22 feb 2005

Sesión Décimo Quinta: Girona

Girona no había cambiado.
Una semana después de dejar Toledo, la ciudad que había sido su refugio en tiempos turbulentos se alzaba frente a ellos. El carruaje recorrió las calles familiares y les llevó hasta casa de Menahem, donde encontraron a Pierre, que había sido mantenido con vitae por el brujah judío y que había pasado una importante crisis de ansiedad al haber perdido a su amada Loni.

Fue Isaac quien dio la noticia a Menahem: su hermano de sangre había muerto a manos de los humanos en Toledo. Para el viejo judío, fue un duro golpe, pero no tardó demasiado en plantearse encontrar un nuevo hijo para su causa.

Por su parte, Loni e Isaac se reunieron largas noches. Habían sido separados de golpe en Salou, dando lugar a las sospechas del Brujah y con los sucesos ocurridos, no habían tenido tiempo de hablar, de contar qué había ocurrido, de disipar las dudas...
De modo que trás alimentarse, se reunieron en el acogedor salón en casa de Loni, en el que habían pasado largas horas con Talbo, charlando, y cada uno a su vez, explicó los derroteros de su vida desde que se separaron hasta el reencuentro en Toledo.

Loni le explicó por qué había seguido a Ètienne (Isaac pensaba que estaba huyendo con él) y lo ocurrido en la capilla, así como su entrada en el Ordo, aunque obvió por completo el hecho de que Rodrigo volcara en su mente todos aquellos pensamientos, pues le humillaba y avergonzaba.
Le explicó lo que había descubierto sobre el Tercer Caín, aunque sin poder evitarlo, se consternaba a la mención de Pedro, y su rostro se volvía frío al recordar su muerte.
No volvió a hablar de Talbo.

Por su parte, Isaac le explicó como Talbo se había separado de él en Salou, partiendo en su búsqueda, y como él se había embarcado hacia Mallorca, cumpliendo su trato con el capadocio Xoan. Allí había comprobado como el rey Jaime, el muchacho que educó con ayuda de Miquel, se había convertido en un magnifico estratega y gobernante.

Pero habían sufrido una traición y habían sido atacados sin estar apenas preparados, ataque en el cual Isaac había resultado herido. Cuando se hubo recuperado, cerró algunos tratos con Lucrecia, su contacto, y recibió el mensaje.
Se había despertado y había visto a Loni flotándo junto a la cama. Y trás oir el mensaje, había preparado todo para la partida y había vuelto a la Península, dirigiéndose a Toledo y haciendo llegar a Talbo un mensaje para que acudiera él también en la ciudad.

Y mientras hablaban, Loni miraba a Isaac con una sonrisa en los labios, con los ojos llenos de cariño por su viejo amigo. Y él comprendió que sus dudas habían sido infundadas y que si sus sospechas le habían hecho daño, le compensaría con creces.
Pero Loni no encontró en sus ojos lo que buscaba, y trás la última noche de conversaciones, no volvió a invitar a Isaac a su casa y se encerró en el taller.

Pasaron así largas semanas sin que ni Menahem ni Isaac supieran nada de la joven toreador, que no salía de su casa, encerrada con sus herramientas. Sabían que Pierre le ayudaba para alimentarse, puesto que ella no salía a cazar jamás, y si, a cualquier hora de la noche uno pasaba en las cercanías de su casa, podía escuchar, en cualquier momento, el repiqueteo del cincel sobre la piedra.

Hasta que un día, estando Isaac cómodamente sentado en su butaca, sumergido en la lectura de los libros de leyes, tratando de regresar a sus tiempos de juez y erudito, tres golpes quedos sonaron en su puerta.

Isaac frunció el ceño, pues era muy avanzada la madrugada y faltaba poco para el amanecer, de modo que se levantó de su butaca sin cerrar el libro y fue a abrir la puerta, temeroso de que se tratara de una emergencia.

En la entrada, y con el gesto solemne, estaba Pierre.
_ Mi señora desea veros en su taller ahora .-dijo- Hay algo que desea mostraros.
Isaac asintió, intrigado y en cierto modo alegre, pues echaba de menos a su vieja amiga y le preocupaba que se hubiera encerrado para languidecer a causa de la muerte de Talbo.

Caminaron en silencio por las calles de Girona durante varios minutos, sin cruzarse con nadie en su camino, dada la hora que era. Aquí y allá se oia el sonido de la gente al despertar y moverse en la oscuridad, y tan solo en el taller del panadero había luz, y el aroma de las hogazas de pan inundaban las calles.

Al fin llegaron a casa de Loni. Del interior llegaba el eterno repiqueteo, que tan solo cesaba durante el día y en ocasiones ni siquiera entonces. Pierre no llamó a la puerta. Sacó de los pliegues de su capa un manojo de llaves y abrió, haciendo pasar a Isaac.

Encendió algunos faroles que, aunque no eran necesarios para ver, daban al hogar un aspecto acogedor, y pidió a Isaac que le acompañara. Entraron por una portezuela a la derecha del salón y bajaron unos escalones.
Allí el aire era más frío y humedo, y Pierre se frotó los brazos con energía.
Llegaron a otra puerta, de madera, y sin llamar de nuevo, entraron.

Lo primero que notaron al entrar, fue que el repiqueteo era mucho más audible allí, puesto que provenía del fondo de la gran sala, el taller de Loni, repleto de esculturas distribuidas junto a las paredes.
Una vez Isaac hubo entrado, Pierre salió de la habitación, cerrando la puerta trás de sí.

Isaac miró a su alrededor un instante: nunca había entrado en el taller y ahora le sorprendía la cantidad de figuras talladas que había allá donde posara la vista.
Junto a la puerta, y apartada de todas las demás, había una escultura.

Se trataba de un ángel que, arrodillado en el suelo, miraba al cielo con gesto de súplica, con los brazos extendidos y las enormes alas desplegadas. Casi parecía que iba a echar a volar, o que si acariciaba las plumas de sus alas, sentiría su tacto suave bajo las yemas de los dedos.
Y entonces vio el rostro y lo reconoció.
Era el muchacho que había visto en Toledo, el Tercer Caín, el muchacho que Malkav había querido poseer y que Loni, con ayuda de la extraña mujer, Layla, habían matado.

Un nombre vino a su mente.
Pedro.

Recordó el rostro desencajado de Loni cuando cuchillaba el vacío como si estuviera loca, sus lágrimas cuando sostuvo el cadaver entre sus brazos.
Quería a aquel muchacho.

Sacudió la cabeza, tratando de sacar aquellos pensamientos de su mente: aquello ya había terminado, y ahora quería olvidar.
Se adentró más en el taller, dirigiéndose hacia el lugar del que venia el repiqueteo contra la piedra.

Loni estaba allí, subida a una pequeña escalera de madera, tallando con el cincel una nueva creación. Iba vestida con un sencillo vestido de paño y un delantal, y se había recogido el cabello rubio ceniza en la nuca para que no le molestara.
Isaac observó la escultura, y no pudo reprimir una exclamación.

Tan inmortal como era por su sangre, la enorme figura de la estatua de Isaac dejó impresionado al juez.
En su mano derecha, sostenía un pesado tomo, que sin duda se trataba de un libro sagrado o de leyes, y el puño izquierdo se cerraba alrededor de la empuñadura de una espada, apoyada contra el suelo.
Su espada.
Loni estaba terminando unos detalles de la túnica con esmero.

Isaac recorrió la figura con la mirada y admiró el arte de la joven toreador: si había sido capaz de hacer todo aquello en unas pocas semanas, era realmente una maestra en aquel arte...
_ Isaac..- dijo Loni, sin volverse, sin dejar de trabajar- te esperaba.
Isaac salió de su ensimismamiento.
_ Loni, es magnífica -dijo, como si le costara articular palabra.
La mujer no se volvió, siguió trabajando.
_ Gracias... pero aun no está. ¿Me pasas la lija?- y sin volverse señaló una mesa a su espalda.

Isaac se acercó la mesa, repleta de herramientas, sin saber cual era la que tenía que coger.
_ Esa, la del mango desgastado- dijo, como si le hubiera leido el pensamiento. Isaac tomó la lija y se acercó a la escalera para tendersela.
Sin mirarle, Loni tomó la lija y pulió la filigrana con la que reproducía el bordado que tenía la túnica de Isaac, la que gustaba llevar en ocasiones importantes.
Continuó deslizando la lija unos instantes, y al fin retrocedió un instante para ver el efecto de su obra.

Satisfecha con lo que había conseguido, se volvió y depositó la lija en la mano de Isaac.
Pero no la soltó.
Le miró fijamente a los ojos hasta que pudo sumergise en ellos. Isaac estaba visiblemente emocionado, y acarició con una mano los pliegues de la túnica.
_ Es magnífica, Loni.- dijo, pero ella no le soltó la mano ni dejó de mirarle.
El tiempo se detuvo un instante, y sus ojos se clavaron los unos en los del otro, y al fin, con un suspiro, Loni soltó la mano y se volvió hacia la escultura y comenzó a repiquetear.

_ No estaba segura de cómo hacer la forma de tus cejas.- dijo. Isaac supiró aliviado y arqueó las cejas para facilitar la tarea de la artista.
Al fin y al cabo, era el modelo...

Pasarón así unos minutos más, Isaac en silencio y Loni repiqueteando con el cincel hasta que de nuevo se detuvo, bajó la escalera de madera y miró alternativamente a la estatua a Isaac.
Al fin asintió rotundamente, complacida.
_ Ya está.- dijo- está lista.

Se quitó el polvo de piedra de las manos frotándolas con el delantal. Cerró los ojos, arqueó un poco el cuello y relajó su cuerpo con un suspiro, cargado por el extasis creativo que la había embargado todo aquel tiempo.
_ Es perfecta.- dijo Isaac, agradeciéndole aquel esfuerzo- jamás me había fijado en tu tremenda habilidad.

Loni entreabrió los ojos.
_ ¿Sabes por qué lo he hecho, Isaac?- preguntó en voz baja. Isaac se acercó a la estatua, inspeccionando el libro tallado, y Loni se acercó a él por detrás, y le rodeó con sus brazos de alabastro, hundiendo el rostro en su espalda y dejando caer el cincel en el suelo con un sonido metálico, estruendoso.
Isaac sonrió y se volvió, abrazándola a su vez, como si fuera una niña pequeña, la niña pequeña y desprotegida que siempre le había parecido que era. Loni se acurrucó contra su pecho, y por un momento, el juez casi notó un latido de corazón en el pecho de la toreador.
Tratando de no dejar de sonreir, con suavidad, se deshizo del abrazo, separando su cuerpo el de Loni.
_ Cuentame -preguntó con dulzura- ¿Por qué lo has hecho?

Loni no respondió. Le miró con unos ojos llenos de comprensión y tristeza y le tomó una mano.
_ De acuerdo...- dijo con una voz que era una mezcla de determinación y lástima de si misma- Pero déjame al menos hacerte un regalo.
Isaac alzó las cejas, sorprendido.
_ Pensé que eso era lo que querías que viera-dijo, echando un vistazo a la escultura. Loni tiró de su mano.
_ Ven.
E Isaac se dejó guiar por la casa, aferrado a la mano de Loni.

Llegaron entonces a una habitación sin ventanas, con una gran cama en el medio, rodeada de velas encendidas, creando juegos de sombra que se proyectaban y danzaban por las paredes. Guiándole, le hizo sentarse en el borde de la cama, y una vez lo hubo hecho, se sentó sobre sus rodillas.
Isaac que no entendía, la miraba inseguro, sin saber si debía detener aquello para evitar cualquier malententido que lamentara después.
Loni rodeó el cuello con sus brazos y le hizo descansar la cabeza contra su pecho, meciéndolo con un movimiento rítmico y suave, casi atávico.
_ Dejate llevar-dijo en un murmullo inaudible- no te resistas...

Isaac relajó su cuerpo, siendo solo consciente de aquel movimiento, y de pronto, Loni se detuvo.
Pero antes de que tuviera oportunidad de hablar o moverse, sintió como su cuerpo era más ligero, se sintió liviano y se dio cuenta, de que estaba flotando.

Miró hacia abajo: su cuerpo sostenía a Loni en sus brazos.
_ Ven conmigo.- dijo una voz a su espalda.
Loni flotaba junto a él, varios metros por encima de la cama. Le tomó la mano y tirando de él, atravesó la pared.

Se vio entonces flotando, su espiritu casi entrelazado con el de Loni, volando bajo el cielo estrellado en cuerpos de plata, viendo su Girona natal a vista de pájaro, y de repente, una inquietud que no entendía, hizo presa en él.

Pero Loni, no parecía preocupada, y le llevó sobrevolando los campos hasta que se detuvieron en un prado. Y entonces Isaac comprendió su miedo.
Iba a amanecer.
_ Pase lo que pase.- dijo Loni-no te sueltes.

Y de pronto, como si esperara una señal, el sol apareció trás las colinas, derramando su luz por los campos y bañando todo de color. Isaac asustado abrazó a Loni y escondió el rostro contra su cuerpo, pero se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada y se volvió.

Por primera vez en treinta años, estaba viendo la luz del sol.

Deslizó la mirada por los campos de verde intenso, al cielo azul, a las flores de colores vibrantes, a los rayos del sol cada vez más intensos, según el gran astro ascendía en su camino diario.

De pronto, reparó en dos personas a algunos metros de donde ellos estaban. Una mujer y una niña.
Y dos lágrimas cayeron de sus ojos y fueron a caer al suelo.
Tal y como las recordaba en su memoria, allí estaban su esposa y su hija, con la paz dibujada en el rostro.
Quiso acercarse, tocarlas, pero tuvo miedo de romper el hechizo si se acercaba demasiado.
La mujer y la niña saludaron con la mano y sonrieron.
_ Tenemos que irnos.- dijo Loni, a su lado. Isaac negó con la cabeza, suplicante.- Donde ellas están no puedo llevarte.
_ Un momento más -murmuró, casi sin poder hablar, suplicante- solo un instante más, por favor...
_ Tenemos que irnos, Isaac.- tiró de su mano, flotándo de nuevo- Vamos.

Isaac asintió levemente y alzó la mano para despedirse de aquella ilusión. La mujer y la niña le sonrieron y le despidieron con la mano mientras se alejaba en el aire, de la mano de Loni.

Flotaron de nuevo sobre los campos hasta la ciudad, bajo el sol brillante, y volvieron a atravesar los muros de piedra, retornando a sus cuerpos.
Despertó la noche siguiente.
Seguían aferrados el uno al otro, pero ahora estaban tumbados en la cama y Loni se había encogido sobre sí misma, contra su pecho.
Isaac miró al techo, tratando de asimilar lo que había visto, lo que había ocurrido.
No olvidaría aquello jamás... Su esposa, su hija, tan felices, tan hermosas...
Aferró el vestido de Loni lleno de pena, rabia y alegría a un tiempo.

Se dio cuenta entonces de que Loni no se movía.
No había abierto los ojos y había caido dormida en el momento en que volvió a su cuerpo, agotada por el esfuerzo sobrehumano de arrancarle de su cuerpo y llevarle con ella en su viaje del alma.
Isaac la miró con ternura, lleno de agradecimiento y de cariño, y apartó un mechón de pelo que le caia sobre el rostro, besándole la frente y dejando que una lágrima de sangre cayera sobre su piel de alabastro.
Después la recostó contra su pecho y la rodeó con los brazos, haciendo firme la decisión de permanecer a su lado hasta que despertara.

Loni no despertó aquella noche, ni tampoco la siguiente, e Isaac permaneció a su lado, sentado en una butaca junto a la cama, observando aquel rostro que parecía de niña, incapaz de entender como había podido sospechar de ella.
Pierre tan solo entró una vez en la habitación, preocupado al ver que su señora no despertaba, pero al ver a Isaac velando su sueño, pareció comprender, y con un atisbo de envidia en su mirada, cerró la puerta y siguió ocupandose de la casa.

Y la tercera noche, despertó.
Estaba aún cansada, pero sobre todo, estaba infinitamente triste.
Isaac se inclinó sobre la cama y le acarició el rostro con dulzura.
Ella le miró. Sus ojos eran tristes pero mostraban determinación.
Le tomó la mano.
_ Esto fue lo último que podías querer de mí y que yo podía darte.- su voz era débil, pero entendió con amargura lo que la muchacha le decía.
Se observaron en silencio.

Oyeron pasos en el piso superior. Unos pertenecían a Pierre, ligeros y rápidos. Otros parecían mucho más pesados.
Isaac apretó la mano que sostenía la suya y habló:
_ Loni, te quiero.-dijo, mirándola a los ojos- Tu eres mi familia ahora, lo único que tengo, ahora que apenas me queda nadie.

Y en aquel preciso instante en que decía aquellas palabras, se abrió la puerta.
Y una voz dijo:

_ Sea.

Y con un golpe de una fuerza irracional, Talbo, con el rostro desencajado, sin poder creer lo que acababa de ver, cerró la puerta trás de sí, partiéndola en dos y astillandola contra el marco.
_ ¡Talbo- exclamó Loni saltando de la cama,y corrió trás él.
Sabía por qué no había atacado a Isaac: era su hermano de sangre y le respetaba demasiado.
Débil como estaba, tiró durante unos instantes de la puerta rota e impracticable hasta que consiguió abrirla y corrió trás su marido.

Talbo no se detuvo, continuó caminando con grandes zancadas, con una mochila al hombro, haciendo caso o mismo a las llamadas de su mujer, que corría trás él, débil, renqueante.

Loni le siguió por las calles, sin alcanzarle, sin que se volviera para mirarla, hasta que llegaron al río, y sin dirigirle una última mirada, Talbo se lanzó al agua y desapareció.

La joven toreador llegó a la orilla del agua segundos después de que su esposo saltara, pero ya se había desvanecido en el agua oscura.
No iba a seguirle, había decidido que ya no la necesitaba a su lado.

Y Loni, al pie del agua, con el viento agitando su cabello y el vestido arrugado que llevara tres noches antes al trabajar en el taller, le perdonó como le había perdonado cuando estaban vivos y las Voces le habían dicho que muchas mujeres esperaban su regreso.

Era hora de tomar decisiones.
 

Crónicas de Sangre y Alabastro Copyright © 2010 | Designed by: Compartidisimo