27 jun 2005

Sesión Trigésimo Tercera: Latido

Joanna estaba junto al balcón que daba al río cuando se acercó a ella y, al verla llegar, la joven Ravnos inclinó la cabeza en señal de respeto.
_ Una... una fiesta magnífica, signora...-dijo- Gracias por dejarme entrar a ella, y por... el vestido.
Michelle sonrió, magnánima. Era perfecto que la muchacha se sintiera en deuda con ella, puesto que así no tendría reparo en enseñarle el inocente truco de dweomer.
_ ¿Estás disfrutado de la fiesta, Joanna?-le preguntó amablemente. Joanna dudó unos instantes antes de responder, y Michelle supuso que se debía a que no estaba acostumbrada a aquellos ambientes.
_ Sí...sí.-respondió al fin.
Michelle tendió la mano.
_ Me alegro ¿Bailarás conmigo la próxima pieza?-la joven asintió y tomó su mano, recogiendo con la otra el repulgo de su vestido para que no la entorpeciera al caminar. Cuando llegaron al centro del salón de baile, la música sonó y comenzaron a bailar.
_ Dime, Joanna -preguntó Michelle mientras giraban siguiendo los pasos de la música- ¿Cómo es que has venido sola a esta fiesta si no conoces a nadie?
_ Pues... Tengo un amigo que me dijo que los de nuestra clase viven en sociedad. Grandes fiestas en lujosos palacios, y quería ser partícipe.- parecía avergonzada de pensar siquiera en la posibilidad de entrar en una fiesta como aquella- Pero como mi sangre es ravnos, no me aceptaban... -miró al suelo, compungida.
Michelle sonrió con benevolencia.
_ Oh, querida, me temo que eso ocurrirá en todas partes. El truco está en que no sepan que lo eres.-le guiñó un ojo cómplice. Sin embargo, la muchacha pareció confusa.
_ Pero... ¿Mentir a tus antiguos, no va contra las tradiciones?-inquirió, preocupada- Y ya me llaman suficiente charlatana por ser ravnos como para que dé ideas a la gente...
No pudo evitar sonreir ante aquellas palabras.
_ Una cosa es mentir y otra es... no decir toda la verdad.- le dijo, y ella, de eso, entendía un poco. Señaló con un gesto amplio, a todas las personas en el salón- ¿Tu crees que si ahora mismo te presento a cualquiera de estas personas, tal y como vas vestida, y cogida de mi brazo, como Joanna, una amiga, alguien preguntará cual es tu sangre?
La joven encogió la cabeza entre los hombros.
_ No... no sé qué decir. Supongo que teneis... razón...- Michelle dio una vuelta a su alrededor, imitando los pasos de los caballeros.
_ Bueno, no te preocupes por eso ahora. Ya estás dentro ¿no? -Joanna asintió, tímida pero agradecida.- De todos modos, en mi casa siempre serás bienvenida, Joanna.
_ Gra...gracias.- volvieron a enlazar las manos y la música se hizo más tranquila y melódica, infinitamente más suave.
Sonrió con gesto pensativo, asegurándose de que Joanna la miraba.
_ Hace muchos años conoci a alguien de tu clan, su nombre era Miguel de Torres.- aquello no era del todo cierto, por supuesto, pero... ¿Qué era un nombre en el Ordo? Había aprendido de un Ravnos, y aquello sí que era cierto.- Era un buen hombre, a pesar de las habladurías. Me enseñó... un truquito.
Creó la ilusión en un instante: un broche enjoyado de zafiros y diamantes en el escote de su vestido, y rió traviesa. Joanna la miró con los ojos muy abiertos, terriblemente sorprendida.
_ ¿Vos sois... Sois...?-Michelle negó con la cabeza.
_ Oh, no querida, solo me enseñó este pequeño truco para entretener a mis invitados hace muchos, muchos años.- Joanna parecía insegura.
_ Ah... ya.-murmuró. Michelle sonrió abiertamente, divertida.
_ Pero será nuestro pequeño secreto.- añadió en tono confidente, y le guiñó de nuevo el ojo, haciendo que esta vez, la joven Ravnos sonriera sinceramente.

La música terminó y se separaron con una reverencia, y Michelle fue en busca de Marco, el gangrel, para bailar con él. Lo encontró coqueteando con una de las muñecas de sangre que había comprado, de modo que prefirió dejarle terminar y buscó con la mirada a Arístides. Le localizó todavía charlando con sus discípulos y la pequeña Isabella, y también Andrea se les había acercado. Caminó hacia ellos, y en el preciso instante en que deslizaba su brazo alrededor del brazo de Arístides al llegar a su lado, percibió una mirada llena de celos de la Reina María. Suspiró, hastiada. Solo había una manera de que la dejara en paz... y no acababa de resultarle demasiado atractiva la idea.
Los muchachos estaban recitando una lista de gobernantes de Florencia que sus maestros les habían enseñado, y Andrea hizo un comentario acerca de uno que había conocido personalmente. Michelle aprovechó para dirigir a Arístides una mirada cargada de mensaje.
_ La política es un arte, signora.- dijo entonces Andrea, y Arístides asintió a la mirada de Michelle, aunque todos pensaron que era a la intervención del viejo cruzado.- Cuanto antes los chicos la respiren, mejores serán en su dominio de mayores. He de reconocer que ha reunido verdadero talento. Incluso no negaré que envidio lo que está creando.
Michelle sonrió y miró llena de orgullo a sus jóvenes discípulos.
_ Me halagáis, signore, pero son ellos mismos quienes hacen grande mi escuela. Estudian mucho y siempre desean aprender más. Les quiero como a mis propios hijos- También hubo una mirada de advertencia para Andrea, para que mantuviera sus manos alejadas de ellos, y él asintió y miró a Isabella: era todo lo que necesitaba.
_ Isabella empezó con tres añitos sus clases de canto.-dijo el cruzado- Mi nieta es como un pajarito cantor, su voz un trino melodioso.
Michelle sonrió amablemente y se inclinó para estar un poco más a la altura de la pequeña.
_ ¿Querrás hacernos una demostración, Isabella?- la niña asintió.- Será maravilloso oir tu voz.
Andrea se acercó a los músicos para indicarles la canción que debían tocar y la pequeña se situó en lo alto de la escalinata que separaba el salón dorado del salón de baile, para que todos la vieran bien. La niña comenzó a cantar con voz tan dulce que Michelle sintió el trance toreador apoderarse de ella. Cuando volvió a ser consciente de lo que le rodeaba, la cancion había terminado. Sonrió maravillada ¡Aquella voz era música celestial! Decidió que era el momento de regresar a María. Casi corrió hacia ella y la tomó del brazo con entusiasmo.
_ ¿Habéis oído, mi Reina?-exclamó, pizpireta- ¡Qué voz tan maravillosa! Tenía que hablarlo con vos, sois la única que puede haberlo sentido como lo he sentido yo.
María, sin embargo, asintió con fría cortesía: estaba dolida, enfurruñada como una niña pequeña, solo que no era precisamente una niña.- Bailad conmigo de nuevo ¿me haréis ese honor, mi reina?
María la acompañó del brazo, pero el baile esta vez no fue apasionado, sino frío y distante, y fue el turno de Michelle de mirarla con ojos candorosos y rozarla de más en algunos momentos del baile, acercándose tanto a ella que casi podía sentir los pechos aplastándose contra el cuerpo, bajo el vestido. Surtió efecto: las caricias y las miradas derritieron la fría máscara de María, que volvió a bailar apasionadamente, casi desatada. Volvía a tenerla contenta. Al terminar, la reina le susurró al oído con voz apasionada:
_ Esta noche, te haré descubrir placeres que creías muertos desde el abrazo, querida... Voy a hacer que te estremezcas entre mis brazos...- Michelle no pudo evitar estremecerse ante la calidez de su voz, pero sin embargo se sintió incómoda, pues temía que con el Beso, María pudiera descubrir que no era en realidad la joven chiquilla de Loni de Lances, sino la propia Loni de Lances, no tan joven.
María se alejó entonces de ella y fue a hablar con su chiquilla Carola y Michelle aprovechó que Marco había terminado su... aperitivo, para bailar con él.
El joven estaba apoyado contra una columna cuando se acercó a él.
_ Signora, una fiesta divina.-dijo al verla llegar. Michelle sonrió.
_ Me alegro de que la disfrutéis, signore ¿Bailaréis conmigo la próxima pieza?
Marco sonrió.
_ Con sumo placer, signora.- la tomó del brazo y la llevó hasta el salón de baile cuando comenzó la música. La música era popular, y Michelle conocía el baile, sin embargo estaba particularmente inquieta a causa de la proposición de la Reina María. Marco lo percibió.
_ Os noto tensa, signora... - dijo con cortesía mientras bailaban. Michelle suspiró con inocencia.
_ Demasiados invitados inesperados, querido, y he de complacerlos a todos...- le dijo- Pero no os preocupéis, bailemos.- y le sonrió de tal manera que si hubiera estado hecho de hielo, habría acabado deshaciéndose y empapando el suelo del salón. Al contrario que María, Marco era tímido, y el resto del baile lo pasó contemplándola encandilado.
Cuando terminaron el baile se separaron con cortesía y Michelle se dedicó a pasear entre los invitados, preguntando aquí y allá, charlando con todos y bailando con algunos. Todo marchaba estupendamente.
Fue entonces cuando, en un rincón, vio a Ambrogino Giovanni, inmóvil, terriblemente serio y con los brazos cruzados sobre el pecho, como si esperara algo. Y Michelle sabía que la esperaba a ella. Se acercó a él dibujando en su rostro una máscara sonriente y despreocupada.
_ ¿No bailais, signore?- le dijo, divertida- Casi podríais pasar por una de mis esculturas, quieto como estais.
Ambrogino no mudó el gesto, sino que pareció, al contrario, mas grave si cabía.
_ Sois muy amable, signora. Pero he recibido noticias poco agradables. Debo partir a Castilla en breve.
Michelle se fingió sorprendida.
_ ¿A Castilla? Es un largo viaje, signore ¿Qué ha ocurrido?- Ambrogino parecía incómodo, tal vez molesto.
_ No estoy de muy buen humor para discutir los detalles, pero ha surgido un problema con un familiar nuestro que requiere mi presencia allí.-respondió, tajante. Michelle bajó la mirada con respeto.
_ Lamento oir eso, mi señor. No preguntaré más si eso os incomoda.- Ambrogino asintió dando las gracias y Michelle simuló cambiar de tema, aunque sabía a ciencia cierta que estaba todo relacionado.- ¿Habéis hablado ya con Tonino?
_ Sí.-asintió Ambrogino- Tengo que pediros algo. Me gustaría llevarme al chico a Roma. Cuando mi primo vivía, tenía sentido que estudiase como vuestro pupilo. Ahora, creo que debe tener cerca a su familia.

Ya estaba dicho: Tonino se marchaba. Dio a su voz un tono a medio camino entre sorprendido y enfadado. Señaló con la cabeza a los muchachos, que charlaban con Arístides.
_ Ahora ellos, nosotros somos su familia, signore.-dijo, dolida- ¡No podéis arrancarnoslo como si jamás hubiera estado aquí!
_ Es un Giovanni.- sentenció Ambrogino, como si aquello fuera la respuesta a todo y la razon de todo.
_ ¡Es mi pupilo!- brillaba la rabia en sus ojos y se dio cuenta de que ya no estaba fingiendo. Había llegado a apreciar al joven Tonino. Ya no era una doliente maestra, sino algo más parecido a una leona feroz defendiendo a sus cachorros. Tuvo que moderarse para no alzar la voz en el salón- ¡A él le gusta estar aqui! Tiene a sus amigos, que son como hermanos, y tiene a sus maestros que le enseñan.
Ambrogino la miraba fijamente, sin traslucir nada.
_ El chico tiene que venir conmigo. Es voluntad de su familia.
Michelle estuvo tentada de decir: "Es voluntad de su familia y hasta hace escasas horas ni siquiera recordabais que estaba aquí. Ni siquiera preguntasteis por él cuando Lucio murió ¿Qué habéis encontrado que hace tan urgente vuestra partida?"
Pero no lo dijo, porque ya sabía la razón. Alzó el mentón con gesto altivo y el fuego de su mirada desapareció para convertirse en hielo.
_ Por supuesto, nada que pueda hacer o decir logrará que lo dejéis a mi lado.- dijo, cortante como el filo de un cuchillo.
Ambrogino asintió.
_ Siento esto, pero estais en lo cierto. Tonino no puede quedarse más a vuestro lado.
Sintió las palabras definitivas hundirse en su carne. Se irguió en toda su estatura, alzó el mentón con soberbia y dirigió a Ambrogino una mirada de desprecio.
_ Haced lo que debáis.- dijo con voz de hielo, y trás aquello, dio media vuelta y se alejó, sabiendo a ciencia cierta por qué Ambrogino parecía tan incómodo cuando se le acercó: sabía lo que iba a ocurrir. Había anticipado su rabia incluso cuando ella todavía no sabía que la sentiría.
Se apartó de los invitados a un discreto rincón desde el que podía observar a todo el mundo sin llamar demasiado la atención, y vio como Ambrogino hacía una señal a su compañero, que subió a la primera planta, sin duda a buscar a Tonino. Apretó los puños con fuerza hasta que se clavó las uñas en las palmas, haciéndolas sangrar. Se sentía rabiosa por no haber podido proteger siquiera su dominio, lo que consideraba suyo. Ambrogino había hablado, y había sabido que nada podía hacerle cambiar de opinión. A los pocos minutos, Domenico bajó con Tonino y los tres Giovanni se dirigieron a la puerta, dispuestos a marcharse. Y antes de desaparecer entre las cortinas, vio que Tonino le dirigía una mirada confusa: no entendía qué ocurría y veía que su maestra no hacía nada para evitar que se lo llevaran. Michelle sintió mas rabia. Hubiera querido correr hasta ellos y arrancar al niño de sus brazos y defenderlo con ferocidad, y sin embargo solo pudo quedar inmóvil en el rincón, con la sangre empapandole las manos y la mirada llena de rabia. Se había traicionado a ella misma y había traicionado al chico.
De pronto sintió unas manos que rodeaban su cintura con suavidad, y se apresuró en ocultar las manos en el pañuelo de seda que le envolvía el cuello. Arístides la hizo volverse y vio su mirada.
_ ¿Qué ha pasado?- preguntó con suavidad. Michelle tardó un instante en asegurarse de que su voz no sonaría crispada, y entonces respondió.
_ Ambrogino Giovanni se lleva a uno de mis discipulos más prometedores.- dijo- "Ya no puede quedarse a vuestro lado", dice. No estaría tan molesta si no supiera lo que espera al chico.- en parte era verdad, pero solo el hecho de que se lo arrancaran sin esfuerzo era lo que la llenaba de ira. Su propia debilidad, el hecho de sentir rabia por aquel muchachito...
Arístides asintió.
_ El chico es especial. Lo he notado en cuanto le he visto.- Michelle aprovechó para limpiar la sangre de sus manos con el pañuelo y lo entregó después a Jesu, que se acercó ante un gesto suyo y desapareció entre el cortinaje tan rápido como había llegado.
_ Cuando termine la fiesta he de hablar contigo, en privado.- dijo a Arístides mientras se acomodaba el cabello, como si la rabia que sentía hubiera podido traslucir a su aspecto. Él asintió.- Si es que María no me secuestra para hacerme picardías primero- suspiró con hastío- ¿existe algun modo de que... si alguien prueba mi sangre... no sienta lo que sentí yo aquella noche, en Constantinopla?
_ No.-contestó él, y Michelle maldijo en su interior.
_ ¿Y qué puede llegar a averiguar de mi?-insistió.
_ Sólo lo que tú le digas, o lo que ella arranque de tu mente.- tomó su mano con suavidad y Michelle se estremeció contra su voluntad, a su contacto.- Ve a tranquilizar a sus hermanos. Se han puesto nerviosos al ver marchar a Tonino.
Michelle asintió y demoró su mano en la de él un instante.
_ Sí, supongo que será lo mejor.- Arístides asintió y se desprendió de ella, alejándose para que no llamaran la atención más de lo necesario.

Michelle fue en busca de sus tres discípulos mayores, que continuaban conversando con Andrea, aunque en sus ojos brillaba el desconcierto y la preocupación.
_ ¿Me permitis que os robe un instante a estos jovenes caballeros?-preguntó a Isabella con una sonrisa. La niña asintió y Michelle caminó hacia las cortinas que daban paso al despacho rojo, sabiendo que sus discípulos la seguían en silencio con aire solemne.
Al entrar todos, Michelle cerró la puerta y se sentó en el suelo, sobre la cálida madera, como hacía todas las noches en los salones, desde que abrió la escuela. Los tres muchachos se sentaron a su alrededor, con cuidado de no arrugarle el vestido y, aunque estaban terriblemente preocupados, esperaron en silencio a que su maestra hablara.
Michelle no quiso hacerles esperar.
_ Habéis visto que Tonino se ha marchado y eso os preocupa.- les dijo- pero no debéis temer nada: su familia ha decidido que debe regresar con ellos después de lo ocurrido en Venecia. Desean estar unidos en momentos tan dificiles.- los tres asintieron a la vez. Les miró a los ojos- Sois mis discipulos más brillantes, de modo que si los pequeños os preguntan, confío en que sabréis confortarles.
_ ¿Volverá?- preguntó al fin el solemne Pietro.
Michelle suspiró.
_ No lo sé, Pietro, no quiero mentirte, se marcha lejos, muy lejos. Tal vez un día regrese, tal vez no.- Pietro, Angelo y Lucio asintieron con solemnidad, parecían tan maduros incluso siendo tan jovenes... Se tomó un tiempo para contemplarlos en silencio y estudiar sus rasgos, dandose cuenta de en qué hermosos hombres se estaban convirtiéndo y qué extraordinaria sensibilidad estaban desarrollando... Tal vez algún día...
_ ¿Queréis preguntar algo o preferis volver a la fiesta?- les preguntó con amabilidad. Los muchachos manifestaron su interés en regresar con los invitados y Michelle les dio permiso para retirarse de su presencia, para apuntar en el libro de administración de la escuela, el hecho de que el joven Tonino Giovanni se había marchado por mandato familiar. Se tomó su tiempo incluso cuando hubo terminado, y permaneció todavía allí, sentada en la firme butaca de terciopelo frente al escritorio, mirando a la nada. Cuando regresó a la fiesta, los invitados comenzaban a marcharse. Arístides no estaba, y también Carola se había marchado, de modo que se dedicó a despedir al resto de los invitados. Marco fue el siguiente en irse, y trás él la joven Joanna, a la que invitó a venir a visitarla a menudo, tal vez al día siguiente, o al otro. La muchacha asintió agradecida y se marchó. Al poco, Andrea se retiró también, llevándo a la pequeña Isabella muerta de sueño, entre sus brazos. Cuando quiso darse cuenta, estaba sola en la sala, y María la esperaba en el balcón que daba al río, contemplando la luna, totalmente absorta en su belleza.

Se acercó a ella con paso lento y cadente, dejando que sus ropas susurraran al moverse. Fuera se oían los grillos y olía a azahar de los árboles que había plantado en el jardin, dado a la noche un cariz mágico de ensueño. Se sorprendió deseando que fuera Arístides quien la esperara en aquel balcón, pero no era él.
_ Pálida como el rostro de la luna, pero de claro reflejo en el rostro.- dijo la reina al oirla llegar, con voz sedosa. Se volvió para mirarla.- Así te me apareces, Michelle.
Sus ojos brillaban con pasión y cuando le acarició el rostro con suavidad, Michelle sintió una extraña calidez en su piel, como si estuviera... viva.
_ Vos sois el calor del fuego que añoro ¿Cómo no acercarme?.- dio un paso hacia ella, hasta que quedaron tan próximas que habrían podido besarse.
_ Y vos alimentais mi llama.- respondió la reina, y de pronto Michelle sintió algo que la dejó completamente clavada en el suelo. Un latido, en su pecho, del corazón que creía marchito desde hacía tanto tiempo. Un latido llenando su ser, y otro, y otro, como un tambor constante y firme. Un latido de su corazón muerto, y otro, y otro... Se llevó la mano al pecho para sentirlo palpitar bajo la fina piel y sintió que era real, tan real como la luna en el cielo, como el olor a azahar, como los ojos brillantes de María frente a ella, como la sonrisa que se había dibujado en su rostro.
_ ¿Qué... qué habéis hecho?-atinó a decir con voz débil, sin creer todavía lo que estaba ocurriendo- ¿Me habéis devuelto la vida?
María rodeó su cintura con las manos.
_ Te dije que despertaría en ti sensaciones que habías olvidado...-susurró, y posó con dulzura los labios sobre su boca, besándola con pasión y Michelle, que había pasado media noche inquieta por aquel momento, separó los labios recibiéndo el beso con avidez y se dejó arrastrar a una vorágine de placer que jamás había sentido, ni siquiera cuando era mortal. El tiempo pareció detenerse para ellas allí en el balcón, y cuando terminaron, Michelle se había sonrojado, sonriente, y su corazón ya no latía. Se despidió de la Reina deseando que no se marchara todavía, y María le sonrió antes de desaparecer, prometiéndole cientos de noches como aquella. Michelle asintió: sí, regresaría a ella, aunque solo fuera para sentir de nuevo su corazón bajo el pecho, y aquella irrefrenable ola de placer que la había invadido.

Arístides había aparecido en el salón cuando Michelle regresó de la entrada al salón central, y estaba sentado en una cómoda butaca. No le había visto llegar, y no sabía cuando había visto él de su encuentro con María.
Se acercó a él en silencio, adecentando su vestido.
_ Ven conmigo.- no hizo falta decir más. Subieron en silencio las escaleras de mármol que llevaban a la segunda planta y desde allí accedieron a la torre, y en la tercera altura, al salón privado. Se sentaron en las butacas cercanas a la chimenea, que los sirvientes alimientaban y vigilaban, para dar un ambiente más acogedor al salón. Arístides se sentó frente ella y Michelle se tomó unos instantes con la vista fija en el fuego antes de comenzar.
_ No sé cuanto sabes de mí, cuanto has podido ver con tu poder.- dijo al fin, sin dejar de mirar las llamas- Necesito saber qué conoces de Loni de Lances para saber por donde debo empezar a explicarte.
Arístides se inclinó hacia adelante y acarició con un dedo la zona de su cuello en la que estaba alojada la joya.
_ Te conozco.- dijo, y aquellas sencillas palabras obligaron a Michelle a volverse hacia él y mirarle a los ojos. Asintió.
_ Ambrogino Giovanni se ha llevado a Tonino porque han resucitado al Tercer Cain.- dijo aquellas palabras con un aplomo que la sorprendió. Estaba serena y segura, y sabía todo lo que queríá decir.- Yo misma le corté la garganta, hace muchos años, a un niño que amaba porque Malkav quería utilizarlo como su cuerpo.
Arístides no dijo nada, sin embargo percibió algo revolverse trás sus ojos y su fachada tranquila, algo que inquietaba al temible Dracon, y no al apacible griego que tenía frente a ella. Algo había en aquella noticia que le disgustaba sobremanera. Michelle continuó.
_ Si Malkav ha vuelto... volverá el Ordo ¿Sabes qué es el Ordo Enigmatis? -le preguntó.
Arístides asintió. El fuegro crepitó en la chimenea como si él también percibiera la gravedad del asunto, y proyectó sombras siniestras en las paredes color sangre.
_ Es Malkav. Malkav fue capturado por sus enemigos, y su cuerpo desmembrado, pero no murió. Su alma quedó dispersa como su cuerpo y creó la red que tú llamas Ordo Enigmatis. Mientras el antediluviano exista, el Ordo existirá.
Michelle recordó con un escalofrío su entrada en el Ordo, el caliz lleno de sangre, como peleó y pateó para no beber. Se preguntó si Arístides también sabía eso. Asintió.
_ Desde que era mortal oí las Voces, y cuando mi sire me Abrazó, descubrí que era un nodo natural,que mi mente enlazaba otras mentes, del Ordo...
_ Lo sé.- dijo Arístides.- Aquel don fue lo que me atrajo de ti al principio.
Sintió una punzada en el pecho, las palabras tan claras, tan sencillas. Supo desde el principio que era tan solo un instrumento para él, en su mente siempre lo supo, y sin embargo ahora, pronunciadas las apalabras, era definitivamente real. Casi era un alivio que lo hubiera dicho, y al mismo tiempo, una tortura. Sintió de nuevo rabia por dejar que aquello le afectara... Como si fuera una doncella ingenua y enamoradiza...
_ Cuando regresen, no podré ocultarme.- dijo al fin, ocultándo sus sentimientos y al mismo tiempo segura de que él lo estaba sabiendo todo tan rápido como ella lo pensaba.- No podré ocultar nada.
Los ojos de Arístides brillaron con el fulgor del fuego.
_ Y no espero que lo hagas.- Esta vez Michelle no entendió, y no pudo disimular su confusión.
_ Pero... entonces sabrán de tí, y sabrán quien soy...
Arístides negó con la cabeza.
_ Eres un nodo natural. Cuando te convertí en mi agente, fue porque esperaba de ti que el Ordo algún día te captara de nuevo y poder ver a través de ti.- una nueva punzada, un cuchillo profundo que se le clavaba en el alma, haciendola sangrar. Pero agradeció la herida. El corte profundo hacía salir la sangre envenenada que le hacía sentir que tal vez pudiera significar algo para él.- Pero más tarde, me has demostrado ser mucho más... Y te has ganado mi respeto.- un beso en la herida, magro consuelo.- A menos que el Ordo concentre todas sus fuerzas en ti, no podrá hacer nada. Estás protegida, créeme.
Michelle asintió.
_ Creo que entiendo ¿Quieres que haga algo a través de ellos?- Arístides negó con la cabeza.- ¿Qué ocurrirá si Malkav regresa?
_ ¿Quién puede saber qué ocurrirá si regresa el señor de los locos? Por eso, tener ojos para verle es tan importante. Por eso eres tan importante.- Ya estaba todo dicho, todo claro.- Pronto partiré. Si Pedro ha regresado de entre los muertos, es que grandes poderes se han confabulado para ello. Pocos tienen tal poder, y menos lo esgrimen estas noches.- Se puso en pie y Michelle imitó.
_ ¿He de ir contigo?-preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
_ Disfruta de Florencia, Michelle. Cada noche, cada instante, porque puede que un día, sólo te quede el recuerdo de estos tiempos de paz.
_ ¿Donde irás ahora?
Arístides miró el fuego.
_ A buscar a los que resucitaron a Pedro. Tengo que volver a Ur. Hay alguien a quien debo ver.
Caminaron hacia la puerta y regresaron a la entrada, ya oscura y silenciosa. Los sirvientes se habían retirado y habían apagado los candiles. Cuando Arístides estaba al pie de la escalera, las palabras escaparon de los labios de Michelle.
_ ¿Volverás?-preguntó.
Arístides asintió.
_ Buenas noches, Michelle.
Su figura oscura regresó a la oscuridad de las calles de manera tan misteriosa como cuando apareció al inicio de las noche, cuando comenzó la fiesta.

"Buenas noches"
 

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