29 mar 2005

Sesión Vigésima: Dracon

Un trato... No quería tener que matar a la muchacha, y sin embargo, no podía pensar con claridad...
Quería que le ayudase a escoger los libros, no le interesaba nada más. Pero si la capilla estaba protegida con magia, no podía hacerlo sola.
Podía desestacarla, sí, pero nada le aseguraba que la tremere no fuera a lanzarse sobre ella, rabiosa.
Miró a su alrededor, había libros con notas del laboratorio y marcas rojas en las paredes, hechizos a lo más seguro.
Podía intentar vincularla, sí. Así no tendría que matarla, y, vinculada, le ayudaría...
Pero no podía vincularla en una sola noche y si se demoraba demasiado, la muchacha podía intentar ponerse en contacto con su regente.

Su regente... Si Lucía pensaba que todo iba a ser tan sencillo como dejar a la pequeña Loni en la capilla tremere, estaba equivocada. Tan pronto como pudiera, buscaría a Theresa Kymena y le avisaría de lo que se le aproximaba.

Miró a Anna, estacada contra la mesa.
¿Y qué si moría? Al fin y al cabo, Lucía había dicho que ambas debían morir...
Lo que dijera Lucía le importaba ahora poco, pero era voluntad de los Tremere que las dos herejes desaparecieran ¿Sí?
Se puso a la espalda de Anna y la agarró por los hombros con fuerza. La muchacha estaba inmovilazada, pero pudo sentir como sus músculos se tensaban al saber lo que le iba a ocurrir.
Sin un instante de demora, se inclinó sobre su cuello y rasgó con los colmillos la fina piel, dejando manar la sangre roja, cálida y dulce, exquisita, en su boca.

Dejó que se deslizara por su garganta haciéndola estremercer. Bebió con más fuerza y la sangre manó, y corrió como un torbellino por su cuerpo, como una marea roja... Aflojó un poco las manos que sostenían a Anna mientras la oía gritar de terror. El grito fue menguando según fue la sangre abandonandola, y al tiempo que Anna se debilitaba, también lo hizo Loni.
Trató de beber con más fuerza, con más ansia, pero cuando ya no quedó una gota de sangre en el cuerpo, el alma de la tremere de debatió por sobrevivir. Loni apretó de nuevo las manos, sintiendo como sus dedos se hundían en la carne débil de los brazos, pero cuanto más tiraba del alma hacia su propio ser, tanto más se agotaba.

Arrojó el cuerpo con desprecio al suelo y tomó la espada.
No había querido llegar a aquello, pero ya estaba hecho. Alzó la espada por encima de su cabeza y con un fuere golpe, separó del cuello la cabeza, que rodó un instante.
Al momento, el cuerpo comenzó a arrugarse como el pergamino que prende y en algunas zonas se convirtió directamente en polvo...

"Así que esto es lo que pasa..." pensó Loni "No es tan grave..."
Sonrió para sus adentros.
"Estás cambiando, pequeña Loni" se dijo, y era cierto. Había matado a un ser humano.
Maldito o mortal, daba lo mismo. Había matado y no le importaba...
_¿Qué diría Isaac a esto, eh?- murmuró con ironía, pero no pudo evitar que la sonrisa se esfumara...

Miró a su alrededor. Había libros repartidos por aquel laboratorio. Cogió algunos y los ojeó:
Se trataba de cuadernos de notas en los que habían escritos apuntes sobre experimentos con sangre... Aquello interesaría a Vykos.
Se concentró en la imagen que tenía de Anna antes de que se convirtiera en aquel cadáver apergaminado, y sintió como su rostro se configuraba de otra manera, convirtiéndola en ella.
Sería más fácil moverse por las calles así...
Cogió los libros que pudo cargar en una mano y con la otra tomó la espada, dirigiéndose al vestíbulo.

Cuando llegó, observó entonces tres esculturas que había pasado por alto al llegar.
Las estudió un instante y dio un paso atrás: una de ellas le hacía erizar el cabello.
Recordó la gárgola que encontraron en aquella capilla, en Transilvania.
Aferró con fuerza la empuñadura de la espada.
_ Ahora o nunca.- y corrió hacia la puerta, esperando oir en cualquier momento el chasquido de la piedra y un fuerte golpe, avisándola de que la gárgola estaba despierta y trás ella.
Pero no llegó.
Cuando se dio cuenta, estaba en la calle con la puerta cerrada trás ella y no se oía ningun sonido del exterior.
"No... no puede ser tan sencillo"- se dijo, e invocó las sombras para que la cubrieran en su camino por las calles de Damasco.

Y cuanto más lejos llegaba por las calles, sin encontrarse con nadie, más segura estaba de que no iba a ser tan sencillo.
Llegó al puerto fluvial amparada en las sombras y metió los libros en la bolsa estanca que usaran al llegar para guardar la ropa, y en silencio, se deslizó al interior del agua.
Por un momento le asaltó de nuevo la sensación de ahogo.
"No respiras, no lo necesitas. Relájate" se dijo.
Nadó en la oscuridad amparandose en su poder para orientarse, y comenzó a pensar que realmente lo había conseguido. Había matado a otra persona y se había marchado sin más...

Y en el preciso instante en que pensaba en aquellos términos, la corriente se hizo más fuerte. Al principio no le dio importancia y braceó con más fuerza para no verse arrastrada hacia atrás.
Pero la corriente creció y se revolvió, y en aquel momento lo supo.
"No podía ser tan fácil"

El agua la arrastró con fuerza y la zarandeó, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. En algun momento soltó su espada y cuando quiso darse cuenta, también los libros se habían perdido en la corriente.
Maldijo en su interior... Aquello no era una corriente natural, no podía serlo...
Había sido tonta, tonta, tonta...
Braceó con fuerza pero no sirvió de nada y se vio arrastrada por un torbellino hasta el lecho del rio. Sabía que no moriría ahogada y aquello no le daba miedo... Sin embargo, sabía que la historia no acabaría en el río.

Y cuando el limo la envolvió y se vio sumergida en barro tan denso que apenas podía moverse, tuvo la certeza de que no acabaría ahí, y aferrando con fuerza la moneda que colgaba de su cuello, se sumió en la oscuridad.


Sintió el frío y la humedad antes de abrir los ojos. Podía percibir el frágil resplandor de una vela y el duro suelo contra su espalda. Había alguien más en aquel lugar...
¿Dónde estaba?
Abrió los ojos.
Estaba tirada en el suelo en una especie de celda de tierra, no había ventanas y la única puerta estaba cerrada.
La vela que percibiera, brillaba desde una mesa baja, no muy lejos de donde ella misma estaba, y en una silla a la mesa, estaba el hombre. Se arrebujó en un rincón y le miró.
_ Al fin te despiertas.- dijo el hombre con voz gangosa cuando la vio incorporarse. La vela proyectaba sombras que le ocultaban el rostro y no podía ver sus rasgos.
Se dio cuenta de que alguien le había cambiado la ropa y la habían vestido con ropas orientales de no mala calidad... No dijo nada.
_ Estuvo feo lo que le hiciste a la tremere - dijo el hombre, mientras pasaba la palma de la mano sobre la pequeña llama de la vela- Aunque la verdad, hacía tiempo que se merecía morir...
Deslizaba la palma como si el contacto del fuego le resultara placentero. No así a Loni, que observaba el gesto con creciente nerviosisimo. Un nerviosismo que no podía entender.
_ Veo que no eres muy habladora.- insistió el hombre. Loni no dijo nada. Siguió observándole con recelo desde el rincón.- Si estás aquí, es por mi voluntad. ¿Sabes qué es esto?
Y la moneda relució al resplandor de la llama.
Loni se llevó instintivamente la mano al cuello, donde la llevara colgada.
No respondió.
_ Mejor... ¿Sabes de quién es?
Negó con la cabeza. No diría nada de Arístides a aquel hombre...
_ A ver si te hago memoria- añadió el hombre con ironía, y junto a él apareció de la nada otro hombre. Cualquier otro se hubiera sorprendido ante aquella súbita aparición. Pero no Loni. Ella podía hacer uno exactamente igual...- ¿Le reconoces ahora?
Loni entrecerró los ojos.
_ No.- respondió, y la pareció que su voz retumbaba en aquella pequeña celda. El hombre pareció impacientarse.
_ ¿No reconoces al que creó esto, pues?- inquirió.- Probablemente se presentó a tí con otro aspeccto... ¿O lo robaste?
Loni negó con la cabeza. Aquel hombre no era Arístides... al menos no era ese su aspecto. Un tzimisce...
_ Esa moneda fue un regalo de mi sire.- dijo con seguridad- Nos separamos en Aragón y me la dio como obsequio. No sé quién se la dio a él, pero esa moneda ahora es mía.
El hombre pareció perplejo.
_ ¿Tu sire?- parecía cada vez más nervioso, más ansioso- ¿Quién demonios es tu sire para tener algo del Dracon?
Loni no cambió el gesto. ¿Dracon?
_ Mi sire murió ya - y no era del todo mentira- Así que... ¿Qué importa? Es el único recuerdo que tengo de él. No me importa quién lo haya creado...
El hombre la estudió con recelo.
_ Y sin embargo, veo en tí la huella de su gente... ¿Eres Tzimisce?- Dejó la moneda en la mesa. Loni no respondió, pero su silencio fue un sí rotundo.- Lo imaginaba ¿Sabe Artabasdus que estás aquí?- El hombre la miraba con impaciencia, claramente desagradado por su falta de colaboración.
La imagen que había invocado se esfumó.
_ No creo que le guste saber que me tenéis así- mintió con desdén.
El hombre se acercó a ella con velocidad y cogiéndola del cuello, la alzó en el aire, apoyándola contra la pared. Era fuerte, sí. Y horrible.
Tenía el rostro lleno de llagas, como un leproso, y también en las manos tenía heridas. En el rostro claramente árabe, brillaban dos ojos llenos de locura. El hombre alzó el puño para golpearla en el preciso instante en que se abrió la puerta y una voz dijo:
_ ¡Xeper! Déjala.
Trás un instante de duda, el hombre la dejó caer al suelo bruscamente.
_ Marcus...- dijo el que la había alzado.
_ Tengo que hablar contigo, Xeper.- dijo el recién llegado. Xeper asintió y ambos salieron de la celda, dejandola a solas con la pequeña vela.

Se concentró para escuchar lo que hablaban, pero apenas llegaba nada a sus oídos debido a las paredes de roca. Cerró los ojos, inspiró y flotó por la habitación, que nada nuevo podía decirle. Atravesó la puerta y flotó por una serie de galerías propia de la más horrible pesadilla. Estaba poco y mal iluminada, y del techo cholgaban raices, y podía ver las lombrices reptando en la tierra, ciegas.
Vio a Xeper y al otro hombre hablando en un rincón y se acercó, pero una vez allí se dio cuenta de que no entendía lo que decían. No hablaban árabe... Usaban un lenguaje extraño, gutural, casi demoníaco...
Oyó una risa junto a ella y se volvió sobresaltada.

Si hubiera tenido su cuerpo, habría gritado de espanto, pero solo consiguió dibujar la señal de la cruz en su mente.
Flotando junto a ella había una criatura horrenda, tan grande como un titán. La piel era rojiza y escamosa, y de la cabeza surgían dos cuernos grandes y afilados... No quiso mirar, pero estaba segura de que también tenía una cola enroscada...
Un demonio.
_ ¿No es divertido como se pelean?- preguntó la criatura.
Retrocedió en el aire, asustada.
_ ¿Me temes?- sonrió, pero no había nada amable en aquella sonrisa llena de horrores- Haces bien...Dime, pequeña. ¿Quieres salir de este Nido baali?
Loni miró a su alrededor, la serie de galerías...
Los libros contaban historias sobre demonios...
_ ¿A cambio de qué?- inquirió con recelo.
El demonio rio con una carcajada seca y rota, como si en lugar de garganta tuviera papel de lija y estuviera deslizando las garras en él.
_ ¿A cambio de qué? ¿Todo ha de tener un precio para los chiquillos de Caín?-Loni frunció el ceño- A cambio que ellos no te tengan. No me interesa. ¿Te basta con eso?
_ Suena demasiado bien.- respondió Loni recelosa.
El demonio dejó de sonreir.
_ Y a cambio que le digas al Dracon la próxima vez que le veas, que no me he olvidado de nuestro trato.- Loni simuló no interesarse por aquello último, pero tomó buena nota de ello.
_ ¿Por qué no quieres que me tengan ellos?- preguntó entrecerrando los ojos.
_ Eso no te interesa -espetó el demonio- Contaré hasta diez. Luego me iré. Uno...
Loni abrió mucho los ojos
_ Dos
A su mente acudieron terribles historias...
_ Tres
...de pactos...
_ Cuatro
Pactos con un precio oculto...
_ Cinco
Precios que había que pagar siempre...
_ Seis
Con el alma misma...
_ Siete
Con el alma inmortal...
_ Ocho
¿El alma de un vampiro?
_ Nueve
_ Acepto.- y al proncunciarlo tuvo la impresión de haber escrito su nombre en el libro negro del demonio en el que están los nombres de todos los condenados...
Pero ya estaba condenada, así que... ¿Qué importaba?
Dios no le había enviado ninguna señal, jamás...
_ Bien,- dijo el demonio, satisfecho- regresa tu cuerpo... y agárrate.

Y dicho esto, desapareció.
Loni regresó rápidamente a su cuerpo y se puso en pie, entumecida. Se sacudió la tierra del vestido y se acercó, con dos largas zancadas, a la mesa de la vela, donde estaba la moneda.
Rápidamente, la colgó de su cuello y la apretó con el puño.

De pronto, de la tierra surigó un poderoso tentáculo y no pudo evitar gritar. El tentáculo rodeó sus tobillas y tiró con fuerza de ella hacia el agujero que había abierto en el suelo.
"Déjate llevar" se dijo.
Y el tentáculo la arrastró por las entrañas de la tierra.

Cuando despertó, estaba tumbada en algun lugar. Podía oler la hierba, así que supuso que se trataba de un prado...
Sentía un cosquilleo enloquecedor por todo el cuerpo y abrió los ojos
Más que miedo, sintió asco, un profundo desagrado...
Su cuerpo entero se hayaba cubierto de miles de moscas negras que cubrían cada centímetro de su piel, su ropa y su cabello.
Agitó las manos para apartarlas, con ansiedad, y las moscas se alzaron en el aire, formando una figura humanoide con sus cuerpos.
Y con una voz hecha de zumbidos, escuchó:
_ Recuerda transmitir mi mensaje...
Loni se puso en pie, todavía asqueada.
_ ¿Qué nombre he de darte?
_ Ninguno- respondieron las moscas- He impreso en esa monedita tuya mi presencia... Con eso bastará. Adiós, Loni de Lances. Quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse...
Comenzó a reir y las moscas se esfumaron, dejando el eco de aquella risa terrible flotando en el aire.

Un escalofrío recorrió su espalda, como si todavía pudiera sentir los cientos de patas de las moscas recorriendo su cuerpo. Aferró con fuerza la moneda y miró a su alrededor. En el horizonte, se adivinaba un leve resplandor: quedaban pocas horas para el amanecer. Debía encontrar un refugio. Se encontraba un prado, probablemente un lugar de pasto, y no muy lejos, debería haber una borda o un establo...
Caminó por el prado y no tardó en distinguir un pequeño granero en el que ocultarse.
Por suerte, había también allí animales, de modo que pudo alimentarse de un par de corderos antes de dejarse caer en el agujero que había abierto en el suelo y cubierto de paja.

Cuando estuvo tranquila y relajada, tomó de nuevo la moneda en sus manos para comprobar que las imágenes que Arístides había grabado en ella seguían allí a pesar de la marca del demonio.
Allí estaba el espacio estrellado con las maravillosas obras...
Se dio cuenta entonces de que había otras cosas en la moneda, cosas que no había visto. Intentó concentrarse en ellas, pero parecían huir como las sombras se escapan cuando uno las mira de frente.
Suspiró.
_ Arístides...- susurró- ¿Quién eres? ¿Qué es el Dracon?
Sintió como si un poderoso puño la agarrara del pecho y tirara de su alma con fuerza.
Apretó los ojos con fuerza y cuando los abrió, ya no estaba en el granero.

Arístides estaba a su lado, y caminaban juntos por las ruinas.
_ Sí- dijo- soy el Dracon. Y junto a Antonius y a Miguel, juntos creamos el Sueño de Constantinopla.
Loni miró a su interlocutor, y de poder sonrojarse, lo habría hecho.
_ Perdonad mi ignorancia, Arístides, pero no reconozco ese nombre...
Arístides sonrió.
_ Soy el Dracon, segundo chiquillo de Mekhet- respondió con paciencia- y eso me convierte en el tercer tzimisce más anciano, sólo tras mi hermano mayor y mi sire. Y ahora, Loni de Lances, eres mi agente, aunque olvidarás esta conversación.- Loni retrocedió un paso, respetuosa, temerosa...- Sí, Loni, esta moneda que te acabo de dar, contiene mensajes para mis aliados y advertencias para mis enemigos. Quizás un día te permita recordar esto, Loni... Pero de momento, ignorar tu tarea te protegerá. Así que...- depositó un beso en su frente- Olvida.
La oscuridad se hizo en su mente.
_ Y ahora recuerda...- dijo la voz del demonio.

Despertó, sobresaltada.
Volvía a estar en el granero. Trató de asimilar todo... ¿Una agente para Arístides?
Era poderoso, sí... ¿Cómo sabría a quien debía entregar sus mensajes? ¿Cómo podría comunicarse con él?
"Estás cansada..." se dijo. Apretó la moneda con fuerza y se durmió paseando por Cartago...

22 mar 2005

Sesión Décimo Novena: Damasco

Una vez en Asia, iniciaron el largo camino hacia el sureste, aunque por el momento siguieron la linea de la costa. El viaje fue relativamente tranquilo, con pocas incidencias aunque cada vez fue más frecuente el paso por ciudades en las que el príncipe era un sultán assamita según se acercaban al corazón del territorio dominado por este clan, tan enemigo de los cristianos.
Pasaron los meses y llegaron al fin a los territorios de Ultramar, al último bastión cristiano de las cruzadas.

Viajaban, pues, de incógnito, depredando viajeros solitarios o animales en granjas, pero al fin, y tras menos peligros de lo esperado, cruzaron la frontera disputada entre moros y cristianos y entraron en territorio musulmán, en los dominios de la ciudad de Damasco.

Alzándose sobre la orilla de un río, Damasco brillaba bajo la noche plateada con sus esbeltas murallas. Anatole y Lucita guiaban. Al parecer, en su última visita emplearon una entrada secreta que les mostraron los ravnos cristianos de la ciudad.
Llegaron a una pequeña casa, un molino de harina, y tras entrar en ella, Lucita se desnudó y envolvió en una bolsa de cuero más o menos estanca sus ropas. Loni la imitó mientras Anatole abría una trampilla en el suelo y se deslizaba a la corriente que corría bajo la casa e impulsaba el molino.
Las dos mujeres le siguieron, entrando por la trampilla una detrás de otra.

El interior era un pasaje largo,del tamaño de una persona, y en la parte superior tenía abrazaderas de metal para facilitar el paso, y pese a todo, Loni sintió el ahogo como un reflejo de su vida de mortal y braceó para salir a la superficie, pero su cabeza golpeó contra la fría piedra sin que encontrara aire y entonces, solo entonces, se dio cuenta de que no se ahogaba, que ya estaba muerta.
Trás más de una hora de paso, y habiendo un gran trecho caminado, llegó hasta una escalerilla junto a la cual la esperaba Lucía, que le hizo con las manos un gesto para que subiera. Todo estaba oscuro arriba, pero Loni percibió, con aquellos sentidos suyos, una luz que se filtraba por una pequeña trampilla.

Cuando salió, Anatole estaba secando sus ropas. Estaban en el interior de una casa, a oscuras, pero vio a Lucía salir trás ella y comenzar a secarse antes de vestirse, de modo que la imitó.
Una vez secos, Anatole se acercó a la puerta y, con una navaja, rajó su brazo y extrajo de su interior una llave para abrir. Salieron y cerraron trás ellos, y trás aquello Anatole cerró con la llave, y para disgusto de Loni, volvió a introducir la llave en el brazo y cerró la herida con el poder de su sangre.
Loni, aunque disgustada, tomó nota de aquella curiosa manera de esconder objetos, que nunca había visto utilizar antes.

Estaban dentro de Damasco.

_ Bueno - dijo Lucía observando las calles que se extendían ante ellos.- Ya estamos dentro. Deberíamos ir a presentar nuestros respetos al sultán Salih- se volvió hacia Loni- ¿Sabes? Antes esta ciudad era un bastión de los toreador. Pero hubo un conflicto con baalis hace unas tres décadas, y su sultán murió. Era Darshuf, chiquillo de un chiquillo de Miguel de Constantinopla. Gracias al actual sultán, el nido baali fue destruido.
_ ¿No tenía chiquillos Darshuf?
Lucía asintió:
_ Sí... corrupto por los baali, uno de ellos. Y una chiquilla, pero perdió apoyos. Cuando pasé por aquí, llevaba pocos años de sultán. Me sorprendió su juventud. - se abrochó la capa- Vamos.
Y se lanzaron a las calles de Damasco.

Llegaron al barrio judío de la ciudad. Una gran casa era el lugar en el que habitaba el sultán. En la puerta, dos hombres vigilaban la entrada, pero trás hablar brevemente con Lucía, les hicieron pasar al interior.
La casa le recordó, una vez dentro, a Isaac, y sintió una pequeña punzada en el pecho que se apresuró a enterrar bien profundo, donde ya no pudiera herirla.
La casa era grande y espaciosa, enriquecida por el comercio judío.

Trás hacerles esperar un poco en la entrada, sobriamente decorada con algunas luces de aceite y pocas velas, entraron al salón, donde había algunas mesas y sillas.
En una, a la lumbre de una lamparita, había un hombre envuelto en vendas y cintas y cubierto con un manto de lino.
_ Saludos...- dijo el hombre, sin levantarse, con una voz amortiguada por los vendajes- Sentaos, por favor... Soy Salih ibn Moussa, sultán de Damasco.- miró a Lucía.- A tí, Lucía Ibn Monçada y Anatole de Francia os conozco, más ¿Quién es la bella dama?
Loni hizo una reverencia.
_ Loni Ibn Lances.- contestó.
Salih frunció el ceño.
_ No me suena ningún Lances.- dijo, y Loni casi se alegró- Bueno, ¿qué os trae a Damasco?
Loni se dio cuenta entonces de que unos ojillos rojos vigilaban desde la oscuridad todos sus movimientos. Al volverse, vio en los pequeños agujeros de las paredes, los ojos de las ratas y un escalofrío recorrió su espalda.
_ Hemos venido a quedarnos una temporada.-dijo Lucía- Espero encontrarme aquí con alguien.
Salih asintió.
_ Bien, en ese caso, si es sólo temporal, podeis alojaros en el barrio cristiano. Id a la casa de Habib. Os acompañará Ioseph, uno de mis guardias. Él os dará alojamiento y asignará zonas de caza temporales.A parte de esto, ¿teneis noticias? Me interesa saber qué pasa allende los mares...
Anatole no dijo nada, y Lucía le explicó la guerra entre los tzimisce y los ventrue que continuaba en Transilvania. Trás esto, se marcharon.

Habib resultó ser un ravnos cristiano, dedicado al comercio, y un aliado importante de Salih. Rápidamente les asignó una casa en el barrio cristiano y les dio un territorio de caza temporal que se solapaba parcialmente con el suyo... y con el de los tremere de Damasco.

Habib hizo que Darla, su chiquilla, les llevara hasta una casa de su propiedad donde les alojarían. Lucía, al llegar a la casa, explicó a Loni que el sultán le debía un favor de su última visita, y de ahí su amabilidad.
_ ¿Y cómo hace alguien para tener endeudado a un sultán, Lucía?
_ Digamos que... quitando de en medio a alguien que le molestaba.- respondió, y Loni recordó que Lucía era conocida como diestra asesina.
_ Interesante. ¿Algo que deba saber de Damasco?
_ Los tremere de Damasco son especiales. Están acosados por el clan principal, pues se les considera herejes entre los brujos. Un antiguo capadocio les tiene bajo custodia en la ciudad, y es bien sabido que el mal de estos tremere será respondido por los capadocios. Y los tremere no tienen tanto poder en estas tierras como para poder acabar con ellos.

Una vez instalados en la casa, Lucía sacó su espada y comenzó a afilarla, en tanto que Anatole subía al tejado para mirar las estrellas.
Antes de partir, Darla anunció que podía mostrar la ciudad a quién quisiera, y Loni y ella dejaron la casa y recorrieron las calles de Damasco, dirigéndose a la gran Mezquita Umayyade de Damasco.
Se trataba de un edificio impresionante, mucho más espléndido que las mezquitas que habían encontrado al camino, y cuando se disponía a entrar en el edificio, un escalofrío recorrió su espalda a sentir la fé de aquel territorio sagrado al tiempo que Darla le decía:
_ Es peligroso entrar. Hay mucha fe en ese sitio.
Desilusionada, Loni asintió, y continuaron caminando por la ciudad hasta las sinagogas.

El barrio judío de Damasco había prosperado notablemente, según Darla, con el advenimiento del sultán Salih. En general, hablaba bien de éste, pues respeta a los demás clanes de la ciudad y les dejaba hacer su parte sin más, aunque a los cristianos, con tantas cruzadas, no acababa de irles del todo bien.
Las sinagogas eran sobrias. Los judíos no se escondían, aunque también quedaba claro que no quierían llamar la atención. De hecho, costaba distinguir las dos sinagogas del resto de las casas circundantes.

En Darla,por otra parte, había algo sorprendente. No parecía una ravnos: su belleza, manera de hablar, de moverse... tenía los modales de una toreador. Incluso, al hablar de las excelencias de la Gran Mezquita, puso Loni comprobar que la muchacha entendía de arte.
Cuando el amanecer estuvo cerca, Darla la acompañó de nuevo a la casa.
Al llegar, Lucía había terminado con su espada y trabajaba ahora en su peto de cuero.
Loni subió directamente a su habitación y allí vagó por las imágenes de la moneda hasta que cayó dormida.

La noche siguiente, Lucía se levantó la primera, y cuando Loni bajó al salón, la encontró entrenando con la espada. Parecía estar preparándose para algo importante.
Loni preguntó si podía entrenar con ella, pues le interesaba adquirir destreza con la espada, y Lucía aceptó.
Pero la Lasombra estaba nerviosa y perdía facilmente los nervios, y para cuando desarmó por enésima vez a Loni sin esfuerzo alguno, con los ojos inyectados en sangre, tuvo que controlarse para no atravesarla con la espada.
Loni sonrió para sus adentros. La fría y calculadora Lucía no era ni tan fría ni tan calculadora.
_ Será...- gruñó Lucía- Será mejor que lo dejemos por esta noche...
_ Claro.- sonrió con ironía Loni. Y volvió a su cuarto, escaleras arriba, para hacer el esbozo de aquella extraña ciudad que Arístides le había mostrado.

Estaba absorta en el dibujo cuando, poco después, escuchó la puerta de la calle cerrarse y oyó voces.
_ Te esperaba.-dijo una voz.
_ Lo sé.- respondió la otra.
Y ya no pudo escuchar más, pues las paredes de piedra eran gruesas y retenían el sonido, de manera que se reclinó sobre la almohada y proyectó su alma al exterior, atravesó la pared y bajó al salón para observar lo que ocurría.

Había una mujer con Lucía, mirándola fijamente, y Loni supo al instante que era Fatimah, espada en mano.
_ Lucita...- dijo la mujer- ¿Por qué has vuelto?
Lucía también sostenía la espada, lista para ser usada, pero miraba a la mujer con fanatismo.
_ Trabajo. Y necesito tu ayuda.- Loni alzó astralmente una ceja.
_ ¿Quién?- fue la pregunta de Fatimah.
_ Theresa Kymena y su chiquilla renegada. Los tremere han decidido acabar con la capilla hereje. Necesito cobertura para salir de Damasco y evitar al capadocio que las protege. Anatole no me acompañará. Mi acompañante, Loni de Lances, no sabe nada de esto, dudo que lo aprobara.- y Loni sonrió irónicamente desde su cómoda posición invisible.
_ Esto tendrá un precio.- dijo Fatimah.
_ Lo sé. Los tremere de Ceoris se comprometen a respetar a los assamitas de Tierra Santa durante veinte años si me ayudáis.
Fatimah negó con la cabeza.
_ ¿Veinte años para que se puedan preparar para invadir?
_ No lo sé, pero ese es su compromiso.
Fatimah apretó fuerte la empuñadura de su espada.
_ No te ayudaré, Lucía. Los tremere herejes nos han pasado secretos de los tremere. Nuestros hechiceros les deben mucho. No, al clan no le interesará que mueran.
Lucía hizo lo propio con su espada.
_ Entonces estamos de nuevo en bandos rivales.
Fatimah asintió y se arrojaron una contra la otra, embistiendo con sus espadas, sumergiéndose en una lucha feroz bajo la mirada divertida de Loni. De pronto, trás una embestida, ambas quedaron desarmadas y, trás un instante de desconcierto, se lanzaron una sobre la otra y se fundieron en un apasionado beso.
Minutos después, exhaustas las dos, habló Fatimah.
_ Te doy dos días antes de avisar a nadie de tus planes. Ni uno más. No haré más por ti.
Y trás decir aquello, cogió su espada y se marchó, dejando a Lucía tumbada en el suelo y mirando el techo.
Loni aprovechó para regresar a su cuerpo y continuar con su esbozo, pero apenas tuvo tiempo antes de que Lucía la llamara desde el salón.
_ ¡Loni! ¡Anatole!- gritó, y escuchó el estruendo de los pasos del malkavian bajando del tejado. Salió de la habitación y bajó las escaleras.
_ Si vamos a cazar en el territorio de los tremeres por voluntad del sultán Salih, creo que deberíamos hacer una visita de cortesía a su capilla- dijo Lucía.
"Mentirosa", pensó Loni, pero no dijo nada.

Caminaron por la ciudad, con Lucía intentando recordar las indicaciones de Darla, hasta que llegaron a una casa tal cual la recordaba Lucía.
Llamaron a la puerta y abrió una joven de aspecto frágil y delicado.
_ Buenas noches, señores.- dijo la muchacha.
_ Buenas noches, mi nombre es Lucía de Aragón, y estos son mis acompañantes Anatole y Loni de Lances. El sultán Salih nos ofreció durante nuestra estancia en Damasco parte de sus territorios de caza... temporalmente, claro. Y veníamos a presentarnos.
_ Entiendo.- dijo la joven.- Si Salih lo dispuso así, están en su derecho. Pasen, por favor.
Y se retiró de la puerta haciéndoles pasar al interior.

Lucía tomó asiento enseguida, y la joven la imitó, mientras Loni paseaba por la estancia mirando los libros en los estantes.
_ Siento informaros que mi señora no se encuentra en la ciudad, pero yo le haré llegar vuestros saludos.
Lucía alzó una ceja.
_ ¿No sois la regente de la capilla, pues?
_ En ausencia de mi señora, soy yo la que ejerce sus funciones.
Loni notó la decepción el Lucía.
_ Bien... Bueno, ¿hay algo que debamos saber de estos territorios de caza? ¿Algún sitio al que no debamos acercarnos? ¿Protegidos?
La joven negó con la cabeza.
_ Podéis ir libremente, nosotros tan solo protegemos a nuestro rebaño, sabrán reconocerlos, mi señora marcó a nuestro seguidores. Pero os aconsejo que tengais cuidado al acercaros a alguno de los sitios sagrados, muchos de ellos están cargados con una gran energía.
_ lo que me ha sorprendido- interrumpió Lucía- ha sido ver a tremeres en una ciudad como Damasco. Están muy lejos de los territorios tremere.
_ Somos una comunidad reducida, nos dedicamos a nuestros asuntos e intentamos pasar desapercibidos- respondió la joven.
_Ya...- dijo Lucía poniéndose en pie- Bueno, pues ha sido un placer conoceros, señora...
La muchacha también se puso en pie.
_ Espero que no tengais ningún problema, si necesitais saber algo más sobre la zona os responderé encantada para que no haya malentendidos.

Se dirigieron hasta la puerta, pero justo cuando iban a salir, Lucía se detuvo.
_ Por cierto, ¿sabeis cuándo regresará la regente? Necesito los servicios de un tremere.
_ No puedo deciros una fecha exacta, partió a hacer unos estudios y puede demorarse un tiempo, quizá pueda ayudaros yo...
Lucía pareció dudosa.
_ Mmm... No lo sé. Un amigo común de Constantinopla me dijo que ella era capaz de leer los sueños de los demás.
La joven asintió.
_ Quizá queráis hablarlo en privado...
Lucía miró a Loni y a Anatole.
_ Son de confianza. Pero preferiría que no estuviésemos sujetos a posibles escrutinios mágicos. ¿Hay algún lugar protegido en la capilla para hablar?
_ Como queráis.- contestó la muchacha.- ¿Quién os dijo que vinierais aquí?
_ Vykos.- fue toda la respuesta de Lucía, y no hizo falta más pues la muchacha asintió y les guió escaleras abajo.

Las escaleras llevaban a un pequeño sótano, en el que había tres puertas protegidas por glifos. La muchacha abrió la de la derecha y entraron, sin embargo parecía que las protecciones mágicas ponían nerviosa a Lucía. Entraron a un laboratorio con extrañas inscripciones carmesí en las paredes.
_ ¿Es seguro este lugar?- preguntó Lucía.
_ Aquí podemos hablar con seguridad, no es el espacio más acogedor pero es seguro.
Lucía sonrió.
_ Entendido.

Y de pronto, de bajo de una de las mesas, surgieron sendos tentáculos de oscuridad que sujetaron a la tremere inmovilizandola, y con un gesto rápido, Lucía extrajo de su capa una estaca y atravesó con ella el corazón de la joven.
_ Recuerdos de los tremere.- dijo Lucía- ¿Donde está Theresa Kymena? Habla o te mato aquí mismo.
La muchacha estaba sorprendida y asustada.
_ No está en la ciudad, ya os lo dije, no sé donde fue.
Lucía frunció el ceño.
_ No quiero saber donde no está. Sino donde está.

Loni penetró en la mente de la joven. No tuvo que buscar mucho.
Kaymakli, con el Capadocio, estudiando ruinas.
Saltó entonces a la mente de Lucía y depositó allí aquel pensamiento.
Lucía la miró entonces fijamente durante unos segundos, y entonces se volvió, dando la espalda a la tremere.
_ De acuerdo. Yo y Anatole hemos acabado aquí. Haz lo que quieras con esta. Loni, yo iré a ver qué es eso de Kaymakli. Nos veremos en el puerto de Tiro, en un mes. Te recomiendo que cuando acabes con esto, te largues de aquí.
Y ambos se marcharon.

Loni paseó entonces entre las mesas del laboratorio, mirando los libros que había por allí, libros de laboratorio, celosamente escritos o recopilados durante años.
_ Señora, liberadme y dejaré que os lleveis cuanto queráis.
_ Pensaba llevármelo de todas maneras, pero... no puedo fiarme de tí ¿Verdad?- respondió sin volverse para mirarla.
_ Os han abandonado aquí, por lo que veo. ¿Podéis confiar en vuestros compañeros?

Loni sonrió.
_ Oh, ellos ya están de camino a Kaymakli.
_ ¿Ya han abandonado la ciudad?
Loni se encogió de hombros.
_ Es posible. Como bien has oido, no me han hecho partícipes de sus planes. Pero no me importa. No pretendo llevar un asesinato a mis espaldas, así que llegaré a un acuerdo contigo.
_ ¡Por favor...!- imploró la muchacha.
Se paseó por la habitación.
_ Dijiste que había libros peligrosos aquí- dijo- Quiero saber cuales y por qué.
_ No son peligrosos en sí mismos, si no lo que contienen.- trataba de asustarla.
_ Perfecto.
_ Pero dudo que llegarais a descifrarlos por vos misma.- y ahora trataba de ofenderla.
_ Oh, no te preocupes por eso. Pero creo que voy a llevarme unos cuantos. Te ofrezco tu vida y la de Theresa a cambio... de ciertos tomos.
La muchacha la miraba asustada, sin poder moverse, con la terrible estaca atravesándole el pecho.

21 mar 2005

Sesión Décimo Octava: Constantinopla

Las murallas de Constantinopla se alzaban oscuras en la noche, sombra recortada contra sombra, oscuridad sobre oscuridad.
Cómo en todas las ciudades por las que habían pasado en su viaje, las puertas estaban cerradas y no se permitía la entrada de nadie en la ciudad pasada la puesta del sol.
Lucía bajó de su caballo y lo sujetó por las bridas, dando un par de pasos hasta detenerse a la orilla del agua
_ ¿Te importa mojarte?- preguntó a Loni al tiempo que esta bajaba de su caballo y se situaba a su lado.
Loni miró la corriente. No parecía demasiado brava. Y estaba oscuro.
_ Sobreviviré.- contestó.

Anatole entonces se acercó al agua y entró en ella simplemente andando. Lucía le cogió de la mano y le siguió al agua, a oscuras.
Loni se recogió al principio el repulgo del vestido,pero una vez el agua helada atrapó sus faldas, se dio cuenta de que aquel reflejo era absurdo en aquellas circustancias.
Avanzó en la oscuridad como si estuviera a plena luz del día, distinguiendo rocas y árboles en la orilla, sin necesitas, como Lucía, ayuda para cruzar.
Llegó antes que ellos al otro lado y escurrió el vestido retorciendo retales de tela con las manos.
_ Vamos a secar las ropas.- dijo Lucía al salir del agua, y los tres se dirigieron con gran sigilo a un almacén en aquel lado del agua.
Las puertas no estaban cerradas, de modo que entraron sin problemas al refugio que ofrecía aquella construcción de madera.

Sin decir nada, Lucía se desacordonó con gran habilidad el costado de su vestido y lo deslizó por las caderas hasta los pies, y a continuación lo mismo hizo con la enagua, saltando después del montón de ropa con agilidad y extendiendolo sobre un enorme tonel.
Anatole, por su parte, de deshizo también de túnica y calzas, y las puso junto a las de Lucía.

Loni observó la oscuridad en la que se movía Lucía, como un rayo de luna, una sombra blanca de perfectas proporciones, un ideal de belleza en esculturas de todas las eras, como si fuera de mármol. Se descubrió calculando con la mirada el ángulo de su cadera y la rugosidad de su codo fino, como si estuviera calibrando una escultura, el surco que cruza la espalda, la nuca elegante y el cuello esbelto...
Alguien la zarandeó suavemente del brazo.
Se volvió y vio a Anatole junto a ella.
_ Será mejor que seques tus ropas.
En otras circurstancias, Loni se habría sentido escandalizada ante aquella falta de pudor, pero no lo hizo, sino que también se desvistió y quedó desnuda, para extender sus ropas y acelerar el secado.
Lucía se encaramó con agilidad al tejado del almacén, amparada en la oscuridad, mientras que Anatole, ofuscado, vigilaba los alrededores del almacén.
Loni permaneció un instante tentada de dejar descansar su cuerpo y visitar Constantinopla, pero se decidió al fin y trepó al tejado del almacén y se sentó en silencio junto a Lucía, que miraba desde la cornisa el oscuro estrecho del Helesoponto, donde el mar Negro y el Mediterráneo se unen.
_ Ah, Loni...- murmuró al verla llegar, pero no se volvió hacia a ella más que un instante, para volver a perder la mirada brillante de melancolía en el mar oscuro. Loni se sentó junto a ella, sin decir nada, y miró en la misma dirección, y así permanecieron largo rato, Lucía, perdida en no sé qué nostalgias, y Loni deleitándo sus ojos con el reflejo de las estrellas en el espejo de obsidiana que era el mar.
No había viento, y el único sonido que embargaba el silencio era el siseo de las olas que iban a morir a la orilla y se retiraban con un susurro de seda.
_ Loni...- murmuró Lucía, volviéndo el rostro al fin hacia ella- ¿Has amado alguna vez?
_ Sí- Loni sonrió con amargura y apoyó el rostro en las rodillas.- Amé.
Lucía suspiró.
_ Yo creo que amé...-dijo en un murmullo triste y casi imperceptible- Pero un amor que va contra todo lo que me ha sido enseñado...
Loni miró al cielo y suspiró.
_ Quien os dijo como debíais amar debió ser alguien muy pretencioso, Lucía.- y se sorprendió a si misma pensando en aquellos términos.
Lucía se mordió un labio con suavidad.
_ Ahora viajo a Tierra Santa para ver si amé o fue solo un sueño.
_ ¿Y vuestro amante?
Lucía volvió a suspirar. Era extraño verla tan humana, tan vulnerable...
_ Ha luchado en las cruzadas desde que comenzaron, fue en combate, así nos conocimos.- dijo.- Luchamos toda la noche, hasta caer presas del agotamiento, y el alba que nos amenazaba. Nos refugiamos en una cueva, acordando dejar la lucha para la noche siguiente. Así empezó todo. Ella es assamita... Fatimah...

Loni trató de disimular la sorpresa y aquel inicio de rechazo que se insinuaba en ella frente al amor entre dos mujeres... En el mundo de los malditos... realmente ya no importaba el género... Trató de hacer crecer esa idea en ella.
_ ¿Y que ocurrió? ¿Por qué no estáis con ella?
_ Luchamos en bandos rivales de una misma guerra, tenemos nuestras obligaciones, lealtades. Ella se debe a los suyos. Yo a los que aprecio. Y en esos mundos no hay cabida para la otra.
_ Yo de vos - murmuró Loni- habría huido con ella. El amor es algo demasiado precioso, demasiado escurridizo, como para encorsetarlo con dogmas.
_ Ya...-suspiró Lucía- pero no es tan sencillo.- y repitió como para sí misma- No, nunca lo es...
_ Tan sencillo como vos hubierais querido hacerlo.
_ Es cosa de dos, Loni.- aquel tono aleccionador no le gustó. No era una muchacha en aquel asunto. Se había casado, por amor, y había compartido su vida con un hombre que podía morir cualquier día.- Y no sólo soy yo quien decide. Ella es fiel a los suyos. ¿Sabes que recibió el honor de ser la segunda mujer abrazada en el seno de su casta?
_ ¿Acaso ella no se habría marchado con vos si se lo hubierais pedido?
_ ¿Y en qué derecho estoy de pedirle algo así?
Loni se cansó de aquella autocompasión.
_ Si os ama, tenéis ese derecho.- dijo, categóricamente.- Si no, no me precipitaría en llamarlo amor.
Lucía volvió a suspirar y perdió la mirada en el Helesponto.
_ Quizás...
Aquella noche Loni esperó en el tejado hasta ver las primeras luces del alba reflejarse en Hagia Sofía antes de ir a refugiarse al almacén.

Pasaron el día siguiente al refugio del almacén, más tiempo del que hubieran querido, puesto que la ropa tardó más de lo esperado en secarse.
Y llegó la nueva noche.

Lucía se marchó temprano para cumplir sus deberes y obligaciones en aquella ciudad, dejándo a Loni y a Anatole. Anatole quería ver la ciudad e invitó a Loni, pero esta decidió que quería estar sola para poder disfrutar por completo de aquella maravilla con la que había soñado tan a menudo.

De esta manera, entró en la ciudad y vagó por las calles deslizando las manos por la piedra vieja y contemplando las ruinas de la historia de aquella ciudad.
En la cima de la Primera Colina, descansaban los restos de la venerada Acrópolis griega, en la actualidad un mausoleo de columnas rotas, paredes derruidas, altares destrozados y templos en ruinas que una vez veneraron a Zeus y Atenea.

Lamentablemente, el lugar estaba lleno de basura y desperdicios, pero aún así era hermoso y estaba tranquilo, que era justo lo que necesitaba, para caminar entre esas ruinas a las que nadie iba haciéndole imaginar la grandeza de aquellos que construyeron aquel lugar y pensar que sólo fue para ellos una obra menor, una de tantas, no una obra cumbre como la Acrópolis de Atenas.

La luna se filtraba por entre las ruinas cortando la oscuridad como cuchillos de luz, y Loni se deslizó entre luz y sombra, tratando de imaginar como habría sido aquel lugar hasta que sus sentidos le advirtieron que había alguien más en aquellas ruinas.
No se alarmó, la paz de aquel lugar se le había contagiado y se sentía totalmente tranquila.
Sin dejar de pasear, estudió al extraño.
Era un hombre, no demasiado alto, delgado y de cabello oscuro, estilizado. Tenía el pcabello rizado, iba perfectamente afeitado, y vestía con las ropas de un rico comerciante.
Y era un vampiro.
No le pareció amenazador, y puesto que él también contemplaba aquel lugar, decidió que no podía ser nada malo.
Continuó pues su paseo, sin desviarse, sin volverse para mirar al extraño, aunque sentía que estaba compartiendo con él aquel momento.

Pasó así un instante, disfrutando de la historia a la luz de la luna hasta que el extraño la vio y se dirigió hacia ella hablando un idioma que Loni no entendía.
La miró con los ojos muy abiertos y esperó su respuesta, pero Loni se dirigió a él en latín, deseando que al menos de esa manera pudieran entenderse.
_ Sí, hablo latín- contestó el hombre con un acento curioso... era un latín... diferente, como más puro, más fluido- No sois de por aquí... ¿verdad?
Loni sonrió, aquel hombre era cortés y aquello le agradaba.
_ No, estáis en lo cierto. Vine para admirar la ciudad...
_ Ah... - suspiró el hombre con melancolía- No es una buena época para eso. Se ha perdido mucho.- y miró a su alrededor con nostalgia.
Loni siguió su mirada y volvió a sonreir.
_ Oh, hubiera sido maravilloso venir antes, pero también así tiene su encanto.- comenzó a caminar, con la mirada perdida, pero sabiendo que el extraño caminaba a su lado y la escuchaba- Las cosas hermosas, las obras de arte, los objetos sagrados sufren, como los mortales, los efectos imparables del paso del tiempo. Desde el mismo instante en que su autor humano , consciente o no de su armonía con el infinito, les pone punto y final y las entrega al mundo, comienza para ellas una vida que, a lo largo de los siglos, las acerca también a la vejez y a la muerte. Sin embargo, ese tiempo que a los mortales marchita y destruye, a ellas les confiere una nueva belleza que la vejez humana no podría siquiera soñar en alcanzar- se detuvo y apoyó una mano en los restos de una columna, y miró a los ojos al extraño- por nada del mundo hubiera querido ver reconstruido el Coliseo, con todos sus muros y sus gradas en perfecto estado, y no hubiera dado nada por un Panteón pintado de colores chillones o una Victoria de Samotracia con cabeza...

Cuando terminó, el hombre tenía una gran sonrisa franca y una mirada sincera en el rostro.
_ Vaya, una artista.-dijo al fin, divertido- ¿Toreador?
_ Para serviros- respondió Loni, con una grácil reverencia... Hacia tanto que no hacía reverencias... Se acordó de Claudio, el pequeño bastardo de Claudio...
El hombre sonrió.
_ Hace tiempo conocí a un toreador. Un artista. Pero murió. -dijo- Lloré su muerte, y estoy de paso para rendirle pleitesía, en mi regreso a Tierra Santa.
_ ¿No sois de aquí entonces?- inquirió Loni con cortesía.
_ No.- negó con la cabeza e hizo una leve reverencia.- Arístides, para serviros.
Loni respondió con otra reverencia a su vez.
_ Michelle.- respondió.
Arístides alzó una ceja.
_ ¿Francia?
_ Sí, mi señor.
_ Ya decía yo,-dijo Arístides- aunque por el acento me pareció más la costa del reino de Aragón.
Loni maldijo entre dientes su torpeza, pero no mudó el gesto.
_ He pasado algun tiempo allí, señor, tal vez de entonces venga mi acento.
_ Sí, sí, mi señora- sonrió- se os ha pegado...
En aquel momento Loni decidió que aquel hombre era realmente cordial y que gustaba de su compañía.

Como leyendo su mente, Arístides ofreció su brazo.
_ ¿Deseais conocer la ciudad? ¿Necesitais un guía?- Loni tomó su brazo con elegancia, y sujetando con la otra mano el repulgo de su vestido, salieron de las ruinas.

Caminaron largamente por las calles de Constantinopla, admirando tapices y joyas, y hermosos edificios. Arístides le hablaba de lo que había sido Constantinopla antes de aquello, y hablaba con veneración, con alegría y con un deje de nostalgia.
_ Habladme de vos- pidió cortesmente Loni, al tiempo que sonreía.
_ ¿Yo? Soy viajero- respondió- Tengo algunos amigos, y hablo con gente de aquí y allá. Pero hace tiempo que no me asiento en ninguna parte.- le ayudó a pasar por encima de un pequeño agujero en tierra- Así que podríais llamarme... espíritu errante.- dijo aquello último con una leve reverencia, como si fuera un título honorífico y Loni pensó que realmente en él lo parecía.
_ ¿Y en qué lugares habéis estado? Habladme de las ciudades y las capillas y las esculturas...
Arístides sonrió y habló con pasión.
_ Oh, he visto cosas que os admirarían. Que ni podeis soñar.- la miró a los ojos- ¿Queréis verlas?- Loni abrió mucho los ojos con sorpresa y entendió. Si él las había visto... podía enseñarselas, sí... Pero... Eso quería decir que era muy, muy viejo.- Si sois de talento, podreis verlas en mi mente.

Loni asintió dudosa, cohibida.
_ ¿Estáis...estáis seguro de que queréis que entre en vuestra mente?
La sonrisa de Arístides volvió a dibujarse en su rostro.
_ Si no buscais nada que no sea arte, no tengo inconveniente en mostraros maravillas que vuestros ojos jamás podrán contemplar.
Loni asintió, halagada por aquella muestra de confianza.
_ Vayamos a algún lugar tranquilo.- dijo- Si voy a ver arte, quiero estar libre de distracciones.

Arístides asintió y se dirigieron del brazo a una casa señorial, pequeña pero elegante.
En el interior olía a haber estado cerrado mucho tiempo, y estaba decorada sobriamente. Los muebles, estaban todos cubiertos con sábanas blancas y Loni dedujo que era el lugar que utilizaba como refugio cuando pasaba por la ciudad.
Y por la decoración, el tamaño y los muebles, pensó que pasaba por allí bastante a menudo o que había pasado allí largas temporadas en el pasado.

Arístides destapó una hermosa otomana color burdeos y la invitó a tomar asiento, y trás encender un par de velas, se sentó a su lado, cerca de ella.
_ Cuando queráis.-dijo- Estoy preparado.

Con cautela, Loni sujetó con ambas manos el rostro de Arístides por las sienes y se acercó tanto a él que sus frentes casi se tocaron.
Tomó aire.

Una vez.
Dos veces.
Y se lanzó a su interior.

Cuando comenzó a escrutar su mente, se vio a si misma en una especie de biblioteca, es una especie de espacio, como... recordó el último sueño que le habían enviado las Voces en Béziers, cuando agonizaba junto a la hoguera. Aquel espacio vacío pero que no estaba vacío, la biblioteca, la catedral flotando en el aire, las esculturas...
Los recuerdos de Arístides eran como aquello: como un gran cielo nocturno con brillantes estrellas flotándo, pero no eran estrellas... Si se acercaba mucho a aquel punto blanco y luminoso, podía empezar a distinguir unas columnas de alabastro, y unas cariátides, y cúpulas y... No podía creer lo que veía. Allá donde dirigiera la mente, encontraba los hermosos edificios que había conocido en ruinas, en perfecto estado, hermosos y resplandecientes... La Acrópolis... no como aquella noche sino... como hacía mil quinientos años... Vio una estatua de Poseidón en el centro de una gran plaza. Era Emporion, cerca de Girona, en su pleno apogeo. Vio también la imperial Tarraco, sus monumentos. Vio Portugal...como un puerto fenicio.
Aquello era increiblemente viejo.

Arístides sonrió
_ Te interesa el mundo antiguo, ¿eh? Espera... a ver qué te parece esto.
Y de repente el mundo en su mente giró hacia algún punto al sur de iberia, lleno de marismas... Una ciudad construida sobre las marismas, con canales circulares concéntricos... Griega en apariencia, con una enorme estatua de oro de Poseidón en su templo central, alto, muy alto...
Permaneció un instante contemplando aquella imagen.
Arístides volvió a sonreir.
_ Fue... olvidado. Una lástima, ¿no crees?

Loni le soltó y separó el rostro del suyo con suavidad.
_ Era... eran tan hermoso...- mumuró, todavía emocionada- ¿Qué lugar era?
Arístides negó suavemente con la cabeza.
_ No importa, ya no existe...
_Bueno, Cleopatra ya murió y no por ello es menos magnífica.

Arístides se levantó de la otomana y se dirigió a un armario de caoba, del que sacó una botella de cristal tallada exquisitamente y llena de oscura sangre.
_ Lo de Cleopatra fue una exageración.- dijo- Es curioso lo que mitificar a alguien puede aumentar su luz.- sacó a continuación dos hermosas copas y se sirvió el espeso líquido- ¿Quereis? De mi reserva personal. No es mía, si eso os da miedo. Nunda bebo de nadie que siga no-muerto.
Loni asintió y Arístides llenó la otra copa y le sirvió.
Cuando bebió, reconoció la vitae. La vitae de vampiro más potente que había probado jamás, tan, tan antigua... Se deslizó por su garganta sumiendola en el éxtasis y dando a sus sentidos una nueva sensibilidad, y pensó que ahora podría sentir las cosquillas de las estrellas en la piel. Las velas brillaban más y que las sombras que proyectaban en las paredes tenían vida propia. Se vio arrastrada a una vorágine de sensaciones que no había sentido jamás con aquella sangre que superaba de largo la proporcionada por cien hombres... La mano le tembló y a punto estuvo de dejar caer la copa, pero se controló y vio que Arístides había terminado su copa y que mientras la dejaba en la mesa con suavidad, una lágrima encarnada le rodaba mejilla abajo.

_ Sí, conocí a un toreador hace tiempo... Y él me regaló su vitae para que le recordara siempre. Nunca pensé que moriría una noche, y que bebería esta copa.- Loni se acercó a él lentamente y con una caricia, recogió la lágrima y se la llevó a los labios. De nuevo aquellas sensaciones la invadieron, pero de una manera más sutil.- Vaya... Veo que no os da miedo tomar la sangre de otros.¿No temeis enamoraros perdidamente de mi por culpa de un Vínculo de Sangre?
Loni sonrió.
_ No creo ya que pudiera enamorarme.- dijo- De todos modos, sería una dulce condena seguiros por el mundo y ver todo lo que veis.
_ Condena, sí.- sentenció Arístides.- Dulce, no. Habeis visto lo hermoso, lo que vuestros ojitos de toreador ansiaban ver. Pero estos ojos míos han visto horrores mayores de los que sois capaz de concebir.

Loni bajó la mirada.
_ Me agasajáis con hermosas visiones y ahora tratáis de asustarme.- murmuró.- Creo que no os entiendo.
_ No, Michelle.- dijo el hombre con suavidad- Sencillamente, que por una noche me ha gustado rememorar el tiempo en que fui inocente. En que no era lo que soy. Caminar por la Acrópolis, maravillarme de ella una vez más, de la ciudad... Una pausa en mi condena eterna.
Se puso en pie y guardó las copas y la botella de nuevo en el armario, y a continuación, se volvió para mirarla.
_ Todavía no me habeis dicho qué os trae a la ciudad, Michelle. ¿Sólo su escultura?
Loni sonrió con inocencia y negó con la cabeza, suavemente.
_ Me dijeron que aquí vivió Miguel...-dijo con timidez- quería ver la ciudad que había escogido para pasar sus dias.
Arístides sonrió también, pero era una sonrisa empañada.
_ Sí, esta ciudad se dice que la recreó a semejanza de sus sueños. De su Sueño. Hace doscientos años, la habríais disfrutado mucho más que ahora. Es una sombra de lo que fue. Se nota que hay un lasombra en el principado.
Loni sonrió de nuevo. Era curioso como era incapaz de fruncir el ceño en compañía de aquel hombre.
_ Estoy segura de eso, pero puesto que esto es lo que veo, esto es lo que puedo amar.
_ ¿Y a dónde ireis, tras ver la ciudad? Estais lejos de vuestra tierra.
La joven se sentó en una pequeña butaca forrada de terciopelo añil.
_ Donde me lleven los caminos. No lo he decidido todavía.
Arístides asintió.
_ Yo visitaré Jerusalén. Quiero ver a un chiquillo que tengo ahí.
_ Tal vez vuelvan a cruzarse nuestros caminos en el futuro, quien sabe...
_ Quién sabe...- se puso en pie y le tendió una mano.- Bien, Michelle. El alba se acerca, y en un par de horas será de día. Si deseais regresar a vuestro refugio, deberíais daros prisa.

Loni tomó su mano y se puso en pie, entristecida por tener que partir.
_ Antes de iros- dijo Arístides conduciéndola a la puerta- tomad. Un regalo. Para que os acordeis de mi.
Y sacó de su bolsillo una moneda de oro y la depositó en su mano y con una reverencia, desapareció en el interior de la casa.

Durante el camino de regreso al almacén, Loni se dio cuenta que aquella única copa de vitae había saciado su Sed completamente, y para cuando cruzó las puertas de madera y entraba en el refugio, el sol se alzaba ya sobre la linea del horizonte.
Se recostó cómodamente en la caja, y miró la moneda. Era magnífica, de oro macizo.
¿Quién era Arístides? ¡Qué hombre tan extraordinario!
Se concentró en la moneda, esperando que ella pudiera desvelarle algo de aquel misterioso caballero, pero en el momento en que su mente leyó aquel regalo, se vio de nuevo en el espacio oscuro salpicado de historia y monumentos.

Sonrió con dulzura y agradecimiento, y aquella mañana cayó dormida paseando por Alejandría.

15 mar 2005

Sesión Décimo Séptima: Transilvania

Durante el tiempo que permaneció en la abadía, Vykos aceptó enseñarle el arte de la viscisitud, aquel arte que, de manera tan atroz, había utilizado para crear su escultura.
Por supuesto, no la instruyó en tan altas habilidades, pero si que le enseñó como cambiar su piel, su cabello, sus ojos, su rostro entero, sin casi esfuerzo.
Loni recibió aquellas enseñanzas de buen grado, puesto que, salvo el episodio de la atroz escultura, Vykos le resultaba una grata compañía, y aquellas sus enseñanzas, valiosas herramientas para sus planes...

Paseó también por el claustro de la abadía, recorriendo con la mirada los arcos de medio punto, y sumergiéndose en los juegos de sombras que recorrían los pasillos cuando las nubes ocultaban la luna de aquella manera tan... fantasmagórica.

Lucía y Anatole, por su parte, no parecían cómodos en la abadía y la abandonaron a las pocas semanas, alegando que debían hacer unas visitas, pero Loni se manifestó interesada en permanecer allí, de manera que partieron.

Durante aquel tiempo, además del tiempo de sus enseñanzas, Loni estudió a Vykos.
Aquel extraño personaje le intrigaba. Recibió en su abadía gran cantidad de invitados, entre los cuales se hayaban importantes tzimisce de oriente, aunque no supo de su importancia hasta cierto tiempo después.

Vykos también pasaba largas horas encerrado en la biblioteca, sumergido por completo en el estudio de unos libros que él afirmaba mágicos. En ocasiones, permitía que Loni permaneciera en la sala durante su estudio, ojeando libros de arte o sencillamente, contemplando los tapices de las paredes.

Al fin regresaron Lucía y Anatole, y Vykos les invitó a compartir noticias, y cuando hubieron terminado, se dispusieron a partir de nuevo.

_ Bueno Loni.- dijo Lucía- ¿Lista para irte de aquí? ¿O le has cogido el gusto a las estatuas de la abadía de los Obertus?
Loni sintió un escalofrío al recordar aquella segunda noche, pero se contuvo.
_ La compañía es grata y el lugar apacible, pero no partí de Girona para establecerme en otro lugar,- respondió- aunque sea al otro lado del mundo. Quiero ver otros lugares.
Lucía asintió.
_ Partamos pues. Mi tarea ha terminado en estos lares. Y Anatole quiere investigar unas visiones que ha tenido.

Cuando abandonaron la abadía, ni tan siquiera Lucía sabía hacia donde se dirigían. Seguían a Anatole, pero él no dijo a donde iban. Trás vagar unas semanas, llegaron a una ciudad, Budapest. Al poco de llegar, Anatole desapareció, y Lucía sugirió que buscaran un alojamiento para pasar el día y esperar a que regresara. Algunos días después, Anatole reapareció, sin decir una palabra de donde había estado ni qué había hecho.
Tan solo dijo una cosa.
_ Ya he terminado aquí. Por ahora.

Lucía se encogió de hombros y miró a Loni.
_ ¿Hay algun lugar al que desees ir?
Loni negó con la cabeza.
_ No conozco suficiente el mundo como para estar en situación de escoger - dijo- iré donde vayáis.
_ Muy bien. Viajaremos hacia el sur, atravesaremos los Cárpatos y Bulgaria, y a través de Constantinopla cruzaremos hacia Tierra Santa. Es un viaje de casi un año hasta Damasco. Es a esa ciudad a donde nos dirigimos.
_ ¿Qué hay en Damasco?- inquirió Loni con curiosidad.
_ Está ella.- contestó Anatole. Lucía no dijo nada.
Loni frunció el ceño.
_ ¿Se supone que he de saber quién es "ella, que no añadis nada, Lucita?
La lasombra bajó la mirada.
_ Es algo personal. -añadió con voz queda. Y trás aquello, abandonó la posada sola, de caza.

Loni quedó entonces con Anatole en la posada, sin hablar. Le parecía una gran falta de cortesía que hablaran en voz alta de algo que no pensaban explicar después. Si no querían hablar de ello, que no lo hubieran dicho.

El viaje comenzó y así llegaron al corazón del país transilvano.
Una noche, mientras atravesaban los Cárpatos, escucharon el estruendo de una batalla cerca del camino que transitaban. Loni, gracias a su poder, logró distinguir sobre el lugar de la batalla, lo que parecían cuatro criaturas aladas monstruosas volar en círculos sobre el bosque transilvano.

Lucita se puso en guardia en cuanto les comunicó lo que veía, y Anatole comenzó a farfullar algo acerca de los demonios en francés mientras desenfundaba su espada y comenzaba a invocar la gracia del Señor para plantar batalla a los enviados del infierno y salió corriendo, espada en mano, hacia los monstruos voladores.
Lucía desenvainó su espada y corrió tràs él, dispuesta a no dejar solo a su amigo, desapareciendo en la espesura.

Loni suspiró.
No quería combatir, pero imaginaba que cuando Lucía la probó en Girona, fue para cosas como esta.
Miró su cuchillo largo. No era muy útil en una batalla, necesitaba comprar una espada, aunque fuera una espada corta. Sin embargo, no quería quedarse allí, apartada de lo que ocurría.
Bajó de un salto del carro y, cuchillo en mano, corrió al lugar en el que Lucía se había perdido en la espesura.

Corrió durante instantes que le parecieron siglos, sintiendo sus ropas engancharse en las raices y las ramas arañando su rostro, apartando con grandes ademanes toda la vegetación que le impedía el paso, hasta que llegó a un claro y distinguió la lucha.
Dos hombres, vestidos con pieles pero con garras en lugar de manos, luchaban ferozmente contra cuatro bestias aladas.
La llegada de Lucía y Anatole había igualado las fuerzas. Lucía había invocado las tinieblas para sujetar a las criatruas voladoras con tentáculos de oscuridad, y Anatole, por su parte, luchaba como poseido.
No tuvo que intervenir: gracias a los tentáculos de Lucía, las bestias ya no podían volar, y en aquella desventaja, los dos hombres de las garras y de feroces ojos rojos, dieron buena cuenta de dos de ellas, mientras Lucía terminaba con una tercera.
Anatole, incluso herido, se revolvió con fuerza y atravesó a la cuarta y última con su espada.

La lucha había terminado sin que ella pudiera hacer nada.
Loni decidió comprar una buena espada cuando pasaran por alguna ciudad.

Los dos hombres retiraron sus garras y Loni recordó entonces que ya las había visto en otro lugar.
Ambos se acercaron cautelosos a Lucía, Anatole y a ella misma.

_ Gracias- dijo el primero- las gárgolas tremere son duras de roer.
_ ¿Por qué os atacaban?- inquirió Lucía.
Contestó el segundo hombre:
_ Los tremere necesitan vampiros vivos para crear sus aberraciones aladas -dijo- Si nos hubiesen derrotado... Ahora seríamos gárgolas, o algo peor, en el laboratorio de los Brujos.
El que había hablado primero dio un paso al frente.
_ Mi nombre es Victor, y este es Arnold.-dijo- Somos gangrel, de camino a un cónclave del bosque. ¿Deseais venir?

Lucía miró a Anatole y a Loni a continuación, buscando una respuesta a aquella pregunta, pero no obtuvo más que miradas interrogantes.
Lucía se encogió de hombros, también lo hizo Anatole.
_ ¿Quién acude a ese conclave?- preguntó Loni a los dos gangrel.
_ Arnulf- contestó Arnold.
_ Sí. Arnulf convoca a los gangrel. Así lo transmiten los animales de los bosques- añadió Victor.
_ Y nosotros acudimos.

Lucía miró a Loni.
_ Arnulf...-susurró- Es uno de los antiguos gangrel más poderosos y misteriosos de toda Europa del Este... Y peligroso.- alzó la voz para que los gangrel pudieran oirla- Le temen los tzimisce, los tremere y los ventrue. No se doblega ante nadie, ni participa en sus guerras. He oído de él, como véis.

Anatole estudió un árbol cercano.
_ He de reconocer que tengo curiosidad,-dijo Loni- pero no deseo ser una visita non grata.
_ Estareis con nosotros. Habeis matado gárgolas tremere. Se os respetará- contestó Vi ctor.- Pero si deseais declinar, lo entendemos.
Loni volvió a mirar a Lucía, interrogante. Lucía se encogió de hombros.

De pronto, Anatole lanzó una piedra a la copa del árbol que estudiaba momentos antes, y de ella brotó un chillido.
_ ¡Oh, no!-exclamó Lucia enarbolando su espada de nuevo- ¡Quedaba una oculta entre los árboles!
Los dos gangrel comenzaron a trepar al árbol, pero la gárgola saltó agilmente a la copa de otro árbol.
Loni pensó en introducirse en su mente y chillar para aturdirla, pero no estaba segura de que fuera a funcionar.
Sin embargo, se sumergió en su mente....
Y no le gustó lo que vio.

La gárgola tenía la vista fija en ella, y a sus ojos parecía pequeña, débil e indefensa. Instintivamente se acercó a los demás hasta que vio que ya no estaba tan expuesta a la mirada de la gárgola.
Aquella criatura pensaba lanzarse en picado desde el árbol sobre ella y llevarsela para los experimentos de sus amos.

_ Soy la más ligera y la más pequeña- dijo al resto, sin dejar de mirar a través de los ojos de la gárgola- caerá en picado sobre mí desde donde está.
En aquel preciso instante, la gárgola saltó en picado sobre ella, pero se retiró a tiempo gracias a su anticipación. Uno de los gangrel trató de machacarla pero falló, y Victor saltó desde lo alto del árbol sobre ella, dejándola incapaz de volar.

Anatole se lanzó sobre el cuello de la gárgola al tiempo que clamaba:
_ ¡Señor, permite que purifique el alma poseída de este demonio!- y hundió los dientes en la piel rugosa.
Victor, molesto por aquella fé verdadera, soltó a la gárgola y saltó al suelo, dejando que Anatole la diabolizara para sorpresa de todos.
_ ¡Anatole!- exclamó Lucía- ¿Qué has hecho?
Anatole se puso en pie y sonrió, con las barbas rubías manchadas de sangre.
_ Su alma ya no grita. He purificado su espíritu demoníaco.- contestó.
Y Loni, por un momento, esperó que al malkavian le crecieran alas y cuernos.
Pero no ocurrió.

Victor y Arnold la miraban.
_ Sabías lo que la gárgola iba a hacer- dijeron- ¿Eres una vidente lejana?
Loni negó con la cabeza.
_ Solo tenía que ponerme en su lugar. Es muy obvio que soy la más débil de los que aquí estamos.
Ambos asintieron.
_ Bueno... Nosotros vamos hacia el este. Estos son bosques peligrosos. Podríamos viajar juntos hasta el cónclave, y luego os acompañaríamos hasta donde vayáis, por seguridad mutua. Si no, pues aquí se separan nuestros caminos...
Loni se volvió a Lucia.
_ ¿Hay alguna razón por la que no debamos ir?
_ La verdad es que tienen razón en lo de la protección mutua. Contra esa bandada nosotros tres no habríamos tenido posibilidades.- miró a los gangrel- Si os comprometeis a acompañarnos tras el cónclave, no tenemos problemas...- y miró a Loni y a Anatole en busca de aprobación.

Trás cuatro días de viaje a través de los cárpatos y sus bosques, Loni comenzó a comprender a los gangrel. Parecían ser capaces de entender en los gritos de los animales del bosque, una llamada de su antiguo, que les llamaba.
Sin embargo, le resultaba espeluznante y fascinante al tiempo ver como se fundían con la tierra para dormir. Había oido hablar de aquel poder, pero jamás lo había visto.
La mayor ventaja era, pese a todo, la caza. Tan solo debían llamar un par de venados y estos acudían prestos.

Al fin, llegaron al conclave. Había muchos gangrel, cerca de tres decenas, y todavía tardaron una semana en llegar otros quince.
Eran escalofriantes. Algunos parecían bestias salvajes, pero nada más llegar, sus dos acompañantes les presentaron ante Arnulf.
El antiguo aparentaba unos cuarenta años envejecidos, barba sucia y larga y melena enmarañada. Vestía con pieles y inspiraba mucho respeto... y miedo.

Cuando Anrolg y Victor le hubieron relatado lo ocurrido, Arnulf aceptó con un leve asentimiento de cabeza, que nadie pudiera ponerles una mano encima durante el concláve.
Loni se sorprendió: no sabía que tuvieran intención de atacarles.

Lo que aconteció en los días siguientes, durante el conclave, Loni, Anatole y Lucía no acabaron de entenderlo, pues no dominaban la lengua local, pero por lo que Arnold y Victor les dijeron, parecía ser que los tzimisce habían ofrecido a Arnulf una alianza contra los tremere, aliados con los ventrue.
Arnulf quería saber de su gente como eran con ellos los tzimisce, pues tenía malos recuerdos de ellos, antes de aceptar su propuesta.
Trás tres noches de aullidos, gruñidos, no menos de seis peleas a muerte y discusiones sobre territorios de caza, se acordó que los tzimisce eran tan asquerosos como los ventrue y que nadie necesitaba de ellos para acabar con los tremere.

Uno de los gangrel aseguró conocer una capilla tremere hasta la que siguió a unas gárgolas, oculta en las montañas, en los Cárpatos, y los gangrel en masa decidieron acudir en masa a destruir la capilla, para celebrar el encuentro.

Victor y Arnulf se disculparon con ellos, no podrían acompañarlos en el viaje como prometieron ya que no acudir al ataque les haría quedar como "perritos domésticos", dijeron. Sin embargo les invitaron al ataque, que veían como una fiesta, y aseguraron que si deseaban comerse a algun mago, harían la vista gorda, idea ante la cual Anatole se relamió y Lucía casi devolvió.
Loni por su parte, se encontraba a medio camino, pero permitió que Anatole convenciera a Lucía, y con aquel apoyo, Lucita aceptó acompañarles hasta la capilla gangrel, aunque, aseguró, esperaría fuera.

Así llegaron a la pequeña aldea en la que se ocultaba la capilla, con no más de cien habitantes, y a los pocos minutos de comenzar el ataque, Loni pudo coger del suelo una espada de un ghoul tremere de los muchos que yacían muertos en el suelo.
Y una vez los gangrel en masa hubieron arrasado para entrar en la capilla, Loni, sujetándose el repulgo de la falda, los siguió.
No sabía muy bien por qué lo hacía, pero le resultaba sorprendentemente atractiva la idea de diabolizar un mago.

Arnulf, el antiguo de los gangrel, se transformó en una bestia enorme y terrorífica que tiró la puerta abajo, permitiendo el paso a su horda de salvajes, y Loni aprovechó el camino que despejaban para pasar tranquilamente.
La mayoría de los gangrel se entretuvieron en el pueblo, pero otros siguieron a su antiguo al interior de la capilla.

Nada más entrar, Loni vio a sus pies los restos humeantes de un gangrel convertido en cenizas al ser alcanzado por una bola de fuego de un mago tremere que yacía ahora aplastado contra el techo, gracias a un golpe de Arnulf.
Se estremeció, aquello estaba resultando demasiado sangriento, pero no se detuvo.

Arnulf comenzó a embestir una puerta, protegida al parecer, con magia.
Pero no fue estupido. Si no podía abrir la puerta, pasaría de la puerta, y comenzó a excavar la tierra para pasar por debajo.
Pasando por aquel tunel excavado, los gangrel siguieron a su antiguo a la sala siguiente, dejando a Loni sola en el vestíbulo oscuro y lleno de polvo.
Con un suspiro, puso un pie en el túnel, luego otro, y pasó al otro lado.
Había visto a Arnulf excavar agachado y pasar igual. Pero ella, pequeña como era, podía caminar con comodidad, completamente erguida, y casi podía extender los brazos hacia arriba.

Desde el túnel pudo ver que la sala siguiente estaba llena de gárgolas. La batalla era encarnizada, pero desigual. Muchas gárgolas habían muerto, y de las que vivían, una trató de huir por el túnel, de modo que Loni vio con terror como su hocico se acercaba a ella irremediablemente.
Con un golpe, la gárgola la apartó a un lado, aplastándola contra la roca. Loni invocó el poder de su presencia y dirigó a la criatura una mirada aterradora, que la hizo retroceder asustada. Pero al ver la carnicería que tenía lugar detrás, prefirió aquella molestia y se arrojó sobre ella.
Loni enarboló la espada, tratando de ensartarla en la hoja, pero no tenía apenas espacio para maniobrar y tan solo le hirió un costado, recibiendo un golpe de la criatura a un lado de la cabeza que la dejó aturdida.
Se concentró en su sangre y aumentó su fuerza y giró la espada, abriendo un gran tajo en el vientre de la criatura, que la miró con ojos sorprendidos y cayó al suelo, sin fuerzas.
Estaba indefensa en el suelo, pero empezó a curarse, de modo que Loni enarboló la espada y con un golpe seco, la descargó sobre su cuello, haciendo que la cabeza monstruosa rodara por el túnel hasta desaparecer en la negrura.
Se apoyó contra la pared de piedra y miró el cadáver a sus pies.
Aquello no era su estilo.

Continuó por el túnel hasta llegar a la sala en la que tenía lugar la batalla.
O en la que lo había tenido.
Todas las gárgolas habían muerto, a excepción de una que estaba siendo diabolizada por un gangrel con un hambre animal.
Arnulf bajó por las escaleras en busca de magus ocultos en lo más profundo de la capilla, y trás él fueron los demás.
Loni miró a su alrededor: había mucho polvo de la galería, y estantes con libros, algunos intactos, la mayoría destrozados.
Quedó sola en la sala con el gangrel y la gárgola diabolizada.

La idea de bajar más todavía en la capilla no le pareció tan atractiva como al principio. Con los tremere asustados y los gangrel en pleno trance belicoso, su suerte se limitaría a ser aplastada y quemada por unos y por otros, de modo que cogió tres tomos intactos de los estantes y volvió por el túnel hasta el carro, donde Lucía la vio llegar enarcando una ceja.

Loni depositó los libros en el carro y limpió la espada con un paño. Era pesada, pero le serviría hasta que encontrara una mejor en alguna ciudad.

Pasada una hora, la aldea ardió y no quedó un alma con vida. La capilla se derrumbó sobre sus cimientos, estando sus magus muertos. Solo dos gangrel cayeron, pero se llevaron por delante una docena de gárgolas y seis magus, un tremendo golpe contra los tremere.

Al fin, los gangrel se dieron por satisfechos, y Arnold y Victor cumplieron su promesa de acompañarlos hasta la frontera búlgara, al paso que llevaba de Transilvania al país vecino en su viaje a Tierra Santa.

7 mar 2005

Sesión Décimo Sexta (II): Madrid

La noche siguiente, Lucía la esperaba, como acordaron, en la puerta de la ciudad. Con ella iba siempre Anatole y sin más preámbulos y sin ninguna pregunta de la infanta - que sospechaba que algo había ocurrido entre Loni e Isaac- partieron hacia Madrid.

Lucita resultó ser una mujer de una resolución sorprendente. Hablaba poco de ella misma o de Anatole, pero contaba cosas que había visto o había vivido; le explicó como sus pasos la habían llevado desde un pequeño culto baali hasta la presencia de demonios en Transilvania. Estuvo mezclada en la Cuarta Cruzada que acabó con Constantinopla, en el bando que quería evitar la masacre y fue testigo de primera mano de la guerra entre Ventrue y Tzimisce en los feudos de la Cruz Negra cuando el señor de la guerra ventrue, Lord Jürgen, trató de acabar con el voivoda tzimisce Vladimir Rustovitch.
Todo, una guerra vana que sólo ayudó a debilitar los dos clanes y fortalecer al resto, sobretodo, una cábala de brujos advenedizos: los tremere.
Lucita -la infanta prefería ser llamada así- parecía conocer muy bien la situación de los grandes clanes europeos.

Le habló de las Cortes del Amor, en Francia, el mayor bastión Toreador europeo donde al menos dos miembros de la quinta generación estaban en activo: François Villon, príncipe de París y Rafael de Corazón.
Muchos cátaros toreador, sin embargo, habían muerto durante la cruzada albigense, pero muchos otros habían abandonado a sus rebaños mortales para ir a depredar a la vecina Francia... al lado ganador.
Al parecer, sólo una lider toreador cátara permanecía con los suyos, en los pirineos franceses: una tal Esclarmonde la Negra, antiguo príncipe de Toulouse.

Aparte de eso, al parecer los toreador franceses estaban fomentando activamente las órdenes de caballería, y el código de la caballería y muchos jóvenes toreador eran elegidos para el Abrazo de entre las filas de estas órdenes.


Era el año 1231 cuando llegaron a Madrid y Lucía permitió que Loni la acompañara bajo tierra, por una serie de túneles al parecer olvidados, rodeados por una oscuridad asfixiante...
Trás bajar varias decenas de metros bajo tierra, por viejas galerías de tierra y piedra, llegaron a una sala débilmente iluminada por velas.
En su centro, había un confesionario.

_ Hola, mi pequeña.-dijo una voz- Vuelves a casa...
Del confesionario salió un hombre de carnes trémulas y obesidad mórbida, con las ropas del arzobispado.
La primera sensación que tuvo Loni fue de estar contemplando algo grotesco, pero en seguida recordó lo que Lucía le había comentado: Monçada era uno de los vampiros más poderosos de toda la península.

Monçada la estudió un instante sin disimulo.
_ Vaya, a tu amiga nueva no la conozco...- dijo al fin.
Loni realizó una grácil reverencia cortés.
_ Loni de Lances, de los Toreador.- dijo Lucita.
Monçada pareció pensativo.
_ Ah, la chiquilla de Rodrigo de Lances.- Loni no disimuló su sorpresa... Aquel hombre conocía a Rodrigo...- Oí hablar de ti. Por lo de Lleida.
_ ¿Conocéis a Rodrigo, señor?
_ Solo de oídas. Sirvió a Roque de Pamplona hasta hace un año. Triste la muerte del príncipe loco... Al parecer, sus seguidores le descuartizaron. Creo que Rodrigo de Lances estaba entre ellos.- se acarició el mentón- Mmmm, interesante.

Se dirigió de nuevo al confesionario.
_ Ven, Loni de Lances, quiero hablar contigo.
Loni dio un paso al frente, pero las palabras de Lucita le hicieron detenerse y mirar al arzobispo con recelo.
_ No,déjala en paz, Ambrosio.- dijo.
El gordo lasombra miró a su chiquilla con severidad.
_ La confesaré. Lo he decidido.- sentenció.

Lucía se volvió hacia Loni.
_ Puedes negarte si quieres.- aseguró.
_ No, no puede- atajó Monçada- no juegues conmigo, Lucita.
_ Ella no es tu juguete, Ambrosio.
_ ¿Ah, no? Ven, Loni. Ven a confesarte...
Y en aquel preciso instante, Loni decidió que no se confesaría y menos con un obispo del Dios extranjero.
Declinó amablemente la invitación.
Monçada arrugó la nariz.

_ Recordaré este, nuestro primer encuentro, Loni de Lances- dijo. Se volvió hacía Lucía- Da igual, Lucita, informa.
_ Hardestat ha desposeído a Lord Jürgen del feudo de Magdeburgo.-comenzó Lucía- Su chiquillo ha caido en desgracia tras haber perdido tantos recursos para dejar la guerra contra los tzimisce como estaba. Los tremere se han beneificado de ello doblemente. Vendiendo sus servicios a los ventrue, han conseguido el principado de dos de las Siebenburgen, además de recursos y favores.- se mesó el vestido- Mientras, como los tzimisce han estado peleándose con los ventrue y ahora están debilitados, no han molestado mucho a los tremere, que libres de la presión han abrazado a los últimos magus de sus casas mortales. Se han convertido en un clan por derecho de fuerza, mi señor.

Monçada escuchaba atentamente.
_ Bien. ¿Qué hay de Vykos?
_ Está con sus obertus en un valle, y permanece neutral. Todos han estado demasiado ocupados como para preocuparse por él.
Monçada se acarició la barbilla de nuevo.
_ Mmm... Vykos es astuto. Si su clan se ha desgastado y él no, sin duda se hará pre-eminente entre los suyos. Ofrécele un pacto de amistad. Recursos. Lo que necesite para consolidar su posición. Nos irá bien tener ojos en Valaquia. Y a Vykos debiéndonos una.
_ ¿Qué es de mi viaje a Tierra Santa?- inquirió Lucía.
_ ¿Para qué quieres ir a Tierra Santa? Irás donde se te ordene. ¿O vas a desafiarme tras incitar al desafío?

Lucía miró a Loni y suspiró, y la joven toreador sintió infinita compasión por aquella mujer que había sido poderosa y que era ahora esclava de aquel arzobispo grotesco.
_ Está bien,-dijo Lucía- iré a ver a Vykos. Y luego iré donde me de la gana.
_ ¿Lo ves?- Monçada se encogió de hombros- No era tan dificil. No tardes más de cinco años en volver, ¿entendido?- se volvió hacia Loni.- Un placer, Loni de Lances. Como dije, no olvidaré este encuentro.

Se dio cuenta Loni entonces de que Monçada había ignorado por completo a Anatole, y trás aquellas palabras, salieron de las catacumbas y regresaron a la superficie, a las calles de Madrid.
_ ¿Sigues queriendo venir?- preguntó Lucía una vez en el exterior.- Si Tierra Santa es mala, Transilvania es mucho peor...
Loni miró al cielo y suspiró.
_ Ahora mismo nada me ata a ningun lugar,si aceptais compañía, iré con vos.
Lucía sonrió.
_ ¿Para ir a hablar con ese Demonio? Toda compañía racional y cuerda es bienvenida...

Y partieron.
Fue un viaje largo, por tierra, por mar y de nuevo por tierra. Durante el viaje, la infanta respondió a las preguntas de Loni, que quería saber qué ocurría exactamente con el Demonio que iban a visitar, y qué clase de persona era.
_ Myka Vykos...Pertenecía a loz tzimisce obertus de Constantinopla, una rama de ese clan maldito más civilizada en apariencia que sus primos del norte, aunque tan crueles como ellos. Vykos es un oportunista. Siempre está donde debe estar. Siempre logra que otros queden en deuda con él. Tras la caída de Constantinopla, los suyos o murieron o se desperdigaron, pero ha logrado reunir a un grupo de los suyos en un valle valaco y ha tejido una red de favores y préstamos que evita que nadie le ataque: ni los ventrue ni los tzimisce, ni nadie. Se rumorea que le protege un antiguo poderoso, pero nadie lo ha podido confirmar. En cualquier caso, su posición es estratégica... y delicada. Y Vykos es alguien a quién tener como deudor, y no deberle nada.

Trás más de un año desde que partieran de Madrid, llegaron al fin al valle de Vykos y sus Obertus, y Loni tuvo que admitir una clara decepción. Le habían contado tantas cosas extrañas de los Tzimisce, que ver a Vykos en su abadía fue un completo desengaño.
Era un joven atractivo, sí,pero culto y refinado.

Trás recibirlas, las condujo a una biblioteca, donde antes de discutir nada, indagó sobre ellas, y sobre Loni por encima de todo, puesto que no la conocía.
_ Loni, haceis dicho. ¿Y qué clan tuvo la gracia de inmortalizar vuestra belleza? Dejadme pensar... ¿Lasombra? No, no creo. Mmm... ¿Toreador?- Loni asintió- Conocí a muchos toreador, allí en Constantinopla. Qué gran ciudad. Qué gran... Lo siento, cuando pienso en la obra del Patriarca Miguel, me embarga la emoción. Su pérdida fue una tragedia.
_ ¿Qué le ocurrió?- inquirió Loni, ciertamente intrigada.
_ Los lasombra venecianos querían borrar del mapa la competencia, de modo que ofrecieron la flota de Venecia gratis para llevar a los cruzados de la Cuarta Cruzada a Tierra Santa. Pero hicieron el doble de barcos necesarios. En pago compensatorio, pidieron que se pasase por Constantinopla a acallar ciertos rumores de disturbios. Los cruzados no se aguantaron fuera de las murallas... Y saquearon sus riquezas. Y muchos cainitas aprovecharon para saldar viejas cuentas. Una baali diabolizó al Patriarca.
_ Que horror...- murmuró Loni.
_ Fue una noche de espanto. Gesu, fundador de los Obertus, murió también.- y con la elegancia de quien ha sido instruido en la corte, preguntó- ¿Y qué arte es vuestra rama de dedicación? ¿O sois mecenas?
Loni sonrió. Adoraba hablar de arte.
_ Soy escultora, señor.
Vykos enarcó una ceja.
_ Interestante... yo también lo soy.- Loni sonrió más abiertamente, gratamente sorprendida.- Por favor, quedáos unos días y quizás podamos intercambiar conocimientos del tema.
Loni miró a Lucía, pidiendo su aprobación, al fin y al cabo ella era la acompañante y Lucía la enviada.

_ Si un tzimisce ofrece su hospitalidad, es de mala educación rechazarla.-dijo- Pues si algo sois, es hospitalarios. Será un honor quedarnos unos días.
Vykos inclinó la cabeza con cortesía a modo de reverencia.
_ Quedáos tanto como queráis.
Ambas damas agradecieron su hospitalidad y durante el resto de la velada, Vykos demostró ser culto e inteligente y nada en él indicaba la existencia del monstruo contra el que le había advertido Lucía.

La noche siguiente, fue invitada a hacer una demostración escultórica para Vykos.
Había hecho traer un bloque de mármol blanco y herramientas de la mejor calidad, tal y como habría hecho un buen escultor.
_ Tengo curiosidad...-preguntó el Tzimisce cuando Loni tomó el cincel- ¿Qué vais a hacer?
Loni deslizó las manos por la piedra.
_ ¿Deseáis algo en particular? Al fin y al cabo, os quedaréis la escultura.
_ Sorprendedme- fue la respuesta de Vykos.- La chispa de la creatividad es lo que distingue a los mediocres de los maestros.

Loni asintió y permaneció pensativa, mirando el bloque de granito, dibujando con la mirada las formas que tallaría.
_ Dadme esta noche, y mañana tendréis la escultura.

Se concentró entonces en la piedra, traspasando toda su conciencia a sus manos, y comenzó a tallar sin planear si quiera los golpes que daría ni completar el diseño en su mente.
Talló y talló, dejandose llevar por el impulso creador que la guiaba, controlando aquel delirio que tiempo atrás la habría arrastrado a un estado febril.
Y esculpió la piedra y cuando el sol amenazaba con derramarse por encima de las montañas del valle, dejó el cincel en la mesa y retrocediendo unos pasos, contempló su obra.

Podía afirmar sin pecar de arrogante, que era aquella la mejor obra que había creado jamás.
Se trataba de un arcángel de enormes alas caidas por tierra, arrodillado en tierra y con el hermoso rostro alzado hacia el cielo, pidiendo clemencia, con un brazo alzado hacia las altura y el otro aferrándose el pecho con gesto de infinito dolor.
Había esculpido aquella escena en otra ocasión, pero no había parecido tan real, como si fuera a echar a volar de un momento a otro.
Pero entonces no tuvo el rostro de Pedro.
Contempló las facciones de aquel muchacho que había confiado en ella, y que había muerto a sus manos de una manera horrible... Deslizó las manos por la frente, la mandibula aun de infante, el cuerpo desgarbado....
Vykos estaba claramente impresionado.
_ Una técnica prodigiosa. En vuestras manos, no parece marmol... Parece arcilla blanda.-dijo- Teneis un talento natural, Loni de Lances.
Y trás aquello, Loni se retiró a sus aposentos y durmió.

La noche siguiente, fue llamada al taller de Vykos a altas horas de la madrugada, y Loni acudió complacida, puesto que le agradaba la compañía de aquel hombre.

Vykos la esperaba donde se despidiera la noche anterior, con un una sonrisa complacida dibujada en el rostro.
Junto a la escultura que talló Loni la noche anterior, había otra cubierta con un lienzo blanco, exacta en tamaño y altura.

La saludó con una profunda reverencia al verla entrar y sujetó por una esquina el lienzo que cubría la segunda escultura.
_ Este es mi arte, Loni de Lances.- dijo con suavidad, y tiró de la sábana, descubriendo la obra.

Loni ahogó un grito y dio un paso atrás, pues Vykos era escultor, pero no esclpía piedra.

Esculpía carne y hueso.

Frente a ella, una réplica exacta de su escultura, pero con piel en lugar de piedra, plumas suaves en las alas y un brillo apagado en los ojos.
Estaba viva.
Su cuerpo gritó en silencio contra aquella atrocidad.
Había deformado a un mortal, haciendole nacer de la espalda dos inmensas alas, y el rostro... el rostro...
Loni apretó la barbilla, no quería llorar.

El rostro era Pedro, tal como ella lo había esculpido.
Revivió en su mente la agonía de aquella noche en Toledo, cuando sostuvo su cuerpo desgajado entre los brazos.
_ Me habéis regalado una estatua...- dijo Vykos- Yo os regalo la mía.

Loni contempló aquella monstruosidad, sin poder apartar la vista... Era tan atroz...
Vykos sonrió y abandonó el taller, dejándola sola con aquella pobre criatura, privada de toda voluntad...
Se acercó a él, con el rostro desfigurado por el dolor que le inspiraba, y se maldijo a si misma por sentir de aquella manera el mal de los demás...

La escultura viviente no la miró. Tenía la vista fija en el cielo, como la escultura, y un brazo clamaba a las alturas mientras que el otro se aferraba el pecho con fuerza.
Las grandes alas estaban caidas y se desparramaban por el suelo como una enorma cascada de plumas.
Deslizó la mano por el rostro, el contorno de la mandíbula, los labios.
Se acercó más a él, y apoyó frente contra frente, clavando la mirada en sus ojos.
No la veía.
_ Perdoname, Pedro.- murmuró. Lo rodeó con sus brazos, como hubiera querido hacer aquella vez, y reclinó la cabeza sobre el pecho, y besó su cabello.
La criatura no se movió, no dijo nada.
Loni hundió el rostro en su cuello y depositó un beso en la piel fina antes de extraerle hasta la última gota de su sangre.

Había vuelto a matar a Pedro.

6 mar 2005

Sesión Décimo Sexta (I) : Catársis

Isaac la miró como si no entendiera. Como si no pudiera creer las palabras que acababa de oír en su mente. Titubeó un instante.
_ Loni...-atinó a decir, tanteando con las palabras, mirando el caos en que se había convertido el taller, avanzó un paso hacia ella, tendiéndo las manos, para llegar
antes - ¿Qué...qué ha pasado?
_ No te acerques.- fue su respuesta, fría y cortante. El pelo lacio le caía a ambos lados del rostro y tenía los ojos serenos. Fue más el tono en qué lo dijo, inquietantemente tranquilo, el que hizo estremecer a Isaac. Se quedó paralizado en el mismo gesto de caminar durante una fracción de segundo, y retrocedió un paso. Le mostró las palmas de las manos, como si fuera un animal agresivo, como si fuera un loco...
_ Está bien...- dijo en tono conciliador, con los ojos tristes- Todo pasará, tranquilizate.
_ Estoy tranquila, Isaac. Más de lo que lo he estado en toda mi vida.
Y él mismo fue consciente de que se trataba de un mero formulismo, que no había desasosiego en sus ojos, que aquella determinación lo amedrentaba, que le hacía sentir
fuera de lugar, que no acababa de asumir en la pequeña persona de Loni...
_ Está bien...- frunció el ceño, tratando de entender, trantando de hallar las palabras adecuadas- Si quieres marcharte, no te lo impediré. Te ayudaré, pero por favor, ¿Estás segura de que es lo que quieres?- había en su voz una nota de súplica que no había querido darle. Él era el protector...

Loni siguió sin moverse, fría, impasible en medio de los escombros, como si fuera ajena a todo aquel desastre.
_ Ya he decidido, no hay nada que pensar.- dijo- Me enseñarás lo que sabes y me marcharé.
Isaac dejó caer los brazos a los lados, abatido.
_ ¿Te marcharás sola? Estoy seguro de que Talbo volverá... Te ama...
_ Me es indiferente.
Abrió mucho los ojos.
_ ¿¡Te es indiferente!?- sencillamente no podía creer, no podía entender...- ¡No te engañes, le has querido incluso después de la muerte y la maldición!¡Os habéis atado el uno al otro! ¡No puede serte indiferente!
Loni se movió entonces, rompiendo la impresión de ser una estatua viviente. Inclinó ligeramente el rostro y dio un paso para sortear un montón de escombros a sus pies.
_ Talbo ha cerrado la única puerta que le unía a mí al marcharse.- dijo. su voz seguía siendo segura en si misma, pero había un fondo de pena oculta, muy por debajo de la
superficie. Ella le había amado incluso cuando sabía que otras mujeres le esperaban y que él las tomaba como premio en la batalla, y él sabía que las Voces se lo contaban
todo. Le había amado incluso entonces. Le había salvado deuna muerte segura y le había llevado de la mano en el camino a la inmortalidad. Y él había decidido no entender.-
No seré yo quien la abra.
_ Sabes lo que Talbo ha visto- insistió Isaac, pero Loni supo que él tampoco lo entendía. Seguía cegado por el amor a su esposa, a su esposa muerta. No entendía que el amor
pudiera desaparecer de aquella manera.- sabes lo que ha pensado, Loni. Él te ama...
Loni negó con la cabeza.
_ Para Talbo odiar siempre ha sido más sencillo que amar, porque el odio es abandono y amar es constancia. Amarme era solo una manera de creerse más humano, por disfrutar de la sangre en el campo de batalla. Solo he sido una buena excusa.

Isaac frunció el ceño, entendiendo que no conseguirían ponerse de acuerdo...
_ Está bien,-dijo, tratando de sonar tan determinado como ella- así no conseguiremos nada, te enseñaré lo que me pidas. Pero solo te marcharás cuando yo crea que estás
preparada.- Loni alzó una ceja, divertida, irónica.
_ Si quieres entenderlo así, adelante.- entrecerró los ojos y le clavó la mirada- Pero no olvides que me enseñarás porque yo lo deseo.
_ Sí, pero será bajo mis condiciones.- su tono le resultó demasiado duro, y suavizó la mirada. Quería a aquella muchacha, la quería como había adorado a su hija. Un brillo
paternal relució en sus ojos y añadió mientras esbozaba un amago de sonrisa, esperando de Loni alguna muestra de familiaridad- Te prometo que seré objetivo.
Pero no había ya nada familiar en Loni. Sabiendo que no iba a obtener nada más de ella, Isaac desdibujó la sonrisa, se dio la vuelta y se marchó.

El entramiento comenzó entonces, tras aquel tácito acuerdo. Cada noche, Loni acudía a casa de Isaac, donde en un pequeño patio, la instruía en los poderes de la sangre que
conocía y en el manejo de la espada. De esta manera pasaron largas semanas, entrenando cada noche, sin efectuarse ningún tipo de acercamiento.
Un día que Isaac había decidido tomar de descanso, llamarona la puerta de Loni.
No se molestó en levantarse, y Pierre acudió a abrir. Entró con él un hombre de anchos hombros, alto y fornido, vestido con una armadura de cuero. Era un guerrero, y sin
embargo, no portaba armas. El hombre hizo una parca reverencia.
_ Saludos, dama Loni.-dijo. Su voz no sonaba ni elegante ni educada, sino extremadamente seria y cortés, como si hubiera aprendido de memoria lo que tenía que decir.- Mi nombre es Francisco de Pucela, y me envia mi sire a veros para entregaros un mensaje suyo.
Loni se recostó contra el respaldo de su asiento y alzó el mentón.
_ ¿Quién es vuestro sire y qué desea de mi?- preguntó. Franciso de Pucela sacó entonces una carta sin sello de una bolsa que le colgaba del cinto y se la tendió, dando un paso, para que ella pudiera alcanzarla sin ponerse en pie.
_ Estaré en la posada de la ciudad hasta pasado mañana, por si deseais dar respuesta.- dijo, volviendo a la posición de firmes cuando la mujer tomó la carta.
Loni giró el sobre entre los dedos.
_ Esperad un instante.- dijo al fin- Leeré ahora la carta.
Con dedos hábiles deshizo los pliegos del papel y leyó.

"La tierra de Lisboa es ahora tierra prohibida para vosotros, Loni, ahora Loni de Lances, e Isaac, hermano de sangre. Mi espada es ahora Azote del Príncipe y no sois bienvenidos en esta ciudad. Si ponéis un solo pie dentro de sus limites, os mataré.No hay ya nada entre nosotros, de manera que no hay razón para que debáis venir hasta aquí.
Recordadlo: Pisad Lisboa y moriréis."

Firmaba Talbo.
Una sonrisa sinuosa se dibujó en el rostro de Loni. sí que el guerrero ignorante había aprendido a escribir... Estuvo tentada de hacer notar su sorpresa al respecto al
guerrero que se mantenía firme frente a ella. Ahora que lo miraba, sí, era el tipo de hombre que Talbo habría escogido para reafirmar su ego.
Se puso en pie con elegancia, alzándo el mentón. Dejó la carta sobre la mesa. Dio a su voz el matiz exacto para que Francisco captara el desafío.
_ Decidle a vuestro sire que Loni de Lances va donde le place.- el hombre no cambió el gesto, ni se movió. Sí, estaba bien entrenado y podía ver la mano que le había
moldeado- Decidle también que le perdono su deuda.- sonrió, pero no había nada amigable en su sonrisa- Él entenderá.
Francisco de Pucela asintió, dando a entender que comprendía el mensaje.
_ Debo entregar una carta a Menahem.- dijo.
_ ¿Sabéis donde encontrarle o debo acompañaros?- preguntó con fingida cortesía.
_ Mi sire me ha dado instrucciones precisas, Dama Loni.- contestó el guerrero, imperturbable.- Me las sabré arreglar.

Loni volvió a sentarse.
_ Me despido de vos entonces.- añadió sin mirarle, volviendo a su lectura.
Pucela se despidió cortesmente y se marchó, sin esperar a que Pierre le abriera la puerta.
Continuó leyendo hasta que terminó el libro, sin mirar la carta que seguía sobre la mesa.
Por alguna razón, no le sorprendía. Había mentido a conciencia cuando dijo que le perdonaba porque sabía que le humillaría, pero no le había perdonado...
Y pensaba cobrar su deuda.
Pidió entonces a Pierre que fuera a buscar a Isaac y le hiciera venir, y el fiel sirviente, siempre obediente, cogió una capa y un farol y partió.
Volvió al tiempo, acompañado de Isaac, que entró en la casa con el gesto habitual que se había dibujado en su rostro desde el día en que Loni decidió marcharse.
_ Me has mandado llamar.- dijo- Ya te dije que hoy no habría entrenamiento.
Loni no respondió, tomó la carta de la mesa, y sin levantarse, se la tendió, recostándose de nuevo contra el respaldo según Isaac abría el sobre y desdoblaba el papel.
Supo por su mirada, las palabras que leía en cada momento, y una media sonrisa se dibujó en su rostro.
_ ¿Has tratado de hablar con él ahora que sabes donde está?- preguntó Isaac, plegando de nuevo la carta al terminar.- Ya sabes, con tus... habilidades...
Loni descansó las manos sobre los brazos del sillón como si fuera su trono.
_ El mensaje ha llegado hoy, lo trajo su chiquillo- dio a aquella palabra un deje de ironía, le divertía- No iré a buscarle- mintió- pero si mis pasos me llevan a Lisboa, a Lisboa iré.
_ No he dicho que vayas a buscarle. Pero le debes... le debemos una explicación.
_ No le debo nada, Isaac. Dale explicaciones por tí si así lo deseas. Si no ha sido capaz de entender lo que vio, no merece el más mínimo de mis pensamientos. Siempre fue egoista.
Isaac bajó la mirada apesadumbrado, entristecido por no conseguir que entrara en razón.
_ Loni...- había muchas palabras no pronunciadas trás aquella mirada. Se rendía, decidía no seguir intentando interponerse, se refugiaba pensando en el pasado, incluso en lo que no había ocurrido. Loni no contestó e Isaac volvió a marcharse, como era habitual las últimas semanas, sin un adios.

Casi un año más tarde, recibió Girona una grata visita. Lucía de Aragón visitó la ciudad en compañía de un peregrino, un malkavian, llamado Anatole. Era un hombre desgarbado de larga melena y barba rubios, vestido con andrajos. Una extraña compañía para tan insigne dama. Lucía acudía a la ciudad para visitar a Isaac, pero en cuanto tuvo noticia de que también Loni vivía allí, la joven toreador fue invitada acasa de Isaac.
La reunión no fue distendida, ni tan siquiera agradable, pese a que era grato volver a ver a la infanta Lucía. Isaac no hablaba y paseaba la mirada seria entre Loni y Lucita.
La infanta percibió aquel gesto taciturno, pero nada dijo, siguiendo las normas de cortesía. Traía noticias de ultramar y sobre todo, del este de Europa; estaba de paso, realmente, una pequeña pausa para regresar a los caminos y Loni vio entonces la oportunidad que esperaba.
_ ¿Seguiréis viajando entonces?- preguntó con cortesía.
_ Así es- respondió Lucía, sonriendo como una niña traviesa- No puedo quedarme en un solo sitio.
Loni asinió.
_ ¿Y qué lugares queréis visitar?
Lucía pensó un segundo.
_ De momento, iré a Madrid a rendir pleitesía a mi sire, el Arzobispo Monçada. Y luego, donde sea necesaria, o donde Anatole desee ir.- Loni estudió al hombre taciturno que
viajaba con la infanta y se reafirmó en la opinión de que no era la compañçia que hubiera imaginado para Lucía.
_ Lo cierto es que yo también había pensado viajar.- dijo Loni, como quien comenta algo sin importancia, pero a sabiendas de que sí era importante. Y Lucía le dio la respuesta que esperaba.
_ Bueno, si deseas ir hacia el interior de la península, nosotros vamos a Madrid.- la joven toreador frunció el ceño como si aquello le desagradara.
_ La verdad es que tenía pensado abandonar la península.- dijo.- ¿cuanto tiempo os demoraréis en Madrid?
_ Unos meses. Después... ya veremos. Había pensado regresar a Tierra Santa. Hay alguien a quien quiero ver...
_ Ese si que es un destino atractivo.- respondió Loni conuna sonrisa.
Se fijó entonces en que Anatole se había vuelto hacia Lucíaal oir sus palabras y la miradaba con reprobación.
_ Quieres volver... ¿con ella? Si casi os matais la última vez...- inquirió.- Es una perra infiel, no sigue al Señor.
Lucía no contestó y Loni decidó hacer caso omiso del comentario, aunque le picaba la curiosidad.
_ ¿Aceptariais pues una acompañante en vuestro viaje a Tierra Santa, Lucia?- la Infanta alzó las cejas, sorprendida.
_ Creía que eras escultora, Loni. Tierra Santa no tiene mucho arte. Las cruzadas la han devastado.
Loni sonrió.
_ Oh, lo sé, pero es la tierra de nuestro señor. Además llevo demasiado tiempo quieta, me apetece viajar, había pensado visitar Francia e Italia, entre otros lugares...
Lucía frunció el ceño con gravedad.
_ Viajar a Tierra Santa no es algo que tomarse a la ligera, Loni de Lances.- se llevó la mano a la empuñadura de la espada que llevaba a la cadera- ¿Sabes usar esto?

Se puso en pie y desenvainó la espada. Loni asintió con suavidad, pero segura de sí misma.
_ ¿Debo haceros una demostración?- inquirió, plácida, levantando una ceja. Lucía le tendió la espada.
_ Atácame.- Loni tomó la espada por la empuñadura con ambas manos. Era grande y pesada, y por un momento pensó que toda la destreza con las armas que había adquirido, no le serviría de nada. Aún así, extrajo de su sangre la fuerza necesaria para sostener la espada sin problemas. Con un movimiento rápido se lanzó contra ella, percibiendo
al embestir el ademán de apartarse, como si tratara de mostrarle que era más rápida que ella.
Pero Loni ya conocía aquel truco. Se lo había enseñado un buen maestro, y giró la empuñadura, cambiando así la trayectoría de la embestida y golpeando con fuerza el
vientre de una Lucía tremendamente sorprendida.
Un gesto de dolor se dibujó en su rostro y tardó un instante en recuperarse.
_ Vaya...- dijo al fin, recomponiéndo su vestido- Parece que nuestra escultora ha aprendido algunos trucos...- se irguió solemne e hizo un gesto a Anatole con la cabeza.- :
Te espero mañana, una hora después del anochecer. Ven sola, no quiero séquitos.

Trás aquello, tomó su espada de las manos de Loni y se despidió de Isaac, que no había hablado durante toda la reunión, y seguida de Anatole, se marchó.

Loni miró con gravedad a Isaac, sabía que le estaba haciendo daño, pero era necesario y estaba satisfecha con la decisión que había tomado. Por un instante sus labios
temblaron con "gracias" no pronunciado, pero decidió que no debía flaquear ahora e irguiendo el mentón, se marchó y caminó en la noche hacia su casa.

Cuando llegó, Pierre la esperaba en la entrada, despierto. Jamás se acostaba si ella estaba fuera de casa, e incluso cuando trabajaba en el taller, dormitaba en un pequeño
taburete junto a la puerta por si su señora necesitaba algo...
Su fiel sirviente la contemplaba con admiración y amor en sus ojos, un amor que era una ilusión provocada por el lazo de sangre con que le había atado a ella. Y ahora debía separarse de él, y no era una decisión que pudiera tomar a la ligera.
Pierre era la única persona en su vida que no le había fallado, que le había dado siempre lo que ella había necesitado de él.
Si se separaba de él, si no le alimentaba con su sangre, la única persona que quedaba junto a ella de los tiempos felices en Occitania, envejecería un siglo entero en apenas
unos días y moriría presa del dolor. Y no podía permitir eso. Podría haberlo hecho- ahora lo sabía- con cualquier otra persona, pero no con él.
_ Buenas noches, mi señora.- dijo con la amabilidad y el cariño de siempre.
_ Buenas noches, Pierre.- respondió, consciente ahora de loque debería hacer... Dejó los guantes sobre la mesa con gesto ausente y dejó que le quitara la capa para colgarla
en una percha en la entrada.- ¿Ha ocurrido algo en mi ausencia?
Pierre negó con la cabeza.-
_ No, mi señora.
Loni se dirigió hacia el pasillo del que nacían las escaleras que llevaban al sótano, a su dormitorio.
_ Bien. Apaga todas las luces y cierra la puerta. Prepara mi equipaje. Después ven a verme, he de hablar contigo.
_ Sí, mi señora.

Cuando llegó a la habitación, encendió algunas velas para alumbrar la estancia y suspiró. Se estiró perezosamente y miró a su alrededor. Las llamas proyectaban sombras en las
paredes que danzaban arriba y abajo en un baile macabro. Instantes depués, los golpes discretos de Pierre sonaron en la puerta.
_ Adelante, pasa.
Con un andar silencioso que había aprendido a controlar para no perturbar los sentidos de su señora, Pierre entró en la habitación e hizo una reverencia y esperó en silencio.
Loni tomó aire y convocó para sí la belleza y el encantamiento, convirtiéndose en una visión sublime. Sabía que Pierre ya la encontraba hermosa, pero necesitaba hechizarlo por completo. Vio como sus ojos se agrandaban al contemplarla, totalmente embelesado.

_ Acercate, Pierre.- dijo con suavidad, y el hombre, como si no tuviera voluntad ya, dio un paso y otro y quedó a apenas un metro de ella.- Acercate más - susurró dando a su
voz un matiz que sonaba como una invitación, sutil pero prometedora. Pierre dio un paso más y Loni tendió dos brazos de alabastro para sujetarle por las solapas de la chaqueta y tiró de él para acercarlo. No le dio tiempo a hablar, aunque vio que iba a murmurar
algo, sorprendido, y le selló los labios con un beso cálido, rodeándole con los brazos.
Su eterno sirviente permaneció un instante petrificado, incapaz de moverse o de reaccionar.Tuvo ella que tomarle las manos inertes a ambos lados del cuerpo, y mientras le susurraba palabras hermosas al oido, hizo que la ciñeta por la cintura.
Primero, inseguro, estuvo a punto de retirar las manos, pero Loni las sostuvo allí y volvió a besarle. Esta vez no dudó y su rigidez desapareció, apretándola contra su pecho, rodeando la cintura fina y se entregó al beso como si no hubiera nacido para hacer otra cosa. Empezó con un beso suave y dulce, como el primer beso ansiado, como una caricia, y fue creciendo hasta convertirse en algo mucho más grande, como una chispa que
prende y se convierte en una llamarada que arrasa todo. Y con una ansiedad que solo había sentido cuando pasaba demasiado tiempo sin recibir la maravillosa vitae vampírica, la alzó en brazos, liviana y pequeña como era y la llevó hasta el lecho, depositando la hermosa cabeza contra la almohada.
La contempló así un instante, deteniendo el tiempo, yaciente en la cama con el cabello desparramado sobre la colcha. Casi le parecía una herejía profanar aquel templo... Su pecho se agitaba al ritmo de su respiración, y aunque sabía que realmente ella no respiraba, no le importó. A sus ojos, la mirada se le antojó febril y la piel cálida, y los labios, una invitación irrefutable. Se inclinó sobre ella y volvió a besarla, acariciando el
rostro de alabastro con devoción.
Loni se abandonó con calculada precisión, dejando que Pierre la besara y recorriera con sus manos. Sabía que, pese a no ser un amor real, él se sentía enamorado. Y cuando el cuello rozó sus labios, sintió la sangre ardiente palpitando bajo la piel con cada latido del
corazón y decidió que había llegado el momento. Acercó los labios al oido de aquel pobre condenado y susurró:
_ Te amo.
Y cuando él la estrechó todavía más contra su cuerpo, hundió el rostro en su cuello y rasgando la piel fina con los colmillos, se sumergió en los placeres de la sangre hasta que yació muerto entre sus brazos.
 

Crónicas de Sangre y Alabastro Copyright © 2010 | Designed by: Compartidisimo