Cuando se miró al espejo, sonrió satisfecha y decidió que ya estaba lista para salir.
El eliseo de la Reina María era una plaza pública en el centro de la ciudad, donde cada noche se disponían mesas iluminadas con candelas y a la que solo tenían acceso los ciudadanos burgueses y nobles, aquellos que tenían dinero, y los poderosos. Los accesos a la plaza, por la noche, se protegían con guardias armados para evitar que el populacho molestase a la élite de la ciudad. En aquella ciudad, los ricos no usaban sus carros. Puesto que el pueblo los despreciaba, ellos respondían pasando ante ellos con sus ricas ropas y sus escoltas, para hacerles saber quienes eran.
Michelle no quiso contradecir las normas no escritas de aquella sociedad, de modo que ordenó a Vincenzo que se quedara en la casa, descargando los carros, y ella, junto a los cuatro mercenarios que había comprado (y vinculado) para guardar la casa de Venecia, recorrieron las calles de Florencia camino al eliseo de la reina.
Según se aproximaban a la plaza, llegó a sus oidos el sonido de la música y de las conversaciones, y comprobó que cuanto más cerca estaba de aquel lugar, mayor era la cantidad de plebeyos, y recordó que había oido que en Florencia, cada noche, la reina María elegía a uno de entre los pobres, y lo agasajaba durante toda la noche, como un invitado, de modo que muchos desamparados acudían allí, para tratar de ser elegidos.
Los guardias se apresuraron en apartar al populacho para dejarla pasar, y también sus finos ropajes fueron de ayuda para que la gente le abriese paso hasta la plaza, observándola con admiración.
_ No os conozco, señora- dijo el guardia cuando llegó hasta el pórtico que daba a la plaza- ¿A quién debo anunciar?
Michelle alzó el mentón.
_ Madame Michelle de Mauvernay, si os place.
El guadia desaparecio trás el pórtico, dejando a otros dos que cerraban el paso al populacho. Desde donde estaba, no podía ver donde había ido, y al cabo de un instante, el guardia regresó y la hizo cruzar la linea formada por los otros, para cerrarla trás ella.
_ Vuestros guardias deberán unirse a la guardia de la plaza mientras esteis aquí, señora- Michelle asintió e hizo un gesto al jefe de su escolta para que se uniera a los guardias de la plaza.
Cuando atravesó el porche, pudo comprobar que la plaza se encontraba entre tres enormes villas de fachadas ostentosas. La plaza no era muy grande y pudo ver que junto a cada villa había algunas mesas, algunas ocupadas y otras vacías. Junto a una de las villas pudo ver reunidas a una veintena de personas, tantas como las dos otras villas juntas. En la que había más gente, un juglar estaba cantando mientras dos compañeros suyos hacían malabarismos con fuego. En las otras dos zonas de mesas, en una vio a dos malabaristas normales y en la otra un juglar que narraba una historia, pero no cantaba. Era un poco joven, pero apuesto, y se demoró un instante en contemplarlo. El centro de la plaza estaba vacio, salvo por una pequeña fuente de suelo adoquinado.
Por supuesto, su entrada en la plaza no había pasado desapercibida, y en las tres mesas había gente observándola con atención. Llamó su atención que había sobre todo mujeres, al menos cinco por cada hombre, y por un momento se sintió como una pieza en medio de un tablero de juego, con el juego a punto de empezar... Pero sin siquiera saber las reglas. Miró a su alrededor, en busca de alguna señal que le indicara en cual de las mesas estaba María, y al fin en una de ellas, en la que los malabares se hacían con fuego, localizó a Carlota, que no dejaba de mirarla fijamente. Se acercó a aquella mesa y justo en aquel momento, el juglar dejó de cantar y su público aplaudió con entusiasmo.
Según se acercaba, sintió una inquietud creciente en su pecho, una fuerza que pugnaba por salir y que la prevenía... contra el fuego. Casi había olvidado que aquello vivía dentro de ella, desde aquella vez, en Lleida... La Bestia. De modo que no se había marchado...
El juglar se dispuso a empezar una nueva tonadilla, pero una mujer de aspecto regio y elegante junto a Carola hizo un gesto con un abanico, y este enmudeció. Justo en aquel momento llegó Michelle junto a la mesa.
_ Buenas noches, Michelle de Mauvernay.- dijo la mujer del abanico.- Soy María Sforza. Por favor, tomad asiento.
Michelle se sentó en una silla frente a ella y Carola la saludó discretamente con un leve gesto de cabeza. Mirando los rostros de los hombres y mujeres sentados alrededor de María, se dio cuenta de dos cosas: salvando a dos el resto estaban sólo bien vestidos, no vestidos de manera excelsa, y todos eran hermosos. Además todos estaban pálidos, con un aire levemente demacrado, y Michelle llevaba demasiado tiempo depredando humanos como para no darse cuenta de que se trataba de un rebaño.
_ Florencia es una ciudad bella, y hasta mis oidos han llegado rumores que su belleza os ha atraido más tiempo que una mera visita, ¿no es así? - dijo María, jugueteando con su abanico.
_ Así es, mi señora- respondió Michelle.- Me pareció que Florencia era un marco más apropiado para mis actividaes.
Maria sonrió.
_ Me alegra oir eso. Florencia es una ciudad abierta a las artes, y una Artesana de vuestro renombre es bienvenida entre nosotras. Os doy la bienvenida, y mientras vuestra presencia aquí no entorpezca los asuntos de otros cainitas y fomenteis las Artes en la ciudad... Teneis mi permiso para quedaros y cazar.- Michelle agradeció el permiso con una leve inclinación de cabeza- Habladme un poco de vos, Michelle. Algo de vos he oido, pero prefiero conocer a la persona. De vos, sé que sois escultora y que aprendisteis vuestro oficio de vuestra sire, pero poco más sé de vos. Y me encantaría oiros hablar con esa voz que auguro es melodiosa y angelical, como todo en vos...
Sonrió complacida, casi podía decir que María se le estaba insinuando desde los movimientos de su abanico. Había llegado el momento de interpretar su papel.
_ Oh, realmente no hay mucho que contar, señora- dijo- Mi vida se ha limitado a Venecia, a la escultura y a mi escuela. Espero que no os importe, pero he pensado establecer la escuela en mi casa, la villa junto al río.
_ Eso será una magnífica contribución a las Artes de la ciudad- contestó María- Pero entonces, ¿fuera de la escultura no habeis tenido vivencias?
_ He viajado por asuntos de negocios desde que me establecí en Venecia, signora, pero llegué allí poco después de que mi Sire me encontrara. De modo que sí, se podría decir que la escultura es mi vida, y realmente no encuentro nada que me llene tanto como eso.
María se puso en pie bajo la mirada sorprendida de Carola.
_ A mi, la verdad es que cada vez me interesan más nuevas formas de arte...- dijo, y pudo ver que las muñecas de sangre esperaban, expectantes... María se acercó a los malabaristas de fuego, que estaban parados, y no dejó de mirarla ni de sonreir de manera moderada y enigmática. Una sonrisa del que se sabía ganador porque tenía en su mano todas las cartas pero que, pese a todo, jugaba a sabiendas que alguna vez podía perder, si por lo que fuera se descuidaba.
Recogió una, dos, tres, cuatro, y hasta cinco mazas, y el malabarista las prendió. Inmediatamente percibió la tensión que sacudió la piel de María cuando la Bestia pugnó por salir, pero que algo en ella la dominaba mientras con una coordinación perfecta las mazas comenzaron a moverse en un molino de fuego. Carola parecía inquieta con la exhibición y Michelle supo que debía controlarse ante aquel fuego, no dejar que la Bestia surgiera por el miedo.
Con una coordinación impecable,María con la cabeza hizo un gesto al juglar, que cogió una especie de caja flamenca y empieza a tocarla, a movimientos rítmicos.María empezó a moverse al ritmo que imponía el juglar, pero enseguida el ritmo creció cuando los dos malabaristas se unieron al juglar en el ritmo. Las gentes de las otras mesas se acercaron, a observar el espectáculo, que resultaba hipnótico, y perturbador: María no había quitado el ojo a Michelle ni un solo momento, sin mirar siquiera las mazas, como si no existieran.
El ritmo se aceleró, y con ello María empezó a moverse, danzando alrededor de la mesa. Las muñecas de sangre se apartaronn, y al ritmo de la música María se deshizo de dos mazas, quedándose con sólo tres. Poco a poco, se le acercó más y más, y Michelle se dio cuenta de que entre las sillas, no podía retroceder, y cuando llegó frente a ella, María, en un clímax rítmico frenético al que ahora acompañaban las palmadas de las muñecas de sangre, empezó a lanzar las mazas por encima de su cabeza, sin dejar que bajaran de su pecho, y se sentó sobre sus rodillas mientras las mazas las rodeaban y su rostro quedaba a escasos centímetros del suyo. Michelle concentró toda su voluntad ante aquel fuego y la conjuró para retener a la Bestia en su interior, temerosa de lo que pudiera ocurrir si la dejaba salir.
De pronto el ritmo terminó y María se incorporó y apagó las mazas. Michelle trató de mantener la compostura y se acomodó las ropas, que se habían arrugado al sentarse María encima. El públio rompió a aplaudir.
_ ¿Os gusta mi nueva afición?- dijo María.
_ Espectacular, sin duda.- respondió Michelle con una máscara de calma- Sin embargo es tal vez demasiado... vigoroso para mi gusto, prefiero artes más sosegadas.
María asintió.
_ Por supuesto, por supuesto... Pero en esta vida, para apreciar las artes, hay que sentirlas. Vivirlas. Vos creais arte perenne, mi arte es efímero, sólo dura un latido de corazón de la eternidad. Pero me gusta pensar que se retiene en el alma tanto como la piedra de una estatua perdura en el mundo- María sonreía abiertamente, mostrando sus colmillos desnudos y ya no parecía tan entera como antes de empezar y comprendió que el uso de la celeridad para aquel número la había extenuado. La mujer se acercó a ella y le tendió el brazo, que Michelle tomó y se puso en pie.- Si vais a quedaros en mi ciudad, debeis aprender nuestras costumbres.
Carola y las muñecas de sangre volvieron a sentarse, y ella y María comenzaron a caminar hacia una de las calles.
_ Aduladores y aduladoras... Demasiados tengo ya- dijo mientras caminaban- Venid. Mirad a la plebe.
Se situaron a apenas tres metros por delante de los guardias. Al ver a María tan cerca, la gente se exaltó. María hizo un gesto con la mano libre a los guardias, que dejaron pasar a una docena de personas, y cerraronn de nuevo la calle para frustración de la gente, que decepcionada comenzaró a marcharse.
Ante ellos quedaron seis mujeres y cuatro hombres.
_ Y bien, Michelle. Veamos. ¿Cómo elegiríais a una compañía para alegrarnos la noche?- dijo María abarcando con un gesto a los campesinos.- ¿Cómo buscar un diamante en bruto entre tanta gente llana? Hallar la belleza oculta en la mugre, a su modo, es también un Arte...
Michelle abrió su mente y comenzó a examinar uno por uno, delicadamente, a los doce.
La primera era una mujer morena, de voluptuosa figura y desgarbado cabello. En su mente, vió que estaba muy nerviosa. Se creía demasiado baja para ser la elegida. Se estaba odiando por ser demasiado baja, y por no llevar suelas más gruesas que la hicieran más alta a la vista.
La segunda parecía ser más mayor. Estaba más tranquila, y parecía convencida de que no sería la elegida, pero de momento, se decía a sí misma que mientras pudiera, no hablaría, pues estaba convencida de no poder hablar precisamente como una señora y que la ridiculizarían en cuanto abriera la boca.
La tercera estaba muy ilusionada. No tendría más de quince o dieciseis años y María Sforza era su ídolo, y estar ante ella, un sueño. Recordaba lo que su madre le había contado de los ricos, y estaba repasando mentalmente todo lo que debía hacer para causar buena impresión.
El cuarto era un hombre que le miraba directamente los pechos, de modo que prefirió no saber lo que le pasaba por la cabeza.
El quinto también era un hombre, y estaba pensando ya maneras de llevarse al catre a la mujer de su derecha. Parecía que la conocía, y se olía que cuando fuera rechazada (por tercera vez) estaría desconsolada y sus brazos estarían allí para ella.
La sexta era una mujer de unos diecisiete o dieciocho años, parecía que era la tercera vez que entraba, pero nunca la elegían y era la mujer que se miraba el segundo hombre. Estaba segura de que era demasiado vulgar para ser elegida, y que se burlaban de ella.
El séptimo era un hombre de unos treinta años. Estaba allí porque un amigo suyo le había comentado que la dama era generosa, y quería dinero. Parecía un vividor, un truhan.
La octava es una niña de doce o trece años. Su madre la había empujado, y estaba enfadada porque ella no quería estar allí.
El noveno era un muchacho de unos quince años, estaba muy nervioso, ni siquiera alzaba la vista y su cabeza era un barullo incoherente e ilegible. Probablemente, de los nervios estaría colapsado.
La décima era una prostituta y estaba pensando en rascarse las ladillas que llevaba arrastrando desde el mes pasado, pero firme ante la señora, aguantaba. Tendría alrededor de veinticinco años y parecía estar allí para sacar algo de dinero para su hija de tres años. Era un saco de nervios y se estaba pellizcando para mantener las manos quietas y que no le vieran las manos con las uñas roídas.
Aquello era lo que veía.
Señaló a la sexta mujer, la que se creía vulgar, y ella tardó un par de segundos en darse cuenta que era ella y no otra la elegida. Un gesto de profunda decepción se dibujó en el rostro del hombre que planeaba acostarse con ella. Los guardias se llevaron al resto hacia fuera.
María le soltó el brazo, invitándola a que se acercara a la muchacha, y así lo hizo Michelle.
_ ¿Cual es tu nombre?- preguntó con amabilidad.
_ Alisa -contestó la muchacha. Ahora estaba nerviosa de verdad. Emocionada, nerviosa, era un cruce de sentimientos ilegibles. Miraba al suelo, brazos extendidos a modo de sirvienta, cogiéndose las manos.
María sonreía sin mostrar los colmillos, una sonrisa suave, inocente, llena de curiosidad. Una máscara tan cruel...
Michelle alzó el mentón de la muchacha con amabilidad.
_ Has sido la elegida, Alisa ¿No crees que las puntas de tus pies son bastante más aburridas que lo que te espera?
La muchacha se revolvió inquieta.
_ Sí... Digo no, señora. Mis pies son aburridos, como vos misma habeis dicho.- de pronto se dio cuenta de que habia dicho una estupidez y se sonrojó hasta la raíz del cabello.
Michelle se volvió hacia la reina.
_ ¿Sería posible disponder de agua y ropas limpias? Nuestra invitada debe sentirse incómoda.- María asintió, y se acercó a la muchacha, tomándola del brazo con delicadeza, como la ha tomado a ella misma antes.
Volvieron hacia las mesas, donde María se dirigió a las muñecas de sangre.
_ Por favor... ¿Podeis convertir en una dama a este pajarito?- dos de las chicas cogieron a la muchacha y la acompañaron al interior de la villa. Volvieron a sentarse.
_ Decidme, Michelle. ¿Por qué ella?- dijo al fin. Michelle se encogió de hombros.
_ ¿Y por qué no? Me recordó a mí cuando era una niña.- respondió.
María alzó una ceja.
_ ¿Una niña? No os imagino de niña... Decidme, ¿vuestra infancia fue feliz?
Michelle sonrió con nostalgia.
_ Oh, entre cabras y ovejas, pero sí, fui feliz hasta el día en que me desposé.- la reina de Florencia sonrió.
_ Ovejas y cabras... Así que vuestra sire no sólo es escultora, sino joyera.
_ Ah, madame Loni fue mi benefactora, sí, pero ya me habían lavado y pulido cuando ella me encontró. El duque de Mauvernay decidió que era el adorno perfecto para su castillo, signora.
_ Hombres...- suspiró María- Si hay algo que me sorprende de la inmortalidad son los anhelos de algunos de nuestra estirpe a seguir con las costumbres humanas. ¿No os resulta sorprendente que incluso los cainitas aún se rindan a los encantos femeninos?
_ ¿Acaso las mujeres son menos hermosas cuando se está condenado?
María señaló a los mortales en las otras mesas.
_ De ellos lo puedo esperar. La carne es el pecado del hombre. Pero nosotros somos Sangre. ¿Qué es el placer de la carne al lado del de la Sangre? Nos miran, nos miran como envoltorios de regalos, y miran más el envoltorio que lo que hay dentro. Yo hace mucho que me cansé de ser sólo un envoltorio... Por eso soy reina. ¿Y vos? ¿Hay algo que merezca la pena descubrir bajo el delicado lazo del envoltorio que os cubre?
Michelle optó por la humildad.
_ No soy yo quien debe decidir eso, señora- respondió.
_ La respuesta de una dama ¿Eso os lo enseñó el duque de Mauvernay?¿A ser una dama en lugar de una pastora de cabras y ovejas?
_ Y a entender que la belleza no es solo un envoltorio- dijo- sino una poderosa herramienta.
María desplegó su abanico.
_ Poderosa, sí. Pero la herramienta más poderosa debe ser guiada por una mano capaz de sujetarla. Decidme ¿sois lo que os han enseñado a ser, o seguís vuestros anhelos, Michelle?
_ Señora, del Duque de Mauvernay solo conservo el nombre. No tengo en la vida más propósito que hacer lo que me de placer. Y crear mas belleza.
María hizo un sutil gesto a Carola, que asintió. Se puso en pie y le tendió de nuevo la mano, invitandola a ponerse en pie.
Carola se puso en pie y se despidió.
_ Buenas noches, mi amor- dijo.
_ A ti, mi amor- respondió María, junto a Michelle.
Carola se marchó, y con ella, las muñecas de sangre comenzaron a recoger sillas. Las otras mesas también terminaban sus tertulias y mientras, María la llevó al interior de la casa.
Sin embargo, una vez en el interior, no se dirigieron hacia los espléndidos salones, ni hacia las escaleras que subían al segundo piso, sino a lo que parecía el cuarto de las criadas. La puerta era discreta y no rompía demasiado con el mabiente general de la casa, pero el interior era mucho menos elegante, con el suelo agrietado y las paredes desnudas. Había pocos muebles allí, y hacía frio. Allí, media docena de criadas estaban lavando a Alisa, que dócil, se dejaba hacer, sentada en un barreño de cobre, lleno de agua caliente.
Al verlas entrar, las criadas se escabulleron y Alisa trató de tapar su desnudez con ambas manos. No era una hermosura, pero tenía unos ojos bonitos y una boca bien formada, y limpia como estaba ahora, su piel parecía suave y el rostro agradable.
_ Alisa, ¿por qué te tapas?- preguntó María cuando se quedaron solas con la muchacha.
La joven se sonrojó más, si cabe.
_ ¿Señora? Me da vergüenza...- murmuró.- María se desprendió del brazo de Michelle y se sentó en un taburete junto al barreño, cogió una esponja y la empapó en el agua, comenzando a frotar la espalda de Alisa, que se había quedado petrificada al ver que era la propia señora la que la limpiaba con sus manos y se sentía ahora terriblemente vulgar comparada con ella.
_ Alisa, pequeña...- dijo María con suavidad- La suciedad del exterior a veces no nos deja decubrir la belleza del interior.
Michelle fijó la imagen de Alisa en su mente, la vistió con ropas de seda y enjoyó su cabello, y cuando tuvo configurada la imagen de una encantadora dama, trasladó aquella visión a la mente de Alisa. La muchacha comenzó a calmarse, y pudo ver que también María estaba utilizando su poder de fascinación para sosegarla.
La reina empapó la esponja de nuevo y la apretó sobre los hombros de Alisa, dejando que el agua le cayera por la espalda y por el pecho desnudo.
_ Dime Alisa ¿Cón cuantos hombres has estado?- aquel comentario sobresaltó a Alisa y sorprendió a Michelle.
La muchacha volvió a encogese sobre sí misma, dentro del barreño.
_ Con cin.. cinco- murmuró.
La reina toreador sonrió.
_ ¿Alguno del que te hayas enamorado?- la joven asintió- ¿Fuiste correspondida?
_ Se marcharon.- respondió la muchacha, apocada.
_ Eso es porque sólo veían lo que puedes mostrar por fuera, pequeña.- María hablaba como si la estuviera aleccionando- ¿Tienes algo en tu interior que mostrar?
De nuevo Alisa se quedó en silencio, petrificada, sin saber qué decir. María tomó su brazo, lo extendió y lo frotó suavemente con la esponja.
_ Bien... Creo que deberemos descubrir si dentro de ti hay algo que merezca la pena...- acercó el rostro suavemente a su muñeca, y lentamente mordió la piel tierna. Alisa se sobresaltó al principio, asustada, pero pronto el placer del Beso la invadió, haciéndola echar la cabeza hacia atrás, con la piel erizada, y los ojos cerrados. Mientras bebía con fruición, María miraba a Michelle, a los ojos, y vio cómo con sus colmillos llenos de sangre, le sonreía. Ahora, Alisa estaba débil por la pérdida de sangre.
_ Ahí fuera has dicho que quieres crear belleza, Michelle.- dijo María, separando los labios de la muñeca de Alisa- Hace tiempo que busco a alguien capaz de crear verdadera belleza. ¿Podrías ser tú?
Continuó bebiendo, y cada vez Alisa parecía más y más débil. Al fin María soltó el brazo, dejándola descansar, apoyándole la espalda contra el barreño. Se encontraba extremadamente débil y Michelle no entendía por qué no la había matardo.
_ Dime Michelle- dijo María con una sonrisa complaciente- ¿Te atreves a crear verdadero Arte?
Aquellas palabras le recordaron a la escultura que Vykos hizo para ella en su refugio... La escultura de carne... Michelle contempló a la joven en el barreño y se preguntó si de alguna manera María había averiguado su pequeño dominio de viscisitud ¿Cómo?
_ ¿Qué es para vos Arte verdadero, señora?-inquirió al fin.
María sonrió y tomó otro pequeño sorbo de Alisa, que esta vez ni se inmutó, débil como estaba, casi muerta.
_ Esta niña, es un lienzo en blanco. Un trozo de mármol sin tallar. Un instrumento del que aún no se ha sacado nota alguna. Crear verdadero arte, es crear arte vivo, a la vez que inmortal. Tómala, Michelle, traela a la noche. Si en un año conviertes a esta niña, a este mármol vírgen, en algo que merezca la pena ver como Arte... Te consideraré digna de ser mi Primogénita- Michelle alzó las cejas, sorprendida ¿Acababa de enviarle la primogenitura? ¿Estaba loca?
Miró a Alisa, en el limbo entre la vida y la muerte, en aquel extraño estado tan perfecto para el Abrazo. María la miraba fijamente, esperando sus movimientos, sus reacciones, sin dejar de sonreir.
_ Me halagais, señora, pero no me creo capaz de esculpir personas hasta que no consiga la perfección esculpiendo la piedra.-contestó Michelle.
_ ¿Por qué no? ¿Te da miedo, acaso?
Michelle suspiró ¡Qué argumento tan manido!
_ No es miedo, señora. Pero no me gusta crear obras imperfectas.- respondió al fin.
María asintió y se abrió la muñeca con suavidad.
_ Comprendo.- entreabrió los labios de Alisa y dejó caer en su boca algunas gotas de su vitae. De repente, Alisa se revolvió y estremeció. Ya había visto, más bien vivido, aquello antes. Ahora empezaba para ella la Transformación del Abrazo. María la forzó a beber suficiente sangre como para que la Bestia no clamara por más, y cuando terminó, cerró el corte en su muñeca de un lametazo y ambas abandonaron la habitación, cerrando la puerta con llave.
_ Dejémosla. Tiene para un rato largo.-dijo al fin María, y ambas se dirigieron al salón principal, profusamente decorado, donde tomaron asiento en mullidas butacas.
María descansó los brazos sobre los costados de su asiento y cruzó las piernas, como si estuviera sentada en un trono.
_ Bien, Michelle... Ahora sí te doy la bienvenida a mi ciudad.- Michelle asintió, estaba segura de que había sido una prueba.
La miró sonriente y silenciosa, esperando su respuesta.
_ ¿Qué habria ocurrido si hubiera tomado a la chica?- inquirió, cruzándo las manos sobre el regazo.
María sonrió.
_ Muy sencillo: Viendo cómo educabas a esa niña, te habría podido conocer mejor. Pero eso ya no es necesario, Michelle, cuando alguien alcanza una posición como la mía, se crea enemigos. Ahora sé que no tienes ambición para ser mi enemiga, otra se habría tirado de cabeza a la primogenitura de la ciudad. Tú la has rechazado, en tí no he notado el más mínimo interés.
Michelle rompió a reir con una risa joven y cascabelera.
_ ¿Para qué quiero yo una ciudad? Ya me absorbe llevar la escuela, señora- dijo- Una ciudad entera serían demasiados quebraderos de cabeza.
María la acompañó en su risa.
_ ¿Para qué la quiere nadie? - dijo riendo - Pero así son las cosas, Michelle de Mauvernay. Demasiadas serpientes reptando bajo mis faldas, demasiado aduladores, y pocos que tengan el valor de llevarme la contraria, o tu falta de ambición para aprovechar cualquier oportunidad de ascender- Michelle sonrió para sí.
"¿Para qué quiero yo Florencia? Yo quiero algo que los hombres no puedan ignorar, algo que les inspire terror"
_ Por primera vez en mucho tiempo,-continuaba María- en ti sólo he sentido dedicación al Arte en una toreador. Una toreador pura.
Michelle asintió, halagada.
_ Permitidme una pregunta.- María asintió- ¿Realmente habrías ofrecido Florencia a cualquiera que hubiera abrazado a esa niña y la hubiera educado hasta convertirla en una joya? No me parecéis ese tipo de mujer, si me lo permitís, a no ser que realmente estéis cansada de la primogenitura.
La reina negó suavemente con la cabeza, sin dejar de sonreir.
_ No, no, no... No me salgais con estas preguntas, Michelle, o empezaré a pensar que teneis ambiciones políticas al fin y al cabo. Florencia para vos quereis que sea Arte, y yo me aseguraré que Arte podais ejercer en Florencia. La política, es cosa mía. Nadie os molestará en vuestra creatividad, creedme.
_ Me alegra oir eso- respondió Michelle- En Venecia solía dar fiestas en mi casa, para celebrar alguna nueva obra, o agasajar a algun cliente. Y dentro de poco celebraré una, por mi llegada a la ciudad, para darme a conocer. Sería un honor contar con vuestra presencia, señora.
María parecía complacida.
_ Conozco vuestra reputación. Os ha precedido. Sólo quería conocer a la cainita tras esa reputación, y ver si era quien todos decían que sois, o mera fachada. Sois lo que sois, ahora lo sé. Y será un placer acudir a la fiesta, donde presentaré si os parece bien a Alisa.- Michelle asintió.
Se acomodó el vestido.
_ Bien, llegados a este punto, me temo que apenas conozco algunos de los cainitas de esta ciudad por sus visitas a Venecia. Os agradecería si pudierais decirme si hay alguien a quien deberia conocer.
_ Por supuesto - asintió María- Pero creo que con la fiesta eso quedará resuelto. Si yo voy a una fiesta, se considera una afrenta contra la reina vivir en la ciudad y no acudir. Así que espero que sepais organizar una buena fiesta. Si necesitais un lugar grande, hacedmelo saber, aunque los salones de la casa de Durante eran espaciosos según recuerdo.
_ Os lo agradezco, aunque habia pensado celebrarlo en la villa junto al río, esa casa lleva vacía demasiado tiempo. Será bueno para ella llenarla de gente, de música y de risas.
La mirada de María se empañó levemente de nostalgia y Michelle se preguntó si habría tenido una aventura con Durante Alleghieri, el antiguo propietario.
_Sí... Hace demasiado que esos salones no cuentan con alegría en su seno...
Michelle se puso en pie y acomodó su vestido de nuevo.
_ Bien Señora, ha sido un placer conoceros, y os agradezco vuestra bienvenida, pero debo deshacer el equipaje y tengo una casa que reorganizar. Si no os importa, desearia retirarme.
_ Para mi ha sido un placer conocer a una verdadera dama de los toreador, una mujer pura en belleza y en cometido. Si más de los nuestros fuesen como vos, el mundo sería un lugar mucho mejor para todos. Esperaré vuestra invitación para la fiesta con impaciencia.
Michelle se sintió halagada, nunca, salvo su vida con Rodrigo y el resto en Béziers, había conocido a otros toreador, y le resultaba sumamente agradable saber que la consideraban un ejemplar tan puro del clan.
_ En cuanto lleguen los niños comenzaré los preparativos.- contestó. María se puso en pie y le besó la mano con suavidad, como habría hecho un caballero.
_ Yo debo irme también. Alisa estará confundida, y esta noche tiene mucho que aprender. Un placer, Michelle. Buenas noches.
Michelle se despidió con una reverencia y los sirvientes la acompañaron hasta la puerta. En el exterior, las calles ya estaban vacías, y su escolta esperaba sentada en una escalinata, cerca de la villa. Al verla aparecer se pusieron en pie rápidamente y acudieron a su lado, para conducirla de nuevo a la casa.
El camino de vuelta fue sin duda más largo que al llegar, puesto que esta vez Michelle se detuvo a contemplar los balcones y las fachadas, las plazas y las esculturas que adornaban aquella espléndida ciudad. Sí, había elegido bien.
Cuando llegó a la casa y despidió a sus guardias para que pudieran descansar, pidió a a la servidumbre, a Jesu y a Vincenzo que se reunieran con ella en una sala de la planta baja, que había bautizado como su escritorio. Habían trasladado, por orden de Vincenzo, la gran mesa de caoba donde tomaba sus notas sobre los contratos y las esculturas, así como las dos butacas y los estantes. Todo estaba en su sitio ya, salvo los libros, que esperaban en cajas, y las esculturas, cubiertas con lienzo, de modo que se sentó frente al escritorio y miró a Vincenzo y Jesu en pie, y las doncellas, la cocinera y los pinches, al otro lado.
Dejó un saco con algunas monedas de oro sobre la mesa.
_ Jesu, partirás mañana hacia el Livorno.- dijo, y su chambelán asintio- Quiero que traigas a los niños de vuelta. Cuando llegues allí, envia a Rosanna de vuelta, no puedo prescindir de los dos. Espera mi mensaje cuando estés allí, la casa todavía no está lista para acoger a los niños. En ese saco tienes dinero suficiente para las posadas del camino y para la comida, y para un carro rápido para Rosanna, sus posadas y sus comidas.
Jesu tomó las monedas y asintió inclinándose levemente.
_ Estarán de vuelta en dos semanas desde vuetro mensaje como muy tarde, señora.
Michelle depositó otra bolsa con monedas sobre el escritorio.
_ Vincenzo, mañana por la mañana quiero que busques costureras y tejedores, para hacer nuevos cortinajes. Las ventanas de los salones están demasiado desnudas. Quiero terciopelos en los cortinajes superiores y algo ligero, gasas, seda, en los inferiores. Quiero sábanas bordadas y quiero alfombras, busca comerciantes que venga de traingan piezas de Damasco.- Vincenzo asintió- Busca carpinteros, hay que hacer muebles nuevos a medida para las habitaciones, los que hay son muy viejos y no me gustan. Necesitamos camas para todos los chicos. Y busca maestros, paga lo que sea necesario, pero necesitamos maestros que reemplacen a los que se quedaron en Venecia.
Vincenzo asintió y tomó las monedas.
_ Si vais a esperar a tener la casa lista para llamar a los niños, tendré tiempo de sobra y vos misma podréis seleccionar los maestros que más os agraden.
Michelle despidió a sus dos sirvientes más preciados y quedó solo con las doncellas y los cocineros.
_ Quiero que limpiéis la casa de arriba a abajo, todas las habitaciones, cada peldaño de las escaleras, cada cristal de las ventanas, cada vitrina. Esta casa lleva diez años cerrada y está llena de polvo. Mirad en los armarios y en los arcones, y sacad las sábanas viejas si las hay, y limpiad la cubertería. Sacad de los carros solo lo que podáis colocar en los muebles que ya están aquí. Antes de acostarme pasearé por la casa y dejaré una señal en los muebles que no quiero conservar. Los que no estén marcados, podéis utilizarlos. Ahora preparadme un baño.Retiraos -Las doncellas se inclinaron a modo de reverencia y abandonaron la sala, listas para preparar el baño antes de acostarse.
Solo quedó la cocinera y sus pinches.
_ Bien, ahora somos pocos, pero estas semanas va a pasar mucha gente por la casa para re-decorarla, de modo que quiero que preparéis comida para todos ellos cada día. Vincenzo os dará el dinero necesario para que compréis los alimentos. Eso es todo.- La cocinera asintió y salió de la habitación seguida de sus ayudantes.
Cuando se quedó sola, paseó un poco por la casa. La villa tenía un jardín junto al río, y el terreno estaba limitado por un muro. Había algunos hierbajos, pero nada notable. También necesitaría jardineros... tal vez preparase un jardin como que vio la primera noche en el castillo de Rodrigo. Motoko le había dicho que en su tierra, en el lejano oriente, eran todos así. Sí, sería una buena opción.
Desde fuera se volvió para mirar a la casa. Eran tres pisos en total.
Tenía mucho trabajo.

10 jun 2005
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