30 abr 2005

Sesión Vigésimo Cuarta: Carnaval

La esperada noche había llegado: toda Venecia se había engalanado para recibir a su fiesta mas conocida: Carnaval.
Aquí y allá faroles de colores, máscaras y trajes de ensueño, carrozas adornadas, gondolas revestidas con sedas... Toda Venecia se preparaba para la gran fiesta.

En un carruaje, Michelle de Mauvernay contemplaba embelesada las plumas rojas y amarillas de su máscara: había escogido para la gran celebración de Lucio Giovanni un hermoso vestido en sedas vistosas del color del fuego, adornadas con plumas y rubíes, y bordadas con hilo de oro. La máscara, a juego, era el rostro de un ave de pico dorado y resplandecientes ojos de rubí.
Vincenzo iba sentado a su lado y la contemplaba embelesado, pues para aquella ocasión Michelle había decidido no ocultar su belleza y mostrarla sin recato alguno.

La fiesta se celebraba en un hermoso palacio cedido por el príncipe, y el Caronte que tallara recibía a los invitados en la entrada. Del interior surgía el rumor de las risas, el tintineo de las copas y una hermosa melodía que invitaba a bailar.
Nada más entrar, un sirviente les informó, discretamente, que en el sótano podían disfrutar de un "refrigerio".

Entraron de la mano en la fiesta y tomando una copa de un aparador, permanecieron a un lado de la zona de baile, contemplando a los invitados en sus máscaras danzando en un remolino de color. Lucio Giovanni se acercó a ellos para saludarlos personalmente, y de la misma manera dio la bienvenida a otros invitados ilustres, como Ambrogio Giovanni, que vestía ropas completamente blancas y una máscara inmaculada del mismo color, que llegó acompañado de un pequeño séquito de hombres y mujeres, todos vestido de negro y con un broche con la inicial de la familia Giovanni.

Trás él, llegó la sorpresa.
Con porte solemne, entraba en la sala Rodrigo de Lances.
Michelle apretó con fuerza la mano de Vincenzo junto a ella, pero sus uñas se hincaron en la carne cuando vio quién acompañaba a Rodrigo cogida de su brazo.
Si no hubiera sabido ella misma a ciencia cierta que era del todo imposible, puesto que era ella misma, Michelle hubiera jurado sobre el fuego que aquella mujer era la joven y delicada Loni de Lances.

No podía creerlo. Por supuesto, aquella mujer no era Loni ¡Ella era Loni! Y sin embargo era idéntica a ella misma antes de convertirse en Michelle. Un nombre acudió a su mente: Vykos, y cuando le vio aparecer en la sala, sus dudas se disiparon.
De modo que Rodrigo había "encargado" una nueva Loni... Aquello no olía bien.
Cuando llegó a Venecia, el príncipe de la ciudad le dijo que Rodrigo daba a Loni por muerta, de modo que aquella nueva Loni debió ser creada al identificarse Michelle como chiquilla suya... ¿Pero por qué una nueva Loni? Aquello era normal, le traería problemas, estaba segura, y sin embargo no podía desvelar su secreto revelandose como la auténtica Loni de Lances... Debía pensar. Debía hacer algo. Pero... ¿Qué?

Continuó charlando con Vincenzo mientras observaba la llegada de los invitados, y las sorpresas se sucedieron una trás otra: vestidos con sencillas máscaras, Lucía de Aragón y su inseparable Anatole entraban en la sala... y no solo ellos...
Con una sobria pero elegante máscara, y sin ningún otro disfraz, el buen Isaac cruzaba las puertas.
No podía creer - ni entender- que los hubieran reunido a todos aquella noche y en aquel lugar. Pero no todo era malo: habiendo tantas personas que la conocían como Loni, no debería ser demasiado complicado desvelar el engaño...
Acudieron muchos más ilustres invitados, cainitas y mortales, como miembros de la Familia Medici, que se presentaron ante Michelle con una profunda reverencia.

La fiesta transcurría plácida, pero la mente de Michelle no dejaba de pensar. Veía piezas del rompecabezas, pero no conseguía encajarlas e intuía que le faltaban algunas.
Cuando todos los invitados estuvieron dentro del salón -unos cien- Lucio Giovanni se dirigió a todos.
_ Bienvenidos a Venecia, amigos y amigas, invitados míos.-dijo, erguido orgulloso- Sabed que es un honor para mi teneros a todos y a todas presentes en este evento de esta noche. Y sabed también que esta noche, nuestro buen amigo el Señor Oscuro nos ha cedido este magnífico palacio. Por favor, un aplauso...- inclinó la mano hacia el príncipe de la ciudad y todos los invitados aplaudieron sonrientes.- El baile puede empezar. ¡Maestro, cuando quiera! - a un gesto suyo, la orquesta, que se habia detenido para dejarle hablar, reanudó su marcha.

Lucio tomó una silla de roble desde la que presidió el baile, y Michelle, cediendo al apuesto Vincenzo a una doncella enmascarada, recibió a Francesco, el comerciante genovés que se acercaba a ella acompañada por otro hombre enmascarado.
_ ¿Signora Michelle? Os presento a Luc, de quien os hablé...- dijo el hombre. Michelle frunció el hermoso ceño y Francesco recordó que no había dado ningun nombre durante su entrevista- Oh, perdón, creí que había mencionado su nombre. Luc, la Signora Michelle. Signora, el señor Luc.
_ Buenas noches, Señora.- dijo el hombre, y Michelle recordo que conocía aquel nombre... de Toledo... eljoven malkavian. Sin embargo no conseguía recordar su aspecto...
_ Enchantée, monsieur.- respondió realizando una grácil reverencia.- ¿Francés?
_ Sí, señora. Francés.-Luc tomó la mano pálida con suavidad y se la llevó a los labios, depositando en el dorso un beso.- Francesco solo me ha hablado maravillas de vos, creo que le tenéis completamente cautivado.
Michelle sonrió halagada y sonrió timidamente.
_ Me halagáis, monsieur. Siempre es grato encontrar a gente de la propia tierra.
Luc asintió.
_ Espero que Francesco os haya hablado de los servicios por los cuales necesito de vuestra pericia.- dijo. Michelle reprimió el impulso de fruncir el ceño. No le gustaba hablar de trabajo en los momentos de ocio. Asintió.
_ Así es, monsieur. Un busto de Nerón.- retiró un instante la máscara, levemente, y volvió a cubrise al segundo- Decidme ¿Pensáis quedaros mucho tiempo en la bella Venecia? Sería maravillos poder conversar con vos con más tranquilidad...
_ En verdad no mucho -respondió el hombre- aunque nunca se sabe a ciencia cierta y para mi seria un privilegio conversar con vos con mas tranquilidad. Lamentablemente mi antiguo tasador, sufrio un inconveniente por el cual no pudo viajar conmigo - Michelle pensó que se imaginaba el tipo de inconveniente, pero debía interpretar el papel de hermosa tonta- y al veros debo reconocer que me alegra no disponer de el en estos momentos, si no quizas no hubiera tenido la oportunidad de conoceros.
Michelle sonrió, aquel hombre parecía agradable... Si tan solo pudiera recordar al muchacho de Toledo...
_ Vuestro busto ya está listo, Monsieur.Tal vez querríais venir abuscarlo vos mismo, mañana.
Luc asintió cortesmente.
_ Será un placer.

Michelle sonrió sinceramente: ya tenía al primer invitado para el desenmascaramiento de la falsa Loni.
_ Debo atender unos negocios con los Giovanni,-dijo el hombre- quizá requiera de vuestra pericia para ellos. Pero por el momento os dejare disfrutar de la fiesta-volvió a tomar su mano para besarla con elegancia- hablar con vos ha sido lo mejor del dia.
_ Si está en mi mano ayudaros.- contestó ella con una reverencia cortés, y Luc se alejó mezclándose entre los invitados.

Michelle miró a su alrededor: La falsa Loni conversaba con Vykos y Lucio presidía el baile desde su silla de roble, y puesto que Vincenzo iba rodando de dama en dama, decidió acercarse a su anfitrión para tratar otros asuntos.
_ ¡Michelle! -saludó Lucio sonriendo ampliamente y poniéndose en pie para recibirla- Digo... ¡Signora Michelle! Espero que disfruteis de la fiesta.
Michelle asintió complacida.
_ Está resultando divina, signore.- se inclinó levemente a modo de saludo.- ¿Tal vez podáis ahora presentarme al joven Tonino?
Lucio abrió mucho los ojos un instante, con reconocimiento.
_ Claro, claro... Está arriba, ha venido con Ambrogino Giovanni. Subid arriba y decidle que venís de mi parte.- Luc se acercó a ellos justo cuando Michelle se alejaba, y aun pudo oir como se presentaba.

Arriba el sonido llegaba amortiguado. El suelo enmoquetado y las paredes de terciopelo retenían las risas y la música dando a todo un aspecto más apacible.
Un hombre vestido de negro señaló una puerta cuando preguntó por Ambrogino y trás llamar discretamente, abrió y entró.

En el interior, Ambrogino conversaba con el buen Isaac, y con ellos había un joven, que imaginó que sería Tonino, y dos mujeres.
Ambrogino se puso en pie al verla entrar. También lo hizo Isaac: parecía cansado y tenía los ojos tristes...
_¿Perdón? Esta es una sala privada.- dijo Ambrogino
_ Buenas noches, signores.- dijo la hermosa con una reverencia.-Me envia il signore Lucio.
_ Buenas noches, señora.- fue el saludo cortés de Isaac.
Ambrogino asintió con reconocimiento.
_ Lucio... Acercáos. ¿Con quién tengo el placer de hablar?- Michelle se adelantó unos pasos y saludó a Isaac con una leve inclinación de cabeza.
_ Madame Michelle de Mauvernay, para serviros.- se dirigó a Ambrogino- No deseo interrumpir vuestros asuntos, señores. Pero si podeis prescindir del joven Tonino, me agradaría charlar con él...
Ambrogino asintió.
_ ¡Ah! Si... Michelle de Mauvernay. Tonino, levantate.- El joven se puso en pie.- En la sala de al lado hay un privado. Por favor, Tonino, ¿acompañas a la Signora?- el muchacho asintió y, abriendo la puerta para permitir que Michelle saliera, ambos se marcharon de la habitación.

La habitación de al lado era pequeña y estaba decorada con gusto. Tonino, que no tendría mas de doce o trece años, la hizo pasar con la cortesía de un pequeño hombrecito y ambos tomaron asiento.
_ Bien, Tonino...- comenzó Michelle con voz dulce, acomodando su vestido- Tu tío me enseñó tus dibujos... - el muchacho parecía nervioso y Michelle imaginó que se debía a que no estaba acostumbrado a tratar con alguien como ella.
_ Así es...- carraspeó- Me gusta dibujar. El tío Lucio dice que tengo talento.
_ Y así es, Tonino - asintió Michelle con amabilidad- . Los dibujos que vi eran excepcionales. Estás dotado para el dibujo ¿Has probado a pintar en lienzo?
_ La verdad es que no- respondió el chico mirando a suelo- solo carbón.

¡Oh! ¡Había tanto... tanto potencial...!

_ Bien Tonino ¿Te ha dicho tu tió quien soy y por qué deseaba que hablaras conmigo?
El muchacho asintió timidamente.
_ Así es... ¿Querréis hacerme alguna prueba, o algo así? He traido mis cosas de dibujar. Las tengo en el armario.
_ ¡Oh!-exclamó Michelle llevandose una mano al pecho- ¡Qué apropiado! ¿Querrías tú dibujar para mi, Tonino?
EL muchacho se puso en pie y se dirigió al mueble del lateral.
_ ¿Qué quereis que dibuje...?- dijo, abriendo el armario.
Michelle se recostó sobre la silla.
_ Dejaré que dibujes lo que quieras. Para ver tu talento, no deseo ponerte limites: Sorpréndeme.

Tonino sacó pergamino y carbón y se sentó para comenzar a dibujar, no sin dejar de mirarla cada cierto tiempo. Un retrato... que muchacho tan encantador...
Tardó un poco, pero cuando terminó y tendió el pliego hacia ella, Michelle pudo ver que había inmortalizado su efigie, con el disfraz, pero con un aire algo sombrío...
_ ¿Os.. os gusta, señora?-preguntó inseguro.
Michelle estudió el dibujo.
_ ¿Tan oscura me ves, Tonino?
El chico frunció el ceño sin entender la pregunta.
_ ¿Oscura, signora?- parecía preocupado.
Michelle sonrió tratando de resultar conciliadora.
_ Me gusta, Tonino, me gusta mucho... pero creo que deberías tratar de captar mejor la energia de las personas en los retratos.- dijo- Tengo maestros que pueden enseñarte, si lo deseas.
Tonino sonrió sinceramente, pero su sonrisa era sombria, la sonrisa de un alma atormentada.
_ ¿Me acogeréis?- preguntó con el alma en vilo.
_ ¿Deseas que te acoja?- fue la respuesta de Michelle. El muchacho asintió vehemente.- Hay muchos muchachos como tú.- El chico parecía entusiasmado.- Perfecto entonces, Tonino. Hablaré con tu tío para decidir los detalles.- Tonino se levantó y se dirigó a la puerta.- Ah... hazme un favor, Tonino. Cuando hables con tu tío, comentale que Monsieur Luc me encargó un busto.
Tonino asintió y se marchó corriendo escaleras abajo.

Michelle salió trás él, justo en el momento en que Isaac abandonaba la sala en la que le había encontrado. Tenía mal aspecto y, aunque seguía recordando su vida en Girona como una espina clavada en su corazón, quería saber del pobre buen Isaac. Le llamó discretamente y él pareció no saber que se dirigía a él, hasta que al final, viendo que no podía dirigirse a nadie más, se detuvo a esperar que le alcanzara.
_ ¿Deseais algo, señora?-preguntó cortesmente.
Michelle sonrió con todo su esplendor.
_ ¿Vos sois al que llaman Isaac de Girona, signore?- Isaac asintió.
_ Así es, señora, un placer veros de nuevo.- besó su mano- ¿Cómo habéis sabido mi nombre?
_ ¡Oh...! Escuché cuando os anunciaron en la entrada, signore.- dijo, quitandole importancia- ¿Es la primera vez que venis a Venecia?
_ Así es, nunca había visitado la ciudad.- era extremadamente cortés y amable, pero se le veía abatido.
_ ¿Y os gusta Venecia? A mi me encanta.- un par de hombres pasaron junto a ellos en dirección al salón.
_ No he tenido tiempo para visitarla, usted regenta una academia según me han dicho, ¿no es así? - Ah, pobre y buen Isaac... sabía que eso te gustaría...
_ Sí, signore.- contestó con sencillez.- Enseño a algunos pequeños en mi casa.
Isaac le ofreció un brazo elegante.
_ ¿Queréis que regresemos a la fiesta? Vuestra ausencia no pasará desapercibida.
Michelle bajó la mirada con timidez y aceptó el brazo.
_ Oh, por supuesto, Signore. Estaba charlando con un futuro alumno, pero ya es hora de regresar.
_ Tonino ¿No es así? Buen pintor por lo que le he oido a Ambrogino.- Michelle asintió mientras comenzaban a caminar en dirección a la escalera. El contacto de Isaac le reconfortaba, y al mismo tiempo, le ardía en la piel. Pero no podía demostrarlo, debía ser la hermosa tonta... ya llegaría el momento de rebelarlo todo...
_ Asi es, signore. Tiene una mano excepcional para el dibujo.
_ Y contadme: habréis necesitado de grandes recursos, y encontrar buenos profesores. ¿Como ocultais vuestra condición?
Michelle sonrió animadamente, comenzaron a bajar los escalones, despacio, del brazo.
_ Oh... El dinero consigue muchas cosas, signore. Y frente a él los hombres se muestran... dóciles.- miró a la gente que bailaba en el salón, que empezaba a aparecer bajo sus ojos.
Isaac sonrió amablemente.
_ Imagino que vuestra belleza también habrá tenido algo que ver...- dijo suavemente.
Michelle bajó la vista, halagada. Después de tanto tiempo, era la primera vez que Isaac la llamaba "hermosa", aunque no fuera ella, aunque tuviera otro rostro...
_ Me halagais, signore, sin embargo he de reconocer que sí, tal vez goce de un poco de ventaja en ese sentido- sonrió con timidez- Pero decidme ¿Qué haceis tan lejos de Aragón?
_ Me han traido asuntos comerciales, negocios - En aquel momento se acercó a ellos Luc, que volvió a besar su mano con elegancia.
_ Al fin vuelvo a veros,-Michelle intuyó una tímida sonrisa a través de la máscara- la sala no era lo mismo sin vuestra presencia.

La dama sonrió.
_ Sois muy gentil, monsieur.- se volvió y presentó a Isaac.- Luc, os presento a Isaac de Aragón. Signore Isaac, este es monsieur Luc.
Ambos hombres se saludaron con una leve inclinación de cabeza. Michelle sonrió para sí: había juntado a las dos primeras piezas de lo que esperaba, comenzase a perfilarse pronto como un plan.
_ Buenas noches - dijo Isaac con cortesía- Creo que nos conocemos...
Luc asintió.
_ Si señor, creo que nos conocemos pero hace mucho de eso y tampoco estoy muy seguro... El tiempo hace que uno se vuelva olvidadizo.- Isaac asintió, confirmando sus palabras.
_ Fue en Toledo ¿no es así?-inquirió- aunque tan solo coincidimos una noche...
_ Si, teneis razon. Solo fue una noche, aunque aquella noche fue bastante entretenida,¿no creeis?
Michelle abrió mucho los ojos y fingió sorpresa, como si aquel encuentro fuera terriblemente curioso
_ ¿Ah, os conocéis entonces?- exclamó, juntando ambas palmas de las manos- ¡Qué mundo tan pequeño!
Isaac asintió.
_ Así es, coincidimos durante una apasionante velada. Lo que me recuerda...-miró a su alrededor, hacia donde la falsa Loni se dirigía- si me disculpan tengo que ir a comprobar un asunto. Un placer volver a veros Luc y uno aun más grande el conoceros, señora.- se despidió con una reverencia cortés y desapareció entre los bailarines.

Sí... Iba a buscar a la falsa Loni... Rogó a Dios para que descubriera el engaño.

"No me falles, mi buen Isaac. Tú conoces a Loni mejor que nadie..."

19 abr 2005

Sesión Vigésimo Tercera: Nerón

La vida en Venecia era plácida y tranquila. Su tiempo transcurría como un río apacible entre sus esculturas, numerosas cenas en las que vendía sus obras y a las que asistían tanto cainitas como mortales, y su vida con Giulianno Médici, que desde que fue vinculado, la veneraba casi con un fervor religioso y lo único que le situaba por encima de los demás mortales era que encarnaba su conexión con la fortuna y el renombre Medici. Era, por tanto, un agradable animal de compañía, pero un animal de compañía útil, y eso le hacía contemplarla con un deje de cariño. El cariño que se siente por un perro especialmente listo.
No se interesó por la vida cainita en la ciudad más que en su faceta social, pues deseaba ser, si no respetada, al menos no molestada por el resto de vampiros, y por esta razón decidió agasajarlos, tallando esculturas para ellos. Para los ventrue, regios caballeros, reinas poderosas de mirada inteligente... Para los tremere, figuras quiméricas que provocaban escalofríos...
De esta manera, nadie consideró a la Signora Michelle de Mauvernay más que una hermosa tonta que en nada pensaba más que en su arte. Y aquello era justo lo que pretendía.

Contrató para su hogar doncellas y caballerizos que vivirían en la casa, así como un chambelán llamado Jesu y un ama de llaves, Rosanna, que se encargaban de administrar la casa cuando su señora no estaba, y contrató guardias que custodiaran su casa. Sin embargo, no debía descuidar a los mortales que podían, si prestaban la suficiente atención, descubrir que no envejecía lo más mínimo, que ninguna arruga surcaba el rostro perfecto... Es por ello que usó sus artes para hechizar a todo el que la contemplaba y que olvidaran en el instante aquello que levantaba sus sospechas. De esta manera, en su hogar, todos adoraban a la Signora Micaela, y nadie dudaba o sospechaba de su extraña naturaleza.

Decidió de todas maneras que, de ser necesario, usaría el arte que Vykos le enseño para dibujar en su rostro los signos del tiempo, que, por suerte, no durarían a no ser que lo deseara.

No quería ser confiada, de todos modos, de manera que durante un tiempo viajó por Italia con la excusa de inspirarse pero con la meta real de encontrar un hombre fuerte, diestro con las armas y a ser posible, no necesariamente estúpido.
Buscaba, aunque no quisiera reconocerlo, el tipo de hombre que había sido Talbo antes de su Abrazo: un buen estratega, una mente rápida y unos brazos fuertes.
Así encontró a Vincenzo.

En la pequeña ciudad costera de Bari, al sur de la península, encontró a un hombre joven, de no más de tres décadas, de aspecto fuerte y atractivo que jugaba al ajedrez en la terraza de una cantina contra un viejo decrépito. Por supuesto, lo que primero llamó su atención fue su hermosura, su perfil de busto griego, el cabello oscuro que se enroscaba en su frente, el gesto pensativo con la barbilla apoyada contra el puño...
Era hermoso, tan hermoso como las esculturas que tallaban los artistas griegos y romanos en siglos pasados.
No fue dificil convencerle, sin embargo, para que posara para ella en una escultura.
Pasó en Bari varias semanas, las necesarias para esculpir a la perfección aquel gesto, y cuando no esculpía, se dedicó a observar al joven Vincenzo.

Era culto: hijo de una familia acomodada, había aprendido a leer y a escribir, y pasaba largas horas enfrentándose a su maestro, el viejo que siempre veía en el pórtico. Había llegado, por los murmullos del viejo que podía escuchar desde el otro lado de la plaza, que el joven había llegado a igual a su maestro, lo cual llenaba al buen hombre de orgullo.
Vincenzo era el segundo hijo de su familia, y por tanto, estaba destinado a entrar en el ejército, pero, siguiendo el ejemplo de su abuelo, que había sido un importante comandante, se había propuesto desarrollar tanto su intelecto como su cuerpo.
Entrenaba largas horas, cuando no jugaba al ajedrez, con una espada y su peto, y sabía también tirar con arco.
Se reveló entonces Vincenzo como un hombre con la cabeza bien asentada sobre los hombros, orgulloso de su razocinio y de no ser una bestia bruta como otros, y de no dejarse alejar nunca de sus obligaciones.
Era justo lo que estaba buscando.

No fue complicado. Ella era hermosa como un ángel, y él era joven, que aunque inteligente, no dejaba de tener sangre en las venas e impetu en el pecho.
Le convenció para que posara en otra escultura y él aceptó.
Las sesiones comenzaron siendo cortas, pero con el tiempo, Vincenzo comenzó a relegar un poco las clases de lucha y las partidas de ajedrez. La mirada de Michelle encendía en él un sentimiento que no había conocido. No era deseo, aunque si que lo sentía cuando recorría con la mirada el cuerpo perfecto, era... algo extraño.
Comenzaron entonces a charlar y Vincenzo descubrió que aquella mujer no era solo hermosa, sino intrépida y culta, y que disfrutaba de su compañía.

Una cosa llevó a la otra y el día que la tocó por primera vez, el día que rozó su brazo, se inflamó en él el deseo y, llevándola en brazos hasta el lecho, la depositó sobre las sábanas de seda, la roja cabellera derramabada sobre la almohada, y la amó hasta el amanecer.
Con el tiempo, Vincenzo fue enamorandose poco a poco de aquella misteriosa mujer a la que jamás podia visitar durante el día. Todo era perfecto y Michelle estaba satisfecha porque había encontrado lo que había ido a buscar, hallando con él un amante entregado. Había además en él un extraño sentimiento de culpa que lo desconcertaba, por olvidar sus tareas solo por estar en brazos de una mujer...

Siguiendo su plan, procedió Michelle a verter vitae en su copa durante tres noches seguidas, y cuando el vínculo fue completo, se rodeó de un halo de encantamiento y le confesó lo que era. Como esperaba, Vincenzo aceptó lo que oía y le juró amor y devoción eternos más allá de las sombras.
Desde aquel día, llenó su boca de vitae con un beso sangriento, que él aceptaba ávido.

Había creado un Ghoul.

Regresaron entonces a Venecia y Michelle decidió también, ya que nunca sabía en qué podía verse, tomar de sus arcas el dinero suficiente para comenzar una nueva vida con comodidades tales como un carruaje, un cochero, guardias, doncellas, un chambelán y una casa lo suficientemente grande, e ingresar aquella cantidad en uno de los poderosos bancos Venecianos, aunque contempló la posibilidad de enviar también la misma cantidad a alguna otra ciudad... por si acaso...

Compró también, para no pasar tanto tiempo en Venecia y evitar los problemas derivados de establecerse en un lugar concreto por demasiado tiempo, una bella casa de campo en el Livorno, en la bella Toscana: Un caserío encalado y situado cerca del mar, con establo y un pequeño molino de agua, para el que contrató tambien unos caballerizos, tres doncellas y un ama de llaves para gobernarlas, así como un chambelán que supervisara todo cuando no estaba y se ocupara de tenerlo todo listo si había noticias de su regreso.

Cada cierto tiempo, Michelle y Vincezo abandonaban Venecia dejando la casa a cargo de Jesu y Rosanna, y viajaban hasta el Livorno, donde pasaban plácidas temporadas.

La vida no podía ser más perfecta.

Sin embargo, tenía Loni un proyecto en mente, que, aunque no tenía ninguna utilidad, la satisfacía, de manera que cuando regresaron a Venecia, Michelle se presentó ante el príncipe de la ciudad y le describió su idea. El lasombra, divertido por los juegos de aquella mujer, que se divertía con los mortales, no puso ningún inconveniente.
Michelle hizo entonces llamar a su casa a profesores de todos los campos: profesores de historia, de latín, de álgebra y geometría, de arte y astronomía, de canto y de instrumento y les invitó a colaborar en su proyecto.

Siendo como era, les explicó, una joven viuda que no había tenido hijos, sentía el tierno deseo de ofrecer a otros niños lo que hubiera hecho por los suyos. Manifestó entonces el deseo de acoger niños en su hogar, a modo de discípulos, y que deseba instruirlos para que en el futuro, fueran gente cultivada y sabia.
Conmovidos, todos los maestros aceptaron y Michelle les prometió a cambio un sueldo que jamás habrían soñado en ninguna de las escuelas de Italia.
Les convocó a todos para que acudieran a su casa pasadas tres lunas, momento en que los niños llegarían a su casa, y les pidió con amabilidad -y un toque de sus artes- que no hablaran con nadie de aquel proyecto, pues pensaba presentarlo en sociedad más adelante.

Tres noches después de que los maestros hubieran abandonado la casa con los pequeños sacos repletos de plata, Michelle, acompañada de su amante y sirviente Vincenzo, abandonó Venecia en busca de sus pequeños discípulos. Buscaba niños, niños hermosos, y que no parecieran irremediablemente estúpidos.

Viajó por toda Italia, escoltada por el fiel Vincenzo, y encontró en su camino lo que buscaba. A los pequeños Angelo, Mario y Carlo, los sacó de un pobre orfanato de Roma. Angelo, de doce años, y Carlo, de siete, eran hermanos, según le habían dicho en el orfanato, y Mario, el más pequeño, de tan solo cinco años, había demostrado una habilidad sorprendente con el carbón en los lienzos viejos, creando imágenes sorprendentes.
Pagó al orfanato el precio por los tres niños, y los envio a Venecia con una nota dirigida a Jesu, con órdenes de limpiar y asear a los niños, así como darles de comer y vestirles con buenas ropas y asignarles el gran dormitorio con diez camas que había habilitado en la casa.
En Nápoles, decidió descargar familias humildes de niños de los que no se podían ocupar, y de esta manera pagó por Lucio, Antonio, Alberto y Julio, enviándolos a Venecia con idénticas instrucciones para Jesu y Rosanna.
Más al sur, en Salerno, procedió de igual manera con dos pequeños gemelos a los que habían llamado en un ataque de originalidad, Rómulo y Remo. Con ellos, adoptó también a dos pequeños de seis y cinco años: Lucas y Mateo. Los pequeños viajaron a Venecia y fueron recibidos por Jesu y los demás niños.

El último niño fue Pietro. Tal vez fue su nombre,de tantos modos afin a ella, o tal vez fue el rostro de gesto solemne, o los rizos cobrizos, o tal vez la manera en que la miraba... O tal vez fueron las figuras de madera que había tallado con un cuchillo, creando de la nada animales fantásticos... Tal vez fue todo eso, tal vez no fue nada, pero en cuanto le vio con aquel aire meditabundo, con aquel rostro de ángel, decidió que aquel niño debía ser suyo.

Pietro era el tercer hijo de una familia acomodada de Catania, destinado desde su nacimiento a entrar en la Iglesia. Michelle no había podido evitar sonreir al oir aquello, y se reafirmó en la idea de arrebatar al Falso Dios un ministro para ponerlo a su servicio.
Se presentó ante la familia y usó su arte para converncerla de que el niño debía partir con ella.

Ya tenía todo lo que necesitaba: doce apóstoles.

Volvieron a Venecia entonces, donde al llegar, Michelle comprobó que se habían obedecido sus órdenes y que los niños la esperaban en el gran salón, limpios, alimentados y bien vestidos, todos en una fila. Pietro los observó con los ojos muy abiertos y fue invitado a unirse al resto de los niños.
Utilizó con ellos aquel hechizo que podía invocar, y los niños pasaron a contemplarla con veneración.

Tomó su tiempo entonces para hablar con todos, para explicarles lo que iba a ser de ellos. Deberían asistir a las clases que impartirían los maestros en aquella misma casa. A cambio, serían vestidos y bien alimentados, y dispondrían de dinero de bolsillo para los dias de mercado, días en que Rosanna y uno de los criados, irían a hacer las compras, dejando que los niños les acompañasen.

Tomarían clases con los maestros y aprenderían latínm álgebra, historia y otras disciplinas. Aprenderían también a cantar y a tocar un instrumento, y en algunas ocasiones, ella misma instruiría a aquellos que demostrasen ser alumnos responsables y dedicados, el arte de la escultura.
Les explicó que cada cierto tiempo, celebraba fiestas en la casa, cenas a las que asistían ilustres invitados. Se les permitiría contemplar el inicio de la fiesta desde la escalinata, todos en formación y sin hacer ruido, y a los mayores, Pietro, Lucio y Angelo, se les permitiría incluso tomar una copa de vino. Después de aquello, y trás haber saludado a los invitados, deberían subir a acostarse.
Sin embargo, ella misma no podría estar con ellos todos los días, pues importantes asuntos la reclamaban en otros lugares, pero les prometió que trataría de volver todas las noches para pasar algunas horas con ellos.

Los niños asintieron con los ojos brillantes de emoción y Michelle sonrió complacida.
Ahora que estaban limpios y radiantes, podía apreciar la belleza de todos ellos.
Los admiró largo rato mientras cenaban: eran como doce querubines que reian ante la suerte que se les presentaba.
Una escultura comenzó a forjarse en su mente. Sería deliciosamente escandaloso...
Sonrió.

En los meses que siguieron, comenzó a destinguir el talante de cada uno.
Frente a la solemnidad de Pietro, que pasaba largas horas contemplando las esculturas que adornaban la casa con aire meditabundo, disfrutaba con la vivacidad de los más pequeños, Mario, Lucas y Mateo, que alborotaban en los pasillos cuando pensaban que la Signora no podía oirles. El rubio Lucio resultó ser un maravilloso orador, y enseguida hizo buenas migas con el único de su edad, Angelo. Este, sin embargo, se veía seguido a todas partes por su hermano Carlo y tenía que dejar algunas de las actividades más emocionantes a causa de su hermano. Es por ello que empujó con benevolencia al pequeño Carlo para que entablara amistad con los gemelos, Rómulo y Remo, y pronto comenzó a verse a los tres como amigos inseparables.
Por su parte, Antonio, Alberto y Julio, que ya eran amigos cuando fueron adoptados, no sintieron ningun tipo de reparo en trasladar su cordialidad a aquel nuevo y lujoso escenario y en extenderlo al resto de sus compañeros. Todos fueron amigos, los mayores cuidaban de los más pequeños, como si fueran hermanos.
Y todos, absolutamente todos adoraban a la Signora Micaela y esperaban con impaciencia el crepúsculo en que aparecía en lo alto de la escalera, radiante como una aparición divina.

Y la vida en Venecia continuó siendo plácida y perfecta.
Sin embargo, cuando todo era tal y como lo deseaba, surgió en ella un anhelo y una palabra resonó en su mente: Lisboa.
Le llevó algunos meses, pero al fin encontró a Talbo. Como dijo en su carta de amenaza, estaba al servicio de un tal Sancho, príncipe de Lisboa, como guardaespaldas. Por lo que pudo saber Michelle, Sancho tenía fuertes conexiones con la nobleza, y aunque no tenía muchos enemigos, parecía hombre celoso por su ciudad, no solo con los extranjeros sino con todo aquel que no tuviera sangre brujah.
No pudo evitar sonreir con ironía cuando descubrió esto: no habría esperado otra cosa de Talbo.

Y en aquella plácida existencia vivía Michelle de Mauvernay, rodeada de lujo, de escultura y de sus jóvenes discípulos, abandonando Venecia cada cierto tiempo para viajar por Italia o para vivir durante algunos meses en la casa de la Toscana.
Y siempre que regresaba a Venecia, pedía a Jesu y a Rosanna que le contaran como se habían portado los muchachos, hablaba con los profesores sobre su evolución y charlaba con los niños mismos y les premiaba si habían sido buenos estudiantes, y los copaba de regalos traidos de sus viajes.

Una noche, mientras disfrutaba de una charla sobre Platón con Lucio, ante los oidos maravillados de sus compañeros, Jesu anunció un visitante y Michelle, con un gesto de cabeza, le indicó que lo hiciera pasar.
Los niños ya sabían lo que debían hacer, y con una reverencia (y un beso lo más pequeños)se retiraron escaleras arriba hacia su dormitorio.

Cuando los niños se hubieron retirado, Jesu hizo pasar al visitante al salón.
Se trataba de un mercader genovés, llamado Francesco, que deseaba hacer un encargo, habiendo oido maravillas de la Signora Micaela. Vestía unas calzas de terciopelo y un elegante jubón de piel ribeteada con armiño; aquello, junto a una obesidad completamente antiestética, evidenciaban un cierto posicionamento económico.
_ ¡Ah! ¡La Signora! - exclamó, llevandose el blanco dorso de la mano a los labios. Depositó un beso cortés y cuando se incorporó, la papada tembló desagradablemente- Es un placer conoceros...
Michelle le saludó con una leve inclinación de cabeza y trás retirar Jesu su levita y su sombrero, pasaron a una sala más pequeña, decorada toda en madera tallada.
Tomaron asiento en unas cómodas butacas de terciopelo y enseguida apareció Jesu portando sendas copas de vino especiado, depositándolas a continuación en la mesa baja que había entre sendos asientos.
_ Vos diréis, signore.- dijo Michelle con una sonrisa cortés.
El mercader se acomodó en el asiento.
_ Tengo un cliente, mi Signora, que está buscando algo muy especial -dijo. Michelle asintió- Es un nostálgico de la tierra, y le encanta el arte romano... Pero el mármol de Roma ya no brilla con esplendor. Y mi cliente querría algo especial. Algo... Un busto. De Nerón.
Michelle volvió a asentir.
_ Y ¿Quién es vuestro cliente, signore?
_ ¡Ah!- suspiró Francesco- Prefiere permanecer en el anonimato... aunque pagará con generosidad.
Michelle se reprimió para no alzar una ceja. No pensaba dejar una de sus queridas esculturas en manos de alguien que se ocultaba, de manera que, sin ninguna dificultad penetró en su mente.

La mente de Franceso... ¡Ah! Era divertido ver como algunos cainitas hacían ghoul a alguien así. Buscó la imagen de su regente, pero parecía borroso incluso allí. Tampoco parecía estar seguro de si era hombre o mujer, joven o anciano. Aquello no le gustó lo más mínimo. Instintivamente se llevó la mano al pecho, donde, imitando a Anatole, había ocultado la moneda, debajo de la piel.

_ Un busto de Nerón entonces ¿No, Signore?- inquirió, saliendo de su mente. Franceso asintió.
_ He oído decir que hay bustos suyos, pero están en mal estado. Mi señor desea que hagáis uno fidedigno.
Michelle volvió a bloquear su ceja. ¿Cómo pretendía que hiciera un busto fidedigno si no había conocido a Nerón personalmente?
_ Y ¿donde he de enviar la escultura una vez terminada?
Francesco negó con la cabeza.
_ Decidme cuándo pasar a recogerla, y será un hecho.-dijo- Puedo pagar diez ducados de plata ahora, y el resto que acordemos en la entrega.
Michelle tomó un sorbo de su copa: aquella suma le permitía pagar diez veces el coste del mármol.
Preguntó entonces si acaso tenía alojamiento en la ciudad y el mercader asintió. Tenía una habitación en cierta posada de rojas paredes de terciopelo.
_ Os haré llegar un mensaje entonces, cuando podáis venir a buscarla, signore.
_ Si lo necesitais, sé de gente en Venecia con bustos de Nerón originales - contestó él, al tiempo que asentia- Aunque siendo estatuas, no creo que necesiteis de mi...
Era cierto: uno de los Medici tenía un original en su casa y lo cuidaba como oro en paño.
Acordaron entonces el precio y Francesco le entregó los diez ducados antes de marcharse.

En los días que siguieron, Michelle visitó a los Medici y contempló largamente el busto de Nerón y dibujó bocetos para la escultura. De todos modos, debía memorizar no solo los rasgos y los ángulos, la tersura de la piel o sus arrugas. Debía memorizar el gesto, el sentimiento que le inspiraba al contemplarlo.
Y a los dos días de la visita de Francesco, Jesu depositó una carta lacrada en el escritorio de Michelle.

La enviaba Lucio Giovanni, un conocido de la familia Giovanni que vivía en Venecia y, curiosamente, deseaba un busto de Nerón. Acordaba pagar casi el doble de lo acordado con Francesco y solicitaba una pronta respuesta. Normalmente, Lucio usaba a sus apoderados para los asuntos de negocios, y el hecho de haberse dirigido a ella personalmente por carta era un gesto a tener en cuenta.
Después de releer varias veces la carta. Loni la depositó sobre la mesa y cruzó las manos sobre el regazo. Obviamente aquello no era algo normal y se preguntó si acaso alguien había averiguado quién era y la relación que tenía con el Dracon....
Decidió hacer una pequeña "visita" a Lucio Giovanni: subió al dormitorio y, velada por Vincezo, abandonó su cuerpo y sobrevoló Venecia en dirección a la mansión.

No tardó demasiado en llegar al Lido, cerca de Venecia. Según se acercaba, percibió una sombra siniestra que crecía cuanto más cerca estaba; la casa se veía oscura y aterradora en el plano astral y cuanto más se acercaba más se acrecentaba la sensación de que no debía entrar en aquella casa de aquella manera. Sintió un astral escalofrío y, trás pensarlo un instante, regresó a su cuerpo.
Avisó por mensajero entonces a Lucio Giovanni de que deseaba hacerle una visita, y recibió rápida respuesta, asegurando que podría recibirla la noche siguiente.


La noche siguiente, cuando abrió los ojos, vio al apuesto Vincenzo inclinado sobre la cama, a punto de besarla, de modo que le rodeó con ambos brazos y dejó que sus labios recorrieran su rostro y su cuello con los ojos brillantes de adoración.
_ He de salir -dijo al cabo de un rato, mientras se recomponía las ropas.- Necesitaré mi caballo.
Vincenzo frunció el ceño.
_ ¿No quieres que te acompañe?-preguntó incorporándose. Le invadía una extraña inquietud cada vez que ella se alejaba, cada vez que se marchaba sin escolta. Sentía miedo, terror ante la sola idea de perderla.
_ No, es tan solo una visita de cortesía, mon chère.- agitó la cascada de rojos tirabuzones y le acarició el rostro- He de visitar a Lucio Giovanni.
Vincenzo se apoyó contra la puerta, impidiéndole el paso.
_ No me gusta que salgas sola.- Michelle alzó una ceja inquisitiva y Vincenzo, bajando la mirada, se apartó de la puerta y dejó que saliera, perdiendo la mirada en el artesonado del techo, oyendo los pasos leves en las escaleras de mármol.

Echó la cabeza hacia atrás hasta que golpeó la pared y suspiró, pasandose las manos por el cabello revuelto. Entrelazó los dedos sobre la coronilla y permaneció así un instante, mientas la escuchaba ordenar a Jesu que enviara un mensajero a casa de Lucio Giovanni anunciando su visita y que el caballerizo ensillara su caballo.
Casi sin quererlo, la visión de Michelle montada sobre su palafrén blanco inundó su mente como una epifanía sublime.
Maldijo en voz baja. No podía recordar en qué momento había perdido todo el autocontrol por aquella mujer... Y sin embargo, no deseaba por nada del mundo que fuera de otra manera. No quería imaginar su vida sin ella ni recordar su pasado antes de conocerla...
Oyó cerrarse el gran portón de la entrada, y en seguida el trote acompasado de Odiseo alejándose calle abajo. Solo entonces se permitió correr a la ventana para ver como la figura de ensueño que era Michelle montando su palafrén blanco desaparecía entre las calles, sumiéndolo en una oscuridad obsesiva.

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Los sirvientes de Lucio Giovanni la recibieron con una reverencia y enseguida un caballerizo tomó las riendas de Perseo y lo llevó a los establos. En la entrada fue recibida por Giacomo Giovanni, apoderado de Lucio, que la hizo pasar al interior.
_ Ah, la Signora Michelle...-dijo, mientras retiraba el manto de sus hombros y lo entregaba a una sirvienta- He oído excelencias de vos. Il Signore Lucio os espera, si me acompañáis...
Era Giacomo un hombre joven, vestido con elegancia, y llevaba colgada al cinto una hermosa espada de aspecto afilado, que la guió por los laberínticos pasillos de la casa hasta llegar a un sobrio salón, en el que esperaba Lucio.
Al verla aparecer, el Giovanni la recibió con una sonrisa.
_ Ah, bienvenida a mi morada.-dijo con cortesía, indicandole un asiento- Por favor, sentáos. ¿Un refresco?- Una muchacha joven dio un paso al frente a un gesto suyo, pero Michelle rechazó con cortesía la invitación. Lucio se encogió de hombros- Vaya... En fin, no será cuestión de desaprovechar la cata...
Se acercó a la muchacha y clavó los colmillos en la carne tierna del cuello, arrancándole un grito de dolor. Con un gesto rápido le tapó la boca y bebió. Michelle contempló la escena impasible, y cuando la muchacha, mareada se despidió, apenas se dignó a mirarla.
_ Supongo que venís por mi encargo.-dijo al fin Lucio, limpiándose los labios con un pañuelo.
Michelle asintió
_ Así es, Signore. Deseaba concretar con vos algunos detalles de la escultura.

Lucio sacó unos pergaminos con una serie de bocetos y se los tendió.
_ Ya... Aquí os he preparado algunos bocetos de algunas estatuas de Nerón.
Michelle los tomó y los estudió con atención. Estaban dibujados con mano diestra, claros y concisos.
_ ¿Los habéis dibujado vos, signore? - dijo al fin, admirada- No sabía que tuvierais mano para el dibujo...
_ ¡Oh, no!- negó con una sonrisa- Las cosas hay que hacerlas bien. Un primo segundo mío es ducho. Tiene quince años. ¿Quizás os interese acogerlo?

Iba a responder que no: no deseaba tener como discípulos niños mortales relacionados con cainitas, pero no quiso ofender a su anfitrión.
_ Oh, ahora mismo creo que con mis pequeños discipulos tengo agotados a los maestros, pero tal vez más adelante...- dijo con una sonrisa cándida- o si resulta ser un joven prometedor...
_¡Es prometedor!- exclamó con orgullo paternal Lucio- Su academia es la mejor. Y él tiene talento. Podríamos pagar bien... Podría ampliar su mecenazgo...
Michelle sonrió.
_ Presentadme al muchacho entonces, signore. Veré si puedo abusar un poco de la benevolencia de mis queridos maestros.
Lucio se puso en pie y le ofreció el brazo.
_ Será un placer. Permitidme mostraros mi casa. Vuestro buen gusto empieza a ser legendario en Venecia, y me gustaría sugerencias para la decoración...

La casa de Lucio era en realidad una gran mansión, y la riqueza de la familia ere evident; y pese a ser capadocios - Loni no podía evitar un estremecimiento al recordar los rostros capadocios que había encontrado en su camino- su rostro no tenía el aspecto apergaminado, ni resutaba especialmente insalubre. Un sobrio blanco mármol era como mejor podía definir su piel. Y, a parte del dinero, no parecían tener muchos más intereses.
La mansión estaba decorada sobriamente con piedra y ricos brocados de colores oscuros, lo que daba a todas las estancias una apariencia solemne y gris. Inmediatamente sintió que faltaba energía en aquella casa, luz, sonido, movimiento...
A la sensación de desasosiego que inspiraba la casa - acrecentada por el recuerdo de su siniestro aspecto en el plano astral- se unía el murmullo casi imperceptible que venía de algún lugar que no podía definir... Buscó cainitas ofuscados, y aunque no encontró a nadie, sabía que no estaba sola con Lucio en aquellos pasillos.
Reprimió un escalofrío y continuó caminando: no quería revelar sus poderes a nadie, era mejor seguir pareciendo tonta y débil.

Mientras Lucio avanzaba, quejándose del mal gusto de su predecesor, Michelle comenzó a perfilar en su mente ideas para aquella casa, ideas acordes con los gustos de Lucio, con su clan... Casi sin querer, su mente se llenó de mitología. Visualizó un rio lleno de luces fantasmagóricas, y un barquero...
_ Veo un Caronte, Signore. Un barquero surcando un rio artificial que atraviese la casa...- Lucio sonrió ante la evocación de Caronte.
_ El rio de las almas... Me gusta la idea...- continuaron caminando- Podríais... podríais crear el rio, fluyendo por la casa, con escenas del mundo de los muertos... Y... ¡Mirad esta sala!-exclamó, claramente entusiasmado, al llegar aun gran salón- Aquí... aquí escenas de la laguna estigia...
Michelle alzó las cejas.
_ Creo que debéis escoger, signore. ¿Queréis el rio de los muertos o la laguna? Por supuesto, podemos encontrar sitio para ambas pero puede ser más complicado...
_ Sí, sí...- continuó impaciente Lucio- Y en la entrada ¡Un can cerbero! ¡Con sus tres cabezas! Podría vestir a Giacomo de Caronte, sí... Y mmm, quizá podría comprar el canal que pasa junto a la casa y crear una puerta especial y...
Michelle negó con la cabeza, aunque tomaba buena nota mental de todas las ideas del giovanni.
_ Las aguas de los canales no bajan limpias, signore. Tal vez os gustarían aguas más claras para vuestro hogar...
_ Cuanta razón tenéis, Signora.- regresaron al salón donde habían comenzado, y cuando estuvieron de nuevo sentados en los butacones, Lucio parecía entusiasmado- Bien, Michelle... ¿Puedo contar con vuestro trabajo en mi morada?
Loni asintió.
_ Yo puedo construiros un inframundo, pero deberéis contratar ingenieros para que el rio artificial fluya...- Lucio asintió- Puedo tallaros lo que vos queráis, sin embargo...- se interrumpió. Era el momento de averiguar qué ocurría con aquel busto de Nerón...- No veo en qué lugar de este mundo de mitologías encajaría el busto que me encargais, signore. ¿Es acaso para otra sala?
Lucio negó con cabeza
_ No, es un encargo. Negocios...
_ Entiendo...- se miró desinteresadamente el dorso de las manos- Imagino que no querréis decirme quién os la pidió,¿verdad signore? Soy curiosa como una niña cuando se trata de mis esculturas...
Lucio sonrió.
_ Por supuesto, Signora. Es un encargo de un mercader genovés llamado Francesco. ¿Por qué?

¡Ah!

_ Mis esculturas son como mis hijos, Signore. Me gusta saber en qué manos las dejo.
_ Comprendo, comprendo...- asintió Lucio- Si os soy sincero, el muy necio pidió algo más que una escultura: quiere un original en perfecto estado.- Michelle alzó una ceja- Pero Nerón fue poco querido, y sus bustos fueron profanados. Los pocos que quedan intactos no están al alcance de su bolsillo...
Michelle frunció el ceño.
_ Se puede tratar de recomponer un original destrozado, pero él debe saber que nunca será exacto a como fue al inicio...
_ Cierto - contestó el giovanni- Sin embargo, pagaría generosamente por ese "original"... Y vuestro silencio...- Michelle asintió- Os presentaré si os place, a Tonino en la fiesta que organizaré en unos días, Signora. Tonino es el dibujante del que os hablé. Será en diez días. ¿Suficiente para tenerlo todo listo?
_ Debería, signore.
_ Sería recomendable. Pues acudirá Francesco y otros con los que hago negocios. Pero no será aquí, en el Lido. Queda lejos de la ciudad. El príncipe se ha prestado a dejarnos un espacio como Elíseo.
Michelle se puso en pie.
_ Deseareis entonces que os haga llegar la escultura antes que los invitados... ¿Deseais acordar ahora el precio de el proyecto para vuestro hogar?
Lucio permaneció pensativo un instante.
_ ¿Qué os parecen tres mil ducados de plata, materiales a parte?
MIchelle aceptó la suma, que era mucho más de lo que estaba acostumbrada a recibir por su arte - y que no era necesariamente poco.

De pronto le asaltó una duda... Si el busto de Lucio era para Francesco, y Francesco era un ghoul, era casi obvio que cualquiera que conociera el toque del espíritu podría saber que el busto no era original, y que era su propia mano la que lo había tallado. Se preguntó hasta qué punto podrían averiguar de Michelle usando aquel truco.

_ ¿Algo más, Signora Michelle? -inquirió Lucio poniéndose en pie- Confio en vuestra habilidad como escultora. ¿O hay algo más?
Había interrogación en su mirada: había percibido su momento de inseguridad.
_ Mi escultura puede ser perfecta, signore, pero un Artesano podría determinar la mano que la talló...
Lucio negó con la cabeza.
_ La estatua es para un mortal, Francesco no es cainita.
_ Tened por seguro, Signore,- insistió ella- que si un cainita tiene a su alcance un busto supuestamente original, si tiene el poder querrá saber de su autenticidad...
Lucio sonrió apaciguador.
_ Creedme, ese Francesco es un necio regordete. Comprará. No tiene la delicadeza ni la sutileza para saber de nuestra estirpe, o contratar los servicios de un Artesano.
Michelle le miró a los ojos.
_ Oh pero... ¿Y si fuera un Artesano el que contrata sus servicios?- inquirió.
Entonces Lucio correspondió a su mirada. Al fin había comprendido. Volvió a sentarse en la butaca, invitando con un gesto a Michelle para que le imitara.
_ ¿Qué insinuais? ¿Acaso sabeis algo que yo no sé?
Michelle se encogió de hombros y puso su gesto más cándido e inocente.
_ ¿No es extraño que un necio regordete encargue el mismo busto a dos personas diferentes?¿A dos cainitas, de hecho?
El rostro de Lucio tomó otra sombra de palidez.
_ Hablad, os escucho.

Michelle comenzó a hablar como quien relata una excursión al campo.
_ Oh, Signore, no sé mucho en realidad, pero poco antes de recibir vuestra carta, recibí en mi casa al Signore Francesco encargándome para su señor (del que no quiso dar el nombre) una réplica de un busto original de Nerón. Y al decirme vos que es un encargo de Francesco también, no puedo menos que sospechar, signore.
Lucio parecía ahora claramente preocupado.
_ Mmm... ¿Y vuestras sospechas de lo del cainita? Es evidente que el que haya contactado con vos y conmigo no es casualidad... ¿Quién puede estar detrás?
Michelle se encogió de hombros con ingenuidad.
_ Lo desconozco, Signore. A parte de mi Sire he de admitir que no conozco a ningún cainita que no haya conocido en Venecia, y son los mismos que conocéis vos.

Lucio se incorporó y comenzó a caminar nervioso por la sala.
_ Me temo que esto parece una maniobra para desacreditar a los Giovanni. Mmm... Os agradezco esto, Michelle - Michelle se puso en pie- Cobraréis lo acordado, pero no hace falta que esculpáis para mi ese busto.
_ Como deseeis, Signore. ¿Deseais alguna otra obra para presentarla ante vuestros invitados?¿El Caronte para recibirlos, tal vez? - Lucio asintió.

No hablaron mucho más. Acordaron enviar algunos ingenieros para tomar medidas y diseñar el rio artificial, así como las figuras principales que debía esculpir, y antes de partir, cuando Giacomo depositaba sobre sus hombros el rico manto, y el caballerizo traía a Odiseo por las riendas, Lucio Giovanni le tendió un pliego sellado.
_ Es una invitación para la fiesta, Signora.- Michelle abrió el pliego y leyó las brillantes letras carmesí que se entrelazaban formando una palabra.

Carnaval

12 abr 2005

Sesión Vigésimo Segunda: La ciudad de los puentes

Trás largo tiempo de viaje desde que abandonara Girona siguiendo a Lucía de Aragón, el camino adquirió por fin el matiz de destino necesario a todo sendero, y se perfiló en la península de Italia, en la bella ciudad de Venecia, de la cual hablaban los rumores y decían maravillas de sus canales y sus puentes, de su arte y sus fiestas, y de su magnífico carnaval.

De esta manera, Loni de Lances, convertida ahora en Madame Michelle de Mauvernay, hermosa y joven condesa viuda de pasado tumultuoso, compró un carruaje y pagó al cochero para que la llevara a través de Tierra Santa de regreso a la vieja Europa.
No abandonaron los caminos ni se embarcaron, y por ello el viaje fue bastante más largo, pero al fin, trás visitar las ciudades que encontraban a su paso y deleitarse con sus obras, se perfiló contra el horizonte la silueta de la bella Venecia.

Llegó al anochecer, y nada más poner un pie en la orilla de las marismas tuvo que abandonar el carruaje y hacer el camino en barca, hasta Venecia, además aquella ciudad tenía más canales que calles empedradas, y un gondolieri debía conducirla a través de aquellos senderos de agua.
La luna llena bañaba todo en plata cuando desembarcó al fin en la plaza de San Marco, repleta de gente pese a la oscuridad.
Le impactó que hubiera tanta vida nocturna en una ciudad europea, pero no le molestó lo más mínimo, pues le permitió contemplar los hermosos edificios sin llamar la atención.
Aquello era una ironía, por supuesto, pues con aquel nuevo rostro, aquel cabello de fuego y aquel cuerpo, resultaba de cualquier modo imposible pasar desapercibida.
Llevaba un fino velo que le cubría aquel rostro de arcángel que Arístides le había regalado, pero ni siquira aquello conseguía ocultar la alta cintura, el pecho abundante y la cadera redonda, de modo que no se entretuvo.
Llevaba viajando años y había llegado a la ciudad en la que, si todo iba bien, pasaría largos años.

"No hay prisa"

Se dijo.

"Quitate el polvo del camino, relájate"

En las calles próximas a la plaza, encontró una posada de aspecto lujoso y cómodo, de modo que no buscó más y entró en el edificio en busca de una habitación y una tina con agua en la que poder bañarse.
El interior estaba profusamente decorado con pinturas, cortinajes de terciopelo y tinajas de plata brillante, y se sintió completamente a gusto.
Comprobó también que las butacas estaban forradas también del mismo terciopelo carmesí de los pesados cortinajes.
Pasó la hermosa mirada, cubierta por el velo, a través de la estancia.
No había un solo plebeyo en aquella posada, tan solo ciudadanos acomodados, exhibiendo con opulencia su riqueza, con lujosas ropas, ricos bordados y joyas por doquier.

"Me gusta"


Se preguntó si realmente en una ciudad como aquella habría lugar para algo que no fuera profundamente hermoso.

Sí, le gustaba aquel lugar.

Se dio cuenta que incluso con el velo, las miradas se volvían al verla pasar y se sonrió. Así que esto ocurría cuando eras hermosa...
Sin embargo aquel pañuelo que le cubría el rostro parecía enviar algún tipo de señal prohibitiva que hacía que las miradas se alejaran de ella de mala gana.
_ Bienvenida, Señora.-dijo a su lado el posadero, haciendo una profunda reverencia. Era un hombre entrado en carnes, con un pequeño bigote untado en aceites perfumados y vestía un jubón de rico terciopelo marrón que daban constancia de lo próspero de su posada- ¿Qué deseais? ¿Cena? ¿Bebida? ¿Quizás una habitación?
Loni, ahora Michelle, se volvió hacia él e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.
_ Quisiera una habitación.- dijo, tratando de que su voz sonara como la de alguien que está acostumbrado a ver cumplidos sus deseos en un tiempo mínimo- Y una tina de agua para bañarme.
_ ¡Por supuesto!- exclamó solícito el posadero, e hizo un gesto hacia un muchacho de no más de trece años que vestía una sobrevesta carmín- ¡Mozo!

El chico se acercó a ellos e hizo sendas reverencias hacia su patrón y la dama.
El posadero le murmuró una orden y pidió a Michelle que siguiera al chico.
La habitación no era en exceso lujosa, pero aún así era elegante, cómoda y bien decorada, de manera que retiró el velo de su rostro y sonrió al chico, que la contempló visiblemente anonadado hasta que sintió la moneda que la dama depositaba en su mano.

Se marchó presto y al poco tiempo entró con otro muchacho, portando una gran tina de cobre pulido. El segundo muchacho la contempló embelesado también, pero reaccionó enseguida ante el codazo de su compañero en el costillar.
Michelle sonrió.
Era hermosa, sí.

Cuando se hubieron marchado los muchachos, entró una doncella que, trás una reverencia, vació un aguamanil de plata lleno de agua caliente en el interior de la tina. Trás ella, entraron dos doncellas más, que procedieron de igual manera.
Con tres viajes de cada una, la tina estuvo llena de agua humeante y se retiraron con profundas reverencias.

Cuando estuvo sola, Loni, ahora Michelle, se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada y se desvistió. Había un gran espejo en uno de los armarios y contempló su cuerpo desnudo por primera vez desde aque abandonara Tierra Santa.

Los pies eran pequeños y delicados, y las piernas delgadas y bien torneadas que comenzaban en la cadera amplia y redonda, la cintura estrecha y el pecho perfecto, en tamaño y textura, el cuello esbelto y el rostro... ah, el rostro...
Sintió como el trance hacía presa en ella y sacudió la cabeza con una sonrisa en los labios. Conocía una leyenda, un dios que había muerto ahogado, enamorado de su propio reflejo.

"No seas un nuevo narciso, Michelle", se dijo

Se deslizó en el agua y suspiró. ¿Cuanto tiempo llevaba sin darse un baño? Mucho, mucho tiempo... Disfrutó del agua caliente aunque realmente no la necesitaba, y descansó olvidándose de todo por un tiempo.
Cuando por fin estuvo limpia y descansada, salió del agua y se secó con un suave paño perfumado, que dejó en su piel el aroma del espliego y la lavanda. Se vistió de nuevo y se miró al espejo.
Realmente no necesitaba nada más, estaba perfecta.
Salió de la habitación, sin velo esta vez y bajó a la planta baja, donde los hombres acomodados de la ciudad brindaban con sus copas y reian despreocupadamente.

Fue consciente, en el momento en que apareció en lo alto de la escalera, de que las risas enmudecían y las vistas se volvían hacia ella. Al cabo de unos segundos, los parroquianos reaccionaron y aunque no la perdieron de vista, trataron de volver a sus conversaciones.
Un hombre elegantemente vestido se puso en pie y se acercó a ella.
_ Señora.- dijo con una grácil reverencia- Señora... ¿Gustariais de acompañarnos a mis amigos y a mí en nuestra conversación?- y señaló con un amplio gesto la mesa situada un poco más allá, donde otros tres hombres conversaban animadamente.

Loni bajó la mirada, tratando de parecer halagada, y se dejó llevar del brazo hasta la mesa, donde el hombre le ofreció caballerosamente su propia silla para que se sentara. A un gesto, el posadero trajo otra para él.
_ Aquí teneis, signore Medici.- dijo antes de retirarse. El hombre se sentó y se volvió hacia Loni.
_ Mi nombre es Giuliano Medici-dijo a modo de presentación- y estos son mis primos Pietro y Marco, y mi hermano Julio.-Los hombres, al ser presentados, inclinaron cordialmente la cabeza.- Y bien, Señora ¿Quién sois vos? ¿Habéis venido a la feria?

Loni entró en su mente con facilidad. Los mortales parecían una gran puerta abierta que uno podía cruzar siempre que quisiera.
El hombre hablaba de la feria de San Juan, una de las grandes fiestas de la ciudad, donde acudían comerciantes a vender sus productos ante al afluencia de visitantes.
Vio también que Giuliano tenía puestas grandes esperanzas en aquella fiesta, ya que si la gente compraba sus productos, obtendría importantes beneficios.

Beneficios.
Loni asintió.
_ Mi nombre es Madame Michelle de Mauvernay, para serviros.- contestó con voz dulce.
Giulianno alzó las cejas.
_ ¡Ah! Francesa...- dijo- Dejadme adivinar...- puso cara de entendido- por el acento... ¿Paris?
Loni sonrió para sus adentros. Realmente aquel hombre no tenía ni la más remota idea de qué lugar provenía.
Dedicó a Giulianno una mirada amigable y, como si le recordara algo que ya sabía, dijo:
_ Bordeaux.- y dibujó en su rostro una amplia sonrisa.
_ Ah... Cierto, ese pequeño deje del sur... Bordeaux...- repitió, tratando de imitar su forma de hablar.- Y decid ¿acompañáis a vuestro padre, quizás? ¿O un marido ya os ha desposado?- Loni bajó la mirada y se mostró apenada. Negó con la cabeza. Era divertido aquel juego con los mortales- ¿Tan joven y viajando sola? Teneis coraje, bella dama.
Loni sabía de buena tinta que la sonrisa de una mujer que está llorando era una visión casi iluminadora, un arco iris... Dibujó una sonrisa halagada y comprobó que no estaba equivocada. Los ojos de Giulianno brillaron.

Julio y Carlo aprovecharon aquel momento para murmurar algo entre ellos, y Loni no tuvo la más mínima dificultad en escucharlo.
_ Julián ya le ha echado el ojo- dijo Carlo
_ Ya, ya...- contestó Julio- Y ella no se resiste precisamente...
_ Menuda suerte, el primo...- Loni estuvo a punto de echarse a reir, pero se contuvo, tenía que seguir con su interpretación- ¿Los dejamos a solas? Quizás encontremos alguna doncella de la dama por aquí.
Julio asintió.
_ Espera, a ver qué dice Paolo...

Giulianno, ajeno a estas conversaciones, seguía ensimismado con ella.
_ Michelle- dijo con una sonrisa nerviosa en los labios- Y vos ¿A qué habeis venido a la feria? Bordeaux queda muy lejos. Espero que no seais mi competencia en cuanto a vinos...
Loni sonrió con compasión. Aquel hombre hablaba en serio, de veras temía que algo pudiera arruinar su comercio en aquella feria.
_ ¡Oh! ¡Non, monsieur!- exclamó con una sonrisa tímida- Me dijeron que Venecia era especialmente hermosa durante la feria de San Juan, y me encontraba de viaje, de modo que decidi acercarme.¡Realmente, lo que habian dicho no hace justicia a la belleza de esta ciudad!
Giulianno asintió complacido.
_ ¿Queréis que os la muestre? Nací aquí, aunque llevo un año fuera. Me apetece dar una vuelta por la ciudad de mi infancia.- se puso en pie y ofreció su brazo, ante la mirada atónita de sus parientes.
Loni se mostró halagada y se llevó una mano al pecho, como había visto hacer en ocasiones a mujeres de alta cuna.
_ ¡Oh! Sois muy amable, Monsieur.- aceptó su brazo y se puso en pie- Será un placer.
Dedicó a los primos una reverencia grácil a modo de despedida y ellos la correspondieron, alegres de poder disfrutar de todo el vino para ellos solos.

Caminaron largamente, conversando por las calles hasta que Giulianno la llevó hasta una pequeña tienda, ya cerrada.
_ La casa Medici.- dijo, en una mezcla de suspiro y orgullo- Algún día será grande.
Loni guardó silencio pero sonrió.
Ella se ocuparía de que así fuera. Solo necesitaban una pequeña ayuda.
Buscó con la vista algún rollo de tela. Si se mostraba lo suficientemente entusiasmada, era probable que Giulianno le ofreciera hacer un vestido para ella, y si Venecia veía aquel ángel vestido con las telas de los Medici ¡Ah! ¡Qué sublime pequeña victoria!
Giulianno sacó unas llaves y abrió la portezuela, haciendola pasar al interior.
Estaba oscuro y el comerciante tardó unos instantes en encender una vela, pero Loni no tuvo problema en ver lo que allí había.
Telas, rollos y rollos de telas. Sedas, puntos, linos...
Cuando Medici encendió las velas, todo se vio bañado en luz ambarina.
_ Un año en el mar. Todos nuestros ahorros, pero ha valido la pena: mirad, seda...
Loni se acercó a las telas y las contempló entre suspiros ante la mirada del buen hombre, complacido.

De pronto, como si hubiera pensado algo (y Loni supo exactamente lo que había pensado), Giulianno sacó de un arcón un precioso vestido de seda azul claro, con hermosos bordados floreados en el escote y en las mangas, con capas de gasa blanca y broches de plata. Una auténtica obra maestra.
Loni contempló el vestido embelesada, y no tuvo que interpretar nada.
_ Este...- comenzó Giulianno, primero con timidez, luego con seguridad- este os sentaría como un guante, mi señora. ¿Queréis probaroslo?
Loni dedicó a Giulianno una sonrisa sorprendida.
_ ¡Oh! ¿De veras? ¿De veras no os importaría?- acarició la magnífica seda del color del cielo y dejó que se deslizara entre sus dedos.- Él asintió y con una franca sonrisa, Loni cogió el vestido.
Realmente no era estúpido il signore Medici.

El comerciante le señaló un pequeño rincón con un biombo y un espejo donde podía vestirse sin ser molestada y Loni colgó el vestido en un pequeño saliente y, cuando estaba entrando trás el biombo, vio que, por el ángulo de colocación, el espejo le devolvía la imagen de Giulianno y que por tanto... él debía estar viéndolo a ella.
Sonrió. Los hombres siempre habían sido débiles.
Por tanto decidió no hacer nada con el espejo y simular que no lo había visto y comenzó a desvestirse.
Sabía que Giulianno estaría pendiente de su imagen en el espejo, de manera que invocó su sangre para tener los colores de una mujer mortal. Se tomó su tiempo en desvestirse: dejó que viera los hombros desnudos, la caída de la espalda, el inicio de las caderas... Y entonces, con un gesto discreto, golpeó el espejo de manera que le devolviera su propia imagen. Giulianno ya no la veía, y se desvistió por completo para, a continuación, envolverse en aquellas sedas.

Salió entonces de detrás del biombo y se presentó ante Giulianno para mostrarle como el vestido parecía ser hecho a medida, a juego con sus ojos claros, acentuando el encendido de sus cabellos y la blancura de su piel.
Él la contempló, completamente embelesado, como si se encontrara frente a una diosa, frente a la misma Venus,y... obviamente excitado. Podía sentir su pasión.
Podía pedir cualquier cosa a aquel hombre, si le prometía su cuerpo y su lujuría. Y no había necesitado hacer nada... Tan solo mostrar un poco de piel...

Se sintió poderosa.
_ Perfecta...- fue todo lo que acertó a decir Giulianno.
_ ¿Puedo mirarme en algun espejo, Monsieur?- preguntó ella con inocencia.
Giulianno apartó entonces el biombo y la situó frente al espejo, para que pudiera contemplarse entera.
Sí, ciertamente era una visión sublime...
Sintió las manos cálidas del hombre en sus hombros desnudos, presionando suavemente, masajeándolo...Oh, no perdía el tiempo il signore Medici...
Se sonrojó y se apartó de las manos de Giulianno con suavidad, negando amablemente con la cabeza y dedicándole una mirada a medio camino entre cándida y traviesa.
Él recogió el candil del suelo.
_ Venecia está radiante esta noche, casi tanto como vos. ¿Quereis lucir ese vestido por sus calles, mi dama?
Loni sonrió.
_ Solo si vos me acompañáis, Monsieur.

Cuando salieron a las calles, eran el destino de todas las miradas. ¿Ella? Ella era hermosa como un ángel envuelto en el manto del cielo y ¿Él? Él era apuesto y elegante, y caminaba digno como un rey, del brazo de aquella hermosa criatura bajada del cielo.
De esta manera, pasearon por las calles de la ciudad, él prendado de ella, y ella prendada de todo lo que veía. Aquí y allá palacetes, fachadas y puentes de encaje, jardines...
Y la gente les miraba al pasar, con admiración - o con envidia- y algunos incluso les señalaba con el dedo, y otros incluso se inclinaron ante ellos al pasar.

Pasaron la noche paseando por los barrios nobles donde los ricos se divertían en sus fiestas. No eran pocos los que se detenían para dedicar hermosos halagos a la mujer que paseaba del brazo de Giulianno y, al terminar la noche, eran pocas las mujeres que no tenían en mente comprar al día siguiente, telas y vestidos de la Casa de Medici.

Aquella noche Giulianno la acompañó hasta la posada y trató de despedirse con un beso en los suaves labios, pero la mirada de Michelle le indicó que era demasiado temprano para aquello y él asintió comprensivo, marchándose no sin dejar constancia de adoración que le profesaba.

Cuando despertó la noche siguiente, el mozo le entregó un ramo de hermosas rosas rojas con una pequeña nota de Giulianno.
En ella, Giulianno decía que habían vendido durante el día todas sus existencias en la feria, y que deseaba verla.
Loni sonrió complacida, pero decidió que aquella noche no vería a Giulianno, de manera que envió de vuelta una nota diciéndole que aquella noche le era del todo imposible verle, pero que si tenía a bien esperar a la noche siguiente, se sentiría honrada de acompañarle.

Aquella noche se vistió con el vestido que trajo del viaje, sencillo y discreto, ya limpio a manos de las doncellas de la posada, y bajó a la planta baja.
El lugar volvía a estar lleno de hombres acomodados, pero no estaba ninguno de los Medici. El éxito, sin duda, les tenía ocupados contando beneficios.

Un hombre se acercó a ella desde un rincón discreto. Un cainita. Su rostro era regio, pero parecía sorprendido por su belleza. Loni suspiró.
Estaba siendo demasiado perfecto para ser verdad, pero no le importaba, ya contaba con ello y ella misma pensaba dirigirse aquella noche al palacio del príncipe para presentarse.
_ ¿Teneis un momento, señora?- preguntó con cortesía. Loni asintió y siguió al hombre por las calles de Venecia hasta un hermoso palacio de mármol en el que se estaba celebrando una gran fiesta.
Pasaron al interior, y sintió como las miradas se volvían hacia ella, pero no se detuvieron, sino que caminaron hasta una sala privada en la que un hombre de melena oscura y perilla, vestido con lujosas vestiduras conversaban algunos señores de apariencia noble.
_ Mi señor.- dijo el que la acompañaba- Es ella.
El hombre asintió.

"Como decía Claudio" se repitió con ironía.
Por si había alguien con un poder similar al suyo, llenó su mente de falsos recuerdos, de campiñas y palacios, de penas, de viajes...
_ Así que sois la chiquilla que se exhibía anoche... -dijo el hombre- ¿Quién sois, y qué haceis en mi ciudad?- pese a la hostilidad de sus palabras, aquel hombre emitía una extraña sensación, algo tranquilizador...- Soy Guillermo Aliprando, príncipe de Venecia.
Loni se inclinó cortesmente ante él...
_ Enchantée. Mi nombre es Madame Michelle de Mauvernay, monsieur.- dijo, tratando de parecer ingenua e inocente- Vine a visitar la ciudad, me dijeron que era muy hermosa en fiestas y vine a comprobar si decían verdad y si era tal vez, ¿un buen lugar para vivir?
Guillermo frunció el ceño.
_ ¿Vivir? Se os vio con un Medici. Hacía un año que no se veían Medici en Venecia, desde que se fueron a buscar fortuna. ¿Sois la fortuna que encontró en Ultramar?
Loni se permitió reir suavemente, halagada.
_ Non, Monsieur. Yo llegué anoche y Monsieur Médici se ofreció a mostrarme la ciudad. Si no me presenté ante vos anoche es porque deseaba descansar un poco trás el viaje, monsieur.
Guillermo asintió y se sentó en un fornido butacón.
_ Bien. Aún no sé vuestro clan ni vuestro sire, Signora.- dijo.
Loni hizo una leve reverencia.
_ Disculpadme, señor.- murmuró con inocencia- Soy una Artesana, monsieur, chiquilla de Loni de Lances.

Guillermo se mostró visiblemente sorprendido y Loni rezó por no haber dicho algo inadecuado. Que ella supiera, nadie en Italia debía saber de Loni de Lances.
_ ¿Loni de Lances sigue viva?- inquirió el Príncipe. Ahora fue turno de Loni el sorprenderse ¿Qué sabía de ella aquel hombre? Bajó la vista con sumisión.
_ Lo ignoro, Monsieur- respondió, como si se disculpara- Partió de viaje hace tiempo y no he vuelto a saber de ella. ¿Acaso la conocéis?
_ Rodrigo de Lances es amigo mío.- respondió Guillermo. ¡Rodrigo! Entonces... ¿No había muerto?- La última vez que lo vi, hace un par de años, preguntó por ella. No sabía que había engendrado prole.
_ ¡Oh!- exclamó cándida- Mi señora me habló de él... Pero no tuve ocasión de conocerle. ¿Sabéis donde reside? ¿Si podría visitarle, monsieur? Sería emocionante conocerle...
_ Se trasladó... ¿dónde me dijo?- Guillermo permaneció pensativo un instante- Tenía asuntos que atender en el este. Creo que fue invitado por un tal... Vykos, eso. En Hungría.

"El mundo es un pañuelo. ¿Qué asuntos tienes tú con Vykos, mi querido Rodrigo?"

Apenó el gesto.
_ Oh, lástima que esté tan lejos...- dijo con voz dulce- pero si se pusiera en contacto con vos... ¿Seríais tan amable de hablarle de mi, monsieur?- Guillermo asintió y Loni se inclinó en una reverencia.- Merci, Monsieur.
_ Si sois chiquilla de la chiquilla de mi buen amigo Rodrigo, no tengo inconveniente que os quedeis en Venecia.- se puso en pie y se acercó a ella- Pero dos cosas deben quedar claras, Signora di Mauvernay. Primera - alzo el dedo índice- Nada de mezclarse con la nobleza. Son cosa mía.- Loni asintió- Y segunda- alzó el corazón ahora- Nada de mezclarse con los mercaderes de la ciudad. Son cosa de mis amigos. Podéis quedaros con el Medici si lo deseais.

"No necesito más" se dijo Loni, y volvió a asentir.

_ Monsieur, antes de marcharme, quisiera preguntaros...- añadió de repente, como si lo hubiera recordado en aquel momento.- Soy escultora, monsieur, como Madame de Lances.
_ Ah... Interesante.
_ ¿Sabéis de alguna casa que pudiera adquirir, donde pudiera tener mi taller? Estoy deseosa de volver a esculpir, despues de tanto viajar.
Guillermo se llevó las manos a la espalda.
_ La vivienda en Venecia va cara, y traer piedra a la ciudad por mar es difícil. Pero... Estoy seguro que si sois lista, sabreis apañaros.
Loni hizo una última reverencia.
_ Gracias, Monsieur. Si deseais cualquier cosa de mí, no tenéis más que pedirla.
El príncipe asintió con impaciencia.
_ Este palacio es elíseo. Podeis venir cuando os plazca, siempre tendrá sus puertas abiertas. Lo mismo la plaza de la catedral. El resto de la ciudad es terreno de caza libre.- abrió la puerta, invitándola a marcharse.- Sed discreta.
Y trás aquello, Loni se marchó, preguntándose de qué manera una mujer como ella podía ser discreta...
Decidió entonces utilizar el poder que le enseñó Vykos para nublar su belleza, para hacerla menos luminosa sin cambiar su rostro, de modo que las miradas no sintieran el repentino impulso de seguirla allá donde fuera.

En los dias que siguieron, Michelle continuó viendo al cada vez más acomodado Signore Giulianno Medici, y paseando por las calles de Venecia, por los palacios, recibiendo de él rosas rojas como la sangre e invitaciones a lujosos bailes, así como ricos vestidos y aceites y perfumes que ella aceptaba, consciente de que no era más que una manera más de ser comprada... ¡Oh! Pero... ¿Quién compraba a quién?

Durante aquel tiempo, Giulianno le habló de su pasado y de los planes que tenía para el futuro, y él supo de Michelle su tumultuosa historia. Hija de campesinos, había sido casada prematuramente con un conde que no la amaba pero que había decidido que sería un bonito adorno para su castillo. Sin embargo no había sido del todo infeliz, puesto que tenía todo lo que podía desear y pudo entregarse al que resultó ser un arte en el que era diestra: la escultura. Pero la tranquilidad no duró demasiado, y el Conde de Mauvernay murió asesinado por órdenes de sus hermanos menores que deseaban hacerse con el título y las tierras, y que, no teniendo a bien matar al primogénito y desposeer a su esposa, trataron después de matarse el uno al otro, momento en el que Michelle, vestida de mendiga, se echó a los caminos con algo de dinero y, a varios dias de viaje de Bordeaux, compró un vestido y pagó a un cochero, y se dirigió a la bella Italia...

Giulianno se mostró totalmente indignado por las penurias que había pasado una criatura tan bella, y la llenó de halagos, pues al ver una mujer como ella, nadie cabía imaginar aquella serie de desdichas. Le ofreció entonces una hermosa casa en la ciudad para ella, y el notario puso la propiedad al nombre de Michelle de Mauvernay pues, según dijo Giulianno, no quería ni imaginar que tuviera que marcharse sin tener un hogar, de nuevo a los caminos.
Y trás comprobar sus dotes como escultora - y quedar significativamente impresionado- construyó para ella un taller y se convirtió en su mecenas, trayendo primero piedra, pero en cuestión de meses, el mejor mármol que le era imposible encontrar.

Y entre tanto, no solo de mecenas ejercía Giulianno.
Le permitió primero besarle los brazos de alabastro, y un tiempo después, los hombros desnudos, para más adelante, con calculada lentitud, el cuello esbelto...
Le mostró los tobillos en privado, e incluso le permitió que le besara los delicados pies, y así, poco a poco, fue cediendo partes de su cuerpo a Giulianno, que esperaba con avidez el siguiente encuentro para atisbar algo más de aquella criatura perfecta.

De esta manera, Loni se entregó de nuevo a la escultura, su auténtica y única pasión, y labró, antes que cualquier cosa, dos magníficas esfinges, tan grandes como un hombre, que hizo llegar al Príncipe a modo de tributo, y que vio más tarde apostadas en la entrada del palacio, augurio de lo que aguardaba en el interior.
Pidió a Guillermo también permiso para organizar cenas y fiestas a las que, por supuesto, tanto él como el resto de la nobleza mortal y cainita estaban invitados, para mostrar su trabajo y vender las esculturas.
Petición a la que el Príncipe accedió siempre y cuando no vendiera nada más que escultura.

Y así, cada cierto tiempo, eran celebradas grandes cenas a las que eran invitados los nobles y mercaderes de la ciudad y en las que exponía por los salones sus esculturas para que fueran contempladas y compradas al pasear los invitados por el palacete que acabó adquiriendo gracias a sus ingresos.
Pero no solo percibía el dinero que generaba su trabajo, sino también gran parte de la fortuna Medici, que llegaba a ella en forma de obsequios.
De esta manera Michelle de Mauvernay se fue convirtiendo en una ciudadana más que acomodada en Venecia, y sus obras fueron vendidas dentro y fuera de la ciudad.

Pasó el tiempo en esta vida plácida y tranquila. Loni no podía desear nada más. Era rica, era hermosa y no tenía problemas. Ni siquiera Arístides había aparecido desde hacía tiempo. Pasaba las noches esculpiendo, celebrando cenas y asistiendo a bailes del brazo de Giulianno Medici y la vida no podía ser más perfecta.

Llegó el esperado Carnaval,y las calles se llenaron de color y de música, y los bailes y fiestas se multiplicaron, si cabe, y Loni no se permitió faltar a una sola.
Y fue durante uno de los bailes de máscaras durante el cual Giulianno la llevó a un aparte, y retirando la máscara de su rostro, le pidió matrimonio.

_ Desde que te conocí mi vida no ha hecho sino mejorar día a día, noche a noche.- dijo, y sus ojos brillaban. Estaba enamorado, desquiciado y desesperado, y en su voz había un ansia que ella nunca había sentido- Déjame compartir ese misterio que te envuelve, esas noches tan tuyas...
Loni bajó la vista, apesadumbrada. No quería que llegara aquel momento, había tratado de olvidarlo por completo y ya lo tenía delante. Apoyó el rostro contra una columna e hizo brillar en sus ojos la frustración, la pena, la consternación...
_ No hace un año todavía que marché de Bordeaux, no un año todavía desde que mataran a mi esposo, Giulianno. No le amaba, es cierto, pero soy una mujer temerosa de Dios, y no puedo desposarme cuando todavía no hace un año que llevo el luto...
Giulianno la miró a los ojos con fanatismo y la tomó de la mano.
_ ¿Y cuando pase el luto, te casarás conmigo?
Loni negó apesadumbrada con la cabeza y dejó que la tristeza embargara su voz.
_ No lo sé, Giulianno, no lo sé... Es todo tan perfecto así, ahora... Que me da miedo estropearlo...
_ A mi me estropearás si me sigues teniendo en vilo, Michelle. Sin ti a mi lado, caeré enfermo.- Loni le miró, abatido, triste. Realmente la amaba. Y ella era feliz a su lado, pero no como con un esposo.
Era solo un divertimiento... Una mascota... Un instrumento...
Le acarició el rostro y trató de sonreir.
_ No pensemos en ello ahora, Giulianno, mi vida.- al oir aquello, la mirada de Giulianno se iluminó y le vio sonreir. Eran las palabras mágicas- Disfrutemos de la fiesta. Hablemoslo cuando termine el luto.

Aquella noche, Loni dejó caer las primeras gotas de su sangre en la copa de Giulianno.

El vínculo estaba hecho.

5 abr 2005

Sesión Vigésimo Primera: Petra

Cuando despertó, todavía se sentía inquieta por el descubrimiento de la noche anterior.
Arístides había resultado ser el tercer tzimisce más antiguo... Eso implicaba poder... Y el poder implicaba enemigos.

No salió del refugio aquella noche, aún tenía cosas que hacer. Casi lo había olvidado, después de las emociones... ¡Un pacto con un diablo! ¡Vaya!

"Céntrate, Loni"- se dijo- "Tienes aún algo que hacer"
Cerró los ojos, inspiró y se concentró. Sintió la familiar sensación de separarse de su cuerpo y sonrió. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba flotando por encima del granero.

Centró su atención en un pensamiento: Kaymakli, y sintió como su alma encontraba el lugar y se dirigía hacia allí, rauda como el viento.
No había limites ni fronteras para ella en aquel estado, podía recorrer el mundo entero sobrevolando los campos así, invisible, deslizándose.
Atravesó pastos, aldeas y desiertos hasta un lugar donde las montañas se recortaban contra el cielo dibujando extrañas siluetas, como si...

Se acercó más. Sí, estaban esculpidas ¡Alguien había esculpido fachadas en la ladera de la montaña! Portones, ventanas, fuentes... Sí, Rodrigo le había hablado de aquello... ¿Petra? Sí, la ciudad de los nabateos...
No pudo evitarlo, aquella ciudad tiraba con fuerza de su alma, invitándola a redescubrir sus ruinas. Deslizó su alma por los extraños monumentos cuadrados, recorriendo sus aristas, los obeliscos, las hornacinas en las paredes....
Se preguntó de qué manera habían vivido los nabateos en aquel lugar...

"Centrate, Loni"- se repitió- "Busca a Theresa"

Casi a regañadientes, volvió a concentrarse en lo que la había traido a aquel lugar. Agudizó sus oidos hasta que encontró el murmullo de una conversación, y se dirigió hacia allí.
Había dos árabes, humanos, charlando animadamente ante un portón. Junto a ellos había dos asnos de carga.

"Aquí es"

Atravesó el portón y de deslizó por la larga galería. Incluso en el mundo astral, podía sentir una oscuridad asfixiante, un ambiente opresivo, caluroso... Había pequeñas puertas abiertas en las paredes, dando lugar a salas excavadas y vacías.
Durante tiempo que le pareció un siglo, buscó el sonido de nuevas voces en el interior, y cuando ya pensaba que tal vez se había equivocado... las encontró.
Eran tres, tres voces en una sala, un poco más adelante. Se deslizó flotando hasta allí.

"Por favor... que no haya llegado Lucía"

Había tres personas en la sala. La primera una mujer, que imaginó, sería Theresa Kymena; con ella, un hombre y allí tambien... un cadáver envuelto en un sudario y con una máscara funeraria de cerámica ocultándole el rostro. Habría sido algo habitual... si no fuera porque el cadáver caminaba.
Parecían contrariados, se encontraban frente a una puerta de piedra cerrada con un gran sello. Pretendían abrirla pero no encontraban la manera.
Loni sonrió

"¿Qué habrá detrás de esa puerta?"


Reprimió una risita traviesa. Podría ser divertido dedicarse a la arqueología más adelante, y ver antes que nadie los lugares enterrados, antes de que los profanasen...
Se deslizó y atravesó la puerta. Sintió un poco de resistencia, que atribuyó a tal vez, la fé de los que crearon la tumba, pero no era muy fuerte y pudo entrar sin problemas.

Allí, en la oscuridad, había un sarcófago.

"¡Vaya!"
-se dijo, mientras se acercaba a la tumba con curiosidad- "¿Estará muerto o aletargado?"

La forma astral que se alzó trás el sarcófago al acercarse le demostró que de ambas opciones, la segunda era la correcta. Maldijo entre dientes: no contaba con encontrarse a nadie allí dentro...
La piel estaba marchita y apergaminada, y no había ojos en sus cuencas, una visión
realmente espeluznante. Loni retrocedió un poco.
_ Me has despertado...- dijo el ser con voz crepitosa- ¿Por qué?
Loni lo miró con recelo.
_ ¿Quién duerme en esta tumba?- inquirió.
El ser frunció el ceño, casi con ofensa.
_ ¿No sabes quién soy...? Entonces... ¿Qué haces aquí...?
_ Averiguarlo.- fue toda la respuesta que obtuvo.
El ser rió con una carcajada que parecía papel de lija.
_ Tienes agallas... O eres una inconsciente... Soy Mathusalem, chiquillo de Ashur, Guardían de las Puertas de la Muerte. - Loni hizo una servil reverencia- ¿Y quien...? Oh, vaya... Veo que sirves a un poder elevado.- dijo Mathusalem alzando el ceño. Loni sintió una especie de presión sobre el pecho y se dio cuenta de que llevaba la moneda al cuello. ¿Cómo podía ser? La moneda estaba en su cuerpo ¿Acaso estaba también impresa en su alma? Unos dedos transparentes tomaron la moneda y la examinaron. Sí, la moneda estaba allí.- Ahora la verdad. ¿Te envía el Dracon? En ese caso, debes traer algún mensaje de él... Te escucho...
Loni llevó la mano a la moneda. ¿Tenía un mensaje para él? ¿Arístides la inspiraría? Esperó, pero no recibió ningún pensamiento. Claro... ella no había ido allí buscando a Mathusalem. Buscaba a Theresa...
_ No me envia nadie, señor - dijo- crucé la puerta para ver a quién pretenden despertar.

Mathusalem miró la puerta.
_ Sí... siento la llegada de mi chiquillo. El muy necio ha olvidado como abrir mi tumba. Pero me sorprende una cosa... ¿Cómo, si no te manda el Dracon, has pasado mi barrera...?
Loni miró la puerta a su vez y se encogió de hombros.
_ No encontré apenas resistencia, señor.
El ser miró a su alrededor, inseguro. Aquellas palabras habían obrado un cambio en él, parecía preocupado, ya no parecía tan majestuoso, tenía... ¡miedo!
Loni se sintió a un tiempo intrigada y complacida. Se preguntó qué clase de poder era el que temía Mathusalem, en apariencia viejo y poderoso.

De pronto, la moneda en su cuello comenzó a brillar y de ella surgió una figura humana. Tardó un instante en reconocer la silueta de Arístides, armada con una especie de lanza luminosa, que se materializó allí mismo en cuestión de segundos, y atravesó a Mathusalem por sorpresa.
_ ¡Dracon!- gimoteó la criatura mientras la lanza se clavaba en su corazón astral.
_ Hola, viejo amigo- respondió Arístides, clavando con fuerza la lanza.
No... No era una lanza... ¡Era su propio brazo alargado y deformado! Claro, era aquel el poder de los tzimisce.
Mathusalem se disolvió y regresó a su ataud. Así que temía a Arístides... Sintió un cosquilleo de placer... Ella servía a Arístides y él era temido... El poder era algo maravilloso.
Arístides se volvió hacia ella, con media sonrisa en los labios, haciendo que su brazo volviera a la normalidad.
_ Hola, Loni.
Ella miró el ataúd.
_ ¿Está...está muerto?- Arístides negó con la cabeza.
_ No, todavía no. ¿Qué haces aquí?
_ Vine buscando a alguien.. y encontré esto ¿Sabías que iba a venir? - acarició la moneda.
_ No, sentí que entrabas en contacto con alguien a quien buscaba.
_ ¿Quién es?- inquirió, curiosa.
_ Alguien muy viejo. No sabía donde se ocultaba, pero ahora lo sé. Y creeme, esté no se despertará.-la miró y sonrió con malicia. Loni sintió un cosquilleo al verle sonreir de aquella manera.
_ Su chiquillo está al otro lado.- dijo ella, mirando a la puerta- No recuerda como abrir la tumba...
Arístides no mudó la sonrisa.
_ Bien, me encargaré de él.
Loni recordó a Theresa Kymena...
_ No toques a la mujer que va con él, por favor. Es a ella a quien vine a buscar...
_ Claro...- respondió- Es amiga de Vykos. No quiero que Vykos pierda una de sus pocas verdaderas amigas...

Loni asintió. Por fortuna, el rio le había quitado los libros. ¿Qué habría ocurrido si hubiera entregado a Vykos los libros de su amiga? Nada bueno, desde luego...
_ ¿Cómo has aparecido aquí?
Arístides se acercó a ella sinuosamente, y con los dedos tomó la moneda. Acercó tanto su rostro que casi podía besarlo, pero incluso a aquella distancia, era inalcanzable.
_ Mi regalo- dijo- él me llamó.- miró fijamente la moneda- Vaya... Veo que viste a Darshuf... Eso es malo.- Mientras contemplaba la moneda, Loni se dio cuenta de que lo que Arístides veía no le gustaba lo más mínimo. Al cabo de unos instantes, la miró de nuevo con picardía.- Mmm...Ahora sabes la verdad sobre mi, Loni. ¿Qué hago? ¿Borro mi presencia de tu mente de nuevo? ¿O no será necesario?
Loni sintió una punzada. No quería perder aquella sensación...
_ No... por favor...- casi pareció un ruego. Arístides sonrió con complicidad y guiñó un ojo.
_ Pues no se lo digas a nadie.- y dicho esto, atravesó la pared de un salto. Loni escuchó entonces los gritos al otrolado y tuvo un escalofrío. Trató de pasar la puerta ella también, pero fue imposible: Sin la presencia de Arístides en la moneda, no podía atravesarla. Suspiró.

_ A...ayudame-susurró una voz desde la tumba. Mathusalem estaba vivo... Loni se alejó de la tumba todo lo que pudo.- Ayúdame... No... No dejes que se salga... con la suya... Es un traidor... traidor...- Loni se llevó la mano a la moneda.- No...No... Nos condenas a todos...Poniéndote de su parte... a todos...
Atravesando la pared, volvió Arístides.
_ Bueno, puedes estar orgulloso de tu chiquillo. Menuda guerra ha dado...-dijo a Mathusalem- Y sus acompañantes... Bueno, se largan en un profundo Rotschreck. Por cierto, que he hecho creer a tu chiquillo que tú le has dado muerte, por inútil- miró a Loni- Por no recordar como abrir la puerta...
Loni sintió un cosquilleo de nuevo ante aquella mirada, y bajó la vista.
_ Traidor.- espetó Mathusalem desde su tumba, con voz ahogada.
Arístides se acercó a él.
_ Has cometido un error, viejo. Me sorprende que hayas podido volver a la consciencia, pero supongo que todos esos siglos mirando cadáveres te han servido de algo...- se interrumpió- Dime, Loni... ¿Quieres su alma?
Loni abrió mucho los ojos... Un alma tan antigua...
_ ¿Qué ocurrirá si la tomo?
_ Serás más fuerte...-dijo él, invitante, seductor...
_ Pero el alma es inmortal... ¿Vivirá en mí? ¿Es eso lo que quieres?
Arístides sonrió.
_ Yo lo debilitaré. No quiero que nada de él sobreviva.- Loni asintió, sintió el ansia en su interior.
_ Si solo he de tener su fuerza, dámela...
Arístides metió la mano en la tumba y sacó el espíritu de Mathusalem, que comenzó a palidecer.
_ ¿Tienes hambre, Loni? Yo diría que está a punto.
_ ¡No, por favor! ¡Cualquier cosa menos eso! ¡No!- gritó Mathusalem.

Loni se acercó al espiritu y clavó los dientes de luz en la carne astral.
Una sensación extraña la inundó. Su alma era como vitae, como la vitae de la copa que probó en Constantinopla, pero esta sabía a tumba. El poder era abrumador, y se deslizó por su alma como un elixir ardiente.
Sin embargo, no fue sencillo. El alma de Mathusalem era escurridiza y no se dejaba devorar... Decidió que aquel era el tipo de dolor que sentía una mujer dando a luz... salvo que ella estaba devorando una no-vida, y pese a que Arístides lo había debilitado, podía notar su fuerza.
Al fin, la resistencia de Mathusalem cedió y desapareció en su interior. Había terminado la diablerie.
El dolor cesó y se sintió triunfante... El cuerpo en la tumba se convirtió en polvo, estaba muerto.

_ ¿Te ha... gustado?- preguntó Arístides con una sonrisa. Loni, asintió, abrumada todavía por aquel placer, aquella fuerza.
_ ¿Qué ocurrirá ahora? -preguntó con voz débil. Arístides se acercó a ella de nuevo.
_ Mmmm, no lo sé.- le alzó el mentón con delicadeza y la observó un instante- Sin vetas negras... perfecta. Ahora, no te muevas-posó suavemente las manos sobre sus pechos y se fundió con ella, desapareciendo en su interior. Sintió como se movía dentro de ella, como con dedos hábiles desligaba lazos y creaba nudos nuevos...- Dime Loni...- dijo desde su interior- ¿Cómo deseas ser?

Loni sonrió y echó la cabeza hacia atrás.
Sintió la palabra formarse en su boca y la saboreó largamente.
_ Poderosa.
Arístides rió.
_ Lo serás... Pero Michelle necesita un aspecto nuevo. Loni ya quedó atrás.- Loni abrió mucho los ojos- Puedo esculpir a Michelle... Para siempre... ¿Deseas ser bella? ¿Morena? ¿Alta? ¿Esbelta? Pide...

De pronto en la mente de Loni apareció una imagen. Una escultura... Girona, con Talbo... La noche en que Menahem trajo la carta para el viaje a Salou... Una campesina de hermosas curvas y cuello esbelto, simbolo de la pasión, con el cabello encendido cayendo en bucles a ambos lados de la cabeza... La había tallado como le hubiera gustado ser...
Sintió un cosquilleo en su interior y casi pudo percibir el cambio. Al cabo de unos instantes, Arístides abandonó su cuerpo y se materializó frente a ella.
_ Ya está.- sacó un pequeño espejo de bronce pulido de sus ropas y se lo ofreció.

Reprimió una exclamación.
La piel curtida había dejado paso al más fino alabastro, y su rostro ya no era común en absoluto. Un óvalo perfecto, con dos ojos de luna, nariz caprichosa y mentón de morder, con unos labios suaves y bien formados, y una cascada de rizos pelirrojos como un fino encaje posado sobre su cabeza... Era hermosa... La criatura más hermosa que había visto jamás... Permaneció un instante absorbida por su propio reflejo, recorriendo con la mirada cada curva, cada detalle... Fue Arístides quién la sacó de su ensimismamiento.
_ Regresa, Michelle... Porque Loni de Lances ya sólo es un recuerdo.- Depositó en sus labios un beso cálido y suave, y desapareció.

Permaneció así un tiempo, inmóvil en la tumba, tratando de entender lo que había dicho Arístides... Loni, solo un recuerdo...
¿Ya no era Loni? Si... en su interior seguía siendo Loni, pero ya nadie la reconocería jamás... No olvidaría quien era, aunque para todos fuera Michelle... Michelle de Sontignac...

"Centrate, Loni, busca a Theresa"


Sí,todo aquello había comenzado por Theresa, y debía terminar su misión. Atravesó de nuevo la pared, esta vez sin ningún tipo de problema... Al parecer la barrera dejó de existir en el momento en que Mathusalem murió.
Fuera ya no quedaba nadie, pero en suelo, paredes y techo había señales de un enfrentamiento sangriento... La máscara funeraria estaba rota en un rincón, y el sudario estaba hecho harapos...Reprimió un escalofrío, y se preguntó por qué Arístides quería la muerte de los dos cainitas...

Voló a través de la galería hasta el exterior y allí vio como los dos árabes corrían siguiendo el rastro de los dos vampiros, que huían mas deprisa que lo que podría correr cualquier humano. Loni voló sobre ellos y localizó a Theresa y al otro hombre, poseidos por un horror inombrable... No parecía poder hablar con ella en aquel estado, de manera que los sobrevoló hasta que, pasados algunos kilómetros, se detuvieron al fin, ya más tranquilos.
Los hombres de los asnos se detuvieron a una distancia prudencial y Loni descendió en espiral hasta donde estaba Theresa y dejó la advertencia en su mente.

"Cuidate, Theresa Kymena, de Lucía de Aragón. Han puesto precio a tu cabeza y Lucía será tu verdugo"

Theresa abrió mucho los ojos y miró a su alrededor, como esperando otro terror.

"Sabe donde estás, ya está de camino. Huye, ocultate"

La mujer se quedó inmóvil. Al cabo de unos instantes, dio un par de ordenes a los dos hombres que llevaban los asnos y se dirigieron todos hacia el Sur.

Loni regresó entonces a su cuerpo, y una vez en el granero, contempló el nuevo aspecto que Arístides había forjado para ella. Era hermosa, hermosa sin par... Y aquello le servía bien a su propósito.

Había nacido Michelle de Mauvernay.
 

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