isaac se calmó un poco. Siempre le habían puesto nervioso las cosas que no podía ver.
_ Me han dicho que venga, que hay un problema- dijo el caballero- Mi nombre es Miguel de Montoro, para serviros.
Unos pasos resonaron en otra calle y por ella llegó la dama Elena.
Loni quiso avisarla, pero los demás la habían visto ya. Apretó fuerte el brazo de Isaac y vocalizó: Corre.
La dama tardó un instante en reaccionar, pero comprendió rápido, y corrió de nuevo a las sombras.
_ ¿Loni, puedes explicarme qué es todo esto?- inquirió Isaac que había visto huir a Elena y seguía sin entender lo que ocurría.
Sin dejar de mirar a los tres hombres, Loni respondió.
_ Yo... pedí ayuda.
Los tres hombres miraron a Isaac.
_ ¿Quién es él? No es de los nuestros.- preguntó el caballero. Le miraban con recerlo. A él y a Niza.
Isaac obvió el comentario.
_ Ya, y uno dice ser tu familia y al otro ni siquiera le conoces.- Pero no había duda en los ojos de Loni.
_ Esta gente son amigos míos.- dijo Loni al caballero y los otros dos- Yo confio en ellos y vosotros debéis hacer igual. Alguien ahí dentro necesita nuestra ayuda. Necesitamos saber cuanta gente hay dentro y donde lo tienen encerrado.
De pronto, los tres llegado y el joven mendigo se agitaron con convulsiones. El muchacho se llevó las manos a la cabeza con un grito y Loni se estremeció.
Aquello era demasiado familiar.
De pronto, el primer hombre que llegó, el mendigo, cayó al suelo retorciendose de dolor mientras que los otros dos y Luc, el joven, se relajaban visiblemente.
Isaac había retrocedido.
_ Loni ¿Lo estás haciendo tú?- preguntó asustado.
Loni miraba la escena sin parpadear, y su gesto era una mezcla de sorpresa, complaciencia y preocupación.
_ ¡Yo no estoy haciendo nada!
En el suelo, el mendigo se agitaba y contorsionaba en posturas imposibles, con el rictus deformado por el dolor. Extrañamente, ni un solo sonido salía de su garganta.
_ Loni... ¿recuerdas lo que le ocurrió a aquel muchacho en la fiesta de fin de año?- preguntó Isaac retrocediendo otro paso.
_ Sí.- su voz sonaba lejana, ausente.
De pronto, con un suspiro, el cuerpo del mendigo se quedó quieto y se deshizo en un montón de polvo y cenizas
_ ¡Por todos los dioses, Loni! ¿Qué es lo que pasa?- Isaac estaba cada vez más asustado.
_ ¡No lo sé!- exclamó Loni, soltandose bruscamente del brazo de Isaac.
_ Loni...- parecía aturdido, dolido por aquel gesto.
La sangre comenzó a calentarse, a hervir en sus venas, a encender su piel como si estuviera en llamas.
"No, no, no, no, no ¡ahora no!"
Se alejó de Isaac. Pero él se acercó a ella de nuevo.
_ Alejate de mí- suplicó con amargura- por favor...
Trató de sumergirse en el Ordo, entender qué estaba ocurriendo.
Las Voces cantaban.
Isaac permaneció a su lado.
_ Alejate, por favor, por favor.- suplicó.
Su viejo amigo la miró consternado.
_ Está... está bien... tranquilizate.
De pronto, un sonido llegó del cielo: dos espadas entrechocando.
Todos volvieron la vista hacia arriba, hacia lo alto de la torre. Allí dos templarios habían desenvainado sus armas y se habían arrojado uno contra otro, gritando.
_ ¡Deteneos!- gritó una voz.
Se volvieron todos buscando el origen.
Pedro.
_ ¡No!- gritó Loni, corriendo hacia él. Llegó hasta él y lo cogió por los hombros, zarandeándolo- ¡No!¡Pedro!¡Márchate! ¡Escóndete!- las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Ya no había vuelta atrás, pero aunque lo sabía, siguió suplicando. No quería hacer lo que ahora sabía que debía hacer- Marchate, Pedro...Escóndete, por favor...
Pedro la miró un instante, y luego miró a los demás.
_ Apartaos.- dijo. Loni, que había agarrado su brazo,sintió como de repente lo soltaba y sus pies retrocedían.
Asustada, desesperada, vio como lo mismo ocurría a los otros.
_ ¡Pedro!- gritó Niza- ¿Qué pasa?
Pero el muchacho no escuchaba, y comenzó a caminar en dirección a la Torre, ignorando las súplicas de Loni y de Niza.
_ ¡Detente!- exclamó cuando Pedro pasó por su lado, utilizando su presencia.
El muchacho se volvio hacia él, e Isaac pudo ver en sus ojos el fuego de mil demonios, y retrocedió, al ver un atisbo de algo que entendía que le superaba.
Niza comenzó a cantar, utilizándo su magia, y de repente, Pedro alzó una mano y el aire volvió a la garganta de la assamita, de golpe, tirándola al suelo con un grito ahogado.
_ ¿No lo entendeis?-gritó Pedro- No es por mi que hago esto, sino por vosotros, los cainitas. ¡No me detengais!
Loni, clavada en el suelo, sollozaba con amargura, y trataba de gritar a Pedro, pero su voz quedaba en un patético murmullo.
_ No lo hagas, Pedro...-decía- vete...por favor...
Pero no se detuvo, continuó andando hasta entrar en la Torre ante la mirada atónita de los guardias, que nada podían hacer para evitarlo.
De pronto, el hechizo que los mantenía paralizados desapareció, y los tres se lanzaron corriendo en pos del chico, entrando en la Torre trás él.
De repente, Pedro se detuvo en la entrada de la Torre y se volvió, mirando a lo que era un vacío a ojos de los demás.
Pero no lo era.
Luc, el joven mendigo, permanecía ofuscado, observando como en extasis al joven mortal.
El malkavian alzó un brazo, y un segundo después, Pedro, como ido, imitó el gesto.
Niza llegó corriendo y se lanzó contra el muchacho, derribándolo.
Buscó su cuello y le mordió, pero al instante emitió un chillido: la sangre del chico la abrasaba.
En la entrada, los guardias cayeron dormidos, y más allá, en el pasillo. Dormirdos, dormidos todos ellos.
Y Loni se dio cuenta de que en el preciso instante en que Pedro había entrado en la torre, el Ordo había desaparecido.
Los dos hombres que acudieron a ayudar a Loni, cayeron al suelo convertidos en ceniza.
Un poder demasiado grande se estaba concentrando allí y era incapaz de reconocerlo.
De la nada surgió Luc, chocando contra algo invisible.
Debían hacerlo, y debían hacerlo ahora.
"Mata al chico, usa tu espada"
Isaac no se movió
"¡Hazlo ahora!"
Una mujer se materializó de la nada, enfrentada con Luc.
_ Has perdido, Malkav, has perdido...- dijo, y se volvió hacia Isaac.- ¡Isaac! ¡Mata al chico ahora! - Y volvió a abalanzarse sobre Luc.
_ ¡Hazlo ya!- gritó Loni.
Isaac desenvainó su espada y se acercó a Pedro, que estaba tumbado en el suelo ahora, con los brazos abiertos en cruz. Alzó su espada sobre el cuerpo y cuando iba a descargarla con fuerza, Niza se lanzó contra él, derribándolo y haciéndole errar el golpe, y comenzaron a rodar por el suelo.
Y Loni supo lo que tenía que hacer. Sacó un puñal de los pliegues de su vestido, y aprovechando que Niza estaba ocupada con Isaac y que la extraña mujer peleaba con Luc, enarboló el cuchillo y se lanzó sobre Pedro, directa al corazón.
Pero cuando clavó el cuchillo, Pedro, sencillamente, desapareció.
El cuchillo se clavó en el suelo. Sin embargo tuvo la impresión de haber golpado algo.
Permaneció un instante aturdida, sin entender qué había ocurrido, hasta que se dio cuenta que Pedro seguía allí, con Luc, solo que no los veía, y comenzó a acuchillar el aire, con el rostro surcado de lágrimas, frenética.
Isaac seguía peleando con Niza, espada en mano y con una notable superioridad.
La mujer había aparecido a su lado y golpeaba también el vacio, con insistencia.
De pronto, en una de sus estocadas, Loni vio como su cuchillo hacía brotar la sangre.
Sangre, no vitae.
_ Lo siento, Pedro.- murmuró, y ahora, sabiendo donde estaba el chico, apuñaló con más insistencia, mezclando la vitae de sus lágrimas con la sangre del muchacho.- Perdoname...- murmuraba.
De pronto, el manto de ofuscación desapareció y pudo ver a Pedro en el suelo, con el vientre abierto, pero vivo...
El muchacho se puso en pie y Loni supo que había llegado tarde, había comprendido tarde. Y con una voz que no era la suya, el muchacho habló.
_ Por fin un cuerpo...
Pero la mujer se situó delante de él, y trasformando sus manos en garras, exclamñó:
_ ¡Ni lo sueñes!- y atravesó con un golpe el pecho del muchacho.
Pedro... ahora Malkav, miró hacia abajo, al agujero abierto en su pecho, con incredulidad...
Loni aprovechó entonces y se lanzó sobre su espalda, cuchillo en mano, y deslizó la hoja por el cuello tierno, abriendo un gran surco rojo.
El cuerpo cayó al suelo, como si fuera de plomo, y una explosión psiquica y un grito de furia y dolor les sacudió a todos.
Pedro había muerto.
Loni cayó de rodillas sollozando.
Lo he hecho... Le he matado
Arrojó el cuchillo lejos y se arrastró hacia el cuerpo de Pedro, desgajado en dos, y tomó el torso entre los brazos y lo acunó en su regazo, meciéndolo suavemente, y murmurando:
_ Perdoname, perdoname Pedro...
El Ordo había desaparecido.
Del todo.
Isaac se acercó a ella, tratando de consolarla.
_ Tenemos que ir por Talbo, Loni- murmuró con suavidad- antes de que pasen los efectos de ese sueño...
Pero Loni no reaccionaba, mecía el cadáver entre sus brazos y murmuraba.
Y Elena entró en la torre.
Su cuerpo estaba rígido, su gesto, descompuesto. Se acercó a ellos con paso lento e indeciso, como no queriendo ver lo que sabía que iba a encontrar.
_ Lo siento, Elena.- dijo Niza, tirada en el suelo. Elena clavó las rodillas en el suelo, contemplando el cadáver de su hijo.
Por un momento, el tiempo pareció suspenderse, hasta que la extraña mujer habló.
_ Soy Layla.- dijo, y se volvió hacia Niza- Tus amigos me liberaron en Córdoba. Me supo mal que muriese Ricardo.
Al oir aquel nombre, una lágrima cruzó el rostro de la assamita.
La mujer se despidió, alegando que no debía conocerse su relación con lo ocurrido, y desapareció.
Isaac continuó tratando de sacar a Loni de su trance.
_ No.. no podemos hacerlo solos.- atinó a decir ella.
Isaac la sujetó por los hombros, con un aura autoritaria que no podía pasar por alto.
_ ¡Loni, dejalo ya no puedes hacer nada, sin embargo Talbo morirá!
Loni depositó un beso en la frente de Pedro y se puso en pie.
Llevaba el vestido empapado de sangre y el gesto ausente. Miró a su amigo con ojos vacíos.
_ No podemos salvarle, Isaac- dijo- no solos, debemos huir.
_ Tenemos que intentarlo, el malkavian puede ocultarse - insistió el Brujah.
Loni señaló la puerta, un grupo de gente se acercaba a la Torre.
_ ¡Pero no podemos hacerlo solos!
Com un acto reflejo, tomó el cadáver de Pedro por un brazo y lo arrastró hacia la penumbra, tratando de no ver su rostro. Los demás hicieron lo mismo con los otros cadáveres.
_ ¡Rápido! - exclamó Luc, que había vuelto a la normalidad- ¡Inventaos una historia! ¡Decid que un demonio salió, mató al chico y huyó!
Los humanos entraron en la torre.
Isaac dio un paso al frente.
_ ¡Rápido! - dijo a los mortales- el demonio ha escapado, debemos perseguirlo.
Loni trató de introducir en su mente la idea de obedecer al juez, pero no funcionó.
_ ¿Quienes sois?- dijo un hombre con vestiduras de Obispo- ¿Qué hacéis aquí?
Elena se colocó junto a Isaac, provocando la fascinación de los humanos.
El obispo les miró, y apartando a Isaac, comenzó a cantar.
Instintivamente, los cuatro dieron un paso atrás.
Su Fe comenzó a arañar su piel, abrasar su sangre... y gritaron de un modo inhumano.
El Obispo los señaló con gesto fanático.
_ ¡Demonios! ¡Asesinos! ¡A ellos!
Isaac tomó a Loni de la mano y cargó contra los asustados hombres, abriendo una brecha en el grupo por la que Niza y Elena pudieran pasar también.
Corrieron mucho y muy rápido, pero al poco tiempo la Dama Elena comenzó a quedar atrás. Afortunadabamente los humanos que los perseguían vestían sus armaduras completas y fueron incapacez de alcanzarlos.
Loni los guió, sin dejar de correr, hacia la salida secreta, sin pensar, sin querer darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, dando un paso detrás de otro como una automata.
Cuando hubieron cruzado las murallas, se permitieron un descanso.
_ Hay un carro.- dijo Elena, y de pronto recordaron el carruaje en el que llegaron Niza y ella a la ciudad, y que dejaron cerca de la entrada secreta.
Encontraron el carro sin problemas, y, sin pensarlo, se lanzaron a la profundidad de la noche.
Loni se dejó caer en el suelo nada más subió al carro, cerró los ojos y flotó por encima de su cuerpo, y mientras el carro se alejaba de la ciudad, su alma cruzó las murallas de nuevo y llegó a la Torre, descendió las escaleras hasta las mazmorras y entró en la celda.
El potro de tortura estaba ensangrentado.
Pero Talbo ya no estaba.
Y antes de que volviera a su cuerpo, los demás, en el carro, pudieron ver que su cuerpo inerte estaba llorando.
Loni trató de recordar, pero era todo muy confuso: las voces seguían hablando en su interior.
_ Creo... creo que el rey imparte justicia en la plaza de Zocodover, pero lo que hacen con ellos hasta ese momento... no quiero saberlo...- agitó la cabeza, tratando de sacar aquellas murmullos de su cabeza.- Tenemos que sacarlo ahora. No podemos dejar que descubran lo que somos. Si esperamos al alba y Talbo ve amanecer, la guardia estará sacando a la luz del día a todos los cainitas de la ciudad, y mañana, los de Madrid, y después los de Soria, Barcelona... No, no podemos permitir eso.
El muchacho tiró de su manga.
_ Disculpad, señora, pero ya saben que es un demonio.- dijo. Loni se zafó de él.
_ ¡Pero no saben lo que ocurre con la luz del sol! Tenemos que sacarle de ahí antes de que amanezca.
O matarlo nosotros antes de que lo hagan ellos.
Isaac la miró a los ojos.
_ Loni, ya perdí a mi familia una vez y Talbo es ahora mi hermano de sangre. No dejaré que ocurra otra vez. ¿Entraremos?
No había curiosos ni espectadores. Era tarde y la gente se había refugiado en sus casas al llegar la oscuridad. Eran pocos al pie de la torre, a parte de ellos.
De pronto, de un callejón oscuro, surgió un hombre, un mendigo vestido con harapos y que arrastraba la pierna derecha.
_ Loni... eres familia...- dijo el hombre- debo ayudarte.
_ ¿Quién es?- preguntó Isaac mirando a su compañera.
Loni retrocedió sorprendida.
"¿Quien eres?"
*Las voces me piden que te ayude... Y yo te ayudo*
Isaac se acercó más a ella, tratando de protegerla con su cuerpo si ocurriera algo inesperado.
Otro hombre surgió de las sombras. Este vestía elegantemente, con calzón de seda y zapatos brillantes. Curiosamente, cada calza y cada zapato, al igual de cada guante, eran de un color diferente.
Isaac llevó la mano a la empuñadura de su espada.
_ Loni ¿Quienes son?
Loni asintió, comprendiendo, y depositó una mano tranquilizadora en el brazo de Isaac.
_ Amigos.
_ Saludos, señores. Creo que precisan de mis servicios.- dijo el recién llegado. Loni le dio la bienvenida con una leve inclinación de cabeza.
_ ¿Ha de venir alguien más?- preguntó Loni al último en llegar.
Ambos hombres asintieron. Y ella asintió también.
Un tercer hombre llego a caballo. Vestía como un caballero de alta cuna, y montaba como tal. Se acercó a ellos.
_ ¿Vos sois Loni de Lances?- preguntó con cortesía. Loni asintió con gesto grave.
_ Soy yo.
Isaac murmuró entre dientes.
_ Esto es demencial...- pero Loni apretó un poco el brazo, que no había soltado e Isaac se calmó un poco. Siempre le habían puesto nervioso las cosas que no podía ver.
_ Me han dicho que venga, que hay un problema- dijo el caballero- Mi nombre es Miguel de Montoro, para serviros.
Unos pasos resonaron en otra calle y por ella llegó la dama Elena.
Loni quiso avisarla, pero los demás la habían visto ya. Apretó fuerte el brazo de Isaac y vocalizó: Corre.
La dama tardó un instante en reaccionar, pero comprendió rápido, y corrió de nuevo a las sombras.
_ ¿Loni, puedes explicarme qué es todo esto?- inquirió Isaac que había visto huir a Elena y seguía sin entender lo que ocurría.
Sin dejar de mirar a los tres hombres, Loni respondió.
_ Yo... pedí ayuda.
Los tres hombres miraron a Isaac.
_ ¿Quién es él? No es de los nuestros.- preguntó el caballero. Le miraban con recerlo. A él y a Niza.
Isaac obvió el comentario.
_ Ya, y uno dice ser tu familia y al otro ni siquiera le conoces.- Pero no había duda en los ojos de Loni.
_ Esta gente son amigos míos.- dijo Loni al caballero y los otros dos- Yo confio en ellos y vosotros debéis hacer igual. Alguien ahí dentro necesita nuestra ayuda. Necesitamos saber cuanta gente hay dentro y donde lo tienen encerrado.
De pronto, los tres llegado y el joven mendigo se agitaron con convulsiones. El muchacho se llevó las manos a la cabeza con un grito y Loni se estremeció.
Aquello era demasiado familiar.
De pronto, el primer hombre que llegó, el mendigo, cayó al suelo retorciendose de dolor mientras que los otros dos y Luc, el joven, se relajaban visiblemente.
Isaac había retrocedido.
_ Loni ¿Lo estás haciendo tú?- preguntó asustado.
Loni miraba la escena sin parpadear, y su gesto era una mezcla de sorpresa, complaciencia y preocupación.
_ ¡Yo no estoy haciendo nada!
En el suelo, el mendigo se agitaba y contorsionaba en posturas imposibles, con el rictus deformado por el dolor. Extrañamente, ni un solo sonido salía de su garganta.
_ Loni... ¿recuerdas lo que le ocurrió a aquel muchacho en la fiesta de fin de año?- preguntó Isaac retrocediendo otro paso.
_ Sí.- su voz sonaba lejana, ausente.
De pronto, con un suspiro, el cuerpo del mendigo se quedó quieto y se deshizo en un montón de polvo y cenizas
_ ¡Por todos los dioses, Loni! ¿Qué es lo que pasa?- Isaac estaba cada vez más asustado.
_ ¡No lo sé!- exclamó Loni, soltandose bruscamente del brazo de Isaac.
_ Loni...- parecía aturdido, dolido por aquel gesto.
La sangre comenzó a calentarse, a hervir en sus venas, a encender su piel como si estuviera en llamas.
"No, no, no, no, no ¡ahora no!"
Se alejó de Isaac. Pero él se acercó a ella de nuevo.
_ Alejate de mí- suplicó con amargura- por favor...
Trató de sumergirse en el Ordo, entender qué estaba ocurriendo.
Las Voces cantaban.
Isaac permaneció a su lado.
_ Alejate, por favor, por favor.- suplicó.
Su viejo amigo la miró consternado.
_ Está... está bien... tranquilizate.
De pronto, un sonido llegó del cielo: dos espadas entrechocando.
Todos volvieron la vista hacia arriba, hacia lo alto de la torre. Allí dos templarios habían desenvainado sus armas y se habían arrojado uno contra otro, gritando.
_ ¡Deteneos!- gritó una voz.
Se volvieron todos buscando el origen.
Pedro.
_ ¡No!- gritó Loni, corriendo hacia él. Llegó hasta él y lo cogió por los hombros, zarandeándolo- ¡No!¡Pedro!¡Márchate! ¡Escóndete!- las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Ya no había vuelta atrás, pero aunque lo sabía, siguió suplicando. No quería hacer lo que ahora sabía que debía hacer- Marchate, Pedro...Escóndete, por favor...
Pedro la miró un instante, y luego miró a los demás.
_ Apartaos.- dijo. Loni, que había agarrado su brazo,sintió como de repente lo soltaba y sus pies retrocedían.
Asustada, desesperada, vio como lo mismo ocurría a los otros.
_ ¡Pedro!- gritó Niza- ¿Qué pasa?
Pero el muchacho no escuchaba, y comenzó a caminar en dirección a la Torre, ignorando las súplicas de Loni y de Niza.
_ ¡Detente!- exclamó cuando Pedro pasó por su lado, utilizando su presencia.
El muchacho se volvio hacia él, e Isaac pudo ver en sus ojos el fuego de mil demonios, y retrocedió, al ver un atisbo de algo que entendía que le superaba.
Niza comenzó a cantar, utilizándo su magia, y de repente, Pedro alzó una mano y el aire volvió a la garganta de la assamita, de golpe, tirándola al suelo con un grito ahogado.
_ ¿No lo entendeis?-gritó Pedro- No es por mi que hago esto, sino por vosotros, los cainitas. ¡No me detengais!
Loni, clavada en el suelo, sollozaba con amargura, y trataba de gritar a Pedro, pero su voz quedaba en un patético murmullo.
_ No lo hagas, Pedro...-decía- vete...por favor...
Pero no se detuvo, continuó andando hasta entrar en la Torre ante la mirada atónita de los guardias, que nada podían hacer para evitarlo.
De pronto, el hechizo que los mantenía paralizados desapareció, y los tres se lanzaron corriendo en pos del chico, entrando en la Torre trás él.
De repente, Pedro se detuvo en la entrada de la Torre y se volvió, mirando a lo que era un vacío a ojos de los demás.
Pero no lo era.
Luc, el joven mendigo, permanecía ofuscado, observando como en extasis al joven mortal.
El malkavian alzó un brazo, y un segundo después, Pedro, como ido, imitó el gesto.
Niza llegó corriendo y se lanzó contra el muchacho, derribándolo.
Buscó su cuello y le mordió, pero al instante emitió un chillido: la sangre del chico la abrasaba.
En la entrada, los guardias cayeron dormidos, y más allá, en el pasillo. Dormirdos, dormidos todos ellos.
Y Loni se dio cuenta de que en el preciso instante en que Pedro había entrado en la torre, el Ordo había desaparecido.
Los dos hombres que acudieron a ayudar a Loni, cayeron al suelo convertidos en ceniza.
Un poder demasiado grande se estaba concentrando allí y era incapaz de reconocerlo.
De la nada surgió Luc, chocando contra algo invisible.
Debían hacerlo, y debían hacerlo ahora.
"Mata al chico, usa tu espada"
Isaac no se movió
"¡Hazlo ahora!"
Una mujer se materializó de la nada, enfrentada con Luc.
_ Has perdido, Malkav, has perdido...- dijo, y se volvió hacia Isaac.- ¡Isaac! ¡Mata al chico ahora! - Y volvió a abalanzarse sobre Luc.
_ ¡Hazlo ya!- gritó Loni.
Isaac desenvainó su espada y se acercó a Pedro, que estaba tumbado en el suelo ahora, con los brazos abiertos en cruz. Alzó su espada sobre el cuerpo y cuando iba a descargarla con fuerza, Niza se lanzó contra él, derribándolo y haciéndole errar el golpe, y comenzaron a rodar por el suelo.
Y Loni supo lo que tenía que hacer. Sacó un puñal de los pliegues de su vestido, y aprovechando que Niza estaba ocupada con Isaac y que la extraña mujer peleaba con Luc, enarboló el cuchillo y se lanzó sobre Pedro, directa al corazón.
Pero cuando clavó el cuchillo, Pedro, sencillamente, desapareció.
El cuchillo se clavó en el suelo. Sin embargo tuvo la impresión de haber golpado algo.
Permaneció un instante aturdida, sin entender qué había ocurrido, hasta que se dio cuenta que Pedro seguía allí, con Luc, solo que no los veía, y comenzó a acuchillar el aire, con el rostro surcado de lágrimas, frenética.
Isaac seguía peleando con Niza, espada en mano y con una notable superioridad.
La mujer había aparecido a su lado y golpeaba también el vacio, con insistencia.
De pronto, en una de sus estocadas, Loni vio como su cuchillo hacía brotar la sangre.
Sangre, no vitae.
_ Lo siento, Pedro.- murmuró, y ahora, sabiendo donde estaba el chico, apuñaló con más insistencia, mezclando la vitae de sus lágrimas con la sangre del muchacho.- Perdoname...- murmuraba.
De pronto, el manto de ofuscación desapareció y pudo ver a Pedro en el suelo, con el vientre abierto, pero vivo...
El muchacho se puso en pie y Loni supo que había llegado tarde, había comprendido tarde. Y con una voz que no era la suya, el muchacho habló.
_ Por fin un cuerpo...
Pero la mujer se situó delante de él, y trasformando sus manos en garras, exclamñó:
_ ¡Ni lo sueñes!- y atravesó con un golpe el pecho del muchacho.
Pedro... ahora Malkav, miró hacia abajo, al agujero abierto en su pecho, con incredulidad...
Loni aprovechó entonces y se lanzó sobre su espalda, cuchillo en mano, y deslizó la hoja por el cuello tierno, abriendo un gran surco rojo.
El cuerpo cayó al suelo, como si fuera de plomo, y una explosión psiquica y un grito de furia y dolor les sacudió a todos.
Pedro había muerto.
Loni cayó de rodillas sollozando.
Lo he hecho... Le he matado
Arrojó el cuchillo lejos y se arrastró hacia el cuerpo de Pedro, desgajado en dos, y tomó el torso entre los brazos y lo acunó en su regazo, meciéndolo suavemente, y murmurando:
_ Perdoname, perdoname Pedro...
El Ordo había desaparecido.
Del todo.
Isaac se acercó a ella, tratando de consolarla.
_ Tenemos que ir por Talbo, Loni- murmuró con suavidad- antes de que pasen los efectos de ese sueño...
Pero Loni no reaccionaba, mecía el cadáver entre sus brazos y murmuraba.
Y Elena entró en la torre.
Su cuerpo estaba rígido, su gesto, descompuesto. Se acercó a ellos con paso lento e indeciso, como no queriendo ver lo que sabía que iba a encontrar.
_ Lo siento, Elena.- dijo Niza, tirada en el suelo. Elena clavó las rodillas en el suelo, contemplando el cadáver de su hijo.
Por un momento, el tiempo pareció suspenderse, hasta que la extraña mujer habló.
_ Soy Layla.- dijo, y se volvió hacia Niza- Tus amigos me liberaron en Córdoba. Me supo mal que muriese Ricardo.
Al oir aquel nombre, una lágrima cruzó el rostro de la assamita.
La mujer se despidió, alegando que no debía conocerse su relación con lo ocurrido, y desapareció.
Isaac continuó tratando de sacar a Loni de su trance.
_ No.. no podemos hacerlo solos.- atinó a decir ella.
Isaac la sujetó por los hombros, con un aura autoritaria que no podía pasar por alto.
_ ¡Loni, dejalo ya no puedes hacer nada, sin embargo Talbo morirá!
Loni depositó un beso en la frente de Pedro y se puso en pie.
Llevaba el vestido empapado de sangre y el gesto ausente. Miró a su amigo con ojos vacíos.
_ No podemos salvarle, Isaac- dijo- no solos, debemos huir.
_ Tenemos que intentarlo, el malkavian puede ocultarse - insistió el Brujah.
Loni señaló la puerta, un grupo de gente se acercaba a la Torre.
_ ¡Pero no podemos hacerlo solos!
Com un acto reflejo, tomó el cadáver de Pedro por un brazo y lo arrastró hacia la penumbra, tratando de no ver su rostro. Los demás hicieron lo mismo con los otros cadáveres.
_ ¡Rápido! - exclamó Luc, que había vuelto a la normalidad- ¡Inventaos una historia! ¡Decid que un demonio salió, mató al chico y huyó!
Los humanos entraron en la torre.
Isaac dio un paso al frente.
_ ¡Rápido! - dijo a los mortales- el demonio ha escapado, debemos perseguirlo.
Loni trató de introducir en su mente la idea de obedecer al juez, pero no funcionó.
_ ¿Quienes sois?- dijo un hombre con vestiduras de Obispo- ¿Qué hacéis aquí?
Elena se colocó junto a Isaac, provocando la fascinación de los humanos.
El obispo les miró, y apartando a Isaac, comenzó a cantar.
Instintivamente, los cuatro dieron un paso atrás.
Su Fe comenzó a arañar su piel, abrasar su sangre... y gritaron de un modo inhumano.
El Obispo los señaló con gesto fanático.
_ ¡Demonios! ¡Asesinos! ¡A ellos!
Isaac tomó a Loni de la mano y cargó contra los asustados hombres, abriendo una brecha en el grupo por la que Niza y Elena pudieran pasar también.
Corrieron mucho y muy rápido, pero al poco tiempo la Dama Elena comenzó a quedar atrás. Afortunadabamente los humanos que los perseguían vestían sus armaduras completas y fueron incapacez de alcanzarlos.
Loni los guió, sin dejar de correr, hacia la salida secreta, sin pensar, sin querer darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, dando un paso detrás de otro como una automata.
Cuando hubieron cruzado las murallas, se permitieron un descanso.
_ Hay un carro.- dijo Elena, y de pronto recordaron el carruaje en el que llegaron Niza y ella a la ciudad, y que dejaron cerca de la entrada secreta.
Encontraron el carro sin problemas, y, sin pensarlo, se lanzaron a la profundidad de la noche.
Loni se dejó caer en el suelo nada más subió al carro, cerró los ojos y flotó por encima de su cuerpo, y mientras el carro se alejaba de la ciudad, su alma cruzó las murallas de nuevo y llegó a la Torre, descendió las escaleras hasta las mazmorras y entró en la celda.
El potro de tortura estaba ensangrentado.
Pero Talbo ya no estaba.
Y antes de que volviera a su cuerpo, los demás, en el carro, pudieron ver que su cuerpo inerte estaba llorando.
Sesión Décimo Tercera: Un viejo amigo
Llevaba tres días en Toledo y tenía una cita.
Si todo había ido bien, el mensaje que había enviado antes de dejar Pamplona debía haber llegado y había pasado un tiempo razonable de espera.
Paseó un poco por las calles de la ciudad y se dirigió al pasadizo secreto: debía cruzar las murallas para llegar a la Venta del Alma, en el valle.
Cuando llegó, comprobó satisfecha que su intuición no había fallado: allí estaba.
Se apoyó contra el muro y recostó la cabeza contra la pared, con una mirada nostálgica en los ojos. Sabía que no la vería a no ser que se fijara justo en aquel lugar, pero no le importaba.
Le hubiera gustado hacer algo realmente especial, una sorpresa, pero no se le ocurría nada y algo le decía que no era una buena idea.
De modo que permaneció silenciosa, observando.
No estaba solo, le acompañaba un muchacho mortal. Posiblemente un ghoul.
Se movía aqui y allá, buscando.
Buscándola.
Hasta que atisbó dos ojos brillantes clavados en él y la vio.
La miró fijamente, la estudió, receloso.
Loni sonrió con tristeza: era normal que desconfiara, después de lo ocurrido.
Pero de pronto, pareció decidir que todo andaba bien y se acerco ella con una sonrisa.
_ Por fin te encuentro.- dijo Isaac con preocupación. Loni sonrió y buscó a Talbo con la mirada. Pero no le vio. No estaba.- ¿Qué te ha pasado, Loni? ¿Qué pasó en Salou?- al ver que Loni miraba a un lado y al otro desconcertada, le tomó las manos y la miró a los ojos. - ¿Estás bien?
Loni frunció el ceño.
_ ¿No está Talbo contigo?- preguntó en un murmullo.
Isaac negó con la cabeza.
_ No sé donde se encuentra, cuando desapareciste el partió en tu busqueda .- Loni pareció alarmada- Pero no te preocupes, llegará pronto, envie un mensaje a Menahem diciéndole que lo enviara a Toledo.
Loni suspiró visiblemente aliviada, pero sintió una extraña frialdad en su interior.
Isaac repitió su pregunta.
_ ¿Qué ha pasado, Loni? ¿Qué ocurrió en Salou?
La joven pareció darse cuenta de algo.
_ Vamos a un lugar más tranquilo, debes estar cansado del viaje... - Isaac asintió y señaló al chico.
_ ¿Hay algun problema si viene?
Loni estudió al chiquillo.
_ ¿Quién es?
_ Es mi guía por la ciudad, no sé nada sobre Toledo y es lo mejor que he podido encontrar.
Su vieja amiga pareció sorprendida.
_ Ah... ¿No es tu...ghoul?
Isaac apreto la mandibula y sus ojos brillaron con furia.
_ ¡¡Ghoul, jamás haría eso y menos a un niño!! - dijo, visiblemente enojado.
Curiosamente, aquella reacción divirtió a Loni, que alzó las cejas con una sonrisa y se encogió de hombros.
_ Disculpa.- dijo, divertida- Podemos alojarlo en la posada, nos será útil.
Isaac no se movió.
_ Espera... ¿Por qué has preguntado si era mi ghoul?- preguntó, receloso de nuevo, pero escrutando al chiquillo con la mirada.
_ Solo era curiosidad.- estaba obviamente sorprendida por los escrúpulos de su amigo, y aquello le resultaba divertido. Se agachó para poner sus ojos a la altura que los del niño- Hola ¿Cómo te llamas?- preguntó con dulzura.
El muchacho miro al suelo.
_ Roberto, Señora.- Isaac se interpuso bruscamente entre ella y el niño.
_ ¿Qué quieres del niño, Loni?
Esta vez no lo pudo evitar y rompió en carcajadas. Isaac la miraba enojado.
_ Solo trataba de ser cortés, Isaac.- se volvió hacia el chico- ¿Tienes hambre, Roberto?
Roberto negó con la cabeza.
_ No, señora. Ya he cenado el potaje de mi madre.
Isaac ocultó al muchacho aún más a su espalda.
_ Loni, no tiene hambre, no necesita nada. Y por favor, déjale en paz.
Iba a preguntar algo más, pero viendo la reacción de Isaac, se alejó del muchacho y dejó de sonreir.
Se enderezó:
_ Parece que en estos meses has olvidado diez años.- y miró a Isaac con unos ojos llenos de tristeza. De pronto su rostro se volvió frío en impasible- Vamos a la posada . Traelo si quieres, pero es tarde y tal vez quiera volver a casa.
_ No he olvidado nada, he hecho muchos sacrificios para venir a socorrerte.- dijo, con igual dureza.
Loni se volvió, a medio camino entre sorprendida, divertida y enojada.
_ ¿A socorrerme?- Isaac se detuvo en seco.
_ Loni, no juegues conmigo. He estado preocupado, todos lo hemos estado, buscandote con unos medios u otros.- su voz sonó ahora autoritaria, irrevocable. Loni se entristeció porque su viejo amigo utilizara sus habilidades con ella.
_ No es socorro lo que necesito, Isaac. Solo pensé que que con lo que está por venir, mi viejo amigo me ayudaría.- se acercó a él y le acarició el rostro con suavidad.- Ya no confías en mí.
No era una pregunta.
_ ¿Quieres saber la verdad?- espetó Isaac apartándose de su caricia, alejándose de ella. Loni dio un paso atrás, con los ojos brillantes de lágrimas, como si la acabara de abofetear- desapareciste con aquel hombre y si he venido ha sido porque a pesar de ello te aprecio, y espero que todo lo que sospecho sean tan solo eso, sospechas.
Sabes de mi odio hacia la herejía, sabes los asesinatos que cometieron, tan solo dame una explicación, y yo creeré en ella... -Loni le miraba, inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas que no querían caer, con los labios entreabiertos por la sorpresa. Isaac hizo su mirada menos dura, suavizó el tono y la miró a los ojos- Pero necesito una Loni...
De repente, sintió un movimiento a su espalda y Loni se volvió.
Elena se acercaba por el camino. A la distancia que estaba, era probable que hubiera escuchado parte de la conversación. Se alejó de Isaac y corrió hacia Elena.
_ ¡Elena! ¿Va todo bien?
_ Menos mal que te encuentro, Loni.- dijo la Dama.
Isaac se acercó y miró a la mujer.
_ ¿Quién es?
_ Es...- Loni se interrumpió- es una amiga. Te lo contaré después, no es el momento.
Cerró los ojos y desconectó del Ordo. - ¿Va todo bien, Elena?
La mujer señaló hacia un rincón apartado.
_ Sí, pero podría ir mejor.
Loni comprendió e hizo señal a Isaac para que esperara.
_ Está bien.- contestó con suavidad. Loni se acercó a él y le acarició el rostro una vez más, esbozando una sonrisa. Luego, se alejó con Elena.
_ ¿Qué ha pasado, Elena?- preguntó cuando estuvieron algo más apartadas- ¿Le ha ocurrido algo a Pedro?
Elena negó con la cabeza.
_ Pedro está bien. Lo que pasa es que quiero salir de esta ciudad y lo mejor sería que tu vinieras con nosostros.
Loni no estaba tan seguro de eso.
_ No creo que debas tomar esa decisión precipitadamente .- dijo al fin- ¿crees que podrás esperar un par de noches mas? Tengo que averiguar algunas cosas todavia.
Elena pareció dudar.
_ ¿Un par de noches?- carraspeó- De acuerdo. Pero no aguantaré mucho más, está ciudad me está consumiendo.
Loni puso una palma tranquilizadora sobre su hombro.
_ No te preocupes, cuando hayamos hablado esto con traquilidad, podréis marcharos.- miró a Isaac, que esperaba algo alejado- pero ahora tengo que llevar a mi amigo a la posada. Ha viajado mucho y puede ayudarnos.
_ ¿Quién es?- inquirió Elena lanzandole una mirada recelosa.
Loni sonrió.
_ Un viejo amigo. Alguien en quien confío.- Elena pareció estar a punto de decir algo, pero no lo dijo- No te preocupes, Elena. Tal vez esta noche vayamos a veros. No dejéis que Pedro salga, bajo ningun concepto.- tomó las manos de Elena- Tened cuidado. Nos veremos antes del amanecer.
Elena asintió y se alejó.
Loni volvió con Isaac, justo cuando su viejo amigo señalaba hacia la puerta de la ciudad.
_ Mira allí.
Había antorchas en la puerta de la ciudad, un tumulto. Pero desde tan lejos era dificil distinguir nada. Loni aguzó la vista.
Vio un grupo de soldados con un prisionero, atado a un enorme poste de madera y con los brazos abiertos en cruz. Parecía muy fuerte pero estaba herido y con una mirada de rabia en el rostro...
Se detuvo en seco.
...era Talbo.
Cogió brucamente a Isaac del brazo, y señaló a la puerta.
_ Isaac... ¡Es Talbo! ¡Tienen a Talbo!
_ ¿Dónde?- preguntó su viejo amigo forzando la vista sin distinguir nada.
Loni insistió, señalanzo.
_ ¡Allí!¡En la puerta! ¡Donde las antorchas!
Y salió corriendo en dirección a las puertas. Isaac corrió tras ella.
Cuando estaban a punto de llegar, vieron como los guardias metían al prisionero en el interior de la ciudad y cerraban las puertas.
Resbalando en la tierra, Loni giró sobre si misma y corrió hacia la entrada secreta, seguida de cerca por Isaac.
Recorrieron deprisa el pasadizo secreto. Trás ellos corría el chiquillo, que no podía creer que existiera un acceso tal en la ciudad.
Puesto que corría despacio, Isaac lo tomó en brazos y corrió con él a cuestas hasta que llegaron a la ciudad.
Casi sin pararse, Loni se volvió hacia Isaac:
_ ¿Puedes hacer que el chico olvide por donde hemos entrado?- Isaac asintió y dejó al chico a los ojos. Pudo ver como un aura terrorifica se formaba a su alrededor cuando le habló.
_ ¡Roberto jamás bajo ninguna circunstancia debes contar lo que a pasado esta noche, si lo haces volveré a por ti y no olvido ninguna afrenta!
El muchacho asintió rápidamente, aterrorizado.
El hechizo había dado resultado.
Continuaron corriendo por las calles de la ciudad, preguntando aquí y allá a los ciudadanos si habían visto a donde llevaba la guardia a su prisionero.
Al cabo de pocos minutos, se encontraban al pie de la Torre del Señor de Toledo.
Cerca, Niza hablaba con muchacho joven, un mendigo.
Cuando se estban acercando, Niza señaló a Loni y el muchacho se volvió hacia ella.
_ Ella es la Loni que conozco- dijo la assamita, saludandola con un gesto de cabeza.
Loni se acercó corriendo.
_¡Niza! -exclamó- ¿Qué pasa, Niza?¿Por qué lo encierran?
El muchacho la miró extrañado y ladeó la cabeza.
_Ummm, sois tal como os describió. Vos debéis ser Loni.-dijo con voz amable. Loni le miró extrañada.
_ Soy yo ¿Que ha pasado? ¿Por qué lo encierran?
El muchacho saltó levemente de un pie al otro.
_ Vuestro marido ha sido apresado mientras os buscaba. Me contó que estaba alimentandose en una granja cuando le prendieron.
Loni retrocedió un paso, llevandose una mano al rostro.
_ Santo Dios.- a su espalda, Isaac le puso una mano tranquilizadora en el hombro.- Otra vez no... ¿Qué es este lugar?
La Torre era el lugar utilizado por el Rey para alojar a invitados de alta alcurnia. Se decía que sus mazmorras eran muy profundas, y en lo alto de sus muros, ondeaba la bandera de los Caballeros de Santiago.
Estaba llena de caballeros religiosos.
_ No puedo...-murmuró- no me atrevo...
De pronto el muchacho se acercó a Loni y le tomó una mano.
_ Señora vuestro marido me ha dicho que siempre os amaria incluso despues de la muerte.
Y de pronto, al contacto de su mano, todas las concincias del Ordo entraron de golpe en su mente, como si descargaran un fuerte golpe en su cabeza, como si quisieran estar allí todas al mismo tiempo.
Se tambaleó, aturdida.
Isaac estaba hablando, le veia gesticular, pero no oía nada. Todo le daba vueltas.
"¿Qué haces, Loni?" preguntaron las Voces "¿Con quién estás?"
*Han apresado a mi esposo. ¡Tengo que liberarle!*
"Vaya, ¿quieres ayuda, Loni?"
*¿Podéis ayudarme?* suplicó en su mente.
"Claro, Loni, eres familia"
De pronto una voz tímida resonó en su cabeza.
"¿Señora, porque me susurrais?"
Desconcertada, tardó un instante en darse cuenta de que era el muchacho que la tomó de la mano.
_ ¡Cállate!- gritó al chico.
Y el muchacho enmudeció.
Si todo había ido bien, el mensaje que había enviado antes de dejar Pamplona debía haber llegado y había pasado un tiempo razonable de espera.
Paseó un poco por las calles de la ciudad y se dirigió al pasadizo secreto: debía cruzar las murallas para llegar a la Venta del Alma, en el valle.
Cuando llegó, comprobó satisfecha que su intuición no había fallado: allí estaba.
Se apoyó contra el muro y recostó la cabeza contra la pared, con una mirada nostálgica en los ojos. Sabía que no la vería a no ser que se fijara justo en aquel lugar, pero no le importaba.
Le hubiera gustado hacer algo realmente especial, una sorpresa, pero no se le ocurría nada y algo le decía que no era una buena idea.
De modo que permaneció silenciosa, observando.
No estaba solo, le acompañaba un muchacho mortal. Posiblemente un ghoul.
Se movía aqui y allá, buscando.
Buscándola.
Hasta que atisbó dos ojos brillantes clavados en él y la vio.
La miró fijamente, la estudió, receloso.
Loni sonrió con tristeza: era normal que desconfiara, después de lo ocurrido.
Pero de pronto, pareció decidir que todo andaba bien y se acerco ella con una sonrisa.
_ Por fin te encuentro.- dijo Isaac con preocupación. Loni sonrió y buscó a Talbo con la mirada. Pero no le vio. No estaba.- ¿Qué te ha pasado, Loni? ¿Qué pasó en Salou?- al ver que Loni miraba a un lado y al otro desconcertada, le tomó las manos y la miró a los ojos. - ¿Estás bien?
Loni frunció el ceño.
_ ¿No está Talbo contigo?- preguntó en un murmullo.
Isaac negó con la cabeza.
_ No sé donde se encuentra, cuando desapareciste el partió en tu busqueda .- Loni pareció alarmada- Pero no te preocupes, llegará pronto, envie un mensaje a Menahem diciéndole que lo enviara a Toledo.
Loni suspiró visiblemente aliviada, pero sintió una extraña frialdad en su interior.
Isaac repitió su pregunta.
_ ¿Qué ha pasado, Loni? ¿Qué ocurrió en Salou?
La joven pareció darse cuenta de algo.
_ Vamos a un lugar más tranquilo, debes estar cansado del viaje... - Isaac asintió y señaló al chico.
_ ¿Hay algun problema si viene?
Loni estudió al chiquillo.
_ ¿Quién es?
_ Es mi guía por la ciudad, no sé nada sobre Toledo y es lo mejor que he podido encontrar.
Su vieja amiga pareció sorprendida.
_ Ah... ¿No es tu...ghoul?
Isaac apreto la mandibula y sus ojos brillaron con furia.
_ ¡¡Ghoul, jamás haría eso y menos a un niño!! - dijo, visiblemente enojado.
Curiosamente, aquella reacción divirtió a Loni, que alzó las cejas con una sonrisa y se encogió de hombros.
_ Disculpa.- dijo, divertida- Podemos alojarlo en la posada, nos será útil.
Isaac no se movió.
_ Espera... ¿Por qué has preguntado si era mi ghoul?- preguntó, receloso de nuevo, pero escrutando al chiquillo con la mirada.
_ Solo era curiosidad.- estaba obviamente sorprendida por los escrúpulos de su amigo, y aquello le resultaba divertido. Se agachó para poner sus ojos a la altura que los del niño- Hola ¿Cómo te llamas?- preguntó con dulzura.
El muchacho miro al suelo.
_ Roberto, Señora.- Isaac se interpuso bruscamente entre ella y el niño.
_ ¿Qué quieres del niño, Loni?
Esta vez no lo pudo evitar y rompió en carcajadas. Isaac la miraba enojado.
_ Solo trataba de ser cortés, Isaac.- se volvió hacia el chico- ¿Tienes hambre, Roberto?
Roberto negó con la cabeza.
_ No, señora. Ya he cenado el potaje de mi madre.
Isaac ocultó al muchacho aún más a su espalda.
_ Loni, no tiene hambre, no necesita nada. Y por favor, déjale en paz.
Iba a preguntar algo más, pero viendo la reacción de Isaac, se alejó del muchacho y dejó de sonreir.
Se enderezó:
_ Parece que en estos meses has olvidado diez años.- y miró a Isaac con unos ojos llenos de tristeza. De pronto su rostro se volvió frío en impasible- Vamos a la posada . Traelo si quieres, pero es tarde y tal vez quiera volver a casa.
_ No he olvidado nada, he hecho muchos sacrificios para venir a socorrerte.- dijo, con igual dureza.
Loni se volvió, a medio camino entre sorprendida, divertida y enojada.
_ ¿A socorrerme?- Isaac se detuvo en seco.
_ Loni, no juegues conmigo. He estado preocupado, todos lo hemos estado, buscandote con unos medios u otros.- su voz sonó ahora autoritaria, irrevocable. Loni se entristeció porque su viejo amigo utilizara sus habilidades con ella.
_ No es socorro lo que necesito, Isaac. Solo pensé que que con lo que está por venir, mi viejo amigo me ayudaría.- se acercó a él y le acarició el rostro con suavidad.- Ya no confías en mí.
No era una pregunta.
_ ¿Quieres saber la verdad?- espetó Isaac apartándose de su caricia, alejándose de ella. Loni dio un paso atrás, con los ojos brillantes de lágrimas, como si la acabara de abofetear- desapareciste con aquel hombre y si he venido ha sido porque a pesar de ello te aprecio, y espero que todo lo que sospecho sean tan solo eso, sospechas.
Sabes de mi odio hacia la herejía, sabes los asesinatos que cometieron, tan solo dame una explicación, y yo creeré en ella... -Loni le miraba, inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas que no querían caer, con los labios entreabiertos por la sorpresa. Isaac hizo su mirada menos dura, suavizó el tono y la miró a los ojos- Pero necesito una Loni...
De repente, sintió un movimiento a su espalda y Loni se volvió.
Elena se acercaba por el camino. A la distancia que estaba, era probable que hubiera escuchado parte de la conversación. Se alejó de Isaac y corrió hacia Elena.
_ ¡Elena! ¿Va todo bien?
_ Menos mal que te encuentro, Loni.- dijo la Dama.
Isaac se acercó y miró a la mujer.
_ ¿Quién es?
_ Es...- Loni se interrumpió- es una amiga. Te lo contaré después, no es el momento.
Cerró los ojos y desconectó del Ordo. - ¿Va todo bien, Elena?
La mujer señaló hacia un rincón apartado.
_ Sí, pero podría ir mejor.
Loni comprendió e hizo señal a Isaac para que esperara.
_ Está bien.- contestó con suavidad. Loni se acercó a él y le acarició el rostro una vez más, esbozando una sonrisa. Luego, se alejó con Elena.
_ ¿Qué ha pasado, Elena?- preguntó cuando estuvieron algo más apartadas- ¿Le ha ocurrido algo a Pedro?
Elena negó con la cabeza.
_ Pedro está bien. Lo que pasa es que quiero salir de esta ciudad y lo mejor sería que tu vinieras con nosostros.
Loni no estaba tan seguro de eso.
_ No creo que debas tomar esa decisión precipitadamente .- dijo al fin- ¿crees que podrás esperar un par de noches mas? Tengo que averiguar algunas cosas todavia.
Elena pareció dudar.
_ ¿Un par de noches?- carraspeó- De acuerdo. Pero no aguantaré mucho más, está ciudad me está consumiendo.
Loni puso una palma tranquilizadora sobre su hombro.
_ No te preocupes, cuando hayamos hablado esto con traquilidad, podréis marcharos.- miró a Isaac, que esperaba algo alejado- pero ahora tengo que llevar a mi amigo a la posada. Ha viajado mucho y puede ayudarnos.
_ ¿Quién es?- inquirió Elena lanzandole una mirada recelosa.
Loni sonrió.
_ Un viejo amigo. Alguien en quien confío.- Elena pareció estar a punto de decir algo, pero no lo dijo- No te preocupes, Elena. Tal vez esta noche vayamos a veros. No dejéis que Pedro salga, bajo ningun concepto.- tomó las manos de Elena- Tened cuidado. Nos veremos antes del amanecer.
Elena asintió y se alejó.
Loni volvió con Isaac, justo cuando su viejo amigo señalaba hacia la puerta de la ciudad.
_ Mira allí.
Había antorchas en la puerta de la ciudad, un tumulto. Pero desde tan lejos era dificil distinguir nada. Loni aguzó la vista.
Vio un grupo de soldados con un prisionero, atado a un enorme poste de madera y con los brazos abiertos en cruz. Parecía muy fuerte pero estaba herido y con una mirada de rabia en el rostro...
Se detuvo en seco.
...era Talbo.
Cogió brucamente a Isaac del brazo, y señaló a la puerta.
_ Isaac... ¡Es Talbo! ¡Tienen a Talbo!
_ ¿Dónde?- preguntó su viejo amigo forzando la vista sin distinguir nada.
Loni insistió, señalanzo.
_ ¡Allí!¡En la puerta! ¡Donde las antorchas!
Y salió corriendo en dirección a las puertas. Isaac corrió tras ella.
Cuando estaban a punto de llegar, vieron como los guardias metían al prisionero en el interior de la ciudad y cerraban las puertas.
Resbalando en la tierra, Loni giró sobre si misma y corrió hacia la entrada secreta, seguida de cerca por Isaac.
Recorrieron deprisa el pasadizo secreto. Trás ellos corría el chiquillo, que no podía creer que existiera un acceso tal en la ciudad.
Puesto que corría despacio, Isaac lo tomó en brazos y corrió con él a cuestas hasta que llegaron a la ciudad.
Casi sin pararse, Loni se volvió hacia Isaac:
_ ¿Puedes hacer que el chico olvide por donde hemos entrado?- Isaac asintió y dejó al chico a los ojos. Pudo ver como un aura terrorifica se formaba a su alrededor cuando le habló.
_ ¡Roberto jamás bajo ninguna circunstancia debes contar lo que a pasado esta noche, si lo haces volveré a por ti y no olvido ninguna afrenta!
El muchacho asintió rápidamente, aterrorizado.
El hechizo había dado resultado.
Continuaron corriendo por las calles de la ciudad, preguntando aquí y allá a los ciudadanos si habían visto a donde llevaba la guardia a su prisionero.
Al cabo de pocos minutos, se encontraban al pie de la Torre del Señor de Toledo.
Cerca, Niza hablaba con muchacho joven, un mendigo.
Cuando se estban acercando, Niza señaló a Loni y el muchacho se volvió hacia ella.
_ Ella es la Loni que conozco- dijo la assamita, saludandola con un gesto de cabeza.
Loni se acercó corriendo.
_¡Niza! -exclamó- ¿Qué pasa, Niza?¿Por qué lo encierran?
El muchacho la miró extrañado y ladeó la cabeza.
_Ummm, sois tal como os describió. Vos debéis ser Loni.-dijo con voz amable. Loni le miró extrañada.
_ Soy yo ¿Que ha pasado? ¿Por qué lo encierran?
El muchacho saltó levemente de un pie al otro.
_ Vuestro marido ha sido apresado mientras os buscaba. Me contó que estaba alimentandose en una granja cuando le prendieron.
Loni retrocedió un paso, llevandose una mano al rostro.
_ Santo Dios.- a su espalda, Isaac le puso una mano tranquilizadora en el hombro.- Otra vez no... ¿Qué es este lugar?
La Torre era el lugar utilizado por el Rey para alojar a invitados de alta alcurnia. Se decía que sus mazmorras eran muy profundas, y en lo alto de sus muros, ondeaba la bandera de los Caballeros de Santiago.
Estaba llena de caballeros religiosos.
_ No puedo...-murmuró- no me atrevo...
De pronto el muchacho se acercó a Loni y le tomó una mano.
_ Señora vuestro marido me ha dicho que siempre os amaria incluso despues de la muerte.
Y de pronto, al contacto de su mano, todas las concincias del Ordo entraron de golpe en su mente, como si descargaran un fuerte golpe en su cabeza, como si quisieran estar allí todas al mismo tiempo.
Se tambaleó, aturdida.
Isaac estaba hablando, le veia gesticular, pero no oía nada. Todo le daba vueltas.
"¿Qué haces, Loni?" preguntaron las Voces "¿Con quién estás?"
*Han apresado a mi esposo. ¡Tengo que liberarle!*
"Vaya, ¿quieres ayuda, Loni?"
*¿Podéis ayudarme?* suplicó en su mente.
"Claro, Loni, eres familia"
De pronto una voz tímida resonó en su cabeza.
"¿Señora, porque me susurrais?"
Desconcertada, tardó un instante en darse cuenta de que era el muchacho que la tomó de la mano.
_ ¡Cállate!- gritó al chico.
Y el muchacho enmudeció.
Sesión Décimo Segunda : Toledo (II)
Cuando despertó la noche siguiente, había descubierto algunas cosas durante sus sueños.
El Tercer Caín era la figura que reverenciaban los Apóstoles del Tercer Caín, una secta cainita.
Los Apóstoles creían que Jesucristo fue el Segundo Caín y que el Tercero nacería entre mortales, y que era su destino descubrirlo y Abrazarlo.
Habían tenido otros candidatos, como el rey Pedro, que falleció en la batalla de Muret hacía algunos años.
El Tercer Caín salvaría a la raza vampirica y la convertiría en dueña de todo lo que crece tanto en la oscuridad como bajo el sol.
De la misma manera que Jesucristo pagó los pecados de los hombres, el Tercer Caín haría lo mismo con los de los cainitas.
Nada más pudo encontrar, pero le fue suficiente.
Cerró los ojos y cortó su enlace con el Ordo.
Con la muerte del Duque y la llegada de la noticia durante el día, las calles y las puertas de Toledo habían doblado su vigilancia y nadie podía entrar en la ciudad una vez anochecido.
Se dirigió pues a la entrada secreta por la que había accedido a la ciudad la noche anterior, con la capucha echada sobre el rostro, ocultando sus rasgos.
Recorrió el pasadizo y salió al otro lado de las murallas.
Allí estaba el carro, con las dos mujeres.
Caminó hacia ellos en silencio, despacio.
Las mujeres tardaron un instante en percibir su presencia, pero enseguida la observaron con desconfianza, esperando que pasara de largo.
Pero no pasó, se detuvo justamente enfrente de ellas.
_ No podréis entrar en la ciudad.- dijo, desde la penumbra de su capa.
_ ¿Ah no?- replicó la assamita con sorna.
Loni sonrió aunque sabía que no podían verla.
_ Los guardias no dejan entrar a nadie una vez puesto el sol.
_ ¿Por qué motivo?- preguntó la mujer de piel oscura, que parecía estar al mando.
La sonrisa de Loni se tornó aún más sinuosa.
_ Creo que lo sabéis.
Esta vez Elena tomó la palabra.
_ Necesitamos entrar.
_ Venid conmigo. Conozco una entrada. No hay guardas.
La assamita cogió las riendas de los caballos.
_ No podéis traer el carro. Debe quedarse aquí.- miró a Elena a los ojos- ¿Dónde está el chico?
El rostro de Elena se desencajó.
_ ¿El chico?- parecía sorprendida y asustada por el hecho de que una desconocida conociera al chico.
La assamita, entró en el carro y sacó al muchacho.
"Hola Pedro"
Pedro la miró fijamente y alzó un dedo para señalarla, como si hubiera visto una aparición.
Tú eres...
_ ¿Qué pasa, Pedro?- preguntó, alarmada, Elena.
Loni sonrió.
"Si, soy yo, Pedro. He venido a buscarte, como te prometí."
Elena no entendía aquel silencio extraño, aquella mirada en los ojos del chico.
_ ¿Quienes sois?
"Creí que eras un sueño"
_ Vuestro hijo me conoce, Elena.- dijo con un deje de misterio- Podéis confiar en mí. Seguidme.
Pero no se movieron.
_ ¿Confiar en vos?¿Por qué?- inquirió, confundida, la mujer.
Loni se volvió un instante.
_ ¿Queréis entrar en la ciudad?- espetó.
Pedro, sin vacilar, dio un paso al frente.
_ Yo iré.
Elena miró a su hijo alarmada.
_ ¡Pedro! ¿De qué conoces a esta mujer?
La mujer de piel oscura avanzó también.
_ Elena, confía en mi. No pasará nada.
Loni alzó las cejas, sorprendida. No había detectado ninguna entrada en su mente...
_ No me habéis dicho vuestro nombre.- dijo la assamita.
_ Vos tampoco me habéis dicho el vuestro.- respondió.- Mi nombre es Loni.
La mujer bajó la mirada.
_ Yo soy Niza.
_ Seguidme ahora.- y comenzó a caminar hacia el pasadizo.
Atravesaron el túnel rápido, en silencio, atravesando la oscuridad, siguiendo la silueta más negra que las sombras que era Loni en la penumbra. Afortunadamente, solo permitía una dirección, de manera que era imposible perderse en la oscuridad.
Salieron del pasadizo en la parte interior de las murallas.
_ ¿Podemos ir a algun lugar en el que podamos hablar tranquilas?- preguntó Niza.
_ Tengo una habitación en la posada. Vamos allí.
Caminaron sin detenerse, por las calles iluminadas por antorchas, hasta llegar a la posada en la que había pasado el día.
Habló de nuevo con el posadero y consiguió un queso y media hogaza de pan para Pedro.
Subieron.
Cuando hubo cerrado la puerta, Niza se llevó las manos a las caderas.
_ Hablemos.
Elena tomó asiento en el lecho.
_ ¿De qué conocéis a Pedro?- preguntó.
_ Eso importa poco.- dijo al fin, retirandose la capucha- Habéis visto que me conoce y no me teme.
Loni se sentó en otra cama, y Pedro se sentó junto a ella en lugar de junto a su madre, para sorpresa de sus dos acompañantes.
_ ¡Pedro!- exclamó su madre- Ven aquí.
Pero el muchacho no se movió.
La assamita cruzó los brazos sobre el pecho.
_ ¿Estáis prometidos? ¡Explicaos!
Loni sonrió.
_ No, no es eso.- tomó la mano de Pedro y la apretó con fuerza. Él no la retiró. Loni miró a Elena.- Elena, vuestro hijo es importante para gente con muchas influencias. Gente que no debe encontrarlo.
_ Sí, eso ya lo suponía. ¿Qué pintais vos en todo esto?- espetó la dama.
Niza se acercó a ella.
_ ¡Elena, por dios! ¡Entiendo tu postura, pero relájate!
_ ¿Qué sabéis de vuestro hijo, Elena?- inquirió Loni.
Elena se puso en pie, ofendida.
_ ¿Cómo os atrevéis?
Loni soltó la mano de Pedro.
_ ¿Por qué me temeis, Elena?
_ No os temo - dijo la dama- pero no os conozco- Pedro volvió a tomarle la mano- aunque parece que mi hijo sí.
Sonrió.
_ Es algo largo de explicar ahora, debéis creerme cuando os digo que no os deseo ningún mal.- sintió el contacto del Ordo. Su enlace estaba a punto de regresar. Se puso en pie rápidamente- Debo marcharme ahora, por vuestra seguridad.
Pedro asintió con tristeza al oir que debía marcharse.
_ Es lo mismo de las otras veces ¿No es así?- preguntó con voz triste. Loni asintió con una sonrisa llena de cariño. Comenzaba a querer a aquel niño.
_ Sí, Pedro. Pero te prometo que mañana volveré.-Miró a Elena y a Niza.- Os explicaré mañana con más tiempo, ahora debo marcharme.
_ ¡No podéis marcharos!- exclamó Elena- ¿A donde vais?
Loni se dirigió a la puerta, sintiendo como el Ordo volvía a penetrar en su mente, poco a poco.
_ Cuidad de vuestro hijo.
Se echó la capucha sobre el rostro.
Niza se acercó a ella.
_ Os acompaño.
_ Quedaos aquí- dijo Elena- hay muchas cosas que debeis contar...
Loni negó con la cabeza, apretando la mandibula. ¡Debía marcharse ya!
_No, no podéis venir conmigo. Y no puedo quedarme. Confiad en mí, mañana os contaré todo.
Elena la agarró con un brazo. Loni habló a Niza sin palabras.
"Niza, por favor- dijo suplicante- no vengáis conmigo, debo marcharme ahora, confiad en mí"
_ Elena, dejala ir. -dijo la assamita- Volverá.
Elena soltó el brazo y Loni salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta trás ella.
Bajó corriendo las escaleras y en el mismo momento en que puso un pie en el empedrador de la calle, sintió el Ordo llenar su mente de nuevo.
Comenzó a caminar por las calles de Toledo, admirando las obras de la catedral, los edificios... Su sed de arte Toreador fue saciandose poco a poco.
Al pasar por una plaza, vio a un grupo de nobles y algunos soldados reunidos en la puerta de una posada, hablando.
Permaneció oculta en las sombras, estaba a más de veinte metros y podía escuchar su conversación susurrada como si estuvieran gritando a su lado.
_ No tienes ni idea de lo que dices.- dijo uno de los nobles.
_ Pero ese es el hijo del rey y la dama Elena de Cicerón.- dijo otro- Si ejecutamos el plan, será nuestro rey.
Otro más se unió a la conversación.
_ Tenemos el apoyo de más de la mitad de las casas desde Soria hasta Compostela. Cuando nos alcemos, necesitamos un rey que nos sirva lealmente. Tenemos que encontrar al chico.
_ Y ese idiota del duque Diego se deja matar por un hombre que se convierte en ceniza cuando le parten en dos, y dos mujeres misteriosas se lo llevan - dijo el que había hablado primero- ¿Quieres que me trague esa falacia?
_ No es la primera vez que oigo que alguien se transforma en ceniza al darle muerte.- dijo otro. Loni tragó saliva. Sabían más de lo que pensaba.- Recuerdo que hace unos años en un asalto a un castillo moro, su señor luchó con una furia increíble, esgrimiendo sombras como si fuesen lanzas.
_ Sí, oí ese rumor. - dijo el primero- No sabía que hubieras sido testigo.
_ Me mostraron aquellas cenizas. No lo vi en persona, pero lo de anoche con el duque... Al parecer el asesino esgrimía sombras, y luchaba como poseido por un demonio.
_ ¿Y qué piensa monseñor el Obispo de todo esto?- preguntó el tercero
_ Ungirá al rey.
_ Me refiero a lo del asesino del duque.
_ Noté cierta rabia en su mirada. No dijo nada, se limitó a maldecir por lo bajo al diablo, pero no dijo nada. Creo que tampoco era la primera vez que oía tal cosa.
Después de aquello, la conversación derivó por otros derroteros y al poco se retiraron para descansar en una de las posadas con blasones.
----------------
La noche siguiente, la puerta de la habitación se abrió y entró Loni, un par de horas después del anochecer.
_ Buenas noches.- dijo Elena. Parecía más tranquila.
_ Buenas noches, Elena.- miró a Pedro y le sonrió- Hola, Pedro.- El muchacho le devolvió la sonrisa.- Os dije que volvería y aquí estoy.
Niza no dijo nada, no se movió, permaneció cruzada de brazos, observando sombría.
_ Ayer os marchasteis sin decirnos apenas nada.- dijo Elena.
_ Y yo os dije que podíais confiar en ella.- espetó Pedro, y miró de nuevo a Loni con atención. Elena se llevó la mano al pecho, herida por las palabras de su hijo, al que veía ahora como un completo desconocido. Loni se sentó y Pedro se acercó a ella, tomando asiento a su lado.- Puedes estar tranquila- dijo- No te vigilan ahora. Puedes hablar.
Aquello tomó por sopresa a Loni y le miró con los ojos muy abiertos.
_ Tú...¿Puedes saber si están mirando? ¿Lo sientes?
Pedro asintió con naturalidad.
_ ¿Quien te vigila?- preguntó Elena.
_ El Ordo.- respondió Loni.
Elena pareció alarmada.
_ El Ordo... -Niza frunció el ceño también- Todo esto es muy extraño.
_ Os dije ayer que vuestro hijo es muy importante. Es importante por ser quien es, por supuesto, el hijo de...- se interrumpió, miró a Pedro y luego a Elena.- ¿Sabe quién es?
Pedro las miró con el ceño fruncido.
_ ¿Mi padre?¿Quién es mi padre? Siempre me han dicho que mi padre murió al poco de nacer yo.
Elena hizo oidos sordos a su hijo.
_ ¿Tando alboroto por eso?- dijo al fin.
_ No solo por eso, Elena. Es tambien importante para los cainitas, lo están buscando, y si lo encuentran, lo Abrazaran.
_ ¿A él? ¿Por qué?
Lono suspiró.
_ Según sus... profecías, ha de nacer en la tierra el Tercer Caín. Así como Cristo se sacrificó para redimir los pecados de los hombres, el Tercer Caín redimirá a la raza cainita y les permitirá el dominio de las tierras de la luz y la oscuridad.- Pedro se llevó la mano a la marca que tenía en la frente, al oir lo de Tercer Caín.
_ ¿Y se supone que Pedro es el Tercer Caín? ¿El Jesucristo de los cainitas?
_ El Ordo cree que Pedro puede serlo.- miró al muchacho. Seguía allí, pero como si lo que escuchaba no fuera con él o... como si ya lo supiese. Su actitud era escalofriante por la naturalidad con la que parecía asimilar todo.- Te hablan ¿Verdad, Pedro?- Pedro asintió- Me hablaste de las Voces en el monasterio. ¿Qué te decian?
_ Que me necesitaban.-contestó- Que yo era su luz y su esperanza de salvación.
_ ¿Estás seguro de que no están aquí ahora?- Pedro negó con la cabeza.
_ Desde que dejé el monasterio, no me han hablado. Me dijeron que fuese con el duque, para tomar mi puesto que me correspondía por derecho de nacimiento, mi lugar en el mundo, mi destino. Eso les ayudaría. Cuando murió el duque Diego, quedé desconcertado, pero ahora que te he visto, sé que todo irá bien.
_ ¿Con quién te llevaba el duque?- preguntó Elena.
_ No lo sé, pero era a ver a alguien aquí, en Toledo. No me dieron detalles. Me dijeron que cada cosa a su momento.
Loni frunció el ceño.
_ ¿Tú quieres ir con ellos, Pedro?
_ No sé si debo o no ir con ellos. Hasta ayer creía que sí. ¿Crees que no es así, Loni?
_ No creo que debas ir con ellos, Pedro.- dijo ella.
Pedro pareció desanimarse un momento.
_ Oh, bueno... Da igual, te creo Loni. Si me dices que no debo ir con ellos, te haré caso a ti.
Loni se volvió hacia la madre del chico.
_ Debemos mantener oculto a Pedro, Elena. Están buscandolo ya los nobles de la zona. Creen que se aleja de Toledo, tenemos esa ventaja. Pero saben que va con dos mujeres y... sabe como vestís. Y el Ordo sabrá ya que estáis aquí.
_ Aqui estará seguro de momento- dijo Elena- debemos quedarnos aquí el mayor tiempo posible. ¿El posadero es de fiar?
_ Será mejor que olvide que os ha visto.
_ Yo me encargo de eso.- aseguró Elena, y Loni asintió.
_ Mejor hazlo luego- intervino Niza- cuando bajes a pedir la cena.
Elena se volvió hacia Loni.
_ ¿Qué vas a hacer tú?
Loni se recostó contra la pared.
_ Yo podré estar con vosotros un par de horas cada noche, como ayer y como hoy. Pero pasado ese tiempo tendré que dejaros o el Ordo sabrá que estoy con vosotros y os encontrará.
_ ¿Cómo? ¿Te siguen?
Loni carraspeó.
_ Algo así. Tengo que encontrar la manera de ocultar a Pedro a ojos del Ordo.
_ En ese caso es mejor que no vuelvas por aquí.
Loni estuvo a punto de responderle de manera cortante: ella les había dicho todo lo que sabían, ella les había enseñado la entrada a la ciudad, Pedro confiaba en ella...
Pero Elena tenía razón.
El Tercer Caín era la figura que reverenciaban los Apóstoles del Tercer Caín, una secta cainita.
Los Apóstoles creían que Jesucristo fue el Segundo Caín y que el Tercero nacería entre mortales, y que era su destino descubrirlo y Abrazarlo.
Habían tenido otros candidatos, como el rey Pedro, que falleció en la batalla de Muret hacía algunos años.
El Tercer Caín salvaría a la raza vampirica y la convertiría en dueña de todo lo que crece tanto en la oscuridad como bajo el sol.
De la misma manera que Jesucristo pagó los pecados de los hombres, el Tercer Caín haría lo mismo con los de los cainitas.
Nada más pudo encontrar, pero le fue suficiente.
Cerró los ojos y cortó su enlace con el Ordo.
Con la muerte del Duque y la llegada de la noticia durante el día, las calles y las puertas de Toledo habían doblado su vigilancia y nadie podía entrar en la ciudad una vez anochecido.
Se dirigió pues a la entrada secreta por la que había accedido a la ciudad la noche anterior, con la capucha echada sobre el rostro, ocultando sus rasgos.
Recorrió el pasadizo y salió al otro lado de las murallas.
Allí estaba el carro, con las dos mujeres.
Caminó hacia ellos en silencio, despacio.
Las mujeres tardaron un instante en percibir su presencia, pero enseguida la observaron con desconfianza, esperando que pasara de largo.
Pero no pasó, se detuvo justamente enfrente de ellas.
_ No podréis entrar en la ciudad.- dijo, desde la penumbra de su capa.
_ ¿Ah no?- replicó la assamita con sorna.
Loni sonrió aunque sabía que no podían verla.
_ Los guardias no dejan entrar a nadie una vez puesto el sol.
_ ¿Por qué motivo?- preguntó la mujer de piel oscura, que parecía estar al mando.
La sonrisa de Loni se tornó aún más sinuosa.
_ Creo que lo sabéis.
Esta vez Elena tomó la palabra.
_ Necesitamos entrar.
_ Venid conmigo. Conozco una entrada. No hay guardas.
La assamita cogió las riendas de los caballos.
_ No podéis traer el carro. Debe quedarse aquí.- miró a Elena a los ojos- ¿Dónde está el chico?
El rostro de Elena se desencajó.
_ ¿El chico?- parecía sorprendida y asustada por el hecho de que una desconocida conociera al chico.
La assamita, entró en el carro y sacó al muchacho.
"Hola Pedro"
Pedro la miró fijamente y alzó un dedo para señalarla, como si hubiera visto una aparición.
Tú eres...
_ ¿Qué pasa, Pedro?- preguntó, alarmada, Elena.
Loni sonrió.
"Si, soy yo, Pedro. He venido a buscarte, como te prometí."
Elena no entendía aquel silencio extraño, aquella mirada en los ojos del chico.
_ ¿Quienes sois?
"Creí que eras un sueño"
_ Vuestro hijo me conoce, Elena.- dijo con un deje de misterio- Podéis confiar en mí. Seguidme.
Pero no se movieron.
_ ¿Confiar en vos?¿Por qué?- inquirió, confundida, la mujer.
Loni se volvió un instante.
_ ¿Queréis entrar en la ciudad?- espetó.
Pedro, sin vacilar, dio un paso al frente.
_ Yo iré.
Elena miró a su hijo alarmada.
_ ¡Pedro! ¿De qué conoces a esta mujer?
La mujer de piel oscura avanzó también.
_ Elena, confía en mi. No pasará nada.
Loni alzó las cejas, sorprendida. No había detectado ninguna entrada en su mente...
_ No me habéis dicho vuestro nombre.- dijo la assamita.
_ Vos tampoco me habéis dicho el vuestro.- respondió.- Mi nombre es Loni.
La mujer bajó la mirada.
_ Yo soy Niza.
_ Seguidme ahora.- y comenzó a caminar hacia el pasadizo.
Atravesaron el túnel rápido, en silencio, atravesando la oscuridad, siguiendo la silueta más negra que las sombras que era Loni en la penumbra. Afortunadamente, solo permitía una dirección, de manera que era imposible perderse en la oscuridad.
Salieron del pasadizo en la parte interior de las murallas.
_ ¿Podemos ir a algun lugar en el que podamos hablar tranquilas?- preguntó Niza.
_ Tengo una habitación en la posada. Vamos allí.
Caminaron sin detenerse, por las calles iluminadas por antorchas, hasta llegar a la posada en la que había pasado el día.
Habló de nuevo con el posadero y consiguió un queso y media hogaza de pan para Pedro.
Subieron.
Cuando hubo cerrado la puerta, Niza se llevó las manos a las caderas.
_ Hablemos.
Elena tomó asiento en el lecho.
_ ¿De qué conocéis a Pedro?- preguntó.
_ Eso importa poco.- dijo al fin, retirandose la capucha- Habéis visto que me conoce y no me teme.
Loni se sentó en otra cama, y Pedro se sentó junto a ella en lugar de junto a su madre, para sorpresa de sus dos acompañantes.
_ ¡Pedro!- exclamó su madre- Ven aquí.
Pero el muchacho no se movió.
La assamita cruzó los brazos sobre el pecho.
_ ¿Estáis prometidos? ¡Explicaos!
Loni sonrió.
_ No, no es eso.- tomó la mano de Pedro y la apretó con fuerza. Él no la retiró. Loni miró a Elena.- Elena, vuestro hijo es importante para gente con muchas influencias. Gente que no debe encontrarlo.
_ Sí, eso ya lo suponía. ¿Qué pintais vos en todo esto?- espetó la dama.
Niza se acercó a ella.
_ ¡Elena, por dios! ¡Entiendo tu postura, pero relájate!
_ ¿Qué sabéis de vuestro hijo, Elena?- inquirió Loni.
Elena se puso en pie, ofendida.
_ ¿Cómo os atrevéis?
Loni soltó la mano de Pedro.
_ ¿Por qué me temeis, Elena?
_ No os temo - dijo la dama- pero no os conozco- Pedro volvió a tomarle la mano- aunque parece que mi hijo sí.
Sonrió.
_ Es algo largo de explicar ahora, debéis creerme cuando os digo que no os deseo ningún mal.- sintió el contacto del Ordo. Su enlace estaba a punto de regresar. Se puso en pie rápidamente- Debo marcharme ahora, por vuestra seguridad.
Pedro asintió con tristeza al oir que debía marcharse.
_ Es lo mismo de las otras veces ¿No es así?- preguntó con voz triste. Loni asintió con una sonrisa llena de cariño. Comenzaba a querer a aquel niño.
_ Sí, Pedro. Pero te prometo que mañana volveré.-Miró a Elena y a Niza.- Os explicaré mañana con más tiempo, ahora debo marcharme.
_ ¡No podéis marcharos!- exclamó Elena- ¿A donde vais?
Loni se dirigió a la puerta, sintiendo como el Ordo volvía a penetrar en su mente, poco a poco.
_ Cuidad de vuestro hijo.
Se echó la capucha sobre el rostro.
Niza se acercó a ella.
_ Os acompaño.
_ Quedaos aquí- dijo Elena- hay muchas cosas que debeis contar...
Loni negó con la cabeza, apretando la mandibula. ¡Debía marcharse ya!
_No, no podéis venir conmigo. Y no puedo quedarme. Confiad en mí, mañana os contaré todo.
Elena la agarró con un brazo. Loni habló a Niza sin palabras.
"Niza, por favor- dijo suplicante- no vengáis conmigo, debo marcharme ahora, confiad en mí"
_ Elena, dejala ir. -dijo la assamita- Volverá.
Elena soltó el brazo y Loni salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta trás ella.
Bajó corriendo las escaleras y en el mismo momento en que puso un pie en el empedrador de la calle, sintió el Ordo llenar su mente de nuevo.
Comenzó a caminar por las calles de Toledo, admirando las obras de la catedral, los edificios... Su sed de arte Toreador fue saciandose poco a poco.
Al pasar por una plaza, vio a un grupo de nobles y algunos soldados reunidos en la puerta de una posada, hablando.
Permaneció oculta en las sombras, estaba a más de veinte metros y podía escuchar su conversación susurrada como si estuvieran gritando a su lado.
_ No tienes ni idea de lo que dices.- dijo uno de los nobles.
_ Pero ese es el hijo del rey y la dama Elena de Cicerón.- dijo otro- Si ejecutamos el plan, será nuestro rey.
Otro más se unió a la conversación.
_ Tenemos el apoyo de más de la mitad de las casas desde Soria hasta Compostela. Cuando nos alcemos, necesitamos un rey que nos sirva lealmente. Tenemos que encontrar al chico.
_ Y ese idiota del duque Diego se deja matar por un hombre que se convierte en ceniza cuando le parten en dos, y dos mujeres misteriosas se lo llevan - dijo el que había hablado primero- ¿Quieres que me trague esa falacia?
_ No es la primera vez que oigo que alguien se transforma en ceniza al darle muerte.- dijo otro. Loni tragó saliva. Sabían más de lo que pensaba.- Recuerdo que hace unos años en un asalto a un castillo moro, su señor luchó con una furia increíble, esgrimiendo sombras como si fuesen lanzas.
_ Sí, oí ese rumor. - dijo el primero- No sabía que hubieras sido testigo.
_ Me mostraron aquellas cenizas. No lo vi en persona, pero lo de anoche con el duque... Al parecer el asesino esgrimía sombras, y luchaba como poseido por un demonio.
_ ¿Y qué piensa monseñor el Obispo de todo esto?- preguntó el tercero
_ Ungirá al rey.
_ Me refiero a lo del asesino del duque.
_ Noté cierta rabia en su mirada. No dijo nada, se limitó a maldecir por lo bajo al diablo, pero no dijo nada. Creo que tampoco era la primera vez que oía tal cosa.
Después de aquello, la conversación derivó por otros derroteros y al poco se retiraron para descansar en una de las posadas con blasones.
----------------
La noche siguiente, la puerta de la habitación se abrió y entró Loni, un par de horas después del anochecer.
_ Buenas noches.- dijo Elena. Parecía más tranquila.
_ Buenas noches, Elena.- miró a Pedro y le sonrió- Hola, Pedro.- El muchacho le devolvió la sonrisa.- Os dije que volvería y aquí estoy.
Niza no dijo nada, no se movió, permaneció cruzada de brazos, observando sombría.
_ Ayer os marchasteis sin decirnos apenas nada.- dijo Elena.
_ Y yo os dije que podíais confiar en ella.- espetó Pedro, y miró de nuevo a Loni con atención. Elena se llevó la mano al pecho, herida por las palabras de su hijo, al que veía ahora como un completo desconocido. Loni se sentó y Pedro se acercó a ella, tomando asiento a su lado.- Puedes estar tranquila- dijo- No te vigilan ahora. Puedes hablar.
Aquello tomó por sopresa a Loni y le miró con los ojos muy abiertos.
_ Tú...¿Puedes saber si están mirando? ¿Lo sientes?
Pedro asintió con naturalidad.
_ ¿Quien te vigila?- preguntó Elena.
_ El Ordo.- respondió Loni.
Elena pareció alarmada.
_ El Ordo... -Niza frunció el ceño también- Todo esto es muy extraño.
_ Os dije ayer que vuestro hijo es muy importante. Es importante por ser quien es, por supuesto, el hijo de...- se interrumpió, miró a Pedro y luego a Elena.- ¿Sabe quién es?
Pedro las miró con el ceño fruncido.
_ ¿Mi padre?¿Quién es mi padre? Siempre me han dicho que mi padre murió al poco de nacer yo.
Elena hizo oidos sordos a su hijo.
_ ¿Tando alboroto por eso?- dijo al fin.
_ No solo por eso, Elena. Es tambien importante para los cainitas, lo están buscando, y si lo encuentran, lo Abrazaran.
_ ¿A él? ¿Por qué?
Lono suspiró.
_ Según sus... profecías, ha de nacer en la tierra el Tercer Caín. Así como Cristo se sacrificó para redimir los pecados de los hombres, el Tercer Caín redimirá a la raza cainita y les permitirá el dominio de las tierras de la luz y la oscuridad.- Pedro se llevó la mano a la marca que tenía en la frente, al oir lo de Tercer Caín.
_ ¿Y se supone que Pedro es el Tercer Caín? ¿El Jesucristo de los cainitas?
_ El Ordo cree que Pedro puede serlo.- miró al muchacho. Seguía allí, pero como si lo que escuchaba no fuera con él o... como si ya lo supiese. Su actitud era escalofriante por la naturalidad con la que parecía asimilar todo.- Te hablan ¿Verdad, Pedro?- Pedro asintió- Me hablaste de las Voces en el monasterio. ¿Qué te decian?
_ Que me necesitaban.-contestó- Que yo era su luz y su esperanza de salvación.
_ ¿Estás seguro de que no están aquí ahora?- Pedro negó con la cabeza.
_ Desde que dejé el monasterio, no me han hablado. Me dijeron que fuese con el duque, para tomar mi puesto que me correspondía por derecho de nacimiento, mi lugar en el mundo, mi destino. Eso les ayudaría. Cuando murió el duque Diego, quedé desconcertado, pero ahora que te he visto, sé que todo irá bien.
_ ¿Con quién te llevaba el duque?- preguntó Elena.
_ No lo sé, pero era a ver a alguien aquí, en Toledo. No me dieron detalles. Me dijeron que cada cosa a su momento.
Loni frunció el ceño.
_ ¿Tú quieres ir con ellos, Pedro?
_ No sé si debo o no ir con ellos. Hasta ayer creía que sí. ¿Crees que no es así, Loni?
_ No creo que debas ir con ellos, Pedro.- dijo ella.
Pedro pareció desanimarse un momento.
_ Oh, bueno... Da igual, te creo Loni. Si me dices que no debo ir con ellos, te haré caso a ti.
Loni se volvió hacia la madre del chico.
_ Debemos mantener oculto a Pedro, Elena. Están buscandolo ya los nobles de la zona. Creen que se aleja de Toledo, tenemos esa ventaja. Pero saben que va con dos mujeres y... sabe como vestís. Y el Ordo sabrá ya que estáis aquí.
_ Aqui estará seguro de momento- dijo Elena- debemos quedarnos aquí el mayor tiempo posible. ¿El posadero es de fiar?
_ Será mejor que olvide que os ha visto.
_ Yo me encargo de eso.- aseguró Elena, y Loni asintió.
_ Mejor hazlo luego- intervino Niza- cuando bajes a pedir la cena.
Elena se volvió hacia Loni.
_ ¿Qué vas a hacer tú?
Loni se recostó contra la pared.
_ Yo podré estar con vosotros un par de horas cada noche, como ayer y como hoy. Pero pasado ese tiempo tendré que dejaros o el Ordo sabrá que estoy con vosotros y os encontrará.
_ ¿Cómo? ¿Te siguen?
Loni carraspeó.
_ Algo así. Tengo que encontrar la manera de ocultar a Pedro a ojos del Ordo.
_ En ese caso es mejor que no vuelvas por aquí.
Loni estuvo a punto de responderle de manera cortante: ella les había dicho todo lo que sabían, ella les había enseñado la entrada a la ciudad, Pedro confiaba en ella...
Pero Elena tenía razón.
Sesión Décimo Primera: Toledo (I)
Trás varias semanas de viaje, el cochero anunció que habían llegado a Toledo, y cuando Loni asomó la cabeza por la ventana del carruaje, pudo ver la ciudad erguirse sobre aquella colina, recortando su inmensa mole amurallada contra las sombras.
La ciudad dormía aquella noche de primavera y el Ordo estaba tranquilo desde hacía algunos días.
Desde que había comenzado la busqueda del Tercer Caín, el Ordo había estado inquieto, pero de pronto se había calmado, y ahora flotaba como un gran ojo, centrando su atención sobre la ciudad de Toledo.
El cochero dirigió el carruaje hacia la puerta de Bisagra, la entrada a la ciudad, pero Loni le hizo una señal para que cambiara de dirección, hacia un lugar bajo las murallas, al oeste. El Ordo le había dicho que la entrada a la ciudad estaría cerrada por la noche, pero que una entrada secreta le permitiría cruzar las murallas sin problemas.
Encontró un viejo desagüe sin problemas. La reja no estaba asegurada, de manera que pudo entrar facilmente. De esta manera se introdujo en la ciudad, aunque todavía no tenía claro qué buscar.
Caminó de esta manera por las calles, buscando un alojamiento decente cuando reparó en algo que llamó su atención: frente a casi todas las posadas que encontraba un carro con el blasón de una casa noble de Castilla o de León.
Unas pocas horas después de que el campanario diera las doce, algo se estremeció en su mente. El Ordo palpitaba y se retorcía en su interior, con un grito de rabia tan fuerte que casi la hizo caer al suelo desmayada.
Se agarró fuerte a los barrotes de una ventana y respiró hondo.
Sabía que no lo necesitaba, pero era una costumbre humana que siempre le había ayudado a sobre llevar el miedo o el dolor.
El Ordo no se había debilitado, sin embargo algo había trastocado sus planes.
Cuando el grito cesó, se irguió de nuevo, mareada, y se dio cuenta de que se había encogido sobre sí misma.
Pero el Ordo ya no flotaba sobre Toledo.
Buscó con su mente a Pedro, allí, aferrada a los barrotes.
Pero no estaba. Había estado de camino, pero algo le había ocurrido.
Buscó ahora una posada, con urgencia. Necesitaba buscar a Pedro.
Encontró un humilde hostal que no ostentaba blasón y negoció con el posadero una habitación y la seguridad de no ser molestada hasta el día siguiente, por la noche.
Subió deprisa a su habitación y cerró los postigos de las ventanas, sentándose después sobre el lecho. Tomó aire unos instantes y se recostó, dejando sus manos descansar sobre el vientre, y cerró los ojos, cortando, aunque momentaneamente, su conexión con el Ordo.
Cuando volvió a abrirlos, vio su cuerpo tendido en la cama, muy por debajo. Dio un par de vueltas por la habitación para comprobar su agilidad - no había practicado desde que partiera de Pamplona- y cuando estuvo segura de gozar plenamente de sus facultades, atravesó los postigos de la ventana y flotó sobre las calles de Toledo, buscando el lugar en el que el Ordo tuviera puesto su ojo ahora, en algún lugar al noroeste de la ciudad.
Flotó sobre los campos y las granjas, ligera como una pluma.
Se sentía completamente feliz en aquel estado, sin su cuerpo sujeto a las necesidades mundanas, sin la Sed, sin la Bestia.
Después de algunas horas sobrevolando los campos de Castilla, detectó agitación en una posada que se encontraba a una jordana a caballo de Toledo.
Descendió entonces en espiral hasta un nivel más bajo, para observar de cerca lo que ocurría.
Muchos hombres con antorchas, demasiada actividad para la hora que era. Contó quince soldados bien armados, y algunos más en el suelo, muertos.
También había heridos.
Había habido algun tipo de enfrentamiento.
Dos soldados miraban con ojos llenos de terror un bulto en el suelo, y dentro de la posada había más agitación, y luces en todas las habitaciones.
Flotó por las habitaciones, subió las escaleras...
No había cainitas.
Sin embargo distinguió que los soldados no pertenecían todos a la misma casa y que sus blasones eran diferentes, como si estuvieran al servicio de diferentes amos.
Pero Pedro no estaba.
Salió de la posada y comenzó a sobrevolar un perímetro alrededor del edificio, en busca de alguien que huyera.
Entonces sintió al Ordo, estaba cerca y también buscaba, de manera que se apresuró.
Encontró un jinete que galopaba frenéticamente por un camino hacia el norte. Estaba asustado y espoleaba al caballo con urgencia.
Descendió y flotó sobre él hasta poder oler su miedo. Reconoció sus emblemas como los de los muertos que había en la posada.
Era un humano.
Y en el tiempo de un suspiro, entró en su mente.
Se vio sumergida entonces en un caos de miedo,de odio, de ira... La venganza acuchillaba todo su paso, pero Loni no se asustó.
Un pensamiento sobresalía por encima de todos los demás: Los vampiros existían y la Iglesia debía saberlo.
Penetró más profundo en su mente, buscando algo que pudiera serle de utilidad.
Pedro.
Huyó de la posada tres horas antes, pero hacía dos que él había tenido que dejarle.
Buscó en su mente el lugar en el que había dejado al chico.
En algun lugar, en la noche.
Al sur.
Saltó entonces fuera de su mente y flotó sobre el camino mientras la nube de polvo que dejaba el caballo en su galope pasaba a través de ella, difuminando un contorno que era ambiguo de todas maneras.
Al sur.
Se alzó de nuevo a capas más altas del aire y se deslizó por las corrientes, recorriendo con la mirada el suelo, algun rastro.
Pero no fue en el suelo donde encontró algo.
El Ordo se acercaba.
Aceleró su vuelo hasta que algo llamó su atención desde el suelo.
Unos perros ladraban.
Descendió.
Se trataba de una pequeña granja con un cobertizo.
Notó movimiento junto a un carro y se sintió completamente en el centro del punto de mira del ojo del Ordo.
Había dos mujeres y un chico en el cobertizo de la granja, tratando de robar un carro, atando unos caballos a su pescante.
Pedro.
Una vez los caballos atados, el carro salió a toda prisa de la granja, alejándose hacia el suroeste.
Camino de Toledo.
Una de las mujeres se metió en el interior del carro y comenzó a canturrear, sellando con sangre los agujeros en la lona que cubría el carro.
Flotó primero sobre el carro y después se acercó al chico.
La otra mujer se acercó a él, y les oyó hablar.
_ ¿Cómo estás?- dijo la mujer. Parecía incómoda, sin saber que decir. Pedro la miró fijamente.
_ Tú... Eres realmente mi madre, ¿verdad?-inquirió, para sorpresa de la mujer- ¿Cómo es posible eso? ¿Quiénes sois?
La mujer carraspeó y rehuyó su mirada.
_ Es... algo largo de contar.
_ Creo que tenemos tiempo.- fue la decidida respuesta del muchacho.
La mujer no parecía encontrar las palabras adecuadas, y de todas maneras, las palabras siempre eran más lentas.
Penetró en su mente.
Su nombre era Elena de Cicerón, una ventrue.
_ Todo comenzó hace varios años.- dijo Elena, y Loni lo escuchó desde su interior mientras seguía buscando. Iba a explicarle como nació. Al parecer le arrebataron al niño momentos después del parto. Recordó que era joven cuando tuvo a su hijo.
Trató de averiguar por qué le quitaron al niño.
Y lo encontró.
Envidia de la Reina.
Aquella mujer era la amante de Alfonso VIII.
Apartó aquel pensamiento con hastío.
Aquello no le interesaba.
Escuchó lo que decía la mujer.
_ No habría pasado un año desde que te apartaran de mí, la soledad mi única compañera.
No era una cualquiera, era una mujer de noble cuna. Por tanto Pedro era hijo del Rey...
_ Tu padre apenas me dedicó su tiempo.- y detrás de aquello leyó en su mente que ella tampoco había querido compartirlo: había sido una relación forzada. La habían sacado de su familia para que fuera la puta del Rey.- y por aquel entonces menos... Y eso lo aprovechó la bruja para maldecirme.- Pedro la escuchaba con atención.- por eso es que el paso de los años no deja su marca en mi cara. No te asustes por ello.
Un nombre apareción en su mente, su sire.
María de Toledo.
_ ¿Y eso es una maldición?- inquirió Pedro.
_ Sí, es la peor de las maldiciones.- contestó la mujer, sorprendida por la reacción del niño.- Pues parte de nuestra historia, de nuestra vida, muere.
Pedro inspiró fuerte y se relajó.
_ ¿Sabes? No sé por qué, pero hay algo que me dijo el duque Diego... que yo traería la paz a estas tierras en guerra perenne si le seguía. Y ahora él está muerto.- tomó aire de nuevo- Dices ser mi madre. ¿Pero quién es Pedro ahora? Nunca fue nadie hasta hace una semana. Ahora, no es nadie. ¿Quién soy? ¿Por qué sucede todo esto a mi alrededor?
Loni sintió ganas de rodearle con sus brazos y consolarlo, pero había cosas mas urgentes que hacer.
Saltó de la mente de Elena a la de Pedro.
_ Ya descubriremos juntos por qué estás aquí- dijo Elena.
Pedro pensaba en el duque de Burgos, que acababa de ser asesinado en la posada que había visitado antes.
Así que eso es lo que pasó
Pero guardó silencio. Esta vez no quería que Pedro supiera que estaba ahí.
_ Sigues siendo tú mismo - continuó la mujer- lo único que has descubierto es la raiz que te han arrancado.
El chico había vivido toda su vida en un montasterio, ignorando que era el hijo del Rey. Ahora se resistía a creer que Elena fuera su madre... Eran tan joven...
Tampoco sabía nada de vampiros.
Solo sabía que alguien le esperaba en Toledo. No sabía por qué, al parecer, se lo explicarían allí.
_ ¿Y quién soy yo, para que un duque muera, para que duques y condes me conduzcan personalmente a ver a miembros de la Iglesia y la nobleza a Toledo con no sé qué fin?- preguntó Pedro. Había amargura en su voz.
Loni depositó un beso dulce en su mente y saltó al exterior, dispuesta a entrar en la mente de la assamita, que había reparado ya la lona y conducía ahora el carruaje.
Se lanzó al interior.
Y algo la hizo rebotar fuera.
La habían detectado.
_ ¡Elena!- gritó la mujer- ¡Nos están espiando!
_ ¿Cómo?- se volvió alarmada la dama Elena.
_ ¡Alguien acaba de intentar entrar en mi mente!- exclamó, azuzando mas a los caballos.
Elena y Pedro miraron a su alrededor, buscando.
_ ¿Qué? ¿Quién?
_ ¿Pero de qué demonios habláis?- exclamó Pedro.
_ No puede ser...- Elena no entendía.
La assamita movió los brazos con exasperación.
_ ¡No lo sé!Pero lo he notado antes... Alguien ha tratado de forzar su entrada en mi mente!
Loni flotó fuera del carro y planéo sobre ellos.
Iban a dormir en el carro si no encontraban una posada.
Viajaron un par de horas todavía en dirección en Toledo, y al amanecer, ocultaron el carro para dormir.
Cuando la luz del sol bañó los muros de la ciudad, Loni volvió a su cuerpo.
La ciudad dormía aquella noche de primavera y el Ordo estaba tranquilo desde hacía algunos días.
Desde que había comenzado la busqueda del Tercer Caín, el Ordo había estado inquieto, pero de pronto se había calmado, y ahora flotaba como un gran ojo, centrando su atención sobre la ciudad de Toledo.
El cochero dirigió el carruaje hacia la puerta de Bisagra, la entrada a la ciudad, pero Loni le hizo una señal para que cambiara de dirección, hacia un lugar bajo las murallas, al oeste. El Ordo le había dicho que la entrada a la ciudad estaría cerrada por la noche, pero que una entrada secreta le permitiría cruzar las murallas sin problemas.
Encontró un viejo desagüe sin problemas. La reja no estaba asegurada, de manera que pudo entrar facilmente. De esta manera se introdujo en la ciudad, aunque todavía no tenía claro qué buscar.
Caminó de esta manera por las calles, buscando un alojamiento decente cuando reparó en algo que llamó su atención: frente a casi todas las posadas que encontraba un carro con el blasón de una casa noble de Castilla o de León.
Unas pocas horas después de que el campanario diera las doce, algo se estremeció en su mente. El Ordo palpitaba y se retorcía en su interior, con un grito de rabia tan fuerte que casi la hizo caer al suelo desmayada.
Se agarró fuerte a los barrotes de una ventana y respiró hondo.
Sabía que no lo necesitaba, pero era una costumbre humana que siempre le había ayudado a sobre llevar el miedo o el dolor.
El Ordo no se había debilitado, sin embargo algo había trastocado sus planes.
Cuando el grito cesó, se irguió de nuevo, mareada, y se dio cuenta de que se había encogido sobre sí misma.
Pero el Ordo ya no flotaba sobre Toledo.
Buscó con su mente a Pedro, allí, aferrada a los barrotes.
Pero no estaba. Había estado de camino, pero algo le había ocurrido.
Buscó ahora una posada, con urgencia. Necesitaba buscar a Pedro.
Encontró un humilde hostal que no ostentaba blasón y negoció con el posadero una habitación y la seguridad de no ser molestada hasta el día siguiente, por la noche.
Subió deprisa a su habitación y cerró los postigos de las ventanas, sentándose después sobre el lecho. Tomó aire unos instantes y se recostó, dejando sus manos descansar sobre el vientre, y cerró los ojos, cortando, aunque momentaneamente, su conexión con el Ordo.
Cuando volvió a abrirlos, vio su cuerpo tendido en la cama, muy por debajo. Dio un par de vueltas por la habitación para comprobar su agilidad - no había practicado desde que partiera de Pamplona- y cuando estuvo segura de gozar plenamente de sus facultades, atravesó los postigos de la ventana y flotó sobre las calles de Toledo, buscando el lugar en el que el Ordo tuviera puesto su ojo ahora, en algún lugar al noroeste de la ciudad.
Flotó sobre los campos y las granjas, ligera como una pluma.
Se sentía completamente feliz en aquel estado, sin su cuerpo sujeto a las necesidades mundanas, sin la Sed, sin la Bestia.
Después de algunas horas sobrevolando los campos de Castilla, detectó agitación en una posada que se encontraba a una jordana a caballo de Toledo.
Descendió entonces en espiral hasta un nivel más bajo, para observar de cerca lo que ocurría.
Muchos hombres con antorchas, demasiada actividad para la hora que era. Contó quince soldados bien armados, y algunos más en el suelo, muertos.
También había heridos.
Había habido algun tipo de enfrentamiento.
Dos soldados miraban con ojos llenos de terror un bulto en el suelo, y dentro de la posada había más agitación, y luces en todas las habitaciones.
Flotó por las habitaciones, subió las escaleras...
No había cainitas.
Sin embargo distinguió que los soldados no pertenecían todos a la misma casa y que sus blasones eran diferentes, como si estuvieran al servicio de diferentes amos.
Pero Pedro no estaba.
Salió de la posada y comenzó a sobrevolar un perímetro alrededor del edificio, en busca de alguien que huyera.
Entonces sintió al Ordo, estaba cerca y también buscaba, de manera que se apresuró.
Encontró un jinete que galopaba frenéticamente por un camino hacia el norte. Estaba asustado y espoleaba al caballo con urgencia.
Descendió y flotó sobre él hasta poder oler su miedo. Reconoció sus emblemas como los de los muertos que había en la posada.
Era un humano.
Y en el tiempo de un suspiro, entró en su mente.
Se vio sumergida entonces en un caos de miedo,de odio, de ira... La venganza acuchillaba todo su paso, pero Loni no se asustó.
Un pensamiento sobresalía por encima de todos los demás: Los vampiros existían y la Iglesia debía saberlo.
Penetró más profundo en su mente, buscando algo que pudiera serle de utilidad.
Pedro.
Huyó de la posada tres horas antes, pero hacía dos que él había tenido que dejarle.
Buscó en su mente el lugar en el que había dejado al chico.
En algun lugar, en la noche.
Al sur.
Saltó entonces fuera de su mente y flotó sobre el camino mientras la nube de polvo que dejaba el caballo en su galope pasaba a través de ella, difuminando un contorno que era ambiguo de todas maneras.
Al sur.
Se alzó de nuevo a capas más altas del aire y se deslizó por las corrientes, recorriendo con la mirada el suelo, algun rastro.
Pero no fue en el suelo donde encontró algo.
El Ordo se acercaba.
Aceleró su vuelo hasta que algo llamó su atención desde el suelo.
Unos perros ladraban.
Descendió.
Se trataba de una pequeña granja con un cobertizo.
Notó movimiento junto a un carro y se sintió completamente en el centro del punto de mira del ojo del Ordo.
Había dos mujeres y un chico en el cobertizo de la granja, tratando de robar un carro, atando unos caballos a su pescante.
Pedro.
Una vez los caballos atados, el carro salió a toda prisa de la granja, alejándose hacia el suroeste.
Camino de Toledo.
Una de las mujeres se metió en el interior del carro y comenzó a canturrear, sellando con sangre los agujeros en la lona que cubría el carro.
Flotó primero sobre el carro y después se acercó al chico.
La otra mujer se acercó a él, y les oyó hablar.
_ ¿Cómo estás?- dijo la mujer. Parecía incómoda, sin saber que decir. Pedro la miró fijamente.
_ Tú... Eres realmente mi madre, ¿verdad?-inquirió, para sorpresa de la mujer- ¿Cómo es posible eso? ¿Quiénes sois?
La mujer carraspeó y rehuyó su mirada.
_ Es... algo largo de contar.
_ Creo que tenemos tiempo.- fue la decidida respuesta del muchacho.
La mujer no parecía encontrar las palabras adecuadas, y de todas maneras, las palabras siempre eran más lentas.
Penetró en su mente.
Su nombre era Elena de Cicerón, una ventrue.
_ Todo comenzó hace varios años.- dijo Elena, y Loni lo escuchó desde su interior mientras seguía buscando. Iba a explicarle como nació. Al parecer le arrebataron al niño momentos después del parto. Recordó que era joven cuando tuvo a su hijo.
Trató de averiguar por qué le quitaron al niño.
Y lo encontró.
Envidia de la Reina.
Aquella mujer era la amante de Alfonso VIII.
Apartó aquel pensamiento con hastío.
Aquello no le interesaba.
Escuchó lo que decía la mujer.
_ No habría pasado un año desde que te apartaran de mí, la soledad mi única compañera.
No era una cualquiera, era una mujer de noble cuna. Por tanto Pedro era hijo del Rey...
_ Tu padre apenas me dedicó su tiempo.- y detrás de aquello leyó en su mente que ella tampoco había querido compartirlo: había sido una relación forzada. La habían sacado de su familia para que fuera la puta del Rey.- y por aquel entonces menos... Y eso lo aprovechó la bruja para maldecirme.- Pedro la escuchaba con atención.- por eso es que el paso de los años no deja su marca en mi cara. No te asustes por ello.
Un nombre apareción en su mente, su sire.
María de Toledo.
_ ¿Y eso es una maldición?- inquirió Pedro.
_ Sí, es la peor de las maldiciones.- contestó la mujer, sorprendida por la reacción del niño.- Pues parte de nuestra historia, de nuestra vida, muere.
Pedro inspiró fuerte y se relajó.
_ ¿Sabes? No sé por qué, pero hay algo que me dijo el duque Diego... que yo traería la paz a estas tierras en guerra perenne si le seguía. Y ahora él está muerto.- tomó aire de nuevo- Dices ser mi madre. ¿Pero quién es Pedro ahora? Nunca fue nadie hasta hace una semana. Ahora, no es nadie. ¿Quién soy? ¿Por qué sucede todo esto a mi alrededor?
Loni sintió ganas de rodearle con sus brazos y consolarlo, pero había cosas mas urgentes que hacer.
Saltó de la mente de Elena a la de Pedro.
_ Ya descubriremos juntos por qué estás aquí- dijo Elena.
Pedro pensaba en el duque de Burgos, que acababa de ser asesinado en la posada que había visitado antes.
Así que eso es lo que pasó
Pero guardó silencio. Esta vez no quería que Pedro supiera que estaba ahí.
_ Sigues siendo tú mismo - continuó la mujer- lo único que has descubierto es la raiz que te han arrancado.
El chico había vivido toda su vida en un montasterio, ignorando que era el hijo del Rey. Ahora se resistía a creer que Elena fuera su madre... Eran tan joven...
Tampoco sabía nada de vampiros.
Solo sabía que alguien le esperaba en Toledo. No sabía por qué, al parecer, se lo explicarían allí.
_ ¿Y quién soy yo, para que un duque muera, para que duques y condes me conduzcan personalmente a ver a miembros de la Iglesia y la nobleza a Toledo con no sé qué fin?- preguntó Pedro. Había amargura en su voz.
Loni depositó un beso dulce en su mente y saltó al exterior, dispuesta a entrar en la mente de la assamita, que había reparado ya la lona y conducía ahora el carruaje.
Se lanzó al interior.
Y algo la hizo rebotar fuera.
La habían detectado.
_ ¡Elena!- gritó la mujer- ¡Nos están espiando!
_ ¿Cómo?- se volvió alarmada la dama Elena.
_ ¡Alguien acaba de intentar entrar en mi mente!- exclamó, azuzando mas a los caballos.
Elena y Pedro miraron a su alrededor, buscando.
_ ¿Qué? ¿Quién?
_ ¿Pero de qué demonios habláis?- exclamó Pedro.
_ No puede ser...- Elena no entendía.
La assamita movió los brazos con exasperación.
_ ¡No lo sé!Pero lo he notado antes... Alguien ha tratado de forzar su entrada en mi mente!
Loni flotó fuera del carro y planéo sobre ellos.
Iban a dormir en el carro si no encontraban una posada.
Viajaron un par de horas todavía en dirección en Toledo, y al amanecer, ocultaron el carro para dormir.
Cuando la luz del sol bañó los muros de la ciudad, Loni volvió a su cuerpo.
Décima Sesión (IV): El Tercer Caín
En los dias que siguieron, le fue asignada una habitación, espaciosa, decorada con algunas esculturas y pinturas, nada demasiado ostentoso, siempre elegante.
Como si ella misma lo hubiera decorado.
Roque le dijo que aquella era ahora su casa, y que siempre podría volver a ella, pero que era libre de marcharse donde le placiera.
Al fin y al cabo, era familia.
Pondría los medios para su desplazamiento si quisiera partir.
Pero Loni decidió quedarse, explorar su nuevo poder, sus capacidades.
Y soñó.
Descubrió que la red, el Ordo, disponía de muchísima información y que podía acceder ella en sus sueños.
Su disciplinada y poderosa empatía y su "talento" le permitieron gran facilidad para encontrar cosas, y descubrió algo de valor para algo, aquel algo poderoso que habló en su mente cuando bebió del caliz: un chico mortal, de apenas diecisiete años.
Gran parte de la atención de la red estaba centrada en aquel muchacho. Le desea.
No pudo averiguar por qué, pero supo que le llamaban "Tercer Caín".
Recordó entonces el poder que había desarrollado y que le permitía abandonar su cuerpo y proyectar su alma casi en cualquier lugar, sin sufrir los efectos del sol.
No lo había probado desde que entrara en el Ordo y no sabía si ellos sabrían a donde había ido.
Lo intentó por la mañana, tendida en la penumbra de su habitación.
Cuando su alma se alzó por encima de su cuerpo, la conexión con el Ordo desapareció.
La telaraña permanecia aletargada durante el día. Probablemente de noche no funcionaría.
Y buscó al chico.
Quería saber quien era, donde estaba, en quien confiaba, qué cosas temía, y quien lo custodiaba.
Lo encontró en un monasterio.
Era un muchacho normal, un huérfano que trabajaba en un huerto.
Con él solo vivían los monjes del monasterio. Humanos. Humanos todos.
Su fé era poderosa, pero su poder lo era más.
Entró en el huerto en el que trabajaba el chico, en su mente.
Se llamaba Pedro.
"No abandones el monasterio por nada, Pedro. Su fé te protege "
Pedro se volvió, buscando a su alrededor el lugar del que provenía la voz.
Loni escuchó la voz del chico en su mente.
"Oh, no. Las Voces otra vez"
Sintió una punzada de amargura en el pecho al oir aquello, una triste familiaridad.
"Confía en mi, Pedro"
Casi al mismo tiempo, Pedro se detuvo en seco y frunció el ceño.
"Pero nunca habían venido de día"
"Vengo sola, Pedro, las Voces no están conmigo, pero no puedo esconderme de ellas mucho tiempo, debo protegerte, confia en mi "
El chico concentró su pensamiento en ella. Su voz sonó mas clara ahora.
"¿Quién eres? No suenas como las Voces..."
Sintió la fé del monasterio abrasar su alma. Su poder menguaba.
"Ire a buscarte. Sabrás quien soy cuando me veas."
Volvió a su cuerpo exhausta, agotada, y cayó dormida.
A la noche siguiente, al despertar, comprobó complacida que sus capacidades mentales estaban mucho mejor de lo esperado: si no atacaba al Ordo ni actuaba en su contra, podía encontrarse revitalizada al despertar.
También descubrió que había a su alcance conocimientos que de otra manera no hubiera podido adquirir.
En las noches que siguieron, se comportó como una discipula dócil y amable.
Nada en su mente contrariaba al Ordo, se limitaba a esculpir, dejándo que otros ojos compartieran lo que veía, agradecida de poder compartir su arte de aquella manera.
El hecho de que cada vez que cogiera el punzón, su mente se llenara suavemente de nuevas conciencias, le resultaba en cierta manera, acogedor y familiar.
Y durante los días de aquellas noches, se despojaba de su disfraz de chiquilla obediente y enviaba su alma a visitar a Pedro.
Hasta que un día descubrió que Pedro ya no estaba, se lo habían llevado.
Frenética buscó en el monasterio y descubrió a un monje escribiendo una carta a alguien, la madre del muchacho al parecer.
Se lo llevaban a Toledo, pero al parecer debían ir a recogerlo a una posada, en la baronía de Valdés.
Loni decidió partir entonces y envió un mensaje.
A un viejo amigo...
Como si ella misma lo hubiera decorado.
Roque le dijo que aquella era ahora su casa, y que siempre podría volver a ella, pero que era libre de marcharse donde le placiera.
Al fin y al cabo, era familia.
Pondría los medios para su desplazamiento si quisiera partir.
Pero Loni decidió quedarse, explorar su nuevo poder, sus capacidades.
Y soñó.
Descubrió que la red, el Ordo, disponía de muchísima información y que podía acceder ella en sus sueños.
Su disciplinada y poderosa empatía y su "talento" le permitieron gran facilidad para encontrar cosas, y descubrió algo de valor para algo, aquel algo poderoso que habló en su mente cuando bebió del caliz: un chico mortal, de apenas diecisiete años.
Gran parte de la atención de la red estaba centrada en aquel muchacho. Le desea.
No pudo averiguar por qué, pero supo que le llamaban "Tercer Caín".
Recordó entonces el poder que había desarrollado y que le permitía abandonar su cuerpo y proyectar su alma casi en cualquier lugar, sin sufrir los efectos del sol.
No lo había probado desde que entrara en el Ordo y no sabía si ellos sabrían a donde había ido.
Lo intentó por la mañana, tendida en la penumbra de su habitación.
Cuando su alma se alzó por encima de su cuerpo, la conexión con el Ordo desapareció.
La telaraña permanecia aletargada durante el día. Probablemente de noche no funcionaría.
Y buscó al chico.
Quería saber quien era, donde estaba, en quien confiaba, qué cosas temía, y quien lo custodiaba.
Lo encontró en un monasterio.
Era un muchacho normal, un huérfano que trabajaba en un huerto.
Con él solo vivían los monjes del monasterio. Humanos. Humanos todos.
Su fé era poderosa, pero su poder lo era más.
Entró en el huerto en el que trabajaba el chico, en su mente.
Se llamaba Pedro.
"No abandones el monasterio por nada, Pedro. Su fé te protege "
Pedro se volvió, buscando a su alrededor el lugar del que provenía la voz.
Loni escuchó la voz del chico en su mente.
"Oh, no. Las Voces otra vez"
Sintió una punzada de amargura en el pecho al oir aquello, una triste familiaridad.
"Confía en mi, Pedro"
Casi al mismo tiempo, Pedro se detuvo en seco y frunció el ceño.
"Pero nunca habían venido de día"
"Vengo sola, Pedro, las Voces no están conmigo, pero no puedo esconderme de ellas mucho tiempo, debo protegerte, confia en mi "
El chico concentró su pensamiento en ella. Su voz sonó mas clara ahora.
"¿Quién eres? No suenas como las Voces..."
Sintió la fé del monasterio abrasar su alma. Su poder menguaba.
"Ire a buscarte. Sabrás quien soy cuando me veas."
Volvió a su cuerpo exhausta, agotada, y cayó dormida.
A la noche siguiente, al despertar, comprobó complacida que sus capacidades mentales estaban mucho mejor de lo esperado: si no atacaba al Ordo ni actuaba en su contra, podía encontrarse revitalizada al despertar.
También descubrió que había a su alcance conocimientos que de otra manera no hubiera podido adquirir.
En las noches que siguieron, se comportó como una discipula dócil y amable.
Nada en su mente contrariaba al Ordo, se limitaba a esculpir, dejándo que otros ojos compartieran lo que veía, agradecida de poder compartir su arte de aquella manera.
El hecho de que cada vez que cogiera el punzón, su mente se llenara suavemente de nuevas conciencias, le resultaba en cierta manera, acogedor y familiar.
Y durante los días de aquellas noches, se despojaba de su disfraz de chiquilla obediente y enviaba su alma a visitar a Pedro.
Hasta que un día descubrió que Pedro ya no estaba, se lo habían llevado.
Frenética buscó en el monasterio y descubrió a un monje escribiendo una carta a alguien, la madre del muchacho al parecer.
Se lo llevaban a Toledo, pero al parecer debían ir a recogerlo a una posada, en la baronía de Valdés.
Loni decidió partir entonces y envió un mensaje.
A un viejo amigo...
Décima Sesión (III): Ordo Enigmatis
Salieron de la sala y cruzaron varias más.
Caminaron en silencio.
Al salir al exterior, Loni pudo ver que se encontraban en una maravillosa villa fortificada, rodeada de magníficos jardines.
Las estrellas cuajaban el firmamento con una nueva belleza y alumbraron su camino hasta un pequeño banco junto a unos rosales.
Rodrigó la tomó de la mano, esperaba sus preguntas.
Loni respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, todo seguía allí.
_ ¿Qué me habéis hecho, Rodrigo? ¿En qué me habéis convertido?
_ Roque es un nexo, un foco de unión de esta telaraña que nos une, Loni - dijo Rodrigo- El ordo considera que eras un peligro. Estabas ligada emocionalmente con nosotros. Somos familia. El ordo sabe que eres de valía, e incorporarte fue una idea interesante.
La chispa de ira que sintió en el interior de la villa volvió a amenazar con prender.
_ ¡¿Una idea interesante?!- se contuvo y añadió con desprecio- ¿Desde cuando eres tan pragmático, Rodrigo? ¿Qué es el Ordo?¿Que tengo de tan valioso para ellos? Para... nosotros...
_ El Ordo Enigmatis es una orden, que derivó hace siglos en esta telaraña mental. Nos da fuerza, algo común por lo que combatir. Nos deja libertad y fuerza, pero de vez en cuando nos exige ayuda y apoyo.- dio un paso hacia Loni, que retrocedió- Ahora eres una de los nuestros. Cuanto más te resistas, más dolerá. Cuanto más te acomodes, más te integrarás. Yo no me he acomodado... mucho. Pero los demás, sí. Ya les has visto. Han cambiado mucho. Como yo. Como lo harás tú... con el tiempo.
Loni percibió la tristeza en su mirada y le acarició el rostro con suavidad.
_ Rodrigo, mi pobre y buen Rodrigo...- murmuró- ¿Qué te han hecho?
Sintió un murmullo en su mente.
_ Mira, fíjate... - dijo entonces Rodrigo- Ahora... aquí, ¿lo notas? Está siempre ahí...- volvió a tomarle las manos y la miró, casi con fanatismo.- Loni, tú ya oías al Ordo en vida. Eras especial. Las Voces de las que hablabas. Tienes talento, el Ordo cree que con el tiempo puedes ser un Nexo, como Roque. Los Nexos son escasos, necesarios. Por eso, el año pasado enviaron a aquel chico... pero se resistió...
Loni agitó la cabeza, confundida.
_ Pero las Voces...erais... erais vosotros...
Esta vez fue Rodrigo quien le acarició el rostro.
_ No, mi queridiísima Loni... -murmuró - Las Voces creías que éramos nosotros, pero velaban por ti. Algunos... algunos humanos nacen destinados a ser cainitas. Como tú.
Recordó al chico en la fiesta del mausoleo, su gesto deformado por el dolor, su grito, la ceniza y la sangre...
_ El chico... ¿Eso es lo que ocurre si te resistes al Ordo?
Al oir el terror con el que decía "eso", Rodrigo permaneció en silencio, triste, encogido de hombros.
Loni se soltó de sus manos y dio un paso hacia atrás.
_ No quiero formar parte de esto, Rodrigo.- dijo, categórica.- Tienes que ayudarme a huir.
Dolor.
Más dolor.
Las rodillas se le doblaron y dejaron de responderle las piernas. Se aferró fuertemente a Rodrigo, que la sostuvo con fuerza.
La miraba con la mirada llena de compasión, mientras decía:
_ No hay huida posible, Loni, no la hay. Creeme, yo lo he intentado, no la hay...
Loni se dejó caer de rodillas al suelo, derrotada de nuevo, vencida.
Las lágrimas cruzaron su rostro, silenciosas, terroríficas...
_ Lo siento, Loni....- dijo, en un murmullo. Y entonces, una sonrisa malévola cruzó su rostro.- Pero tiene sus cosas buenas. Oh, sí...
Con la mirada perdida, Loni sentía que ya no tenía ningún tipo de control sobre su vida.
_ ¿Qué puede tener de bueno?- dijo, sin mirarle.
_ Puedes ser lo que quieras, Loni... Mira a Roque, señor de Navarra...- Loni alzó la mirada, asombrada, sin poder creer lo que oía, no de él...- Mírame a mi, un hombre fuerte del rey de Castilla y León. Poder, Sangre... El Ordo es tu aliado ahora...
Loni se puso en pie y empujó a Rodrigo con furia.
_ ¡Tú no eres así!- gritó. Rodrigo comenzó a reir- ¡Quiero hablar con el verdadero Rodrigo!
Comenzó a golpearle el pecho con fuerza.
Con un gesto rápido, Rodrigo sujetó sus manos y le retuvo los brazos a la espalda, cogiendo ambas muñecas con una sola mano.
_ Este es el verdadero Rodrigo...- dijo con un matiz malvado que no había oido nunca en él- El que contenía en su interior... Sus deseos...- y sacando la lengua, la deslizó a lo largo de su rostro, con lascivia.
_ ¡No!- gritó Loni, soltandose de su presa, empujó de nuevo a Rodrigo, alejándole de ella.- Alejate de mí.
Rodrigo volvió a reir.
Loni corrió. A ningun lugar en concreto, solo lejos, donde pudiera estar sola...
No la siguió.
"Puedes correr, Loni, pero ya no esconderte. Jamás volverás a estar sola..."
Se sintió asediada, con mente expuesta, vulnerable, herida, rota.
Corrió, corrió y corrió.
Sus pasos la guiaban a ninguna parte.
Comenzó a notar algo: su mente estaba leyendo la de Rodrigo sin que ella lo quisiera.
Él estaba volcando su mente en ella, forzándola.
Y lo que veía le aterraba y asqueaba: un deseo oculto hacia ella, un deseo que le impulsó a Abrazarla... La había vigilado durante noches, oculto, por la ventana, algo en él la deseaba, pero su humanidad, su tesoro más preciado, le impedía tocarla. Y ahora el freno a aquellas pasiones ocultas había desaparecido.
Caminaron en silencio.
Al salir al exterior, Loni pudo ver que se encontraban en una maravillosa villa fortificada, rodeada de magníficos jardines.
Las estrellas cuajaban el firmamento con una nueva belleza y alumbraron su camino hasta un pequeño banco junto a unos rosales.
Rodrigó la tomó de la mano, esperaba sus preguntas.
Loni respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, todo seguía allí.
_ ¿Qué me habéis hecho, Rodrigo? ¿En qué me habéis convertido?
_ Roque es un nexo, un foco de unión de esta telaraña que nos une, Loni - dijo Rodrigo- El ordo considera que eras un peligro. Estabas ligada emocionalmente con nosotros. Somos familia. El ordo sabe que eres de valía, e incorporarte fue una idea interesante.
La chispa de ira que sintió en el interior de la villa volvió a amenazar con prender.
_ ¡¿Una idea interesante?!- se contuvo y añadió con desprecio- ¿Desde cuando eres tan pragmático, Rodrigo? ¿Qué es el Ordo?¿Que tengo de tan valioso para ellos? Para... nosotros...
_ El Ordo Enigmatis es una orden, que derivó hace siglos en esta telaraña mental. Nos da fuerza, algo común por lo que combatir. Nos deja libertad y fuerza, pero de vez en cuando nos exige ayuda y apoyo.- dio un paso hacia Loni, que retrocedió- Ahora eres una de los nuestros. Cuanto más te resistas, más dolerá. Cuanto más te acomodes, más te integrarás. Yo no me he acomodado... mucho. Pero los demás, sí. Ya les has visto. Han cambiado mucho. Como yo. Como lo harás tú... con el tiempo.
Loni percibió la tristeza en su mirada y le acarició el rostro con suavidad.
_ Rodrigo, mi pobre y buen Rodrigo...- murmuró- ¿Qué te han hecho?
Sintió un murmullo en su mente.
_ Mira, fíjate... - dijo entonces Rodrigo- Ahora... aquí, ¿lo notas? Está siempre ahí...- volvió a tomarle las manos y la miró, casi con fanatismo.- Loni, tú ya oías al Ordo en vida. Eras especial. Las Voces de las que hablabas. Tienes talento, el Ordo cree que con el tiempo puedes ser un Nexo, como Roque. Los Nexos son escasos, necesarios. Por eso, el año pasado enviaron a aquel chico... pero se resistió...
Loni agitó la cabeza, confundida.
_ Pero las Voces...erais... erais vosotros...
Esta vez fue Rodrigo quien le acarició el rostro.
_ No, mi queridiísima Loni... -murmuró - Las Voces creías que éramos nosotros, pero velaban por ti. Algunos... algunos humanos nacen destinados a ser cainitas. Como tú.
Recordó al chico en la fiesta del mausoleo, su gesto deformado por el dolor, su grito, la ceniza y la sangre...
_ El chico... ¿Eso es lo que ocurre si te resistes al Ordo?
Al oir el terror con el que decía "eso", Rodrigo permaneció en silencio, triste, encogido de hombros.
Loni se soltó de sus manos y dio un paso hacia atrás.
_ No quiero formar parte de esto, Rodrigo.- dijo, categórica.- Tienes que ayudarme a huir.
Dolor.
Más dolor.
Las rodillas se le doblaron y dejaron de responderle las piernas. Se aferró fuertemente a Rodrigo, que la sostuvo con fuerza.
La miraba con la mirada llena de compasión, mientras decía:
_ No hay huida posible, Loni, no la hay. Creeme, yo lo he intentado, no la hay...
Loni se dejó caer de rodillas al suelo, derrotada de nuevo, vencida.
Las lágrimas cruzaron su rostro, silenciosas, terroríficas...
_ Lo siento, Loni....- dijo, en un murmullo. Y entonces, una sonrisa malévola cruzó su rostro.- Pero tiene sus cosas buenas. Oh, sí...
Con la mirada perdida, Loni sentía que ya no tenía ningún tipo de control sobre su vida.
_ ¿Qué puede tener de bueno?- dijo, sin mirarle.
_ Puedes ser lo que quieras, Loni... Mira a Roque, señor de Navarra...- Loni alzó la mirada, asombrada, sin poder creer lo que oía, no de él...- Mírame a mi, un hombre fuerte del rey de Castilla y León. Poder, Sangre... El Ordo es tu aliado ahora...
Loni se puso en pie y empujó a Rodrigo con furia.
_ ¡Tú no eres así!- gritó. Rodrigo comenzó a reir- ¡Quiero hablar con el verdadero Rodrigo!
Comenzó a golpearle el pecho con fuerza.
Con un gesto rápido, Rodrigo sujetó sus manos y le retuvo los brazos a la espalda, cogiendo ambas muñecas con una sola mano.
_ Este es el verdadero Rodrigo...- dijo con un matiz malvado que no había oido nunca en él- El que contenía en su interior... Sus deseos...- y sacando la lengua, la deslizó a lo largo de su rostro, con lascivia.
_ ¡No!- gritó Loni, soltandose de su presa, empujó de nuevo a Rodrigo, alejándole de ella.- Alejate de mí.
Rodrigo volvió a reir.
Loni corrió. A ningun lugar en concreto, solo lejos, donde pudiera estar sola...
No la siguió.
"Puedes correr, Loni, pero ya no esconderte. Jamás volverás a estar sola..."
Se sintió asediada, con mente expuesta, vulnerable, herida, rota.
Corrió, corrió y corrió.
Sus pasos la guiaban a ninguna parte.
Comenzó a notar algo: su mente estaba leyendo la de Rodrigo sin que ella lo quisiera.
Él estaba volcando su mente en ella, forzándola.
Y lo que veía le aterraba y asqueaba: un deseo oculto hacia ella, un deseo que le impulsó a Abrazarla... La había vigilado durante noches, oculto, por la ventana, algo en él la deseaba, pero su humanidad, su tesoro más preciado, le impedía tocarla. Y ahora el freno a aquellas pasiones ocultas había desaparecido.
Décima Sesión (II): In Vitae, Veritas
Algo en su boca, caliente y espeso.
Dulce.
Sangre.
No...
Vitae.
Una mano en su pecho, insuflándole vida.
Abrió los ojos, y entre nieblas, distinguió el rostro de la muerte ante ella.
Algo en su mente susurró una palabra.
Mortis.
_ Bienvenida a Pamplona, Dama Loni.- dijo una voz.
Se dio cuenta entonces que la estaca ya no atravesaba su pecho y que podía moverse.
Se incorporó, débil y hambrienta.
Había sentado, a medio metro de donde estaba tumbada, un hombre, de unas tres décadas, con el craneo completamente despoblado y brillante, y un aro a modo de pendiente en una oreja.
Vestía una levita de terciopelo añil adornada con botones de plata y oro, y una blusa blanca de seda que denotaba una posición acomodada en la nobleza. El fajín parecía bordado en hilos de plata y los calzones del color de la levita iban rematados por sendas vistas en cinta dorada.
Sobre todo esto, llevaba una magnífica capa color burdeos que se derramaba por encima de los brazos de la butaca que ocupaba.
_ Me llamo Roque, y vos debeis ser la chiquilla de Rodrigo de Lances.- dijo el hombre con una voz sedosa y acostumbrada a dar órdenes- Siento el viaje, pero Étienne creyó que era lo más apropiado.
Loni le miró un instante con recelo. Notaba poco a poco las fuerzas volver a su cuerpo, sus sentidos, pero seguía estando muy débil.
Se encontraba en una habitación muy grande, con altos techos y ventanas enrejadas en lo alto de las paredes.
El capadocio con rostro de muerte que la había reanimado asintió a Roque y se marchó discretamente por una pequeña puerta a la derecha.
Estando solos, Loni se dio cuenta de que la sala no tenía decoración alguna y que la silla en la que se sentaba Roque y la cama en la que ella misma estaba recostada eran el único mobiliario.
Estudió a Roque con la mirada.
_ ¿Dónde estoy?- preguntó al fin, y su voz le sonó desconocida después del letargo.
_ En mis dominios.- contestó Roque.
Como un reflejo, Loni trató de entrar en su mente. Necesitaba saber qué hacía allí y cuanto tiempo había pasado.
Roque detectó su ataque y lo esquivó, negando suavemente con la cabeza.
_ No, no, no.- agitaba al tiempo un dedo esbelto y pálido con un movimiento sinuoso, como quien regaña a un niño... o a una mascota.
Loni se sentía agredida, ultrajada.
_ ¿Qué hago aquí?- espetó, y ella misma se asombró de la autoridad que había dado a su voz- ¿Por qué me habéis traido?
_ Porque eres familia, Loni- dijo, con calma- y la familia debe estar unida.
Loni entrecerró los ojos.
_ ¿Y la familia también debe pasar hambre?- respondió con tono mordaz.
Si quería jugar con ella al anfitrión amable, no sería una invitada dócil.
De repente, de la penumbra de su izquierda, surgió Rodrigo.
Trás él, Motoko, Claudio, Boudicca y su eterno chiquillo. Todos, todos salvo Étienne.
Rodrigo se adelantó a los demás, acercándose al lecho de Loni.
La joven se puso en pie costosamente, con los ojos llenos de lágrimas, de alegría, de miedo, de incomprensión. Tantos, tantos años...
_ Loni... Mi chiquilla... - murmuró Rodrigo con la voz embargada de emoción.
Abrió los brazos y rodeó el pequeño cuerpo de su hija en las tinieblas, sumiéndola en un profundo abrazo.
Loni no consiguió devolverle el abrazo, sin asimilar todavía lo que estaba ocurriendo.
_ ¿Qué está pasando, Rodrigo?- se deshizo de su abrazo y le miró a los ojos.- ¿Por qué estamos aqui?
Rodrigo tomó sus pequeñas manos, blancas y frías como el alabastro, y las acarició con sus dedos, suavemente.
_ Este es tu sitio, Loni,- dijo, Loni frunció el ceño, sin entender- entiendo tu confusión, pequeña, pero pronto lo entenderás todo.
Motoko se acercó a ellos, con un cáliz en las manos.
Seguía tan hermosa como siempre, con aquel rostro frío y exótico y su cabello de azabache. Seguía vistiendo sus vistosos vestidos. No había cambiado nada, ni el brillo de acero en sus ojos de tinta ni el gesto severo en los labios.
Rodrigo soltó a Loni y sacó un puñal de los pliegues de su ropa. Con un gesto rápido, deslizó la hoja por su muñeca.
Y mientras dejaba manar la sangre en el cáliz, dijo:
_ In vitae, veritas.
Cerró entonces la herida y pasó Motoko pasó el cáliz, uno a uno, a todos los presentes, y todos abrieron sus muñecas y dijeron las extrañas palabras.
In vitae, veritas.
Uno trás otro, los presentes derramaron su sangre en la copa, siendo Roque el último.
Abrió su muñeca con un cuchillo y al verter su sangre en la copa, dijo:
_ In vitae, Ordo.
Motoko entonces se deslizó hacia Loni y le tendió el cáliz.
_ Bebe.
Usaba aquel tono autoritario y severo que no admitía réplica, pero aún así, Loni se rebeló.
_ No.- dijo, igualmente autoritaria, y retrocedió, alejándose del cáliz.
Se dio cuenta entonces de que todos los presentes habían formado un círculo a su alrededor, y lo estrecharon, reduciendo el espacio entre ella y la copa que le ofrecían.
Motoko avanzó un paso hacia ella.
_ Bebe- repitió- Por voluntad propia, te será menos doloroso. No te resistas, eres familia...
Loni dio otro paso hacia atrás y topó con la barrera humana.
_ No.- volvió a decir- Dejadme marchar.
Por el rabillo del ojo, pudo ver a Rodrigo.
Estaba llorando.
"Rodrigo... mi buen Rodrigo, mi padre. Ayúdame, ayúdame a escapar..."
La voz de Rodrigo respondió en su mente, cargada de tristeza.
"Lo siento, Loni... Intenté protegerte de esto..."
Sintió una ira que no había conocido hasta entonces.
"¿Mantenerete oculto mientras te buscaba era protegerme? ¡Ayúdame, Rodrigo, por el amor de Dios!"
"Pero aprenderás a vivir con ello... Y no es tan malo, créeme..."
Aquella voz no era la de Rodrigo. Tenía malicia.
Miró a su alrededor.
Roque parecía estar dandose cuenta de lo que ocurría y dijo:
_ Rodrigo, hazlo tú.
Rodrigo, sin un instante de duda, apartó a Motoko y tomó el cáliz.
Comenzaron entonces a cantar algo en tono muy bajo, algo extraño.
Rodrigo tomó el rostro de Loni con las manos y trató de verter la sangre en su boca.
Pero la delicada chiquilla que había educado en un castillo señorial, rodeada de atenciones, volvió el rostro bruscamente, alejándose de sus manos.
Alguien la sujetó, varias personas.
La ira creció más y más en su interior, y se debatió, tratando de zafarse de aquella presa.
Arañó, mordió y pataleo con todas sus fuerzas. Le sujetaron la cabeza con fuerza y volvieron a acercarle el cáliz a los labios.
Dio un manotazo a la mano que lo sostenía, tratando de volcarlo, pero la sangre se derramó en su boca y fluyó cálida y maravillosa por su garganta.
Entonces la soltaron y Loni, derrotada, se dejó caer de rodillas en el suelo.
Su mente comenzó a llenarse de susurros, de voces y de... ¿imágenes?, ...cosas lejanas... cosas de otros lugares... comenzó a ver por los ojos de otros, a oir por los oidos de otros...
"¿Qué quieres ver? Yo te lo mostraré" -dijo la voz de Roque.- "Déjame que te muestre el Ordo..."
De pronto, su mente había conectado con aquella extraña red, de ver por los ojos de cualquiera que formara parte de ella. Escuchó conversaciones, leyó textos antiguos que alguien leia en un rincón, misas negras que alguien oficiaba en algún lugar.
Y por encima de todas ellas, algo, algo infinitamente poderoso conduciéndolas, vigilándolas...
De algún lugar de su alma derrotada, brilló un atisbo de rebeldía.
"¡No!¡No quiero ver! ¡Sal de mi cabeza!"
*Loni*
No era la voz de Roque, no era la de Rodrigo.
*Loni de los Toreador, chiquilla de Rodrigo de Lances*
No, no pertenecía a nadie de los allí presentes.
*Escúchame*
Era la voz de aquel algo, de aquella fuerza desconocida.
*Loni, eres de la familia ahora.*
*Nunca volverás a estar sola. Nunca volverás a esculpir sola. Nuestra fuerza, será la tuya. Tu mano hábil que talla la piedra, será la nuestra*
*Eres libre ahora, Loni. Tienes nuestra fuerza. Pero no trates de traicionarnos, Loni*
*Sería...*
*...desagradable*
Y de pronto, un dolor atroz recorrió su cuerpo haciéndola gritar y retorciéndo su cuerpo en el suelo, con violentos espamos, como cientos de agujas y puñales al rojo clavándose en su carne, como un acero ardiente en su cerebro.
El dolor disminuyó un punto, y poco a poco se fue haciendo mas soportable.
Loni comprendió que los demás estaban compartiéndolo con ella, absorviéndolo.
Se fue haciendo menos y menos intenso, y al final, solo quedó en su pecho una tranquilidad blanca y sosegada.
Paz.
Los susurros seguían allí, pero ya no molestaban, como si hubieran pasado a un segundo plano al que pudiera recurrir en caso de necesidad.
Comprendió entonces que ir contra aquello comportaba dolor.
Mucho dolor.
La visión terminó.
Tenía un cordero muerto entre los brazos y los labios manchados de sangre.
Había saciado su sangre con él y ni siquiera lo recordaba.
Todo el mundo había desaparecido, salvo Rodrigo que, de pie frente a ella, la observaba con tristeza.
Al ver que alzaba la mirada hacia él, su sire la tomó de una mano con suavidad.
_ Vamos a dar un paseo por el jardín.Creo que tienes muchas preguntas sin respuesta.
Dulce.
Sangre.
No...
Vitae.
Una mano en su pecho, insuflándole vida.
Abrió los ojos, y entre nieblas, distinguió el rostro de la muerte ante ella.
Algo en su mente susurró una palabra.
Mortis.
_ Bienvenida a Pamplona, Dama Loni.- dijo una voz.
Se dio cuenta entonces que la estaca ya no atravesaba su pecho y que podía moverse.
Se incorporó, débil y hambrienta.
Había sentado, a medio metro de donde estaba tumbada, un hombre, de unas tres décadas, con el craneo completamente despoblado y brillante, y un aro a modo de pendiente en una oreja.
Vestía una levita de terciopelo añil adornada con botones de plata y oro, y una blusa blanca de seda que denotaba una posición acomodada en la nobleza. El fajín parecía bordado en hilos de plata y los calzones del color de la levita iban rematados por sendas vistas en cinta dorada.
Sobre todo esto, llevaba una magnífica capa color burdeos que se derramaba por encima de los brazos de la butaca que ocupaba.
_ Me llamo Roque, y vos debeis ser la chiquilla de Rodrigo de Lances.- dijo el hombre con una voz sedosa y acostumbrada a dar órdenes- Siento el viaje, pero Étienne creyó que era lo más apropiado.
Loni le miró un instante con recelo. Notaba poco a poco las fuerzas volver a su cuerpo, sus sentidos, pero seguía estando muy débil.
Se encontraba en una habitación muy grande, con altos techos y ventanas enrejadas en lo alto de las paredes.
El capadocio con rostro de muerte que la había reanimado asintió a Roque y se marchó discretamente por una pequeña puerta a la derecha.
Estando solos, Loni se dio cuenta de que la sala no tenía decoración alguna y que la silla en la que se sentaba Roque y la cama en la que ella misma estaba recostada eran el único mobiliario.
Estudió a Roque con la mirada.
_ ¿Dónde estoy?- preguntó al fin, y su voz le sonó desconocida después del letargo.
_ En mis dominios.- contestó Roque.
Como un reflejo, Loni trató de entrar en su mente. Necesitaba saber qué hacía allí y cuanto tiempo había pasado.
Roque detectó su ataque y lo esquivó, negando suavemente con la cabeza.
_ No, no, no.- agitaba al tiempo un dedo esbelto y pálido con un movimiento sinuoso, como quien regaña a un niño... o a una mascota.
Loni se sentía agredida, ultrajada.
_ ¿Qué hago aquí?- espetó, y ella misma se asombró de la autoridad que había dado a su voz- ¿Por qué me habéis traido?
_ Porque eres familia, Loni- dijo, con calma- y la familia debe estar unida.
Loni entrecerró los ojos.
_ ¿Y la familia también debe pasar hambre?- respondió con tono mordaz.
Si quería jugar con ella al anfitrión amable, no sería una invitada dócil.
De repente, de la penumbra de su izquierda, surgió Rodrigo.
Trás él, Motoko, Claudio, Boudicca y su eterno chiquillo. Todos, todos salvo Étienne.
Rodrigo se adelantó a los demás, acercándose al lecho de Loni.
La joven se puso en pie costosamente, con los ojos llenos de lágrimas, de alegría, de miedo, de incomprensión. Tantos, tantos años...
_ Loni... Mi chiquilla... - murmuró Rodrigo con la voz embargada de emoción.
Abrió los brazos y rodeó el pequeño cuerpo de su hija en las tinieblas, sumiéndola en un profundo abrazo.
Loni no consiguió devolverle el abrazo, sin asimilar todavía lo que estaba ocurriendo.
_ ¿Qué está pasando, Rodrigo?- se deshizo de su abrazo y le miró a los ojos.- ¿Por qué estamos aqui?
Rodrigo tomó sus pequeñas manos, blancas y frías como el alabastro, y las acarició con sus dedos, suavemente.
_ Este es tu sitio, Loni,- dijo, Loni frunció el ceño, sin entender- entiendo tu confusión, pequeña, pero pronto lo entenderás todo.
Motoko se acercó a ellos, con un cáliz en las manos.
Seguía tan hermosa como siempre, con aquel rostro frío y exótico y su cabello de azabache. Seguía vistiendo sus vistosos vestidos. No había cambiado nada, ni el brillo de acero en sus ojos de tinta ni el gesto severo en los labios.
Rodrigo soltó a Loni y sacó un puñal de los pliegues de su ropa. Con un gesto rápido, deslizó la hoja por su muñeca.
Y mientras dejaba manar la sangre en el cáliz, dijo:
_ In vitae, veritas.
Cerró entonces la herida y pasó Motoko pasó el cáliz, uno a uno, a todos los presentes, y todos abrieron sus muñecas y dijeron las extrañas palabras.
In vitae, veritas.
Uno trás otro, los presentes derramaron su sangre en la copa, siendo Roque el último.
Abrió su muñeca con un cuchillo y al verter su sangre en la copa, dijo:
_ In vitae, Ordo.
Motoko entonces se deslizó hacia Loni y le tendió el cáliz.
_ Bebe.
Usaba aquel tono autoritario y severo que no admitía réplica, pero aún así, Loni se rebeló.
_ No.- dijo, igualmente autoritaria, y retrocedió, alejándose del cáliz.
Se dio cuenta entonces de que todos los presentes habían formado un círculo a su alrededor, y lo estrecharon, reduciendo el espacio entre ella y la copa que le ofrecían.
Motoko avanzó un paso hacia ella.
_ Bebe- repitió- Por voluntad propia, te será menos doloroso. No te resistas, eres familia...
Loni dio otro paso hacia atrás y topó con la barrera humana.
_ No.- volvió a decir- Dejadme marchar.
Por el rabillo del ojo, pudo ver a Rodrigo.
Estaba llorando.
"Rodrigo... mi buen Rodrigo, mi padre. Ayúdame, ayúdame a escapar..."
La voz de Rodrigo respondió en su mente, cargada de tristeza.
"Lo siento, Loni... Intenté protegerte de esto..."
Sintió una ira que no había conocido hasta entonces.
"¿Mantenerete oculto mientras te buscaba era protegerme? ¡Ayúdame, Rodrigo, por el amor de Dios!"
"Pero aprenderás a vivir con ello... Y no es tan malo, créeme..."
Aquella voz no era la de Rodrigo. Tenía malicia.
Miró a su alrededor.
Roque parecía estar dandose cuenta de lo que ocurría y dijo:
_ Rodrigo, hazlo tú.
Rodrigo, sin un instante de duda, apartó a Motoko y tomó el cáliz.
Comenzaron entonces a cantar algo en tono muy bajo, algo extraño.
Rodrigo tomó el rostro de Loni con las manos y trató de verter la sangre en su boca.
Pero la delicada chiquilla que había educado en un castillo señorial, rodeada de atenciones, volvió el rostro bruscamente, alejándose de sus manos.
Alguien la sujetó, varias personas.
La ira creció más y más en su interior, y se debatió, tratando de zafarse de aquella presa.
Arañó, mordió y pataleo con todas sus fuerzas. Le sujetaron la cabeza con fuerza y volvieron a acercarle el cáliz a los labios.
Dio un manotazo a la mano que lo sostenía, tratando de volcarlo, pero la sangre se derramó en su boca y fluyó cálida y maravillosa por su garganta.
Entonces la soltaron y Loni, derrotada, se dejó caer de rodillas en el suelo.
Su mente comenzó a llenarse de susurros, de voces y de... ¿imágenes?, ...cosas lejanas... cosas de otros lugares... comenzó a ver por los ojos de otros, a oir por los oidos de otros...
"¿Qué quieres ver? Yo te lo mostraré" -dijo la voz de Roque.- "Déjame que te muestre el Ordo..."
De pronto, su mente había conectado con aquella extraña red, de ver por los ojos de cualquiera que formara parte de ella. Escuchó conversaciones, leyó textos antiguos que alguien leia en un rincón, misas negras que alguien oficiaba en algún lugar.
Y por encima de todas ellas, algo, algo infinitamente poderoso conduciéndolas, vigilándolas...
De algún lugar de su alma derrotada, brilló un atisbo de rebeldía.
"¡No!¡No quiero ver! ¡Sal de mi cabeza!"
*Loni*
No era la voz de Roque, no era la de Rodrigo.
*Loni de los Toreador, chiquilla de Rodrigo de Lances*
No, no pertenecía a nadie de los allí presentes.
*Escúchame*
Era la voz de aquel algo, de aquella fuerza desconocida.
*Loni, eres de la familia ahora.*
*Nunca volverás a estar sola. Nunca volverás a esculpir sola. Nuestra fuerza, será la tuya. Tu mano hábil que talla la piedra, será la nuestra*
*Eres libre ahora, Loni. Tienes nuestra fuerza. Pero no trates de traicionarnos, Loni*
*Sería...*
*...desagradable*
Y de pronto, un dolor atroz recorrió su cuerpo haciéndola gritar y retorciéndo su cuerpo en el suelo, con violentos espamos, como cientos de agujas y puñales al rojo clavándose en su carne, como un acero ardiente en su cerebro.
El dolor disminuyó un punto, y poco a poco se fue haciendo mas soportable.
Loni comprendió que los demás estaban compartiéndolo con ella, absorviéndolo.
Se fue haciendo menos y menos intenso, y al final, solo quedó en su pecho una tranquilidad blanca y sosegada.
Paz.
Los susurros seguían allí, pero ya no molestaban, como si hubieran pasado a un segundo plano al que pudiera recurrir en caso de necesidad.
Comprendió entonces que ir contra aquello comportaba dolor.
Mucho dolor.
La visión terminó.
Tenía un cordero muerto entre los brazos y los labios manchados de sangre.
Había saciado su sangre con él y ni siquiera lo recordaba.
Todo el mundo había desaparecido, salvo Rodrigo que, de pie frente a ella, la observaba con tristeza.
Al ver que alzaba la mirada hacia él, su sire la tomó de una mano con suavidad.
_ Vamos a dar un paseo por el jardín.Creo que tienes muchas preguntas sin respuesta.
20 feb 2005
Décima Sesión (I): la Trampa
A la salida de la fiesta, se entretuvieron unos minutos hablando aquí y allá con algunos de los invitados. Talbo permanecía silencioso, puesto que su lugar estaba en el campo de batalla y no en los salones, pero acompañaba a su hermano de sangre que se desenvolvía cómodamente en sociedad.
Loni, apartada de los dos, deslizaba la mirada de la puerta al callejón, esperando el momento en que Étienne saliera de la casa para hablarle de nuevo.
Cuando salió, iba acompañado de Guillem Savall y se movían deprisa, como si tuvieran que acudir a algun lugar.
"¿No me recuerdas? Yo sé quien eres, Étienne"
Étienne no se detuvo. Le dirigió una mirada silenciosa y, como si no la conociera, se volvió para seguir caminando a toda prisa.
Loni hizo ademán de seguirle cuando alguien le sujetó del brazo.
_ Ten cuidado... Recuerda lo que puedes perder...- dijo Isaac a su oído.
_ Tengo que ir -murmuró, dirigiendo una mirada a Talbo, que esperaba un poco alejado. Y se desprendió del brazo de su buen amigo y se deslizó por la oscuridad del callejón, siguiendo a Étienne y Savall, cuyos pasos resonaban en el empedrado de la calle y no parecían percatarse de que iba siguiendo sus pasos.
Caminó trás ellos, silenciosa, durante largos minutos por las calles de Salou hasta que sus pasos les llevaron a una pequeña rectoría del pueblo.
Étienne y Savall entraron por una pequeña portezuela.
Loni se acercó la puerta y aguzó el oído. Ningún sonido provenía del interior.
Abrió la puerta lo más suavemente que pudo para no hacer ruido, y entró.
El interior estaba oscuro, negro como la pez, y en el momento en que puso un pie en las baldosas del suelo, sintió un escalofrío y comprendió con frustración lo que acababa de hacer.
Una trampa.
Savall estaba en un rincón, tratando pasar desapercibido, ofuscado.
Cuando iba a volverse buscando a Étienne, algo en su mente gritó de pronto "¡Arriba!" y alzó el rostro justo para ver como una pesada viga de madera se desprendía de sus soportes y se precipitaba contra ella.
No pudo reaccionar, se quedó clavada en el suelo viendo como aquella mole se abalanzaba sobre ella, y cuando le golpeó el pecho y la derribó, dejándola atrapada bajo su peso, el dolor le quitó cualquier pensamiento que hubiera podido albergar hasta el momento.
La visión se le nubló a causa del dolor, todo parecía formar parte de una niebla insidiosa.
Distinguió entre brumas como Savall se acercaba a la puerta y la cerraba son un seguro.
Étienne apareció de la nada y se acercó a ella, llevándose las manos a las caderas y mirandola con un gesto a medio camino entre el desprecio y la decepción.
_ Loni... Podrías haber sido más discreta ahí dentro.- dijo- Rodrigo se alegrará de verte...
Loni apretó los dientes, buscando fuerzas para hablar, pero cuando lo hizo, su voz fue solo un siseo cargado de odio.
_ ¿Esto es lo que eres ahora, Étienne? -dijo, bajo su presa de madera- Demasiado tiempo con los animales... te has convertido en una serpiente.
Étinne ignoró su comentario e hizo un gesto a Savall.
Una estaca. Loni sintió el terror apoderarse de ella.
Savall se lo entregó con un gesto rápido y Étienne se agachó junto a ella.
_ Créeme, Loni. Nuestro reencuentro ha sido casual, pero me alegro por ello. Rodrigo estará contento de verte de nuevo.
Y sin ningún tipo de esfuerzo, colocó la estaca sobre el pecho de Loni y la clavó en el corazón.
Loni sintió como los músculos de su cuerpo se agarrotaban, impidiéndole cualquier tipo de movimiento.
Paralizada como estaba, sintió la claustrofobia de estar encerrada en su propio cuerpo sin poder moverse y estar, sin embargo, lúcida.
Se maldijo a sí misma por su estupidez, por no haber imaginado que nada era tan fácil, por no haber pensado en la trampa hasta que fue demasiado tarde, por no haber escuchado a Isaac...
Sin que se diera cuenta, Savall apareció a su lado con un saco en las manos. Se volvió hacia Étienne.
_ ¿Estás seguro de que es una buena idea?
_ Sí - respondió Étienne- Loni es chiquilla de Rodrigo. Roque la apreciará como una buena aportación al Ordo.
De pronto, como si su cuerpo no hubiera asimilado la estaca de madera hundida en su pecho durante unos instantes, sintió como su intuición, su sexto sentido se desvanecía, dejándola ciega, sorda, y muda.
Perdió la noción del tiempo, todo era oscuridad. Con los sentidos embotados y sin poder moverse, la presión la sumió en una especie de trance en el que nada sabía y nada importaba.
En algún momento sintió como la metían en una especie de saco y la cargaban bruscamente en un carro, que se puso en marcha con un traqueteo.
Por su mente pasó algo parecido a tristeza, pero que no supo distinguir bien.
Pena por Talbo, que la volvía a perder, y por Isaac, que no había podido protegerla.
Pero iba a ver a Rodrigo.
Y trás aquel leve momento de lucidez, un manto de niebla insidiosa inundó su mente y Loni se vio sumergida en la oscuridad más absoluta.
Loni, apartada de los dos, deslizaba la mirada de la puerta al callejón, esperando el momento en que Étienne saliera de la casa para hablarle de nuevo.
Cuando salió, iba acompañado de Guillem Savall y se movían deprisa, como si tuvieran que acudir a algun lugar.
"¿No me recuerdas? Yo sé quien eres, Étienne"
Étienne no se detuvo. Le dirigió una mirada silenciosa y, como si no la conociera, se volvió para seguir caminando a toda prisa.
Loni hizo ademán de seguirle cuando alguien le sujetó del brazo.
_ Ten cuidado... Recuerda lo que puedes perder...- dijo Isaac a su oído.
_ Tengo que ir -murmuró, dirigiendo una mirada a Talbo, que esperaba un poco alejado. Y se desprendió del brazo de su buen amigo y se deslizó por la oscuridad del callejón, siguiendo a Étienne y Savall, cuyos pasos resonaban en el empedrado de la calle y no parecían percatarse de que iba siguiendo sus pasos.
Caminó trás ellos, silenciosa, durante largos minutos por las calles de Salou hasta que sus pasos les llevaron a una pequeña rectoría del pueblo.
Étienne y Savall entraron por una pequeña portezuela.
Loni se acercó la puerta y aguzó el oído. Ningún sonido provenía del interior.
Abrió la puerta lo más suavemente que pudo para no hacer ruido, y entró.
El interior estaba oscuro, negro como la pez, y en el momento en que puso un pie en las baldosas del suelo, sintió un escalofrío y comprendió con frustración lo que acababa de hacer.
Una trampa.
Savall estaba en un rincón, tratando pasar desapercibido, ofuscado.
Cuando iba a volverse buscando a Étienne, algo en su mente gritó de pronto "¡Arriba!" y alzó el rostro justo para ver como una pesada viga de madera se desprendía de sus soportes y se precipitaba contra ella.
No pudo reaccionar, se quedó clavada en el suelo viendo como aquella mole se abalanzaba sobre ella, y cuando le golpeó el pecho y la derribó, dejándola atrapada bajo su peso, el dolor le quitó cualquier pensamiento que hubiera podido albergar hasta el momento.
La visión se le nubló a causa del dolor, todo parecía formar parte de una niebla insidiosa.
Distinguió entre brumas como Savall se acercaba a la puerta y la cerraba son un seguro.
Étienne apareció de la nada y se acercó a ella, llevándose las manos a las caderas y mirandola con un gesto a medio camino entre el desprecio y la decepción.
_ Loni... Podrías haber sido más discreta ahí dentro.- dijo- Rodrigo se alegrará de verte...
Loni apretó los dientes, buscando fuerzas para hablar, pero cuando lo hizo, su voz fue solo un siseo cargado de odio.
_ ¿Esto es lo que eres ahora, Étienne? -dijo, bajo su presa de madera- Demasiado tiempo con los animales... te has convertido en una serpiente.
Étinne ignoró su comentario e hizo un gesto a Savall.
Una estaca. Loni sintió el terror apoderarse de ella.
Savall se lo entregó con un gesto rápido y Étienne se agachó junto a ella.
_ Créeme, Loni. Nuestro reencuentro ha sido casual, pero me alegro por ello. Rodrigo estará contento de verte de nuevo.
Y sin ningún tipo de esfuerzo, colocó la estaca sobre el pecho de Loni y la clavó en el corazón.
Loni sintió como los músculos de su cuerpo se agarrotaban, impidiéndole cualquier tipo de movimiento.
Paralizada como estaba, sintió la claustrofobia de estar encerrada en su propio cuerpo sin poder moverse y estar, sin embargo, lúcida.
Se maldijo a sí misma por su estupidez, por no haber imaginado que nada era tan fácil, por no haber pensado en la trampa hasta que fue demasiado tarde, por no haber escuchado a Isaac...
Sin que se diera cuenta, Savall apareció a su lado con un saco en las manos. Se volvió hacia Étienne.
_ ¿Estás seguro de que es una buena idea?
_ Sí - respondió Étienne- Loni es chiquilla de Rodrigo. Roque la apreciará como una buena aportación al Ordo.
De pronto, como si su cuerpo no hubiera asimilado la estaca de madera hundida en su pecho durante unos instantes, sintió como su intuición, su sexto sentido se desvanecía, dejándola ciega, sorda, y muda.
Perdió la noción del tiempo, todo era oscuridad. Con los sentidos embotados y sin poder moverse, la presión la sumió en una especie de trance en el que nada sabía y nada importaba.
En algún momento sintió como la metían en una especie de saco y la cargaban bruscamente en un carro, que se puso en marcha con un traqueteo.
Por su mente pasó algo parecido a tristeza, pero que no supo distinguir bien.
Pena por Talbo, que la volvía a perder, y por Isaac, que no había podido protegerla.
Pero iba a ver a Rodrigo.
Y trás aquel leve momento de lucidez, un manto de niebla insidiosa inundó su mente y Loni se vio sumergida en la oscuridad más absoluta.
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