Trás largo tiempo de viaje desde que abandonara Girona siguiendo a Lucía de Aragón, el camino adquirió por fin el matiz de destino necesario a todo sendero, y se perfiló en la península de Italia, en la bella ciudad de Venecia, de la cual hablaban los rumores y decían maravillas de sus canales y sus puentes, de su arte y sus fiestas, y de su magnífico carnaval.
De esta manera, Loni de Lances, convertida ahora en Madame Michelle de Mauvernay, hermosa y joven condesa viuda de pasado tumultuoso, compró un carruaje y pagó al cochero para que la llevara a través de Tierra Santa de regreso a la vieja Europa.
No abandonaron los caminos ni se embarcaron, y por ello el viaje fue bastante más largo, pero al fin, trás visitar las ciudades que encontraban a su paso y deleitarse con sus obras, se perfiló contra el horizonte la silueta de la bella Venecia.
Llegó al anochecer, y nada más poner un pie en la orilla de las marismas tuvo que abandonar el carruaje y hacer el camino en barca, hasta Venecia, además aquella ciudad tenía más canales que calles empedradas, y un gondolieri debía conducirla a través de aquellos senderos de agua.
La luna llena bañaba todo en plata cuando desembarcó al fin en la plaza de San Marco, repleta de gente pese a la oscuridad.
Le impactó que hubiera tanta vida nocturna en una ciudad europea, pero no le molestó lo más mínimo, pues le permitió contemplar los hermosos edificios sin llamar la atención.
Aquello era una ironía, por supuesto, pues con aquel nuevo rostro, aquel cabello de fuego y aquel cuerpo, resultaba de cualquier modo imposible pasar desapercibida.
Llevaba un fino velo que le cubría aquel rostro de arcángel que Arístides le había regalado, pero ni siquira aquello conseguía ocultar la alta cintura, el pecho abundante y la cadera redonda, de modo que no se entretuvo.
Llevaba viajando años y había llegado a la ciudad en la que, si todo iba bien, pasaría largos años.
"No hay prisa"
Se dijo.
"Quitate el polvo del camino, relájate"
En las calles próximas a la plaza, encontró una posada de aspecto lujoso y cómodo, de modo que no buscó más y entró en el edificio en busca de una habitación y una tina con agua en la que poder bañarse.
El interior estaba profusamente decorado con pinturas, cortinajes de terciopelo y tinajas de plata brillante, y se sintió completamente a gusto.
Comprobó también que las butacas estaban forradas también del mismo terciopelo carmesí de los pesados cortinajes.
Pasó la hermosa mirada, cubierta por el velo, a través de la estancia.
No había un solo plebeyo en aquella posada, tan solo ciudadanos acomodados, exhibiendo con opulencia su riqueza, con lujosas ropas, ricos bordados y joyas por doquier.
"Me gusta"
Se preguntó si realmente en una ciudad como aquella habría lugar para algo que no fuera profundamente hermoso.
Sí, le gustaba aquel lugar.
Se dio cuenta que incluso con el velo, las miradas se volvían al verla pasar y se sonrió. Así que esto ocurría cuando eras hermosa...
Sin embargo aquel pañuelo que le cubría el rostro parecía enviar algún tipo de señal prohibitiva que hacía que las miradas se alejaran de ella de mala gana.
_ Bienvenida, Señora.-dijo a su lado el posadero, haciendo una profunda reverencia. Era un hombre entrado en carnes, con un pequeño bigote untado en aceites perfumados y vestía un jubón de rico terciopelo marrón que daban constancia de lo próspero de su posada- ¿Qué deseais? ¿Cena? ¿Bebida? ¿Quizás una habitación?
Loni, ahora Michelle, se volvió hacia él e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.
_ Quisiera una habitación.- dijo, tratando de que su voz sonara como la de alguien que está acostumbrado a ver cumplidos sus deseos en un tiempo mínimo- Y una tina de agua para bañarme.
_ ¡Por supuesto!- exclamó solícito el posadero, e hizo un gesto hacia un muchacho de no más de trece años que vestía una sobrevesta carmín- ¡Mozo!
El chico se acercó a ellos e hizo sendas reverencias hacia su patrón y la dama.
El posadero le murmuró una orden y pidió a Michelle que siguiera al chico.
La habitación no era en exceso lujosa, pero aún así era elegante, cómoda y bien decorada, de manera que retiró el velo de su rostro y sonrió al chico, que la contempló visiblemente anonadado hasta que sintió la moneda que la dama depositaba en su mano.
Se marchó presto y al poco tiempo entró con otro muchacho, portando una gran tina de cobre pulido. El segundo muchacho la contempló embelesado también, pero reaccionó enseguida ante el codazo de su compañero en el costillar.
Michelle sonrió.
Era hermosa, sí.
Cuando se hubieron marchado los muchachos, entró una doncella que, trás una reverencia, vació un aguamanil de plata lleno de agua caliente en el interior de la tina. Trás ella, entraron dos doncellas más, que procedieron de igual manera.
Con tres viajes de cada una, la tina estuvo llena de agua humeante y se retiraron con profundas reverencias.
Cuando estuvo sola, Loni, ahora Michelle, se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada y se desvistió. Había un gran espejo en uno de los armarios y contempló su cuerpo desnudo por primera vez desde aque abandonara Tierra Santa.
Los pies eran pequeños y delicados, y las piernas delgadas y bien torneadas que comenzaban en la cadera amplia y redonda, la cintura estrecha y el pecho perfecto, en tamaño y textura, el cuello esbelto y el rostro... ah, el rostro...
Sintió como el trance hacía presa en ella y sacudió la cabeza con una sonrisa en los labios. Conocía una leyenda, un dios que había muerto ahogado, enamorado de su propio reflejo.
"No seas un nuevo narciso, Michelle", se dijo
Se deslizó en el agua y suspiró. ¿Cuanto tiempo llevaba sin darse un baño? Mucho, mucho tiempo... Disfrutó del agua caliente aunque realmente no la necesitaba, y descansó olvidándose de todo por un tiempo.
Cuando por fin estuvo limpia y descansada, salió del agua y se secó con un suave paño perfumado, que dejó en su piel el aroma del espliego y la lavanda. Se vistió de nuevo y se miró al espejo.
Realmente no necesitaba nada más, estaba perfecta.
Salió de la habitación, sin velo esta vez y bajó a la planta baja, donde los hombres acomodados de la ciudad brindaban con sus copas y reian despreocupadamente.
Fue consciente, en el momento en que apareció en lo alto de la escalera, de que las risas enmudecían y las vistas se volvían hacia ella. Al cabo de unos segundos, los parroquianos reaccionaron y aunque no la perdieron de vista, trataron de volver a sus conversaciones.
Un hombre elegantemente vestido se puso en pie y se acercó a ella.
_ Señora.- dijo con una grácil reverencia- Señora... ¿Gustariais de acompañarnos a mis amigos y a mí en nuestra conversación?- y señaló con un amplio gesto la mesa situada un poco más allá, donde otros tres hombres conversaban animadamente.
Loni bajó la mirada, tratando de parecer halagada, y se dejó llevar del brazo hasta la mesa, donde el hombre le ofreció caballerosamente su propia silla para que se sentara. A un gesto, el posadero trajo otra para él.
_ Aquí teneis, signore Medici.- dijo antes de retirarse. El hombre se sentó y se volvió hacia Loni.
_ Mi nombre es Giuliano Medici-dijo a modo de presentación- y estos son mis primos Pietro y Marco, y mi hermano Julio.-Los hombres, al ser presentados, inclinaron cordialmente la cabeza.- Y bien, Señora ¿Quién sois vos? ¿Habéis venido a la feria?
Loni entró en su mente con facilidad. Los mortales parecían una gran puerta abierta que uno podía cruzar siempre que quisiera.
El hombre hablaba de la feria de San Juan, una de las grandes fiestas de la ciudad, donde acudían comerciantes a vender sus productos ante al afluencia de visitantes.
Vio también que Giuliano tenía puestas grandes esperanzas en aquella fiesta, ya que si la gente compraba sus productos, obtendría importantes beneficios.
Beneficios.
Loni asintió.
_ Mi nombre es Madame Michelle de Mauvernay, para serviros.- contestó con voz dulce.
Giulianno alzó las cejas.
_ ¡Ah! Francesa...- dijo- Dejadme adivinar...- puso cara de entendido- por el acento... ¿Paris?
Loni sonrió para sus adentros. Realmente aquel hombre no tenía ni la más remota idea de qué lugar provenía.
Dedicó a Giulianno una mirada amigable y, como si le recordara algo que ya sabía, dijo:
_ Bordeaux.- y dibujó en su rostro una amplia sonrisa.
_ Ah... Cierto, ese pequeño deje del sur... Bordeaux...- repitió, tratando de imitar su forma de hablar.- Y decid ¿acompañáis a vuestro padre, quizás? ¿O un marido ya os ha desposado?- Loni bajó la mirada y se mostró apenada. Negó con la cabeza. Era divertido aquel juego con los mortales- ¿Tan joven y viajando sola? Teneis coraje, bella dama.
Loni sabía de buena tinta que la sonrisa de una mujer que está llorando era una visión casi iluminadora, un arco iris... Dibujó una sonrisa halagada y comprobó que no estaba equivocada. Los ojos de Giulianno brillaron.
Julio y Carlo aprovecharon aquel momento para murmurar algo entre ellos, y Loni no tuvo la más mínima dificultad en escucharlo.
_ Julián ya le ha echado el ojo- dijo Carlo
_ Ya, ya...- contestó Julio- Y ella no se resiste precisamente...
_ Menuda suerte, el primo...- Loni estuvo a punto de echarse a reir, pero se contuvo, tenía que seguir con su interpretación- ¿Los dejamos a solas? Quizás encontremos alguna doncella de la dama por aquí.
Julio asintió.
_ Espera, a ver qué dice Paolo...
Giulianno, ajeno a estas conversaciones, seguía ensimismado con ella.
_ Michelle- dijo con una sonrisa nerviosa en los labios- Y vos ¿A qué habeis venido a la feria? Bordeaux queda muy lejos. Espero que no seais mi competencia en cuanto a vinos...
Loni sonrió con compasión. Aquel hombre hablaba en serio, de veras temía que algo pudiera arruinar su comercio en aquella feria.
_ ¡Oh! ¡Non, monsieur!- exclamó con una sonrisa tímida- Me dijeron que Venecia era especialmente hermosa durante la feria de San Juan, y me encontraba de viaje, de modo que decidi acercarme.¡Realmente, lo que habian dicho no hace justicia a la belleza de esta ciudad!
Giulianno asintió complacido.
_ ¿Queréis que os la muestre? Nací aquí, aunque llevo un año fuera. Me apetece dar una vuelta por la ciudad de mi infancia.- se puso en pie y ofreció su brazo, ante la mirada atónita de sus parientes.
Loni se mostró halagada y se llevó una mano al pecho, como había visto hacer en ocasiones a mujeres de alta cuna.
_ ¡Oh! Sois muy amable, Monsieur.- aceptó su brazo y se puso en pie- Será un placer.
Dedicó a los primos una reverencia grácil a modo de despedida y ellos la correspondieron, alegres de poder disfrutar de todo el vino para ellos solos.
Caminaron largamente, conversando por las calles hasta que Giulianno la llevó hasta una pequeña tienda, ya cerrada.
_ La casa Medici.- dijo, en una mezcla de suspiro y orgullo- Algún día será grande.
Loni guardó silencio pero sonrió.
Ella se ocuparía de que así fuera. Solo necesitaban una pequeña ayuda.
Buscó con la vista algún rollo de tela. Si se mostraba lo suficientemente entusiasmada, era probable que Giulianno le ofreciera hacer un vestido para ella, y si Venecia veía aquel ángel vestido con las telas de los Medici ¡Ah! ¡Qué sublime pequeña victoria!
Giulianno sacó unas llaves y abrió la portezuela, haciendola pasar al interior.
Estaba oscuro y el comerciante tardó unos instantes en encender una vela, pero Loni no tuvo problema en ver lo que allí había.
Telas, rollos y rollos de telas. Sedas, puntos, linos...
Cuando Medici encendió las velas, todo se vio bañado en luz ambarina.
_ Un año en el mar. Todos nuestros ahorros, pero ha valido la pena: mirad, seda...
Loni se acercó a las telas y las contempló entre suspiros ante la mirada del buen hombre, complacido.
De pronto, como si hubiera pensado algo (y Loni supo exactamente lo que había pensado), Giulianno sacó de un arcón un precioso vestido de seda azul claro, con hermosos bordados floreados en el escote y en las mangas, con capas de gasa blanca y broches de plata. Una auténtica obra maestra.
Loni contempló el vestido embelesada, y no tuvo que interpretar nada.
_ Este...- comenzó Giulianno, primero con timidez, luego con seguridad- este os sentaría como un guante, mi señora. ¿Queréis probaroslo?
Loni dedicó a Giulianno una sonrisa sorprendida.
_ ¡Oh! ¿De veras? ¿De veras no os importaría?- acarició la magnífica seda del color del cielo y dejó que se deslizara entre sus dedos.- Él asintió y con una franca sonrisa, Loni cogió el vestido.
Realmente no era estúpido il signore Medici.
El comerciante le señaló un pequeño rincón con un biombo y un espejo donde podía vestirse sin ser molestada y Loni colgó el vestido en un pequeño saliente y, cuando estaba entrando trás el biombo, vio que, por el ángulo de colocación, el espejo le devolvía la imagen de Giulianno y que por tanto... él debía estar viéndolo a ella.
Sonrió. Los hombres siempre habían sido débiles.
Por tanto decidió no hacer nada con el espejo y simular que no lo había visto y comenzó a desvestirse.
Sabía que Giulianno estaría pendiente de su imagen en el espejo, de manera que invocó su sangre para tener los colores de una mujer mortal. Se tomó su tiempo en desvestirse: dejó que viera los hombros desnudos, la caída de la espalda, el inicio de las caderas... Y entonces, con un gesto discreto, golpeó el espejo de manera que le devolviera su propia imagen. Giulianno ya no la veía, y se desvistió por completo para, a continuación, envolverse en aquellas sedas.
Salió entonces de detrás del biombo y se presentó ante Giulianno para mostrarle como el vestido parecía ser hecho a medida, a juego con sus ojos claros, acentuando el encendido de sus cabellos y la blancura de su piel.
Él la contempló, completamente embelesado, como si se encontrara frente a una diosa, frente a la misma Venus,y... obviamente excitado. Podía sentir su pasión.
Podía pedir cualquier cosa a aquel hombre, si le prometía su cuerpo y su lujuría. Y no había necesitado hacer nada... Tan solo mostrar un poco de piel...
Se sintió poderosa.
_ Perfecta...- fue todo lo que acertó a decir Giulianno.
_ ¿Puedo mirarme en algun espejo, Monsieur?- preguntó ella con inocencia.
Giulianno apartó entonces el biombo y la situó frente al espejo, para que pudiera contemplarse entera.
Sí, ciertamente era una visión sublime...
Sintió las manos cálidas del hombre en sus hombros desnudos, presionando suavemente, masajeándolo...Oh, no perdía el tiempo il signore Medici...
Se sonrojó y se apartó de las manos de Giulianno con suavidad, negando amablemente con la cabeza y dedicándole una mirada a medio camino entre cándida y traviesa.
Él recogió el candil del suelo.
_ Venecia está radiante esta noche, casi tanto como vos. ¿Quereis lucir ese vestido por sus calles, mi dama?
Loni sonrió.
_ Solo si vos me acompañáis, Monsieur.
Cuando salieron a las calles, eran el destino de todas las miradas. ¿Ella? Ella era hermosa como un ángel envuelto en el manto del cielo y ¿Él? Él era apuesto y elegante, y caminaba digno como un rey, del brazo de aquella hermosa criatura bajada del cielo.
De esta manera, pasearon por las calles de la ciudad, él prendado de ella, y ella prendada de todo lo que veía. Aquí y allá palacetes, fachadas y puentes de encaje, jardines...
Y la gente les miraba al pasar, con admiración - o con envidia- y algunos incluso les señalaba con el dedo, y otros incluso se inclinaron ante ellos al pasar.
Pasaron la noche paseando por los barrios nobles donde los ricos se divertían en sus fiestas. No eran pocos los que se detenían para dedicar hermosos halagos a la mujer que paseaba del brazo de Giulianno y, al terminar la noche, eran pocas las mujeres que no tenían en mente comprar al día siguiente, telas y vestidos de la Casa de Medici.
Aquella noche Giulianno la acompañó hasta la posada y trató de despedirse con un beso en los suaves labios, pero la mirada de Michelle le indicó que era demasiado temprano para aquello y él asintió comprensivo, marchándose no sin dejar constancia de adoración que le profesaba.
Cuando despertó la noche siguiente, el mozo le entregó un ramo de hermosas rosas rojas con una pequeña nota de Giulianno.
En ella, Giulianno decía que habían vendido durante el día todas sus existencias en la feria, y que deseaba verla.
Loni sonrió complacida, pero decidió que aquella noche no vería a Giulianno, de manera que envió de vuelta una nota diciéndole que aquella noche le era del todo imposible verle, pero que si tenía a bien esperar a la noche siguiente, se sentiría honrada de acompañarle.
Aquella noche se vistió con el vestido que trajo del viaje, sencillo y discreto, ya limpio a manos de las doncellas de la posada, y bajó a la planta baja.
El lugar volvía a estar lleno de hombres acomodados, pero no estaba ninguno de los Medici. El éxito, sin duda, les tenía ocupados contando beneficios.
Un hombre se acercó a ella desde un rincón discreto. Un cainita. Su rostro era regio, pero parecía sorprendido por su belleza. Loni suspiró.
Estaba siendo demasiado perfecto para ser verdad, pero no le importaba, ya contaba con ello y ella misma pensaba dirigirse aquella noche al palacio del príncipe para presentarse.
_ ¿Teneis un momento, señora?- preguntó con cortesía. Loni asintió y siguió al hombre por las calles de Venecia hasta un hermoso palacio de mármol en el que se estaba celebrando una gran fiesta.
Pasaron al interior, y sintió como las miradas se volvían hacia ella, pero no se detuvieron, sino que caminaron hasta una sala privada en la que un hombre de melena oscura y perilla, vestido con lujosas vestiduras conversaban algunos señores de apariencia noble.
_ Mi señor.- dijo el que la acompañaba- Es ella.
El hombre asintió.
"Como decía Claudio" se repitió con ironía.
Por si había alguien con un poder similar al suyo, llenó su mente de falsos recuerdos, de campiñas y palacios, de penas, de viajes...
_ Así que sois la chiquilla que se exhibía anoche... -dijo el hombre- ¿Quién sois, y qué haceis en mi ciudad?- pese a la hostilidad de sus palabras, aquel hombre emitía una extraña sensación, algo tranquilizador...- Soy Guillermo Aliprando, príncipe de Venecia.
Loni se inclinó cortesmente ante él...
_ Enchantée. Mi nombre es Madame Michelle de Mauvernay, monsieur.- dijo, tratando de parecer ingenua e inocente- Vine a visitar la ciudad, me dijeron que era muy hermosa en fiestas y vine a comprobar si decían verdad y si era tal vez, ¿un buen lugar para vivir?
Guillermo frunció el ceño.
_ ¿Vivir? Se os vio con un Medici. Hacía un año que no se veían Medici en Venecia, desde que se fueron a buscar fortuna. ¿Sois la fortuna que encontró en Ultramar?
Loni se permitió reir suavemente, halagada.
_ Non, Monsieur. Yo llegué anoche y Monsieur Médici se ofreció a mostrarme la ciudad. Si no me presenté ante vos anoche es porque deseaba descansar un poco trás el viaje, monsieur.
Guillermo asintió y se sentó en un fornido butacón.
_ Bien. Aún no sé vuestro clan ni vuestro sire, Signora.- dijo.
Loni hizo una leve reverencia.
_ Disculpadme, señor.- murmuró con inocencia- Soy una Artesana, monsieur, chiquilla de Loni de Lances.
Guillermo se mostró visiblemente sorprendido y Loni rezó por no haber dicho algo inadecuado. Que ella supiera, nadie en Italia debía saber de Loni de Lances.
_ ¿Loni de Lances sigue viva?- inquirió el Príncipe. Ahora fue turno de Loni el sorprenderse ¿Qué sabía de ella aquel hombre? Bajó la vista con sumisión.
_ Lo ignoro, Monsieur- respondió, como si se disculpara- Partió de viaje hace tiempo y no he vuelto a saber de ella. ¿Acaso la conocéis?
_ Rodrigo de Lances es amigo mío.- respondió Guillermo. ¡Rodrigo! Entonces... ¿No había muerto?- La última vez que lo vi, hace un par de años, preguntó por ella. No sabía que había engendrado prole.
_ ¡Oh!- exclamó cándida- Mi señora me habló de él... Pero no tuve ocasión de conocerle. ¿Sabéis donde reside? ¿Si podría visitarle, monsieur? Sería emocionante conocerle...
_ Se trasladó... ¿dónde me dijo?- Guillermo permaneció pensativo un instante- Tenía asuntos que atender en el este. Creo que fue invitado por un tal... Vykos, eso. En Hungría.
"El mundo es un pañuelo. ¿Qué asuntos tienes tú con Vykos, mi querido Rodrigo?"
Apenó el gesto.
_ Oh, lástima que esté tan lejos...- dijo con voz dulce- pero si se pusiera en contacto con vos... ¿Seríais tan amable de hablarle de mi, monsieur?- Guillermo asintió y Loni se inclinó en una reverencia.- Merci, Monsieur.
_ Si sois chiquilla de la chiquilla de mi buen amigo Rodrigo, no tengo inconveniente que os quedeis en Venecia.- se puso en pie y se acercó a ella- Pero dos cosas deben quedar claras, Signora di Mauvernay. Primera - alzo el dedo índice- Nada de mezclarse con la nobleza. Son cosa mía.- Loni asintió- Y segunda- alzó el corazón ahora- Nada de mezclarse con los mercaderes de la ciudad. Son cosa de mis amigos. Podéis quedaros con el Medici si lo deseais.
"No necesito más" se dijo Loni, y volvió a asentir.
_ Monsieur, antes de marcharme, quisiera preguntaros...- añadió de repente, como si lo hubiera recordado en aquel momento.- Soy escultora, monsieur, como Madame de Lances.
_ Ah... Interesante.
_ ¿Sabéis de alguna casa que pudiera adquirir, donde pudiera tener mi taller? Estoy deseosa de volver a esculpir, despues de tanto viajar.
Guillermo se llevó las manos a la espalda.
_ La vivienda en Venecia va cara, y traer piedra a la ciudad por mar es difícil. Pero... Estoy seguro que si sois lista, sabreis apañaros.
Loni hizo una última reverencia.
_ Gracias, Monsieur. Si deseais cualquier cosa de mí, no tenéis más que pedirla.
El príncipe asintió con impaciencia.
_ Este palacio es elíseo. Podeis venir cuando os plazca, siempre tendrá sus puertas abiertas. Lo mismo la plaza de la catedral. El resto de la ciudad es terreno de caza libre.- abrió la puerta, invitándola a marcharse.- Sed discreta.
Y trás aquello, Loni se marchó, preguntándose de qué manera una mujer como ella podía ser discreta...
Decidió entonces utilizar el poder que le enseñó Vykos para nublar su belleza, para hacerla menos luminosa sin cambiar su rostro, de modo que las miradas no sintieran el repentino impulso de seguirla allá donde fuera.
En los dias que siguieron, Michelle continuó viendo al cada vez más acomodado Signore Giulianno Medici, y paseando por las calles de Venecia, por los palacios, recibiendo de él rosas rojas como la sangre e invitaciones a lujosos bailes, así como ricos vestidos y aceites y perfumes que ella aceptaba, consciente de que no era más que una manera más de ser comprada... ¡Oh! Pero... ¿Quién compraba a quién?
Durante aquel tiempo, Giulianno le habló de su pasado y de los planes que tenía para el futuro, y él supo de Michelle su tumultuosa historia. Hija de campesinos, había sido casada prematuramente con un conde que no la amaba pero que había decidido que sería un bonito adorno para su castillo. Sin embargo no había sido del todo infeliz, puesto que tenía todo lo que podía desear y pudo entregarse al que resultó ser un arte en el que era diestra: la escultura. Pero la tranquilidad no duró demasiado, y el Conde de Mauvernay murió asesinado por órdenes de sus hermanos menores que deseaban hacerse con el título y las tierras, y que, no teniendo a bien matar al primogénito y desposeer a su esposa, trataron después de matarse el uno al otro, momento en el que Michelle, vestida de mendiga, se echó a los caminos con algo de dinero y, a varios dias de viaje de Bordeaux, compró un vestido y pagó a un cochero, y se dirigió a la bella Italia...
Giulianno se mostró totalmente indignado por las penurias que había pasado una criatura tan bella, y la llenó de halagos, pues al ver una mujer como ella, nadie cabía imaginar aquella serie de desdichas. Le ofreció entonces una hermosa casa en la ciudad para ella, y el notario puso la propiedad al nombre de Michelle de Mauvernay pues, según dijo Giulianno, no quería ni imaginar que tuviera que marcharse sin tener un hogar, de nuevo a los caminos.
Y trás comprobar sus dotes como escultora - y quedar significativamente impresionado- construyó para ella un taller y se convirtió en su mecenas, trayendo primero piedra, pero en cuestión de meses, el mejor mármol que le era imposible encontrar.
Y entre tanto, no solo de mecenas ejercía Giulianno.
Le permitió primero besarle los brazos de alabastro, y un tiempo después, los hombros desnudos, para más adelante, con calculada lentitud, el cuello esbelto...
Le mostró los tobillos en privado, e incluso le permitió que le besara los delicados pies, y así, poco a poco, fue cediendo partes de su cuerpo a Giulianno, que esperaba con avidez el siguiente encuentro para atisbar algo más de aquella criatura perfecta.
De esta manera, Loni se entregó de nuevo a la escultura, su auténtica y única pasión, y labró, antes que cualquier cosa, dos magníficas esfinges, tan grandes como un hombre, que hizo llegar al Príncipe a modo de tributo, y que vio más tarde apostadas en la entrada del palacio, augurio de lo que aguardaba en el interior.
Pidió a Guillermo también permiso para organizar cenas y fiestas a las que, por supuesto, tanto él como el resto de la nobleza mortal y cainita estaban invitados, para mostrar su trabajo y vender las esculturas.
Petición a la que el Príncipe accedió siempre y cuando no vendiera nada más que escultura.
Y así, cada cierto tiempo, eran celebradas grandes cenas a las que eran invitados los nobles y mercaderes de la ciudad y en las que exponía por los salones sus esculturas para que fueran contempladas y compradas al pasear los invitados por el palacete que acabó adquiriendo gracias a sus ingresos.
Pero no solo percibía el dinero que generaba su trabajo, sino también gran parte de la fortuna Medici, que llegaba a ella en forma de obsequios.
De esta manera Michelle de Mauvernay se fue convirtiendo en una ciudadana más que acomodada en Venecia, y sus obras fueron vendidas dentro y fuera de la ciudad.
Pasó el tiempo en esta vida plácida y tranquila. Loni no podía desear nada más. Era rica, era hermosa y no tenía problemas. Ni siquiera Arístides había aparecido desde hacía tiempo. Pasaba las noches esculpiendo, celebrando cenas y asistiendo a bailes del brazo de Giulianno Medici y la vida no podía ser más perfecta.
Llegó el esperado Carnaval,y las calles se llenaron de color y de música, y los bailes y fiestas se multiplicaron, si cabe, y Loni no se permitió faltar a una sola.
Y fue durante uno de los bailes de máscaras durante el cual Giulianno la llevó a un aparte, y retirando la máscara de su rostro, le pidió matrimonio.
_ Desde que te conocí mi vida no ha hecho sino mejorar día a día, noche a noche.- dijo, y sus ojos brillaban. Estaba enamorado, desquiciado y desesperado, y en su voz había un ansia que ella nunca había sentido- Déjame compartir ese misterio que te envuelve, esas noches tan tuyas...
Loni bajó la vista, apesadumbrada. No quería que llegara aquel momento, había tratado de olvidarlo por completo y ya lo tenía delante. Apoyó el rostro contra una columna e hizo brillar en sus ojos la frustración, la pena, la consternación...
_ No hace un año todavía que marché de Bordeaux, no un año todavía desde que mataran a mi esposo, Giulianno. No le amaba, es cierto, pero soy una mujer temerosa de Dios, y no puedo desposarme cuando todavía no hace un año que llevo el luto...
Giulianno la miró a los ojos con fanatismo y la tomó de la mano.
_ ¿Y cuando pase el luto, te casarás conmigo?
Loni negó apesadumbrada con la cabeza y dejó que la tristeza embargara su voz.
_ No lo sé, Giulianno, no lo sé... Es todo tan perfecto así, ahora... Que me da miedo estropearlo...
_ A mi me estropearás si me sigues teniendo en vilo, Michelle. Sin ti a mi lado, caeré enfermo.- Loni le miró, abatido, triste. Realmente la amaba. Y ella era feliz a su lado, pero no como con un esposo.
Era solo un divertimiento... Una mascota... Un instrumento...
Le acarició el rostro y trató de sonreir.
_ No pensemos en ello ahora, Giulianno, mi vida.- al oir aquello, la mirada de Giulianno se iluminó y le vio sonreir. Eran las palabras mágicas- Disfrutemos de la fiesta. Hablemoslo cuando termine el luto.
Aquella noche, Loni dejó caer las primeras gotas de su sangre en la copa de Giulianno.
El vínculo estaba hecho.

12 abr 2005
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