Isaac la miró como si no entendiera. Como si no pudiera creer las palabras que acababa de oír en su mente. Titubeó un instante.
_ Loni...-atinó a decir, tanteando con las palabras, mirando el caos en que se había convertido el taller, avanzó un paso hacia ella, tendiéndo las manos, para llegar
antes - ¿Qué...qué ha pasado?
_ No te acerques.- fue su respuesta, fría y cortante. El pelo lacio le caía a ambos lados del rostro y tenía los ojos serenos. Fue más el tono en qué lo dijo, inquietantemente tranquilo, el que hizo estremecer a Isaac. Se quedó paralizado en el mismo gesto de caminar durante una fracción de segundo, y retrocedió un paso. Le mostró las palmas de las manos, como si fuera un animal agresivo, como si fuera un loco...
_ Está bien...- dijo en tono conciliador, con los ojos tristes- Todo pasará, tranquilizate.
_ Estoy tranquila, Isaac. Más de lo que lo he estado en toda mi vida.
Y él mismo fue consciente de que se trataba de un mero formulismo, que no había desasosiego en sus ojos, que aquella determinación lo amedrentaba, que le hacía sentir
fuera de lugar, que no acababa de asumir en la pequeña persona de Loni...
_ Está bien...- frunció el ceño, tratando de entender, trantando de hallar las palabras adecuadas- Si quieres marcharte, no te lo impediré. Te ayudaré, pero por favor, ¿Estás segura de que es lo que quieres?- había en su voz una nota de súplica que no había querido darle. Él era el protector...
Loni siguió sin moverse, fría, impasible en medio de los escombros, como si fuera ajena a todo aquel desastre.
_ Ya he decidido, no hay nada que pensar.- dijo- Me enseñarás lo que sabes y me marcharé.
Isaac dejó caer los brazos a los lados, abatido.
_ ¿Te marcharás sola? Estoy seguro de que Talbo volverá... Te ama...
_ Me es indiferente.
Abrió mucho los ojos.
_ ¿¡Te es indiferente!?- sencillamente no podía creer, no podía entender...- ¡No te engañes, le has querido incluso después de la muerte y la maldición!¡Os habéis atado el uno al otro! ¡No puede serte indiferente!
Loni se movió entonces, rompiendo la impresión de ser una estatua viviente. Inclinó ligeramente el rostro y dio un paso para sortear un montón de escombros a sus pies.
_ Talbo ha cerrado la única puerta que le unía a mí al marcharse.- dijo. su voz seguía siendo segura en si misma, pero había un fondo de pena oculta, muy por debajo de la
superficie. Ella le había amado incluso cuando sabía que otras mujeres le esperaban y que él las tomaba como premio en la batalla, y él sabía que las Voces se lo contaban
todo. Le había amado incluso entonces. Le había salvado deuna muerte segura y le había llevado de la mano en el camino a la inmortalidad. Y él había decidido no entender.-
No seré yo quien la abra.
_ Sabes lo que Talbo ha visto- insistió Isaac, pero Loni supo que él tampoco lo entendía. Seguía cegado por el amor a su esposa, a su esposa muerta. No entendía que el amor
pudiera desaparecer de aquella manera.- sabes lo que ha pensado, Loni. Él te ama...
Loni negó con la cabeza.
_ Para Talbo odiar siempre ha sido más sencillo que amar, porque el odio es abandono y amar es constancia. Amarme era solo una manera de creerse más humano, por disfrutar de la sangre en el campo de batalla. Solo he sido una buena excusa.
Isaac frunció el ceño, entendiendo que no conseguirían ponerse de acuerdo...
_ Está bien,-dijo, tratando de sonar tan determinado como ella- así no conseguiremos nada, te enseñaré lo que me pidas. Pero solo te marcharás cuando yo crea que estás
preparada.- Loni alzó una ceja, divertida, irónica.
_ Si quieres entenderlo así, adelante.- entrecerró los ojos y le clavó la mirada- Pero no olvides que me enseñarás porque yo lo deseo.
_ Sí, pero será bajo mis condiciones.- su tono le resultó demasiado duro, y suavizó la mirada. Quería a aquella muchacha, la quería como había adorado a su hija. Un brillo
paternal relució en sus ojos y añadió mientras esbozaba un amago de sonrisa, esperando de Loni alguna muestra de familiaridad- Te prometo que seré objetivo.
Pero no había ya nada familiar en Loni. Sabiendo que no iba a obtener nada más de ella, Isaac desdibujó la sonrisa, se dio la vuelta y se marchó.
El entramiento comenzó entonces, tras aquel tácito acuerdo. Cada noche, Loni acudía a casa de Isaac, donde en un pequeño patio, la instruía en los poderes de la sangre que
conocía y en el manejo de la espada. De esta manera pasaron largas semanas, entrenando cada noche, sin efectuarse ningún tipo de acercamiento.
Un día que Isaac había decidido tomar de descanso, llamarona la puerta de Loni.
No se molestó en levantarse, y Pierre acudió a abrir. Entró con él un hombre de anchos hombros, alto y fornido, vestido con una armadura de cuero. Era un guerrero, y sin
embargo, no portaba armas. El hombre hizo una parca reverencia.
_ Saludos, dama Loni.-dijo. Su voz no sonaba ni elegante ni educada, sino extremadamente seria y cortés, como si hubiera aprendido de memoria lo que tenía que decir.- Mi nombre es Francisco de Pucela, y me envia mi sire a veros para entregaros un mensaje suyo.
Loni se recostó contra el respaldo de su asiento y alzó el mentón.
_ ¿Quién es vuestro sire y qué desea de mi?- preguntó. Franciso de Pucela sacó entonces una carta sin sello de una bolsa que le colgaba del cinto y se la tendió, dando un paso, para que ella pudiera alcanzarla sin ponerse en pie.
_ Estaré en la posada de la ciudad hasta pasado mañana, por si deseais dar respuesta.- dijo, volviendo a la posición de firmes cuando la mujer tomó la carta.
Loni giró el sobre entre los dedos.
_ Esperad un instante.- dijo al fin- Leeré ahora la carta.
Con dedos hábiles deshizo los pliegos del papel y leyó.
"La tierra de Lisboa es ahora tierra prohibida para vosotros, Loni, ahora Loni de Lances, e Isaac, hermano de sangre. Mi espada es ahora Azote del Príncipe y no sois bienvenidos en esta ciudad. Si ponéis un solo pie dentro de sus limites, os mataré.No hay ya nada entre nosotros, de manera que no hay razón para que debáis venir hasta aquí.
Recordadlo: Pisad Lisboa y moriréis."
Firmaba Talbo.
Una sonrisa sinuosa se dibujó en el rostro de Loni. sí que el guerrero ignorante había aprendido a escribir... Estuvo tentada de hacer notar su sorpresa al respecto al
guerrero que se mantenía firme frente a ella. Ahora que lo miraba, sí, era el tipo de hombre que Talbo habría escogido para reafirmar su ego.
Se puso en pie con elegancia, alzándo el mentón. Dejó la carta sobre la mesa. Dio a su voz el matiz exacto para que Francisco captara el desafío.
_ Decidle a vuestro sire que Loni de Lances va donde le place.- el hombre no cambió el gesto, ni se movió. Sí, estaba bien entrenado y podía ver la mano que le había
moldeado- Decidle también que le perdono su deuda.- sonrió, pero no había nada amigable en su sonrisa- Él entenderá.
Francisco de Pucela asintió, dando a entender que comprendía el mensaje.
_ Debo entregar una carta a Menahem.- dijo.
_ ¿Sabéis donde encontrarle o debo acompañaros?- preguntó con fingida cortesía.
_ Mi sire me ha dado instrucciones precisas, Dama Loni.- contestó el guerrero, imperturbable.- Me las sabré arreglar.
Loni volvió a sentarse.
_ Me despido de vos entonces.- añadió sin mirarle, volviendo a su lectura.
Pucela se despidió cortesmente y se marchó, sin esperar a que Pierre le abriera la puerta.
Continuó leyendo hasta que terminó el libro, sin mirar la carta que seguía sobre la mesa.
Por alguna razón, no le sorprendía. Había mentido a conciencia cuando dijo que le perdonaba porque sabía que le humillaría, pero no le había perdonado...
Y pensaba cobrar su deuda.
Pidió entonces a Pierre que fuera a buscar a Isaac y le hiciera venir, y el fiel sirviente, siempre obediente, cogió una capa y un farol y partió.
Volvió al tiempo, acompañado de Isaac, que entró en la casa con el gesto habitual que se había dibujado en su rostro desde el día en que Loni decidió marcharse.
_ Me has mandado llamar.- dijo- Ya te dije que hoy no habría entrenamiento.
Loni no respondió, tomó la carta de la mesa, y sin levantarse, se la tendió, recostándose de nuevo contra el respaldo según Isaac abría el sobre y desdoblaba el papel.
Supo por su mirada, las palabras que leía en cada momento, y una media sonrisa se dibujó en su rostro.
_ ¿Has tratado de hablar con él ahora que sabes donde está?- preguntó Isaac, plegando de nuevo la carta al terminar.- Ya sabes, con tus... habilidades...
Loni descansó las manos sobre los brazos del sillón como si fuera su trono.
_ El mensaje ha llegado hoy, lo trajo su chiquillo- dio a aquella palabra un deje de ironía, le divertía- No iré a buscarle- mintió- pero si mis pasos me llevan a Lisboa, a Lisboa iré.
_ No he dicho que vayas a buscarle. Pero le debes... le debemos una explicación.
_ No le debo nada, Isaac. Dale explicaciones por tí si así lo deseas. Si no ha sido capaz de entender lo que vio, no merece el más mínimo de mis pensamientos. Siempre fue egoista.
Isaac bajó la mirada apesadumbrado, entristecido por no conseguir que entrara en razón.
_ Loni...- había muchas palabras no pronunciadas trás aquella mirada. Se rendía, decidía no seguir intentando interponerse, se refugiaba pensando en el pasado, incluso en lo que no había ocurrido. Loni no contestó e Isaac volvió a marcharse, como era habitual las últimas semanas, sin un adios.
Casi un año más tarde, recibió Girona una grata visita. Lucía de Aragón visitó la ciudad en compañía de un peregrino, un malkavian, llamado Anatole. Era un hombre desgarbado de larga melena y barba rubios, vestido con andrajos. Una extraña compañía para tan insigne dama. Lucía acudía a la ciudad para visitar a Isaac, pero en cuanto tuvo noticia de que también Loni vivía allí, la joven toreador fue invitada acasa de Isaac.
La reunión no fue distendida, ni tan siquiera agradable, pese a que era grato volver a ver a la infanta Lucía. Isaac no hablaba y paseaba la mirada seria entre Loni y Lucita.
La infanta percibió aquel gesto taciturno, pero nada dijo, siguiendo las normas de cortesía. Traía noticias de ultramar y sobre todo, del este de Europa; estaba de paso, realmente, una pequeña pausa para regresar a los caminos y Loni vio entonces la oportunidad que esperaba.
_ ¿Seguiréis viajando entonces?- preguntó con cortesía.
_ Así es- respondió Lucía, sonriendo como una niña traviesa- No puedo quedarme en un solo sitio.
Loni asinió.
_ ¿Y qué lugares queréis visitar?
Lucía pensó un segundo.
_ De momento, iré a Madrid a rendir pleitesía a mi sire, el Arzobispo Monçada. Y luego, donde sea necesaria, o donde Anatole desee ir.- Loni estudió al hombre taciturno que
viajaba con la infanta y se reafirmó en la opinión de que no era la compañçia que hubiera imaginado para Lucía.
_ Lo cierto es que yo también había pensado viajar.- dijo Loni, como quien comenta algo sin importancia, pero a sabiendas de que sí era importante. Y Lucía le dio la respuesta que esperaba.
_ Bueno, si deseas ir hacia el interior de la península, nosotros vamos a Madrid.- la joven toreador frunció el ceño como si aquello le desagradara.
_ La verdad es que tenía pensado abandonar la península.- dijo.- ¿cuanto tiempo os demoraréis en Madrid?
_ Unos meses. Después... ya veremos. Había pensado regresar a Tierra Santa. Hay alguien a quien quiero ver...
_ Ese si que es un destino atractivo.- respondió Loni conuna sonrisa.
Se fijó entonces en que Anatole se había vuelto hacia Lucíaal oir sus palabras y la miradaba con reprobación.
_ Quieres volver... ¿con ella? Si casi os matais la última vez...- inquirió.- Es una perra infiel, no sigue al Señor.
Lucía no contestó y Loni decidó hacer caso omiso del comentario, aunque le picaba la curiosidad.
_ ¿Aceptariais pues una acompañante en vuestro viaje a Tierra Santa, Lucia?- la Infanta alzó las cejas, sorprendida.
_ Creía que eras escultora, Loni. Tierra Santa no tiene mucho arte. Las cruzadas la han devastado.
Loni sonrió.
_ Oh, lo sé, pero es la tierra de nuestro señor. Además llevo demasiado tiempo quieta, me apetece viajar, había pensado visitar Francia e Italia, entre otros lugares...
Lucía frunció el ceño con gravedad.
_ Viajar a Tierra Santa no es algo que tomarse a la ligera, Loni de Lances.- se llevó la mano a la empuñadura de la espada que llevaba a la cadera- ¿Sabes usar esto?
Se puso en pie y desenvainó la espada. Loni asintió con suavidad, pero segura de sí misma.
_ ¿Debo haceros una demostración?- inquirió, plácida, levantando una ceja. Lucía le tendió la espada.
_ Atácame.- Loni tomó la espada por la empuñadura con ambas manos. Era grande y pesada, y por un momento pensó que toda la destreza con las armas que había adquirido, no le serviría de nada. Aún así, extrajo de su sangre la fuerza necesaria para sostener la espada sin problemas. Con un movimiento rápido se lanzó contra ella, percibiendo
al embestir el ademán de apartarse, como si tratara de mostrarle que era más rápida que ella.
Pero Loni ya conocía aquel truco. Se lo había enseñado un buen maestro, y giró la empuñadura, cambiando así la trayectoría de la embestida y golpeando con fuerza el
vientre de una Lucía tremendamente sorprendida.
Un gesto de dolor se dibujó en su rostro y tardó un instante en recuperarse.
_ Vaya...- dijo al fin, recomponiéndo su vestido- Parece que nuestra escultora ha aprendido algunos trucos...- se irguió solemne e hizo un gesto a Anatole con la cabeza.- :
Te espero mañana, una hora después del anochecer. Ven sola, no quiero séquitos.
Trás aquello, tomó su espada de las manos de Loni y se despidió de Isaac, que no había hablado durante toda la reunión, y seguida de Anatole, se marchó.
Loni miró con gravedad a Isaac, sabía que le estaba haciendo daño, pero era necesario y estaba satisfecha con la decisión que había tomado. Por un instante sus labios
temblaron con "gracias" no pronunciado, pero decidió que no debía flaquear ahora e irguiendo el mentón, se marchó y caminó en la noche hacia su casa.
Cuando llegó, Pierre la esperaba en la entrada, despierto. Jamás se acostaba si ella estaba fuera de casa, e incluso cuando trabajaba en el taller, dormitaba en un pequeño
taburete junto a la puerta por si su señora necesitaba algo...
Su fiel sirviente la contemplaba con admiración y amor en sus ojos, un amor que era una ilusión provocada por el lazo de sangre con que le había atado a ella. Y ahora debía separarse de él, y no era una decisión que pudiera tomar a la ligera.
Pierre era la única persona en su vida que no le había fallado, que le había dado siempre lo que ella había necesitado de él.
Si se separaba de él, si no le alimentaba con su sangre, la única persona que quedaba junto a ella de los tiempos felices en Occitania, envejecería un siglo entero en apenas
unos días y moriría presa del dolor. Y no podía permitir eso. Podría haberlo hecho- ahora lo sabía- con cualquier otra persona, pero no con él.
_ Buenas noches, mi señora.- dijo con la amabilidad y el cariño de siempre.
_ Buenas noches, Pierre.- respondió, consciente ahora de loque debería hacer... Dejó los guantes sobre la mesa con gesto ausente y dejó que le quitara la capa para colgarla
en una percha en la entrada.- ¿Ha ocurrido algo en mi ausencia?
Pierre negó con la cabeza.-
_ No, mi señora.
Loni se dirigió hacia el pasillo del que nacían las escaleras que llevaban al sótano, a su dormitorio.
_ Bien. Apaga todas las luces y cierra la puerta. Prepara mi equipaje. Después ven a verme, he de hablar contigo.
_ Sí, mi señora.
Cuando llegó a la habitación, encendió algunas velas para alumbrar la estancia y suspiró. Se estiró perezosamente y miró a su alrededor. Las llamas proyectaban sombras en las
paredes que danzaban arriba y abajo en un baile macabro. Instantes depués, los golpes discretos de Pierre sonaron en la puerta.
_ Adelante, pasa.
Con un andar silencioso que había aprendido a controlar para no perturbar los sentidos de su señora, Pierre entró en la habitación e hizo una reverencia y esperó en silencio.
Loni tomó aire y convocó para sí la belleza y el encantamiento, convirtiéndose en una visión sublime. Sabía que Pierre ya la encontraba hermosa, pero necesitaba hechizarlo por completo. Vio como sus ojos se agrandaban al contemplarla, totalmente embelesado.
_ Acercate, Pierre.- dijo con suavidad, y el hombre, como si no tuviera voluntad ya, dio un paso y otro y quedó a apenas un metro de ella.- Acercate más - susurró dando a su
voz un matiz que sonaba como una invitación, sutil pero prometedora. Pierre dio un paso más y Loni tendió dos brazos de alabastro para sujetarle por las solapas de la chaqueta y tiró de él para acercarlo. No le dio tiempo a hablar, aunque vio que iba a murmurar
algo, sorprendido, y le selló los labios con un beso cálido, rodeándole con los brazos.
Su eterno sirviente permaneció un instante petrificado, incapaz de moverse o de reaccionar.Tuvo ella que tomarle las manos inertes a ambos lados del cuerpo, y mientras le susurraba palabras hermosas al oido, hizo que la ciñeta por la cintura.
Primero, inseguro, estuvo a punto de retirar las manos, pero Loni las sostuvo allí y volvió a besarle. Esta vez no dudó y su rigidez desapareció, apretándola contra su pecho, rodeando la cintura fina y se entregó al beso como si no hubiera nacido para hacer otra cosa. Empezó con un beso suave y dulce, como el primer beso ansiado, como una caricia, y fue creciendo hasta convertirse en algo mucho más grande, como una chispa que
prende y se convierte en una llamarada que arrasa todo. Y con una ansiedad que solo había sentido cuando pasaba demasiado tiempo sin recibir la maravillosa vitae vampírica, la alzó en brazos, liviana y pequeña como era y la llevó hasta el lecho, depositando la hermosa cabeza contra la almohada.
La contempló así un instante, deteniendo el tiempo, yaciente en la cama con el cabello desparramado sobre la colcha. Casi le parecía una herejía profanar aquel templo... Su pecho se agitaba al ritmo de su respiración, y aunque sabía que realmente ella no respiraba, no le importó. A sus ojos, la mirada se le antojó febril y la piel cálida, y los labios, una invitación irrefutable. Se inclinó sobre ella y volvió a besarla, acariciando el
rostro de alabastro con devoción.
Loni se abandonó con calculada precisión, dejando que Pierre la besara y recorriera con sus manos. Sabía que, pese a no ser un amor real, él se sentía enamorado. Y cuando el cuello rozó sus labios, sintió la sangre ardiente palpitando bajo la piel con cada latido del
corazón y decidió que había llegado el momento. Acercó los labios al oido de aquel pobre condenado y susurró:
_ Te amo.
Y cuando él la estrechó todavía más contra su cuerpo, hundió el rostro en su cuello y rasgando la piel fina con los colmillos, se sumergió en los placeres de la sangre hasta que yació muerto entre sus brazos.

6 mar 2005
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