19 sept 2005

Sesión Trigésimo Novena: Malta

La carta llegó dos noches después de su conversación con María. Iba lacrada con el sello de los Toreador, una rosa con espinas. No desprendía ningún aroma y su interior así rezaba.

"Lo profano y lo sagrado se hunden en los corazones que no laten, pero no en los que viven. Si quieres que los que viven lo sigan haciendo, halla a Simón de Malta y tráenoslo. Si no lo haces antes de tres lunas, tus queridos Medici no podrán seguir viviendo. María sabrá más.

Firmado, D'angelo.
"

No había señales que pudiera leer en la carta, tan solo las del monje que la escribió al dictado de otra persona que no podía ver. Dejó que la ira le trepara por los brazos y la embargara, acompañada de una fría satisfacción. Al fin se había revelado el culpable de la desaparición de los Medici, de sus Medici... Trató de ubicar D'Angelo en su mente, pero no había oído jamás su nombre, y ahora no disponía de la magnífica red que fue el Ordo para estas lides. Pero María... ah, María ¿Más secretos?
Se cubrió con una capa y salió de la casa con paso firme, haciéndo caso omiso de sus doncellas, que no entendían a donde marchaba con tanta prisa. Llegó a la casa en poco tiempo y María la recibió en uno de los salones superiores, vestida de negro, como venía haciendo desde que Michelle matara a la falsa Loni.
_ Buenas noches, Michelle- dijo con cortesía- ¿Quieres tomar algo? Pasa...
Tres sirvientas esperaban juntas en un lateral del salón, expectantes. Michelle no esperó, alzó la carta con las manos, poniéndola frente a María, con la ira relampagueándole en el rostro.
_ ¿Qué es esto, María?- su voz restalló como un látigo. La reina de Florencia tomó la carta con las manos, y un gesto de sorpresa y enfado se dibujó en su rostro al leerla.- ¿Quién es D'Angelo?- insistió Michelle.
_ D'Angelo, no lo sé...- contestó ella- Pero Simón de Malta, sí, le conozco. Es mi sire.
Michelle sintió el peso de la revelación: María jamás había hablado de su sire, ni había desmentido ni confirmado los rumores que decían que era chiquilla de François Villon, príncipe de París. Michelle había dado por supuesto que esto era cierto, y jamás había insistido pues ella siempre se había mostrado no reacia, sino incluso violenta ante la idea de hablar de su Abrazo. Y ahora acababa de revelarle su primer secreto.
_ Pues espero que no le tengas mucho aprecio,-le espetó- porque pienso recuperar a mis Medici.
María no se dejó provocar por el tono iracundo de Michelle.
_ Aprecio, el justo.- respondió- Pero si le buscan, es que van tras aquello que él custodia. La biblioteca de Malta. Sentémonos, Michelle, este no es un tema que tratar de pie.
Se sentaron en las butacas y Michelle trató de rebajar su ira: necesitaba pensar.
_ ¿Qué tiene de especial esa biblioteca?- preguntó.
_ Mucho de lo que fue salvado en secreto de la Biblioteca de Alejandría se halla en unas cuevas ocultas bajo las rocas de la isla de Malta. Simón custodia galerías inmensas con el saber de la antigüedad. Y tiene secretos de los días antiguos, crónicas que los más viejos creen que el mundo ha olvidado. Simon, él se ha distanciado de la Yihad. No cree en ella. Sólo se preocupa por sus libros, y muy pocos saben de la gran biblioteca. François Villon sabía de ella.- María suspiró al mencionar al príncipe de París, recordando el pasado, un pasado del que Michelle esperaba tener noticias gracias a Ariadna.- Muy pocos saben mi ascendencia real. Y te usan a ti para llegar a mi sin dañarme de manera visible o llamativa...
_ Tú también...- dijo Michelle, haciéndole notar que no era la única que tenía secretos.
_ Sí, yo también tengo un pasado. Por eso tantas preguntas estos días, de si tenía que contarte todo lo referente a mi, o dejarte libre en una feliz ignorancia. Supongo... Debe haber alguien más interesado no sólo en la biblioteca, sino en separarnos pues en Florencia es grande nuestra fuerza, nuestra unión. Y esto es un ataque a los cimientos de esa unión. Debe ser alguien conocido...
Michelle entrecerró los ojos.
_ ¿Te atrae la idea de deshacerte de mí, María?- Pero ella la miró a los ojos con lo más cercano a la ternura que podía sentir, y su mirada decía que no. Michelle asintió- Habías conseguido que dudara.
_ Siento haberte hecho dudar. Han sido noches extrañas, estas últimas, debemos descubrir quién manda la carta. Debemos desenmascarar a nuestro rival.
_ Ayúdame a recuperar a mis Medici, los traeremos aquí, para la grandeza de Florencia.- María asintió- Traté de ver la carta, pero tan solo habia huella del monje que la escribió, nuestro amigo dictó la carta, no pude ver nada de él. Inténtalo tú, por si a mí me faltara fuerza.
María se concentró y trató de ver huellas en la carta, pero nada encontró que Michelle no hubiera visto.
_ Es astuto- dijo la reina al fín.
_ ¿Tiene enemigos tu sire?- preguntó Michelle.
_ Mi sire guarda secretos de muchos antiguos. Y el saber crea enemigos, aunque sólo sea porque existe. Por sí sólo no es peligroso, créeme. Le conozco bien, y le he visto impasible ante promesas de poder, tierras, sangre, arte... Sólo se mueve por sus malditos libros... Y una vez se movió por mi, o eso creí... Y por eso estoy aquí. En esta noche eterna.
Michelle se llevó disimuladamente la mano al pecho, sobre la moneda, y envió un pensamiento que decía "Biblioteca de Malta". Arístides no respondió, tampoco esperaba que lo hiciera, pero tal vez recibiera el mensaje y se pondría en contacto con ella más adelante.
_ Ya había comprobado que haces temblar cimientos, sí...- dijo a María con media sonrisa dibujada en el rostro, y María le devolvió el gesto.
_ No iré a Malta, Michelle. Pero puedo mover mis hilos para buscar la identidad de nuestro enemigo. Quizás Simón sepa más de qué va esto. Sería bueno que fueras a Malta, a hablar con él. Si vas de mi parte, te recibiría. Quizás así sepamos más quién le busca, y por qué motivo.
_ Tendrás que darme instrucciones, un lugar al que acudir, Malta puede ser muy grande.
María negó con la cabeza.
_ No te preocupes, sé muy bien donde debes ir y a quien debes acudir.- su voz se convirtió en un susurro- Demasiado bien lo sé.
Se levantó para dirigirse al escritorio y se sentó a él, tomando un pergamino y una pluma, que mojó en la sangre de su propio dedo. Tardó poco, y cuando terminó la lacró y selló.
_ Esta carta es para Simón- dijo tendiéndosela- te abrirá sus puertas. Siguiendo la linea de la costa hacia el norte desde Malta mismo, a unos cinco kilómetros hay un caserío. Es una gran hacienda, rodeada de viñedos y olivos. En su extremo, da a un gran acantilado sobre el mar. Ve allí, y pregunta por Simón. Si te dicen algo más, entrega mi carta, eso debería bastar para que te dejaran verle.
Michelle tomó la carta y María se recostó contra el respaldo de su asiento.
_ D'Angelo...- murmuró la reina para sí, tratanto de recordar.
_ ¿No te dice nada ese nombre?- preguntó Michelle frente a ella.
María suspiró.
_ No estoy segura, yo he oído ese nombre en alguna parte. ¿Dónde? D'Angelo...
Michelle se llevó levemente la mano a la frente.
_ ¿Me dejas mirar?- María entendió y asintió, y Michelle penetró en su mente con suavidad, en busca del recuerdo.
María era mucho más vieja de lo que había pensado siempre, había siglos en su mente, muchos más de los que pensaba... Y entre todos aquellos recuerdos, encontró el que buscaba, un recuerdo de ochocientos años atrás, cuando María era todavía una niña mortal. Ochocientos años...

Había acudido a la boda de Renato Sforza y Emmanuelle D'Angelo, aquello era todo. No había en su mente nada más referente a aquel nombre, y podía darse perfectamente la casualidad de que tuvieran el mismo nombre. Sin embargo, encontró otro recuerdo con este, entrelazados tan firmemente que supo que pertenecían al mismo momento, pero que había sido bloqueado por su mente para protegerse. No pudo evitarlo, y con mucho cuidado, penetró en aquel recuerdo.
María había sido violada en aquella fiesta por un pariente. Ella no recordaba aquello y Michelle decidió que no se lo diría.
Pero María vio el gesto de desagrado que se dibujó en su rostro e inquirió preocupada.
_ ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
Michelle negó con la cabeza.
_ Era el nombre de una mujer mortal, hace muchísimo tiempo. No sé si eso nos llevará a algun lado.
Fue el turno de María para negar.
_ Una mujer mortal... No,no recuerdo.
_ Viajaré a Malta entonces ¿Estás segura de que no quieres venir?
María se levantó de la silla y caminó hacia la ventana.
_ No volveré a ese lugar. aquello sonó tajante y sin embargo parecía decírselo a sí misma. Michelle decidió que quería saber qué había ocurrido en Malta.
_ Está bien, entonces partiré pronto. Volveré a casa a preparar todo, tu intenta averiguar quien ese D'Angelo.- Estuvo a punto de pedirle que no acudiera a su casa, pues temía que quisiera despertar con mortis a Arístides, ahora que sospechaba que alguien dormía en la casa. Pero María asintió y ella decidió no decir nada.
_ Ten cuidado, mi amor... - dijo la reina- Presiento que se acercan tiempos oscuros.

Se despidieron y aquella noche Michelle regresó a casa para disponerlo todo. Quería preguntar a sus contactos si alguien había oido aquel nombre, pero nadie le supo decir nada, nadie conocía a ningún D'Angelo. Ambrogino Giovanni estaba en el Cairo y era peligroso viajar fuera de su cuerpo tan lejos, y Vykos estaba ilocalizable, de modo que no se demoró más. Dispuso cinco doncellas para que la acompañaran, así como Vincenzo y cuatro guardias, dos de ellos los ghouls que padecieron el caldero de sangre, ya recuperados.
Mientras preparaba todo, Michelle no podía evitar sospechar una trampa. Tal vez María quería sacarla de la casa para ver quién había allí, o cualquier cosa, o tal vez estaba cometiendo un error al marcharse, tal vez eso era lo que quería quien envió la carta...
Sin embargo, poco podía hacer, de manera que tres noches después embarcaron y en poco tiempo la isla de Malta se perfiló contra las aguas negras del Mediterráneo de noche. Podía ver la silueta de la villa de Malta contra el resplandor de la luna menguante, y desembarcaron en el puerto, para buscar alojamiento para las doncellas y los guardias en una posada. Cuando todo estuvo dispuesto, Michelle buscó la casa del Príncipe de Malta, un brujah que, según le había dicho María, era "muy curioso, muy calmado y muy poco brujah". Michelle imaginó un pintoresco hombre rural, dado el entorno que suponía la isla, y mucho no se equivocó.

La casa era grande pero estaba vieja y destartalada, y necesitaba urgentes reparaciones en el tejado y las balconadas, y tampoco estaba muy limpia.
Llamó a la puerta y un hombre delgado abrió. Vestía una túnica de lino vieja y raida, calzaba sandalias de esparto, de campesino y llevaba en la mano una vieja linterna de grasa.
_ Ah, una cainita.-dijo el hombre sin mas rodeos, como si recitara una retahila aprendida mucho tiempo atrás- Supongo que debes venir a presentarte. Soy el príncipe Alvar, brujah. Mucho gusto.- Michelle fue a responder a la bienvenida, pero el hombre no le dejó hablar. Desde luego, Maria tenía razón- Tiempo de estancia? Respetarás las tradiciones y todo eso?
Michelle reprimió una carcajada, aquel era desde luego un hombre pintoresco. Asintió.
_ No sé cuanto tiempo me quedaré, pero no debes preocuparte, traigo mi propio rebaño.- le dijo, y Alvar parecio satisfecho.
_ Bien.- iba a despedirse, pero recordó algo.- Ah, sí, tu nombre.
Michelle sonrió.
_ Michelle.- no le pareció necesario decir nada más.
El hombre la inspeccionó de arriba a abajo y alzó una ceja.
_ ¿De Mauvernay?- esta vez fue ella quien alzó ambas, sorprendida.
_ ¿Me conocéis?
_ Una Michelle de vuestra belleza aquí en Malta- dijo Alvar- O sois Michelle de Mauvernay, la amante de María, o sois una buena réplica.- Michelle rió, aquel hombre no era tonto del todo...- Bien, en cualquier caso, bienvenida a Malta. Respete las tradiciones y no tendrá problemas conmigo. Buenas noches.
Y cerró la puerta sin más.
Michelle sonrió divertida, tenía que darle toda la razón a María.

Faltaba bastante para el amanecer, de modo que Michelle decidió caminar por Malta para situarse y ver el lugar. Se trataba de una población pequeña y tranquila, y no debía albergar más de tres cainitas. Había demasiados pocos mortales como para poder mantener a más.
Caminó por las calles silenciosas y cuando llevaba cerca de media hora, sus sentidos le advirtieron de que alguien la seguía. Había desarrollado un grado de percepción que le permitió saber que quien le seguía no era hostil, sino curioso, de modo que se detuvo un instante para enviar su alma a ver de quién se trataba.
Encontró a una muchacha de quince o dieciséis años, pequeña y mugrienta, que la observaba medio ofuscada desde la vuelta de la esquina. Llevaba la ropa sucia, el rostro sucio y sucio el cabello. Parecía haberse dado cuenta de que la había visto, y se mantenía trás la esquina. Michelle regresó a su cuerpo y sonrió, mirando hacia ella.
_ No hace falta que te escondas, querida, no... muerdo- sonrió. Al fin la muchacha salió de su escondite, perpleja.
_ ¿Podías verme?- Michelle sonrió.
_ Te intuía, querida. ¿Cómo te llamas?
La muchacha se rascó el cuello.
_ Gata.
Michelle pensó enseguida en el poder de la viscisitud para cambiar de forma, o tal vez en el poder de los gangrel que se transformaban en bestias.
_ Curioso nombre ¿Dirías que es apropiado para tí?- Gata dibujó un gesto de desaprobación en el rsotro.
_ ¡Eh! ¡A mi me gusta!- espetó, y Michelle sonrió apacible e inclinó la cabeza a modo de disculpa.
_ ¿Eres chiquilla de Alvar?- preguntó con cortesía, pero la muchacha negó con la cabeza con despreocupación.
_ No. Alvar es bueno conmigo, pero no, no soy eso suya.- Michelle decidió que aquella muchacha parecía una buena mascota. Si tenía algo de interés para ella, trataría de llevarla consigo a Florencia...- Alvar me deja limpiar de ratas y ratones la ciudad. Gata.
De pronto no le pareció tan buena idea. No estaba equivocada cuando le preguntó si el nombre era apropiado. Se preguntó si habría algo más. Le preguntó su edad, pero la muchacha se encogió de hombros, de modo que intentó entrar en su mente. No esperaba aquello, pero de pronto su cabeza parecía a punto de explotar y se sintió aturdida... Una malkavian.
Se obligó a sonreir.
_ No te había visto, eres guapa- dijo la muchacha.
_ Eres muy amable, querida- respondió ella con amabilidad- Me ha gustado lo que has hecho antes de ir escondida ¿Qué mas sabes hacer?
Gata sonrió.
_ Esto.- dijo, y desapareció. Michelle trató de verla con auspex, pero no estaba ¿Cómo lo había hecho?- Estoy aquí-dijo la muchacha a su espalda. No se había osfuscado, se había movido deprisa, muy deprisa.
_ Realmente notable querida.- reconoció Michelle, cuyos sentidos no habían podido percibir su movimiento, aquello compensaba la suciedad y las ratas, tal vez si fuera buena idea llevarla a Florencia o incluso diabolizarla si tenía mas poderes interesantes.- realmente notable, y útil sin duda. ¿Vives sola aquí en la isla, Gata?
_ No, con mis gatos.- dijo, silbó, y de pronto se escucharon maullidos por toda la villa. Michelle había visto aquel poder antes, y le resultaba sumamente interesante. ¿Qué más sabía hacer?
_ ¿Puedes hacer que vengan?- dijo Michelle fingiéndose ilusionada- ¡Me encantan los gatos!
_ Sí, pero prefiero no molestarles- respondió la muchacha, y Michelle sonrió satisfecha, aquella muchacha le podía ser muy útil- Muchos están en celo, y se lo pasan bien.
Debía llevarla a la posada, convencerla de que la acompañara a Florencia.
_ Estamos aqui en medio de la calle- le dijo mirando a su alrededor- ¿Quieres acompañarme a la posada y charlamos mas tranquilamente allí?
Gata negó sin mucho interés.
_ Nah, hay hombres en la posada. No me gustan.
_ No te molestaran, si no quieres. Pueden dejarnos solas...
Ella negó con la cabeza, era terca como una mula.
_ Mmmm... A mi sí, pero no a ti ¿O también sabes esconderte? No, hueles demasiado bien.
Trató de dirigir la conversación para que la muchacha accediera a enseñarle, pero fue tarea imposible: definitivamente, Michelle olía demasiado bien y Gata no quería dejar a sus gatos.
Convocó su poder para fascinar, con la esperanza de que aquello sirviera para convencerla.
_ ¿No te aburres en una isla tan pequeña?- le preguntó condescendiente.
Gata negó energicamente.
_ No, es divertido estar aquí y él nunca se cansa de mi, de hablar. Asi que nunca me aburro.
Michelle alzó las cejas ¿Un sire?
_ ¿Quién, Alvar?
Gata abrió mucho los ojos, sorprendida, excitada.
_ ¿No le conoces? ¡No, Alvar no! ¡Vamos, ven, que te lo presentaré!- y comenzó a correr y saltar calle arriba, deteniéndose de vez en cuando para asegurarse de que Michelle la seguía.
Y así lo hizo, caminó deprisa trás ella para no perderla, y al cabo de un rato saliero de la villa y llegaron a un oscuro torreón que parecía abandonado. Había gatos por todos lados, de modo que se preguntó si sería allí donde vivía Gata.
_ ¡Aquí! ¡Ven!- exclamó Gata desde el interior, pero Michelle se detuvo antes de entrar, tratando de captar cualquier cosa extraña que pudiera venir del torreón. Y lo encontró, una sensación familiar, muy conocida, que hacía tiempo que no percibía ¿Dónde había percibido aquello? De repente un torrente de imágenes asaltó su mente: de mortal esculpiendo y las Voces hablando, el castillo de Béziers, Pamplona, el caliz, Pedro...
O-R-D-O
¡Al fin! Había huido de ellos cuando estuvo en su poder, y ahora que los buscaba, ahora que sabía que así cobraría más valor para Arístides... por fin los encontraba. Recordó las mañanas navegando en las mentes de la red malkavian, leyendo libros que jamás había visto, sabiendo cosas de lugares en los que jamás había estado, viendo por otros ojos, oyendo por otros oídos... Aprendiendo la magia de la sangre sin un maestro y con gran facilidad... ¡El dolor era un pequeño precio por todos aquellos dones! No perdió un instante y entró en la torre.
Gata bailoteaba alrededor de una columna partida, sobre la que reposaba algo que no conseguía distinguir. Se acercó más y no pudo reprimir un gesto de asco.
Sobre el pilar descansaba un amasijo de carne del que podía distinguir una boca, algo que parecía un trozo de nariz y de oído, y un ojo. Y el ojo la miraba.
_ Loni...- dijo aquello, aún la recordaban.
_ Ha pasado mucho tiempo- contestó ella, aún no del todo segura de con quién hablaba.
_ Sí... Toledo, Pedro- respondió la cosa, y Michelle supo entonces que se encontraba ante Malkav, o al menos, ante una parte de éll. Sintió que la invadía el mismo terror reverencial que sintió cuando sostuvo a Tzimisce entre sus brazos- ¿Por qué me lo arrebatasteis? ¿Acaso no te traté bien?
Michelle alzó el mentón.
_ Era joven e inexperta, cometí un error, me encariñé del muchacho.- dijo con desprecio hacia su propia debilidad. Se dio cuenta entonces de que Gata, tan pequeña y tan mugrienta, no era ni por asomo la pequeña mosquita muerta que imaginaba... era una chiquilla de Malkav. La miró con renovado estupor, una mezcla de fascinación y desprecio: ¡Aquella sucia criatura no merecía tanto poder!
Malkav habló de nuevo desde el pilar.
_ Necesito restaurar el Ordo. Tú eras un nodo.- dijo. Michelle asintió, era justo lo que quería.
_ Te serviré.- le dijo. La expresión en el medio rostro de Malkav era indescifrable, y tardó un instante en responder.
_ Bien- dijo al fin- pero esto me sobra.
De pronto Michelle sintió un dolor abrasador en el pecho y casi como un reflejo invocó el poder que le permitía no sentir dolor, aunque la herida estuviera ahí y fuera real, y maldijo tres veces, pues afloraba a su pecho, derretida, la moneda que le entregara Arístides.
 

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