22 mar 2005

Sesión Décimo Novena: Damasco

Una vez en Asia, iniciaron el largo camino hacia el sureste, aunque por el momento siguieron la linea de la costa. El viaje fue relativamente tranquilo, con pocas incidencias aunque cada vez fue más frecuente el paso por ciudades en las que el príncipe era un sultán assamita según se acercaban al corazón del territorio dominado por este clan, tan enemigo de los cristianos.
Pasaron los meses y llegaron al fin a los territorios de Ultramar, al último bastión cristiano de las cruzadas.

Viajaban, pues, de incógnito, depredando viajeros solitarios o animales en granjas, pero al fin, y tras menos peligros de lo esperado, cruzaron la frontera disputada entre moros y cristianos y entraron en territorio musulmán, en los dominios de la ciudad de Damasco.

Alzándose sobre la orilla de un río, Damasco brillaba bajo la noche plateada con sus esbeltas murallas. Anatole y Lucita guiaban. Al parecer, en su última visita emplearon una entrada secreta que les mostraron los ravnos cristianos de la ciudad.
Llegaron a una pequeña casa, un molino de harina, y tras entrar en ella, Lucita se desnudó y envolvió en una bolsa de cuero más o menos estanca sus ropas. Loni la imitó mientras Anatole abría una trampilla en el suelo y se deslizaba a la corriente que corría bajo la casa e impulsaba el molino.
Las dos mujeres le siguieron, entrando por la trampilla una detrás de otra.

El interior era un pasaje largo,del tamaño de una persona, y en la parte superior tenía abrazaderas de metal para facilitar el paso, y pese a todo, Loni sintió el ahogo como un reflejo de su vida de mortal y braceó para salir a la superficie, pero su cabeza golpeó contra la fría piedra sin que encontrara aire y entonces, solo entonces, se dio cuenta de que no se ahogaba, que ya estaba muerta.
Trás más de una hora de paso, y habiendo un gran trecho caminado, llegó hasta una escalerilla junto a la cual la esperaba Lucía, que le hizo con las manos un gesto para que subiera. Todo estaba oscuro arriba, pero Loni percibió, con aquellos sentidos suyos, una luz que se filtraba por una pequeña trampilla.

Cuando salió, Anatole estaba secando sus ropas. Estaban en el interior de una casa, a oscuras, pero vio a Lucía salir trás ella y comenzar a secarse antes de vestirse, de modo que la imitó.
Una vez secos, Anatole se acercó a la puerta y, con una navaja, rajó su brazo y extrajo de su interior una llave para abrir. Salieron y cerraron trás ellos, y trás aquello Anatole cerró con la llave, y para disgusto de Loni, volvió a introducir la llave en el brazo y cerró la herida con el poder de su sangre.
Loni, aunque disgustada, tomó nota de aquella curiosa manera de esconder objetos, que nunca había visto utilizar antes.

Estaban dentro de Damasco.

_ Bueno - dijo Lucía observando las calles que se extendían ante ellos.- Ya estamos dentro. Deberíamos ir a presentar nuestros respetos al sultán Salih- se volvió hacia Loni- ¿Sabes? Antes esta ciudad era un bastión de los toreador. Pero hubo un conflicto con baalis hace unas tres décadas, y su sultán murió. Era Darshuf, chiquillo de un chiquillo de Miguel de Constantinopla. Gracias al actual sultán, el nido baali fue destruido.
_ ¿No tenía chiquillos Darshuf?
Lucía asintió:
_ Sí... corrupto por los baali, uno de ellos. Y una chiquilla, pero perdió apoyos. Cuando pasé por aquí, llevaba pocos años de sultán. Me sorprendió su juventud. - se abrochó la capa- Vamos.
Y se lanzaron a las calles de Damasco.

Llegaron al barrio judío de la ciudad. Una gran casa era el lugar en el que habitaba el sultán. En la puerta, dos hombres vigilaban la entrada, pero trás hablar brevemente con Lucía, les hicieron pasar al interior.
La casa le recordó, una vez dentro, a Isaac, y sintió una pequeña punzada en el pecho que se apresuró a enterrar bien profundo, donde ya no pudiera herirla.
La casa era grande y espaciosa, enriquecida por el comercio judío.

Trás hacerles esperar un poco en la entrada, sobriamente decorada con algunas luces de aceite y pocas velas, entraron al salón, donde había algunas mesas y sillas.
En una, a la lumbre de una lamparita, había un hombre envuelto en vendas y cintas y cubierto con un manto de lino.
_ Saludos...- dijo el hombre, sin levantarse, con una voz amortiguada por los vendajes- Sentaos, por favor... Soy Salih ibn Moussa, sultán de Damasco.- miró a Lucía.- A tí, Lucía Ibn Monçada y Anatole de Francia os conozco, más ¿Quién es la bella dama?
Loni hizo una reverencia.
_ Loni Ibn Lances.- contestó.
Salih frunció el ceño.
_ No me suena ningún Lances.- dijo, y Loni casi se alegró- Bueno, ¿qué os trae a Damasco?
Loni se dio cuenta entonces de que unos ojillos rojos vigilaban desde la oscuridad todos sus movimientos. Al volverse, vio en los pequeños agujeros de las paredes, los ojos de las ratas y un escalofrío recorrió su espalda.
_ Hemos venido a quedarnos una temporada.-dijo Lucía- Espero encontrarme aquí con alguien.
Salih asintió.
_ Bien, en ese caso, si es sólo temporal, podeis alojaros en el barrio cristiano. Id a la casa de Habib. Os acompañará Ioseph, uno de mis guardias. Él os dará alojamiento y asignará zonas de caza temporales.A parte de esto, ¿teneis noticias? Me interesa saber qué pasa allende los mares...
Anatole no dijo nada, y Lucía le explicó la guerra entre los tzimisce y los ventrue que continuaba en Transilvania. Trás esto, se marcharon.

Habib resultó ser un ravnos cristiano, dedicado al comercio, y un aliado importante de Salih. Rápidamente les asignó una casa en el barrio cristiano y les dio un territorio de caza temporal que se solapaba parcialmente con el suyo... y con el de los tremere de Damasco.

Habib hizo que Darla, su chiquilla, les llevara hasta una casa de su propiedad donde les alojarían. Lucía, al llegar a la casa, explicó a Loni que el sultán le debía un favor de su última visita, y de ahí su amabilidad.
_ ¿Y cómo hace alguien para tener endeudado a un sultán, Lucía?
_ Digamos que... quitando de en medio a alguien que le molestaba.- respondió, y Loni recordó que Lucía era conocida como diestra asesina.
_ Interesante. ¿Algo que deba saber de Damasco?
_ Los tremere de Damasco son especiales. Están acosados por el clan principal, pues se les considera herejes entre los brujos. Un antiguo capadocio les tiene bajo custodia en la ciudad, y es bien sabido que el mal de estos tremere será respondido por los capadocios. Y los tremere no tienen tanto poder en estas tierras como para poder acabar con ellos.

Una vez instalados en la casa, Lucía sacó su espada y comenzó a afilarla, en tanto que Anatole subía al tejado para mirar las estrellas.
Antes de partir, Darla anunció que podía mostrar la ciudad a quién quisiera, y Loni y ella dejaron la casa y recorrieron las calles de Damasco, dirigéndose a la gran Mezquita Umayyade de Damasco.
Se trataba de un edificio impresionante, mucho más espléndido que las mezquitas que habían encontrado al camino, y cuando se disponía a entrar en el edificio, un escalofrío recorrió su espalda a sentir la fé de aquel territorio sagrado al tiempo que Darla le decía:
_ Es peligroso entrar. Hay mucha fe en ese sitio.
Desilusionada, Loni asintió, y continuaron caminando por la ciudad hasta las sinagogas.

El barrio judío de Damasco había prosperado notablemente, según Darla, con el advenimiento del sultán Salih. En general, hablaba bien de éste, pues respeta a los demás clanes de la ciudad y les dejaba hacer su parte sin más, aunque a los cristianos, con tantas cruzadas, no acababa de irles del todo bien.
Las sinagogas eran sobrias. Los judíos no se escondían, aunque también quedaba claro que no quierían llamar la atención. De hecho, costaba distinguir las dos sinagogas del resto de las casas circundantes.

En Darla,por otra parte, había algo sorprendente. No parecía una ravnos: su belleza, manera de hablar, de moverse... tenía los modales de una toreador. Incluso, al hablar de las excelencias de la Gran Mezquita, puso Loni comprobar que la muchacha entendía de arte.
Cuando el amanecer estuvo cerca, Darla la acompañó de nuevo a la casa.
Al llegar, Lucía había terminado con su espada y trabajaba ahora en su peto de cuero.
Loni subió directamente a su habitación y allí vagó por las imágenes de la moneda hasta que cayó dormida.

La noche siguiente, Lucía se levantó la primera, y cuando Loni bajó al salón, la encontró entrenando con la espada. Parecía estar preparándose para algo importante.
Loni preguntó si podía entrenar con ella, pues le interesaba adquirir destreza con la espada, y Lucía aceptó.
Pero la Lasombra estaba nerviosa y perdía facilmente los nervios, y para cuando desarmó por enésima vez a Loni sin esfuerzo alguno, con los ojos inyectados en sangre, tuvo que controlarse para no atravesarla con la espada.
Loni sonrió para sus adentros. La fría y calculadora Lucía no era ni tan fría ni tan calculadora.
_ Será...- gruñó Lucía- Será mejor que lo dejemos por esta noche...
_ Claro.- sonrió con ironía Loni. Y volvió a su cuarto, escaleras arriba, para hacer el esbozo de aquella extraña ciudad que Arístides le había mostrado.

Estaba absorta en el dibujo cuando, poco después, escuchó la puerta de la calle cerrarse y oyó voces.
_ Te esperaba.-dijo una voz.
_ Lo sé.- respondió la otra.
Y ya no pudo escuchar más, pues las paredes de piedra eran gruesas y retenían el sonido, de manera que se reclinó sobre la almohada y proyectó su alma al exterior, atravesó la pared y bajó al salón para observar lo que ocurría.

Había una mujer con Lucía, mirándola fijamente, y Loni supo al instante que era Fatimah, espada en mano.
_ Lucita...- dijo la mujer- ¿Por qué has vuelto?
Lucía también sostenía la espada, lista para ser usada, pero miraba a la mujer con fanatismo.
_ Trabajo. Y necesito tu ayuda.- Loni alzó astralmente una ceja.
_ ¿Quién?- fue la pregunta de Fatimah.
_ Theresa Kymena y su chiquilla renegada. Los tremere han decidido acabar con la capilla hereje. Necesito cobertura para salir de Damasco y evitar al capadocio que las protege. Anatole no me acompañará. Mi acompañante, Loni de Lances, no sabe nada de esto, dudo que lo aprobara.- y Loni sonrió irónicamente desde su cómoda posición invisible.
_ Esto tendrá un precio.- dijo Fatimah.
_ Lo sé. Los tremere de Ceoris se comprometen a respetar a los assamitas de Tierra Santa durante veinte años si me ayudáis.
Fatimah negó con la cabeza.
_ ¿Veinte años para que se puedan preparar para invadir?
_ No lo sé, pero ese es su compromiso.
Fatimah apretó fuerte la empuñadura de su espada.
_ No te ayudaré, Lucía. Los tremere herejes nos han pasado secretos de los tremere. Nuestros hechiceros les deben mucho. No, al clan no le interesará que mueran.
Lucía hizo lo propio con su espada.
_ Entonces estamos de nuevo en bandos rivales.
Fatimah asintió y se arrojaron una contra la otra, embistiendo con sus espadas, sumergiéndose en una lucha feroz bajo la mirada divertida de Loni. De pronto, trás una embestida, ambas quedaron desarmadas y, trás un instante de desconcierto, se lanzaron una sobre la otra y se fundieron en un apasionado beso.
Minutos después, exhaustas las dos, habló Fatimah.
_ Te doy dos días antes de avisar a nadie de tus planes. Ni uno más. No haré más por ti.
Y trás decir aquello, cogió su espada y se marchó, dejando a Lucía tumbada en el suelo y mirando el techo.
Loni aprovechó para regresar a su cuerpo y continuar con su esbozo, pero apenas tuvo tiempo antes de que Lucía la llamara desde el salón.
_ ¡Loni! ¡Anatole!- gritó, y escuchó el estruendo de los pasos del malkavian bajando del tejado. Salió de la habitación y bajó las escaleras.
_ Si vamos a cazar en el territorio de los tremeres por voluntad del sultán Salih, creo que deberíamos hacer una visita de cortesía a su capilla- dijo Lucía.
"Mentirosa", pensó Loni, pero no dijo nada.

Caminaron por la ciudad, con Lucía intentando recordar las indicaciones de Darla, hasta que llegaron a una casa tal cual la recordaba Lucía.
Llamaron a la puerta y abrió una joven de aspecto frágil y delicado.
_ Buenas noches, señores.- dijo la muchacha.
_ Buenas noches, mi nombre es Lucía de Aragón, y estos son mis acompañantes Anatole y Loni de Lances. El sultán Salih nos ofreció durante nuestra estancia en Damasco parte de sus territorios de caza... temporalmente, claro. Y veníamos a presentarnos.
_ Entiendo.- dijo la joven.- Si Salih lo dispuso así, están en su derecho. Pasen, por favor.
Y se retiró de la puerta haciéndoles pasar al interior.

Lucía tomó asiento enseguida, y la joven la imitó, mientras Loni paseaba por la estancia mirando los libros en los estantes.
_ Siento informaros que mi señora no se encuentra en la ciudad, pero yo le haré llegar vuestros saludos.
Lucía alzó una ceja.
_ ¿No sois la regente de la capilla, pues?
_ En ausencia de mi señora, soy yo la que ejerce sus funciones.
Loni notó la decepción el Lucía.
_ Bien... Bueno, ¿hay algo que debamos saber de estos territorios de caza? ¿Algún sitio al que no debamos acercarnos? ¿Protegidos?
La joven negó con la cabeza.
_ Podéis ir libremente, nosotros tan solo protegemos a nuestro rebaño, sabrán reconocerlos, mi señora marcó a nuestro seguidores. Pero os aconsejo que tengais cuidado al acercaros a alguno de los sitios sagrados, muchos de ellos están cargados con una gran energía.
_ lo que me ha sorprendido- interrumpió Lucía- ha sido ver a tremeres en una ciudad como Damasco. Están muy lejos de los territorios tremere.
_ Somos una comunidad reducida, nos dedicamos a nuestros asuntos e intentamos pasar desapercibidos- respondió la joven.
_Ya...- dijo Lucía poniéndose en pie- Bueno, pues ha sido un placer conoceros, señora...
La muchacha también se puso en pie.
_ Espero que no tengais ningún problema, si necesitais saber algo más sobre la zona os responderé encantada para que no haya malentendidos.

Se dirigieron hasta la puerta, pero justo cuando iban a salir, Lucía se detuvo.
_ Por cierto, ¿sabeis cuándo regresará la regente? Necesito los servicios de un tremere.
_ No puedo deciros una fecha exacta, partió a hacer unos estudios y puede demorarse un tiempo, quizá pueda ayudaros yo...
Lucía pareció dudosa.
_ Mmm... No lo sé. Un amigo común de Constantinopla me dijo que ella era capaz de leer los sueños de los demás.
La joven asintió.
_ Quizá queráis hablarlo en privado...
Lucía miró a Loni y a Anatole.
_ Son de confianza. Pero preferiría que no estuviésemos sujetos a posibles escrutinios mágicos. ¿Hay algún lugar protegido en la capilla para hablar?
_ Como queráis.- contestó la muchacha.- ¿Quién os dijo que vinierais aquí?
_ Vykos.- fue toda la respuesta de Lucía, y no hizo falta más pues la muchacha asintió y les guió escaleras abajo.

Las escaleras llevaban a un pequeño sótano, en el que había tres puertas protegidas por glifos. La muchacha abrió la de la derecha y entraron, sin embargo parecía que las protecciones mágicas ponían nerviosa a Lucía. Entraron a un laboratorio con extrañas inscripciones carmesí en las paredes.
_ ¿Es seguro este lugar?- preguntó Lucía.
_ Aquí podemos hablar con seguridad, no es el espacio más acogedor pero es seguro.
Lucía sonrió.
_ Entendido.

Y de pronto, de bajo de una de las mesas, surgieron sendos tentáculos de oscuridad que sujetaron a la tremere inmovilizandola, y con un gesto rápido, Lucía extrajo de su capa una estaca y atravesó con ella el corazón de la joven.
_ Recuerdos de los tremere.- dijo Lucía- ¿Donde está Theresa Kymena? Habla o te mato aquí mismo.
La muchacha estaba sorprendida y asustada.
_ No está en la ciudad, ya os lo dije, no sé donde fue.
Lucía frunció el ceño.
_ No quiero saber donde no está. Sino donde está.

Loni penetró en la mente de la joven. No tuvo que buscar mucho.
Kaymakli, con el Capadocio, estudiando ruinas.
Saltó entonces a la mente de Lucía y depositó allí aquel pensamiento.
Lucía la miró entonces fijamente durante unos segundos, y entonces se volvió, dando la espalda a la tremere.
_ De acuerdo. Yo y Anatole hemos acabado aquí. Haz lo que quieras con esta. Loni, yo iré a ver qué es eso de Kaymakli. Nos veremos en el puerto de Tiro, en un mes. Te recomiendo que cuando acabes con esto, te largues de aquí.
Y ambos se marcharon.

Loni paseó entonces entre las mesas del laboratorio, mirando los libros que había por allí, libros de laboratorio, celosamente escritos o recopilados durante años.
_ Señora, liberadme y dejaré que os lleveis cuanto queráis.
_ Pensaba llevármelo de todas maneras, pero... no puedo fiarme de tí ¿Verdad?- respondió sin volverse para mirarla.
_ Os han abandonado aquí, por lo que veo. ¿Podéis confiar en vuestros compañeros?

Loni sonrió.
_ Oh, ellos ya están de camino a Kaymakli.
_ ¿Ya han abandonado la ciudad?
Loni se encogió de hombros.
_ Es posible. Como bien has oido, no me han hecho partícipes de sus planes. Pero no me importa. No pretendo llevar un asesinato a mis espaldas, así que llegaré a un acuerdo contigo.
_ ¡Por favor...!- imploró la muchacha.
Se paseó por la habitación.
_ Dijiste que había libros peligrosos aquí- dijo- Quiero saber cuales y por qué.
_ No son peligrosos en sí mismos, si no lo que contienen.- trataba de asustarla.
_ Perfecto.
_ Pero dudo que llegarais a descifrarlos por vos misma.- y ahora trataba de ofenderla.
_ Oh, no te preocupes por eso. Pero creo que voy a llevarme unos cuantos. Te ofrezco tu vida y la de Theresa a cambio... de ciertos tomos.
La muchacha la miraba asustada, sin poder moverse, con la terrible estaca atravesándole el pecho.
 

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