21 mar 2005

Sesión Décimo Octava: Constantinopla

Las murallas de Constantinopla se alzaban oscuras en la noche, sombra recortada contra sombra, oscuridad sobre oscuridad.
Cómo en todas las ciudades por las que habían pasado en su viaje, las puertas estaban cerradas y no se permitía la entrada de nadie en la ciudad pasada la puesta del sol.
Lucía bajó de su caballo y lo sujetó por las bridas, dando un par de pasos hasta detenerse a la orilla del agua
_ ¿Te importa mojarte?- preguntó a Loni al tiempo que esta bajaba de su caballo y se situaba a su lado.
Loni miró la corriente. No parecía demasiado brava. Y estaba oscuro.
_ Sobreviviré.- contestó.

Anatole entonces se acercó al agua y entró en ella simplemente andando. Lucía le cogió de la mano y le siguió al agua, a oscuras.
Loni se recogió al principio el repulgo del vestido,pero una vez el agua helada atrapó sus faldas, se dio cuenta de que aquel reflejo era absurdo en aquellas circustancias.
Avanzó en la oscuridad como si estuviera a plena luz del día, distinguiendo rocas y árboles en la orilla, sin necesitas, como Lucía, ayuda para cruzar.
Llegó antes que ellos al otro lado y escurrió el vestido retorciendo retales de tela con las manos.
_ Vamos a secar las ropas.- dijo Lucía al salir del agua, y los tres se dirigieron con gran sigilo a un almacén en aquel lado del agua.
Las puertas no estaban cerradas, de modo que entraron sin problemas al refugio que ofrecía aquella construcción de madera.

Sin decir nada, Lucía se desacordonó con gran habilidad el costado de su vestido y lo deslizó por las caderas hasta los pies, y a continuación lo mismo hizo con la enagua, saltando después del montón de ropa con agilidad y extendiendolo sobre un enorme tonel.
Anatole, por su parte, de deshizo también de túnica y calzas, y las puso junto a las de Lucía.

Loni observó la oscuridad en la que se movía Lucía, como un rayo de luna, una sombra blanca de perfectas proporciones, un ideal de belleza en esculturas de todas las eras, como si fuera de mármol. Se descubrió calculando con la mirada el ángulo de su cadera y la rugosidad de su codo fino, como si estuviera calibrando una escultura, el surco que cruza la espalda, la nuca elegante y el cuello esbelto...
Alguien la zarandeó suavemente del brazo.
Se volvió y vio a Anatole junto a ella.
_ Será mejor que seques tus ropas.
En otras circurstancias, Loni se habría sentido escandalizada ante aquella falta de pudor, pero no lo hizo, sino que también se desvistió y quedó desnuda, para extender sus ropas y acelerar el secado.
Lucía se encaramó con agilidad al tejado del almacén, amparada en la oscuridad, mientras que Anatole, ofuscado, vigilaba los alrededores del almacén.
Loni permaneció un instante tentada de dejar descansar su cuerpo y visitar Constantinopla, pero se decidió al fin y trepó al tejado del almacén y se sentó en silencio junto a Lucía, que miraba desde la cornisa el oscuro estrecho del Helesoponto, donde el mar Negro y el Mediterráneo se unen.
_ Ah, Loni...- murmuró al verla llegar, pero no se volvió hacia a ella más que un instante, para volver a perder la mirada brillante de melancolía en el mar oscuro. Loni se sentó junto a ella, sin decir nada, y miró en la misma dirección, y así permanecieron largo rato, Lucía, perdida en no sé qué nostalgias, y Loni deleitándo sus ojos con el reflejo de las estrellas en el espejo de obsidiana que era el mar.
No había viento, y el único sonido que embargaba el silencio era el siseo de las olas que iban a morir a la orilla y se retiraban con un susurro de seda.
_ Loni...- murmuró Lucía, volviéndo el rostro al fin hacia ella- ¿Has amado alguna vez?
_ Sí- Loni sonrió con amargura y apoyó el rostro en las rodillas.- Amé.
Lucía suspiró.
_ Yo creo que amé...-dijo en un murmullo triste y casi imperceptible- Pero un amor que va contra todo lo que me ha sido enseñado...
Loni miró al cielo y suspiró.
_ Quien os dijo como debíais amar debió ser alguien muy pretencioso, Lucía.- y se sorprendió a si misma pensando en aquellos términos.
Lucía se mordió un labio con suavidad.
_ Ahora viajo a Tierra Santa para ver si amé o fue solo un sueño.
_ ¿Y vuestro amante?
Lucía volvió a suspirar. Era extraño verla tan humana, tan vulnerable...
_ Ha luchado en las cruzadas desde que comenzaron, fue en combate, así nos conocimos.- dijo.- Luchamos toda la noche, hasta caer presas del agotamiento, y el alba que nos amenazaba. Nos refugiamos en una cueva, acordando dejar la lucha para la noche siguiente. Así empezó todo. Ella es assamita... Fatimah...

Loni trató de disimular la sorpresa y aquel inicio de rechazo que se insinuaba en ella frente al amor entre dos mujeres... En el mundo de los malditos... realmente ya no importaba el género... Trató de hacer crecer esa idea en ella.
_ ¿Y que ocurrió? ¿Por qué no estáis con ella?
_ Luchamos en bandos rivales de una misma guerra, tenemos nuestras obligaciones, lealtades. Ella se debe a los suyos. Yo a los que aprecio. Y en esos mundos no hay cabida para la otra.
_ Yo de vos - murmuró Loni- habría huido con ella. El amor es algo demasiado precioso, demasiado escurridizo, como para encorsetarlo con dogmas.
_ Ya...-suspiró Lucía- pero no es tan sencillo.- y repitió como para sí misma- No, nunca lo es...
_ Tan sencillo como vos hubierais querido hacerlo.
_ Es cosa de dos, Loni.- aquel tono aleccionador no le gustó. No era una muchacha en aquel asunto. Se había casado, por amor, y había compartido su vida con un hombre que podía morir cualquier día.- Y no sólo soy yo quien decide. Ella es fiel a los suyos. ¿Sabes que recibió el honor de ser la segunda mujer abrazada en el seno de su casta?
_ ¿Acaso ella no se habría marchado con vos si se lo hubierais pedido?
_ ¿Y en qué derecho estoy de pedirle algo así?
Loni se cansó de aquella autocompasión.
_ Si os ama, tenéis ese derecho.- dijo, categóricamente.- Si no, no me precipitaría en llamarlo amor.
Lucía volvió a suspirar y perdió la mirada en el Helesponto.
_ Quizás...
Aquella noche Loni esperó en el tejado hasta ver las primeras luces del alba reflejarse en Hagia Sofía antes de ir a refugiarse al almacén.

Pasaron el día siguiente al refugio del almacén, más tiempo del que hubieran querido, puesto que la ropa tardó más de lo esperado en secarse.
Y llegó la nueva noche.

Lucía se marchó temprano para cumplir sus deberes y obligaciones en aquella ciudad, dejándo a Loni y a Anatole. Anatole quería ver la ciudad e invitó a Loni, pero esta decidió que quería estar sola para poder disfrutar por completo de aquella maravilla con la que había soñado tan a menudo.

De esta manera, entró en la ciudad y vagó por las calles deslizando las manos por la piedra vieja y contemplando las ruinas de la historia de aquella ciudad.
En la cima de la Primera Colina, descansaban los restos de la venerada Acrópolis griega, en la actualidad un mausoleo de columnas rotas, paredes derruidas, altares destrozados y templos en ruinas que una vez veneraron a Zeus y Atenea.

Lamentablemente, el lugar estaba lleno de basura y desperdicios, pero aún así era hermoso y estaba tranquilo, que era justo lo que necesitaba, para caminar entre esas ruinas a las que nadie iba haciéndole imaginar la grandeza de aquellos que construyeron aquel lugar y pensar que sólo fue para ellos una obra menor, una de tantas, no una obra cumbre como la Acrópolis de Atenas.

La luna se filtraba por entre las ruinas cortando la oscuridad como cuchillos de luz, y Loni se deslizó entre luz y sombra, tratando de imaginar como habría sido aquel lugar hasta que sus sentidos le advirtieron que había alguien más en aquellas ruinas.
No se alarmó, la paz de aquel lugar se le había contagiado y se sentía totalmente tranquila.
Sin dejar de pasear, estudió al extraño.
Era un hombre, no demasiado alto, delgado y de cabello oscuro, estilizado. Tenía el pcabello rizado, iba perfectamente afeitado, y vestía con las ropas de un rico comerciante.
Y era un vampiro.
No le pareció amenazador, y puesto que él también contemplaba aquel lugar, decidió que no podía ser nada malo.
Continuó pues su paseo, sin desviarse, sin volverse para mirar al extraño, aunque sentía que estaba compartiendo con él aquel momento.

Pasó así un instante, disfrutando de la historia a la luz de la luna hasta que el extraño la vio y se dirigió hacia ella hablando un idioma que Loni no entendía.
La miró con los ojos muy abiertos y esperó su respuesta, pero Loni se dirigió a él en latín, deseando que al menos de esa manera pudieran entenderse.
_ Sí, hablo latín- contestó el hombre con un acento curioso... era un latín... diferente, como más puro, más fluido- No sois de por aquí... ¿verdad?
Loni sonrió, aquel hombre era cortés y aquello le agradaba.
_ No, estáis en lo cierto. Vine para admirar la ciudad...
_ Ah... - suspiró el hombre con melancolía- No es una buena época para eso. Se ha perdido mucho.- y miró a su alrededor con nostalgia.
Loni siguió su mirada y volvió a sonreir.
_ Oh, hubiera sido maravilloso venir antes, pero también así tiene su encanto.- comenzó a caminar, con la mirada perdida, pero sabiendo que el extraño caminaba a su lado y la escuchaba- Las cosas hermosas, las obras de arte, los objetos sagrados sufren, como los mortales, los efectos imparables del paso del tiempo. Desde el mismo instante en que su autor humano , consciente o no de su armonía con el infinito, les pone punto y final y las entrega al mundo, comienza para ellas una vida que, a lo largo de los siglos, las acerca también a la vejez y a la muerte. Sin embargo, ese tiempo que a los mortales marchita y destruye, a ellas les confiere una nueva belleza que la vejez humana no podría siquiera soñar en alcanzar- se detuvo y apoyó una mano en los restos de una columna, y miró a los ojos al extraño- por nada del mundo hubiera querido ver reconstruido el Coliseo, con todos sus muros y sus gradas en perfecto estado, y no hubiera dado nada por un Panteón pintado de colores chillones o una Victoria de Samotracia con cabeza...

Cuando terminó, el hombre tenía una gran sonrisa franca y una mirada sincera en el rostro.
_ Vaya, una artista.-dijo al fin, divertido- ¿Toreador?
_ Para serviros- respondió Loni, con una grácil reverencia... Hacia tanto que no hacía reverencias... Se acordó de Claudio, el pequeño bastardo de Claudio...
El hombre sonrió.
_ Hace tiempo conocí a un toreador. Un artista. Pero murió. -dijo- Lloré su muerte, y estoy de paso para rendirle pleitesía, en mi regreso a Tierra Santa.
_ ¿No sois de aquí entonces?- inquirió Loni con cortesía.
_ No.- negó con la cabeza e hizo una leve reverencia.- Arístides, para serviros.
Loni respondió con otra reverencia a su vez.
_ Michelle.- respondió.
Arístides alzó una ceja.
_ ¿Francia?
_ Sí, mi señor.
_ Ya decía yo,-dijo Arístides- aunque por el acento me pareció más la costa del reino de Aragón.
Loni maldijo entre dientes su torpeza, pero no mudó el gesto.
_ He pasado algun tiempo allí, señor, tal vez de entonces venga mi acento.
_ Sí, sí, mi señora- sonrió- se os ha pegado...
En aquel momento Loni decidió que aquel hombre era realmente cordial y que gustaba de su compañía.

Como leyendo su mente, Arístides ofreció su brazo.
_ ¿Deseais conocer la ciudad? ¿Necesitais un guía?- Loni tomó su brazo con elegancia, y sujetando con la otra mano el repulgo de su vestido, salieron de las ruinas.

Caminaron largamente por las calles de Constantinopla, admirando tapices y joyas, y hermosos edificios. Arístides le hablaba de lo que había sido Constantinopla antes de aquello, y hablaba con veneración, con alegría y con un deje de nostalgia.
_ Habladme de vos- pidió cortesmente Loni, al tiempo que sonreía.
_ ¿Yo? Soy viajero- respondió- Tengo algunos amigos, y hablo con gente de aquí y allá. Pero hace tiempo que no me asiento en ninguna parte.- le ayudó a pasar por encima de un pequeño agujero en tierra- Así que podríais llamarme... espíritu errante.- dijo aquello último con una leve reverencia, como si fuera un título honorífico y Loni pensó que realmente en él lo parecía.
_ ¿Y en qué lugares habéis estado? Habladme de las ciudades y las capillas y las esculturas...
Arístides sonrió y habló con pasión.
_ Oh, he visto cosas que os admirarían. Que ni podeis soñar.- la miró a los ojos- ¿Queréis verlas?- Loni abrió mucho los ojos con sorpresa y entendió. Si él las había visto... podía enseñarselas, sí... Pero... Eso quería decir que era muy, muy viejo.- Si sois de talento, podreis verlas en mi mente.

Loni asintió dudosa, cohibida.
_ ¿Estáis...estáis seguro de que queréis que entre en vuestra mente?
La sonrisa de Arístides volvió a dibujarse en su rostro.
_ Si no buscais nada que no sea arte, no tengo inconveniente en mostraros maravillas que vuestros ojos jamás podrán contemplar.
Loni asintió, halagada por aquella muestra de confianza.
_ Vayamos a algún lugar tranquilo.- dijo- Si voy a ver arte, quiero estar libre de distracciones.

Arístides asintió y se dirigieron del brazo a una casa señorial, pequeña pero elegante.
En el interior olía a haber estado cerrado mucho tiempo, y estaba decorada sobriamente. Los muebles, estaban todos cubiertos con sábanas blancas y Loni dedujo que era el lugar que utilizaba como refugio cuando pasaba por la ciudad.
Y por la decoración, el tamaño y los muebles, pensó que pasaba por allí bastante a menudo o que había pasado allí largas temporadas en el pasado.

Arístides destapó una hermosa otomana color burdeos y la invitó a tomar asiento, y trás encender un par de velas, se sentó a su lado, cerca de ella.
_ Cuando queráis.-dijo- Estoy preparado.

Con cautela, Loni sujetó con ambas manos el rostro de Arístides por las sienes y se acercó tanto a él que sus frentes casi se tocaron.
Tomó aire.

Una vez.
Dos veces.
Y se lanzó a su interior.

Cuando comenzó a escrutar su mente, se vio a si misma en una especie de biblioteca, es una especie de espacio, como... recordó el último sueño que le habían enviado las Voces en Béziers, cuando agonizaba junto a la hoguera. Aquel espacio vacío pero que no estaba vacío, la biblioteca, la catedral flotando en el aire, las esculturas...
Los recuerdos de Arístides eran como aquello: como un gran cielo nocturno con brillantes estrellas flotándo, pero no eran estrellas... Si se acercaba mucho a aquel punto blanco y luminoso, podía empezar a distinguir unas columnas de alabastro, y unas cariátides, y cúpulas y... No podía creer lo que veía. Allá donde dirigiera la mente, encontraba los hermosos edificios que había conocido en ruinas, en perfecto estado, hermosos y resplandecientes... La Acrópolis... no como aquella noche sino... como hacía mil quinientos años... Vio una estatua de Poseidón en el centro de una gran plaza. Era Emporion, cerca de Girona, en su pleno apogeo. Vio también la imperial Tarraco, sus monumentos. Vio Portugal...como un puerto fenicio.
Aquello era increiblemente viejo.

Arístides sonrió
_ Te interesa el mundo antiguo, ¿eh? Espera... a ver qué te parece esto.
Y de repente el mundo en su mente giró hacia algún punto al sur de iberia, lleno de marismas... Una ciudad construida sobre las marismas, con canales circulares concéntricos... Griega en apariencia, con una enorme estatua de oro de Poseidón en su templo central, alto, muy alto...
Permaneció un instante contemplando aquella imagen.
Arístides volvió a sonreir.
_ Fue... olvidado. Una lástima, ¿no crees?

Loni le soltó y separó el rostro del suyo con suavidad.
_ Era... eran tan hermoso...- mumuró, todavía emocionada- ¿Qué lugar era?
Arístides negó suavemente con la cabeza.
_ No importa, ya no existe...
_Bueno, Cleopatra ya murió y no por ello es menos magnífica.

Arístides se levantó de la otomana y se dirigió a un armario de caoba, del que sacó una botella de cristal tallada exquisitamente y llena de oscura sangre.
_ Lo de Cleopatra fue una exageración.- dijo- Es curioso lo que mitificar a alguien puede aumentar su luz.- sacó a continuación dos hermosas copas y se sirvió el espeso líquido- ¿Quereis? De mi reserva personal. No es mía, si eso os da miedo. Nunda bebo de nadie que siga no-muerto.
Loni asintió y Arístides llenó la otra copa y le sirvió.
Cuando bebió, reconoció la vitae. La vitae de vampiro más potente que había probado jamás, tan, tan antigua... Se deslizó por su garganta sumiendola en el éxtasis y dando a sus sentidos una nueva sensibilidad, y pensó que ahora podría sentir las cosquillas de las estrellas en la piel. Las velas brillaban más y que las sombras que proyectaban en las paredes tenían vida propia. Se vio arrastrada a una vorágine de sensaciones que no había sentido jamás con aquella sangre que superaba de largo la proporcionada por cien hombres... La mano le tembló y a punto estuvo de dejar caer la copa, pero se controló y vio que Arístides había terminado su copa y que mientras la dejaba en la mesa con suavidad, una lágrima encarnada le rodaba mejilla abajo.

_ Sí, conocí a un toreador hace tiempo... Y él me regaló su vitae para que le recordara siempre. Nunca pensé que moriría una noche, y que bebería esta copa.- Loni se acercó a él lentamente y con una caricia, recogió la lágrima y se la llevó a los labios. De nuevo aquellas sensaciones la invadieron, pero de una manera más sutil.- Vaya... Veo que no os da miedo tomar la sangre de otros.¿No temeis enamoraros perdidamente de mi por culpa de un Vínculo de Sangre?
Loni sonrió.
_ No creo ya que pudiera enamorarme.- dijo- De todos modos, sería una dulce condena seguiros por el mundo y ver todo lo que veis.
_ Condena, sí.- sentenció Arístides.- Dulce, no. Habeis visto lo hermoso, lo que vuestros ojitos de toreador ansiaban ver. Pero estos ojos míos han visto horrores mayores de los que sois capaz de concebir.

Loni bajó la mirada.
_ Me agasajáis con hermosas visiones y ahora tratáis de asustarme.- murmuró.- Creo que no os entiendo.
_ No, Michelle.- dijo el hombre con suavidad- Sencillamente, que por una noche me ha gustado rememorar el tiempo en que fui inocente. En que no era lo que soy. Caminar por la Acrópolis, maravillarme de ella una vez más, de la ciudad... Una pausa en mi condena eterna.
Se puso en pie y guardó las copas y la botella de nuevo en el armario, y a continuación, se volvió para mirarla.
_ Todavía no me habeis dicho qué os trae a la ciudad, Michelle. ¿Sólo su escultura?
Loni sonrió con inocencia y negó con la cabeza, suavemente.
_ Me dijeron que aquí vivió Miguel...-dijo con timidez- quería ver la ciudad que había escogido para pasar sus dias.
Arístides sonrió también, pero era una sonrisa empañada.
_ Sí, esta ciudad se dice que la recreó a semejanza de sus sueños. De su Sueño. Hace doscientos años, la habríais disfrutado mucho más que ahora. Es una sombra de lo que fue. Se nota que hay un lasombra en el principado.
Loni sonrió de nuevo. Era curioso como era incapaz de fruncir el ceño en compañía de aquel hombre.
_ Estoy segura de eso, pero puesto que esto es lo que veo, esto es lo que puedo amar.
_ ¿Y a dónde ireis, tras ver la ciudad? Estais lejos de vuestra tierra.
La joven se sentó en una pequeña butaca forrada de terciopelo añil.
_ Donde me lleven los caminos. No lo he decidido todavía.
Arístides asintió.
_ Yo visitaré Jerusalén. Quiero ver a un chiquillo que tengo ahí.
_ Tal vez vuelvan a cruzarse nuestros caminos en el futuro, quien sabe...
_ Quién sabe...- se puso en pie y le tendió una mano.- Bien, Michelle. El alba se acerca, y en un par de horas será de día. Si deseais regresar a vuestro refugio, deberíais daros prisa.

Loni tomó su mano y se puso en pie, entristecida por tener que partir.
_ Antes de iros- dijo Arístides conduciéndola a la puerta- tomad. Un regalo. Para que os acordeis de mi.
Y sacó de su bolsillo una moneda de oro y la depositó en su mano y con una reverencia, desapareció en el interior de la casa.

Durante el camino de regreso al almacén, Loni se dio cuenta que aquella única copa de vitae había saciado su Sed completamente, y para cuando cruzó las puertas de madera y entraba en el refugio, el sol se alzaba ya sobre la linea del horizonte.
Se recostó cómodamente en la caja, y miró la moneda. Era magnífica, de oro macizo.
¿Quién era Arístides? ¡Qué hombre tan extraordinario!
Se concentró en la moneda, esperando que ella pudiera desvelarle algo de aquel misterioso caballero, pero en el momento en que su mente leyó aquel regalo, se vio de nuevo en el espacio oscuro salpicado de historia y monumentos.

Sonrió con dulzura y agradecimiento, y aquella mañana cayó dormida paseando por Alejandría.

15 mar 2005

Sesión Décimo Séptima: Transilvania

Durante el tiempo que permaneció en la abadía, Vykos aceptó enseñarle el arte de la viscisitud, aquel arte que, de manera tan atroz, había utilizado para crear su escultura.
Por supuesto, no la instruyó en tan altas habilidades, pero si que le enseñó como cambiar su piel, su cabello, sus ojos, su rostro entero, sin casi esfuerzo.
Loni recibió aquellas enseñanzas de buen grado, puesto que, salvo el episodio de la atroz escultura, Vykos le resultaba una grata compañía, y aquellas sus enseñanzas, valiosas herramientas para sus planes...

Paseó también por el claustro de la abadía, recorriendo con la mirada los arcos de medio punto, y sumergiéndose en los juegos de sombras que recorrían los pasillos cuando las nubes ocultaban la luna de aquella manera tan... fantasmagórica.

Lucía y Anatole, por su parte, no parecían cómodos en la abadía y la abandonaron a las pocas semanas, alegando que debían hacer unas visitas, pero Loni se manifestó interesada en permanecer allí, de manera que partieron.

Durante aquel tiempo, además del tiempo de sus enseñanzas, Loni estudió a Vykos.
Aquel extraño personaje le intrigaba. Recibió en su abadía gran cantidad de invitados, entre los cuales se hayaban importantes tzimisce de oriente, aunque no supo de su importancia hasta cierto tiempo después.

Vykos también pasaba largas horas encerrado en la biblioteca, sumergido por completo en el estudio de unos libros que él afirmaba mágicos. En ocasiones, permitía que Loni permaneciera en la sala durante su estudio, ojeando libros de arte o sencillamente, contemplando los tapices de las paredes.

Al fin regresaron Lucía y Anatole, y Vykos les invitó a compartir noticias, y cuando hubieron terminado, se dispusieron a partir de nuevo.

_ Bueno Loni.- dijo Lucía- ¿Lista para irte de aquí? ¿O le has cogido el gusto a las estatuas de la abadía de los Obertus?
Loni sintió un escalofrío al recordar aquella segunda noche, pero se contuvo.
_ La compañía es grata y el lugar apacible, pero no partí de Girona para establecerme en otro lugar,- respondió- aunque sea al otro lado del mundo. Quiero ver otros lugares.
Lucía asintió.
_ Partamos pues. Mi tarea ha terminado en estos lares. Y Anatole quiere investigar unas visiones que ha tenido.

Cuando abandonaron la abadía, ni tan siquiera Lucía sabía hacia donde se dirigían. Seguían a Anatole, pero él no dijo a donde iban. Trás vagar unas semanas, llegaron a una ciudad, Budapest. Al poco de llegar, Anatole desapareció, y Lucía sugirió que buscaran un alojamiento para pasar el día y esperar a que regresara. Algunos días después, Anatole reapareció, sin decir una palabra de donde había estado ni qué había hecho.
Tan solo dijo una cosa.
_ Ya he terminado aquí. Por ahora.

Lucía se encogió de hombros y miró a Loni.
_ ¿Hay algun lugar al que desees ir?
Loni negó con la cabeza.
_ No conozco suficiente el mundo como para estar en situación de escoger - dijo- iré donde vayáis.
_ Muy bien. Viajaremos hacia el sur, atravesaremos los Cárpatos y Bulgaria, y a través de Constantinopla cruzaremos hacia Tierra Santa. Es un viaje de casi un año hasta Damasco. Es a esa ciudad a donde nos dirigimos.
_ ¿Qué hay en Damasco?- inquirió Loni con curiosidad.
_ Está ella.- contestó Anatole. Lucía no dijo nada.
Loni frunció el ceño.
_ ¿Se supone que he de saber quién es "ella, que no añadis nada, Lucita?
La lasombra bajó la mirada.
_ Es algo personal. -añadió con voz queda. Y trás aquello, abandonó la posada sola, de caza.

Loni quedó entonces con Anatole en la posada, sin hablar. Le parecía una gran falta de cortesía que hablaran en voz alta de algo que no pensaban explicar después. Si no querían hablar de ello, que no lo hubieran dicho.

El viaje comenzó y así llegaron al corazón del país transilvano.
Una noche, mientras atravesaban los Cárpatos, escucharon el estruendo de una batalla cerca del camino que transitaban. Loni, gracias a su poder, logró distinguir sobre el lugar de la batalla, lo que parecían cuatro criaturas aladas monstruosas volar en círculos sobre el bosque transilvano.

Lucita se puso en guardia en cuanto les comunicó lo que veía, y Anatole comenzó a farfullar algo acerca de los demonios en francés mientras desenfundaba su espada y comenzaba a invocar la gracia del Señor para plantar batalla a los enviados del infierno y salió corriendo, espada en mano, hacia los monstruos voladores.
Lucía desenvainó su espada y corrió tràs él, dispuesta a no dejar solo a su amigo, desapareciendo en la espesura.

Loni suspiró.
No quería combatir, pero imaginaba que cuando Lucía la probó en Girona, fue para cosas como esta.
Miró su cuchillo largo. No era muy útil en una batalla, necesitaba comprar una espada, aunque fuera una espada corta. Sin embargo, no quería quedarse allí, apartada de lo que ocurría.
Bajó de un salto del carro y, cuchillo en mano, corrió al lugar en el que Lucía se había perdido en la espesura.

Corrió durante instantes que le parecieron siglos, sintiendo sus ropas engancharse en las raices y las ramas arañando su rostro, apartando con grandes ademanes toda la vegetación que le impedía el paso, hasta que llegó a un claro y distinguió la lucha.
Dos hombres, vestidos con pieles pero con garras en lugar de manos, luchaban ferozmente contra cuatro bestias aladas.
La llegada de Lucía y Anatole había igualado las fuerzas. Lucía había invocado las tinieblas para sujetar a las criatruas voladoras con tentáculos de oscuridad, y Anatole, por su parte, luchaba como poseido.
No tuvo que intervenir: gracias a los tentáculos de Lucía, las bestias ya no podían volar, y en aquella desventaja, los dos hombres de las garras y de feroces ojos rojos, dieron buena cuenta de dos de ellas, mientras Lucía terminaba con una tercera.
Anatole, incluso herido, se revolvió con fuerza y atravesó a la cuarta y última con su espada.

La lucha había terminado sin que ella pudiera hacer nada.
Loni decidió comprar una buena espada cuando pasaran por alguna ciudad.

Los dos hombres retiraron sus garras y Loni recordó entonces que ya las había visto en otro lugar.
Ambos se acercaron cautelosos a Lucía, Anatole y a ella misma.

_ Gracias- dijo el primero- las gárgolas tremere son duras de roer.
_ ¿Por qué os atacaban?- inquirió Lucía.
Contestó el segundo hombre:
_ Los tremere necesitan vampiros vivos para crear sus aberraciones aladas -dijo- Si nos hubiesen derrotado... Ahora seríamos gárgolas, o algo peor, en el laboratorio de los Brujos.
El que había hablado primero dio un paso al frente.
_ Mi nombre es Victor, y este es Arnold.-dijo- Somos gangrel, de camino a un cónclave del bosque. ¿Deseais venir?

Lucía miró a Anatole y a Loni a continuación, buscando una respuesta a aquella pregunta, pero no obtuvo más que miradas interrogantes.
Lucía se encogió de hombros, también lo hizo Anatole.
_ ¿Quién acude a ese conclave?- preguntó Loni a los dos gangrel.
_ Arnulf- contestó Arnold.
_ Sí. Arnulf convoca a los gangrel. Así lo transmiten los animales de los bosques- añadió Victor.
_ Y nosotros acudimos.

Lucía miró a Loni.
_ Arnulf...-susurró- Es uno de los antiguos gangrel más poderosos y misteriosos de toda Europa del Este... Y peligroso.- alzó la voz para que los gangrel pudieran oirla- Le temen los tzimisce, los tremere y los ventrue. No se doblega ante nadie, ni participa en sus guerras. He oído de él, como véis.

Anatole estudió un árbol cercano.
_ He de reconocer que tengo curiosidad,-dijo Loni- pero no deseo ser una visita non grata.
_ Estareis con nosotros. Habeis matado gárgolas tremere. Se os respetará- contestó Vi ctor.- Pero si deseais declinar, lo entendemos.
Loni volvió a mirar a Lucía, interrogante. Lucía se encogió de hombros.

De pronto, Anatole lanzó una piedra a la copa del árbol que estudiaba momentos antes, y de ella brotó un chillido.
_ ¡Oh, no!-exclamó Lucia enarbolando su espada de nuevo- ¡Quedaba una oculta entre los árboles!
Los dos gangrel comenzaron a trepar al árbol, pero la gárgola saltó agilmente a la copa de otro árbol.
Loni pensó en introducirse en su mente y chillar para aturdirla, pero no estaba segura de que fuera a funcionar.
Sin embargo, se sumergió en su mente....
Y no le gustó lo que vio.

La gárgola tenía la vista fija en ella, y a sus ojos parecía pequeña, débil e indefensa. Instintivamente se acercó a los demás hasta que vio que ya no estaba tan expuesta a la mirada de la gárgola.
Aquella criatura pensaba lanzarse en picado desde el árbol sobre ella y llevarsela para los experimentos de sus amos.

_ Soy la más ligera y la más pequeña- dijo al resto, sin dejar de mirar a través de los ojos de la gárgola- caerá en picado sobre mí desde donde está.
En aquel preciso instante, la gárgola saltó en picado sobre ella, pero se retiró a tiempo gracias a su anticipación. Uno de los gangrel trató de machacarla pero falló, y Victor saltó desde lo alto del árbol sobre ella, dejándola incapaz de volar.

Anatole se lanzó sobre el cuello de la gárgola al tiempo que clamaba:
_ ¡Señor, permite que purifique el alma poseída de este demonio!- y hundió los dientes en la piel rugosa.
Victor, molesto por aquella fé verdadera, soltó a la gárgola y saltó al suelo, dejando que Anatole la diabolizara para sorpresa de todos.
_ ¡Anatole!- exclamó Lucía- ¿Qué has hecho?
Anatole se puso en pie y sonrió, con las barbas rubías manchadas de sangre.
_ Su alma ya no grita. He purificado su espíritu demoníaco.- contestó.
Y Loni, por un momento, esperó que al malkavian le crecieran alas y cuernos.
Pero no ocurrió.

Victor y Arnold la miraban.
_ Sabías lo que la gárgola iba a hacer- dijeron- ¿Eres una vidente lejana?
Loni negó con la cabeza.
_ Solo tenía que ponerme en su lugar. Es muy obvio que soy la más débil de los que aquí estamos.
Ambos asintieron.
_ Bueno... Nosotros vamos hacia el este. Estos son bosques peligrosos. Podríamos viajar juntos hasta el cónclave, y luego os acompañaríamos hasta donde vayáis, por seguridad mutua. Si no, pues aquí se separan nuestros caminos...
Loni se volvió a Lucia.
_ ¿Hay alguna razón por la que no debamos ir?
_ La verdad es que tienen razón en lo de la protección mutua. Contra esa bandada nosotros tres no habríamos tenido posibilidades.- miró a los gangrel- Si os comprometeis a acompañarnos tras el cónclave, no tenemos problemas...- y miró a Loni y a Anatole en busca de aprobación.

Trás cuatro días de viaje a través de los cárpatos y sus bosques, Loni comenzó a comprender a los gangrel. Parecían ser capaces de entender en los gritos de los animales del bosque, una llamada de su antiguo, que les llamaba.
Sin embargo, le resultaba espeluznante y fascinante al tiempo ver como se fundían con la tierra para dormir. Había oido hablar de aquel poder, pero jamás lo había visto.
La mayor ventaja era, pese a todo, la caza. Tan solo debían llamar un par de venados y estos acudían prestos.

Al fin, llegaron al conclave. Había muchos gangrel, cerca de tres decenas, y todavía tardaron una semana en llegar otros quince.
Eran escalofriantes. Algunos parecían bestias salvajes, pero nada más llegar, sus dos acompañantes les presentaron ante Arnulf.
El antiguo aparentaba unos cuarenta años envejecidos, barba sucia y larga y melena enmarañada. Vestía con pieles y inspiraba mucho respeto... y miedo.

Cuando Anrolg y Victor le hubieron relatado lo ocurrido, Arnulf aceptó con un leve asentimiento de cabeza, que nadie pudiera ponerles una mano encima durante el concláve.
Loni se sorprendió: no sabía que tuvieran intención de atacarles.

Lo que aconteció en los días siguientes, durante el conclave, Loni, Anatole y Lucía no acabaron de entenderlo, pues no dominaban la lengua local, pero por lo que Arnold y Victor les dijeron, parecía ser que los tzimisce habían ofrecido a Arnulf una alianza contra los tremere, aliados con los ventrue.
Arnulf quería saber de su gente como eran con ellos los tzimisce, pues tenía malos recuerdos de ellos, antes de aceptar su propuesta.
Trás tres noches de aullidos, gruñidos, no menos de seis peleas a muerte y discusiones sobre territorios de caza, se acordó que los tzimisce eran tan asquerosos como los ventrue y que nadie necesitaba de ellos para acabar con los tremere.

Uno de los gangrel aseguró conocer una capilla tremere hasta la que siguió a unas gárgolas, oculta en las montañas, en los Cárpatos, y los gangrel en masa decidieron acudir en masa a destruir la capilla, para celebrar el encuentro.

Victor y Arnulf se disculparon con ellos, no podrían acompañarlos en el viaje como prometieron ya que no acudir al ataque les haría quedar como "perritos domésticos", dijeron. Sin embargo les invitaron al ataque, que veían como una fiesta, y aseguraron que si deseaban comerse a algun mago, harían la vista gorda, idea ante la cual Anatole se relamió y Lucía casi devolvió.
Loni por su parte, se encontraba a medio camino, pero permitió que Anatole convenciera a Lucía, y con aquel apoyo, Lucita aceptó acompañarles hasta la capilla gangrel, aunque, aseguró, esperaría fuera.

Así llegaron a la pequeña aldea en la que se ocultaba la capilla, con no más de cien habitantes, y a los pocos minutos de comenzar el ataque, Loni pudo coger del suelo una espada de un ghoul tremere de los muchos que yacían muertos en el suelo.
Y una vez los gangrel en masa hubieron arrasado para entrar en la capilla, Loni, sujetándose el repulgo de la falda, los siguió.
No sabía muy bien por qué lo hacía, pero le resultaba sorprendentemente atractiva la idea de diabolizar un mago.

Arnulf, el antiguo de los gangrel, se transformó en una bestia enorme y terrorífica que tiró la puerta abajo, permitiendo el paso a su horda de salvajes, y Loni aprovechó el camino que despejaban para pasar tranquilamente.
La mayoría de los gangrel se entretuvieron en el pueblo, pero otros siguieron a su antiguo al interior de la capilla.

Nada más entrar, Loni vio a sus pies los restos humeantes de un gangrel convertido en cenizas al ser alcanzado por una bola de fuego de un mago tremere que yacía ahora aplastado contra el techo, gracias a un golpe de Arnulf.
Se estremeció, aquello estaba resultando demasiado sangriento, pero no se detuvo.

Arnulf comenzó a embestir una puerta, protegida al parecer, con magia.
Pero no fue estupido. Si no podía abrir la puerta, pasaría de la puerta, y comenzó a excavar la tierra para pasar por debajo.
Pasando por aquel tunel excavado, los gangrel siguieron a su antiguo a la sala siguiente, dejando a Loni sola en el vestíbulo oscuro y lleno de polvo.
Con un suspiro, puso un pie en el túnel, luego otro, y pasó al otro lado.
Había visto a Arnulf excavar agachado y pasar igual. Pero ella, pequeña como era, podía caminar con comodidad, completamente erguida, y casi podía extender los brazos hacia arriba.

Desde el túnel pudo ver que la sala siguiente estaba llena de gárgolas. La batalla era encarnizada, pero desigual. Muchas gárgolas habían muerto, y de las que vivían, una trató de huir por el túnel, de modo que Loni vio con terror como su hocico se acercaba a ella irremediablemente.
Con un golpe, la gárgola la apartó a un lado, aplastándola contra la roca. Loni invocó el poder de su presencia y dirigó a la criatura una mirada aterradora, que la hizo retroceder asustada. Pero al ver la carnicería que tenía lugar detrás, prefirió aquella molestia y se arrojó sobre ella.
Loni enarboló la espada, tratando de ensartarla en la hoja, pero no tenía apenas espacio para maniobrar y tan solo le hirió un costado, recibiendo un golpe de la criatura a un lado de la cabeza que la dejó aturdida.
Se concentró en su sangre y aumentó su fuerza y giró la espada, abriendo un gran tajo en el vientre de la criatura, que la miró con ojos sorprendidos y cayó al suelo, sin fuerzas.
Estaba indefensa en el suelo, pero empezó a curarse, de modo que Loni enarboló la espada y con un golpe seco, la descargó sobre su cuello, haciendo que la cabeza monstruosa rodara por el túnel hasta desaparecer en la negrura.
Se apoyó contra la pared de piedra y miró el cadáver a sus pies.
Aquello no era su estilo.

Continuó por el túnel hasta llegar a la sala en la que tenía lugar la batalla.
O en la que lo había tenido.
Todas las gárgolas habían muerto, a excepción de una que estaba siendo diabolizada por un gangrel con un hambre animal.
Arnulf bajó por las escaleras en busca de magus ocultos en lo más profundo de la capilla, y trás él fueron los demás.
Loni miró a su alrededor: había mucho polvo de la galería, y estantes con libros, algunos intactos, la mayoría destrozados.
Quedó sola en la sala con el gangrel y la gárgola diabolizada.

La idea de bajar más todavía en la capilla no le pareció tan atractiva como al principio. Con los tremere asustados y los gangrel en pleno trance belicoso, su suerte se limitaría a ser aplastada y quemada por unos y por otros, de modo que cogió tres tomos intactos de los estantes y volvió por el túnel hasta el carro, donde Lucía la vio llegar enarcando una ceja.

Loni depositó los libros en el carro y limpió la espada con un paño. Era pesada, pero le serviría hasta que encontrara una mejor en alguna ciudad.

Pasada una hora, la aldea ardió y no quedó un alma con vida. La capilla se derrumbó sobre sus cimientos, estando sus magus muertos. Solo dos gangrel cayeron, pero se llevaron por delante una docena de gárgolas y seis magus, un tremendo golpe contra los tremere.

Al fin, los gangrel se dieron por satisfechos, y Arnold y Victor cumplieron su promesa de acompañarlos hasta la frontera búlgara, al paso que llevaba de Transilvania al país vecino en su viaje a Tierra Santa.

7 mar 2005

Sesión Décimo Sexta (II): Madrid

La noche siguiente, Lucía la esperaba, como acordaron, en la puerta de la ciudad. Con ella iba siempre Anatole y sin más preámbulos y sin ninguna pregunta de la infanta - que sospechaba que algo había ocurrido entre Loni e Isaac- partieron hacia Madrid.

Lucita resultó ser una mujer de una resolución sorprendente. Hablaba poco de ella misma o de Anatole, pero contaba cosas que había visto o había vivido; le explicó como sus pasos la habían llevado desde un pequeño culto baali hasta la presencia de demonios en Transilvania. Estuvo mezclada en la Cuarta Cruzada que acabó con Constantinopla, en el bando que quería evitar la masacre y fue testigo de primera mano de la guerra entre Ventrue y Tzimisce en los feudos de la Cruz Negra cuando el señor de la guerra ventrue, Lord Jürgen, trató de acabar con el voivoda tzimisce Vladimir Rustovitch.
Todo, una guerra vana que sólo ayudó a debilitar los dos clanes y fortalecer al resto, sobretodo, una cábala de brujos advenedizos: los tremere.
Lucita -la infanta prefería ser llamada así- parecía conocer muy bien la situación de los grandes clanes europeos.

Le habló de las Cortes del Amor, en Francia, el mayor bastión Toreador europeo donde al menos dos miembros de la quinta generación estaban en activo: François Villon, príncipe de París y Rafael de Corazón.
Muchos cátaros toreador, sin embargo, habían muerto durante la cruzada albigense, pero muchos otros habían abandonado a sus rebaños mortales para ir a depredar a la vecina Francia... al lado ganador.
Al parecer, sólo una lider toreador cátara permanecía con los suyos, en los pirineos franceses: una tal Esclarmonde la Negra, antiguo príncipe de Toulouse.

Aparte de eso, al parecer los toreador franceses estaban fomentando activamente las órdenes de caballería, y el código de la caballería y muchos jóvenes toreador eran elegidos para el Abrazo de entre las filas de estas órdenes.


Era el año 1231 cuando llegaron a Madrid y Lucía permitió que Loni la acompañara bajo tierra, por una serie de túneles al parecer olvidados, rodeados por una oscuridad asfixiante...
Trás bajar varias decenas de metros bajo tierra, por viejas galerías de tierra y piedra, llegaron a una sala débilmente iluminada por velas.
En su centro, había un confesionario.

_ Hola, mi pequeña.-dijo una voz- Vuelves a casa...
Del confesionario salió un hombre de carnes trémulas y obesidad mórbida, con las ropas del arzobispado.
La primera sensación que tuvo Loni fue de estar contemplando algo grotesco, pero en seguida recordó lo que Lucía le había comentado: Monçada era uno de los vampiros más poderosos de toda la península.

Monçada la estudió un instante sin disimulo.
_ Vaya, a tu amiga nueva no la conozco...- dijo al fin.
Loni realizó una grácil reverencia cortés.
_ Loni de Lances, de los Toreador.- dijo Lucita.
Monçada pareció pensativo.
_ Ah, la chiquilla de Rodrigo de Lances.- Loni no disimuló su sorpresa... Aquel hombre conocía a Rodrigo...- Oí hablar de ti. Por lo de Lleida.
_ ¿Conocéis a Rodrigo, señor?
_ Solo de oídas. Sirvió a Roque de Pamplona hasta hace un año. Triste la muerte del príncipe loco... Al parecer, sus seguidores le descuartizaron. Creo que Rodrigo de Lances estaba entre ellos.- se acarició el mentón- Mmmm, interesante.

Se dirigió de nuevo al confesionario.
_ Ven, Loni de Lances, quiero hablar contigo.
Loni dio un paso al frente, pero las palabras de Lucita le hicieron detenerse y mirar al arzobispo con recelo.
_ No,déjala en paz, Ambrosio.- dijo.
El gordo lasombra miró a su chiquilla con severidad.
_ La confesaré. Lo he decidido.- sentenció.

Lucía se volvió hacia Loni.
_ Puedes negarte si quieres.- aseguró.
_ No, no puede- atajó Monçada- no juegues conmigo, Lucita.
_ Ella no es tu juguete, Ambrosio.
_ ¿Ah, no? Ven, Loni. Ven a confesarte...
Y en aquel preciso instante, Loni decidió que no se confesaría y menos con un obispo del Dios extranjero.
Declinó amablemente la invitación.
Monçada arrugó la nariz.

_ Recordaré este, nuestro primer encuentro, Loni de Lances- dijo. Se volvió hacía Lucía- Da igual, Lucita, informa.
_ Hardestat ha desposeído a Lord Jürgen del feudo de Magdeburgo.-comenzó Lucía- Su chiquillo ha caido en desgracia tras haber perdido tantos recursos para dejar la guerra contra los tzimisce como estaba. Los tremere se han beneificado de ello doblemente. Vendiendo sus servicios a los ventrue, han conseguido el principado de dos de las Siebenburgen, además de recursos y favores.- se mesó el vestido- Mientras, como los tzimisce han estado peleándose con los ventrue y ahora están debilitados, no han molestado mucho a los tremere, que libres de la presión han abrazado a los últimos magus de sus casas mortales. Se han convertido en un clan por derecho de fuerza, mi señor.

Monçada escuchaba atentamente.
_ Bien. ¿Qué hay de Vykos?
_ Está con sus obertus en un valle, y permanece neutral. Todos han estado demasiado ocupados como para preocuparse por él.
Monçada se acarició la barbilla de nuevo.
_ Mmm... Vykos es astuto. Si su clan se ha desgastado y él no, sin duda se hará pre-eminente entre los suyos. Ofrécele un pacto de amistad. Recursos. Lo que necesite para consolidar su posición. Nos irá bien tener ojos en Valaquia. Y a Vykos debiéndonos una.
_ ¿Qué es de mi viaje a Tierra Santa?- inquirió Lucía.
_ ¿Para qué quieres ir a Tierra Santa? Irás donde se te ordene. ¿O vas a desafiarme tras incitar al desafío?

Lucía miró a Loni y suspiró, y la joven toreador sintió infinita compasión por aquella mujer que había sido poderosa y que era ahora esclava de aquel arzobispo grotesco.
_ Está bien,-dijo Lucía- iré a ver a Vykos. Y luego iré donde me de la gana.
_ ¿Lo ves?- Monçada se encogió de hombros- No era tan dificil. No tardes más de cinco años en volver, ¿entendido?- se volvió hacia Loni.- Un placer, Loni de Lances. Como dije, no olvidaré este encuentro.

Se dio cuenta Loni entonces de que Monçada había ignorado por completo a Anatole, y trás aquellas palabras, salieron de las catacumbas y regresaron a la superficie, a las calles de Madrid.
_ ¿Sigues queriendo venir?- preguntó Lucía una vez en el exterior.- Si Tierra Santa es mala, Transilvania es mucho peor...
Loni miró al cielo y suspiró.
_ Ahora mismo nada me ata a ningun lugar,si aceptais compañía, iré con vos.
Lucía sonrió.
_ ¿Para ir a hablar con ese Demonio? Toda compañía racional y cuerda es bienvenida...

Y partieron.
Fue un viaje largo, por tierra, por mar y de nuevo por tierra. Durante el viaje, la infanta respondió a las preguntas de Loni, que quería saber qué ocurría exactamente con el Demonio que iban a visitar, y qué clase de persona era.
_ Myka Vykos...Pertenecía a loz tzimisce obertus de Constantinopla, una rama de ese clan maldito más civilizada en apariencia que sus primos del norte, aunque tan crueles como ellos. Vykos es un oportunista. Siempre está donde debe estar. Siempre logra que otros queden en deuda con él. Tras la caída de Constantinopla, los suyos o murieron o se desperdigaron, pero ha logrado reunir a un grupo de los suyos en un valle valaco y ha tejido una red de favores y préstamos que evita que nadie le ataque: ni los ventrue ni los tzimisce, ni nadie. Se rumorea que le protege un antiguo poderoso, pero nadie lo ha podido confirmar. En cualquier caso, su posición es estratégica... y delicada. Y Vykos es alguien a quién tener como deudor, y no deberle nada.

Trás más de un año desde que partieran de Madrid, llegaron al fin al valle de Vykos y sus Obertus, y Loni tuvo que admitir una clara decepción. Le habían contado tantas cosas extrañas de los Tzimisce, que ver a Vykos en su abadía fue un completo desengaño.
Era un joven atractivo, sí,pero culto y refinado.

Trás recibirlas, las condujo a una biblioteca, donde antes de discutir nada, indagó sobre ellas, y sobre Loni por encima de todo, puesto que no la conocía.
_ Loni, haceis dicho. ¿Y qué clan tuvo la gracia de inmortalizar vuestra belleza? Dejadme pensar... ¿Lasombra? No, no creo. Mmm... ¿Toreador?- Loni asintió- Conocí a muchos toreador, allí en Constantinopla. Qué gran ciudad. Qué gran... Lo siento, cuando pienso en la obra del Patriarca Miguel, me embarga la emoción. Su pérdida fue una tragedia.
_ ¿Qué le ocurrió?- inquirió Loni, ciertamente intrigada.
_ Los lasombra venecianos querían borrar del mapa la competencia, de modo que ofrecieron la flota de Venecia gratis para llevar a los cruzados de la Cuarta Cruzada a Tierra Santa. Pero hicieron el doble de barcos necesarios. En pago compensatorio, pidieron que se pasase por Constantinopla a acallar ciertos rumores de disturbios. Los cruzados no se aguantaron fuera de las murallas... Y saquearon sus riquezas. Y muchos cainitas aprovecharon para saldar viejas cuentas. Una baali diabolizó al Patriarca.
_ Que horror...- murmuró Loni.
_ Fue una noche de espanto. Gesu, fundador de los Obertus, murió también.- y con la elegancia de quien ha sido instruido en la corte, preguntó- ¿Y qué arte es vuestra rama de dedicación? ¿O sois mecenas?
Loni sonrió. Adoraba hablar de arte.
_ Soy escultora, señor.
Vykos enarcó una ceja.
_ Interestante... yo también lo soy.- Loni sonrió más abiertamente, gratamente sorprendida.- Por favor, quedáos unos días y quizás podamos intercambiar conocimientos del tema.
Loni miró a Lucía, pidiendo su aprobación, al fin y al cabo ella era la acompañante y Lucía la enviada.

_ Si un tzimisce ofrece su hospitalidad, es de mala educación rechazarla.-dijo- Pues si algo sois, es hospitalarios. Será un honor quedarnos unos días.
Vykos inclinó la cabeza con cortesía a modo de reverencia.
_ Quedáos tanto como queráis.
Ambas damas agradecieron su hospitalidad y durante el resto de la velada, Vykos demostró ser culto e inteligente y nada en él indicaba la existencia del monstruo contra el que le había advertido Lucía.

La noche siguiente, fue invitada a hacer una demostración escultórica para Vykos.
Había hecho traer un bloque de mármol blanco y herramientas de la mejor calidad, tal y como habría hecho un buen escultor.
_ Tengo curiosidad...-preguntó el Tzimisce cuando Loni tomó el cincel- ¿Qué vais a hacer?
Loni deslizó las manos por la piedra.
_ ¿Deseáis algo en particular? Al fin y al cabo, os quedaréis la escultura.
_ Sorprendedme- fue la respuesta de Vykos.- La chispa de la creatividad es lo que distingue a los mediocres de los maestros.

Loni asintió y permaneció pensativa, mirando el bloque de granito, dibujando con la mirada las formas que tallaría.
_ Dadme esta noche, y mañana tendréis la escultura.

Se concentró entonces en la piedra, traspasando toda su conciencia a sus manos, y comenzó a tallar sin planear si quiera los golpes que daría ni completar el diseño en su mente.
Talló y talló, dejandose llevar por el impulso creador que la guiaba, controlando aquel delirio que tiempo atrás la habría arrastrado a un estado febril.
Y esculpió la piedra y cuando el sol amenazaba con derramarse por encima de las montañas del valle, dejó el cincel en la mesa y retrocediendo unos pasos, contempló su obra.

Podía afirmar sin pecar de arrogante, que era aquella la mejor obra que había creado jamás.
Se trataba de un arcángel de enormes alas caidas por tierra, arrodillado en tierra y con el hermoso rostro alzado hacia el cielo, pidiendo clemencia, con un brazo alzado hacia las altura y el otro aferrándose el pecho con gesto de infinito dolor.
Había esculpido aquella escena en otra ocasión, pero no había parecido tan real, como si fuera a echar a volar de un momento a otro.
Pero entonces no tuvo el rostro de Pedro.
Contempló las facciones de aquel muchacho que había confiado en ella, y que había muerto a sus manos de una manera horrible... Deslizó las manos por la frente, la mandibula aun de infante, el cuerpo desgarbado....
Vykos estaba claramente impresionado.
_ Una técnica prodigiosa. En vuestras manos, no parece marmol... Parece arcilla blanda.-dijo- Teneis un talento natural, Loni de Lances.
Y trás aquello, Loni se retiró a sus aposentos y durmió.

La noche siguiente, fue llamada al taller de Vykos a altas horas de la madrugada, y Loni acudió complacida, puesto que le agradaba la compañía de aquel hombre.

Vykos la esperaba donde se despidiera la noche anterior, con un una sonrisa complacida dibujada en el rostro.
Junto a la escultura que talló Loni la noche anterior, había otra cubierta con un lienzo blanco, exacta en tamaño y altura.

La saludó con una profunda reverencia al verla entrar y sujetó por una esquina el lienzo que cubría la segunda escultura.
_ Este es mi arte, Loni de Lances.- dijo con suavidad, y tiró de la sábana, descubriendo la obra.

Loni ahogó un grito y dio un paso atrás, pues Vykos era escultor, pero no esclpía piedra.

Esculpía carne y hueso.

Frente a ella, una réplica exacta de su escultura, pero con piel en lugar de piedra, plumas suaves en las alas y un brillo apagado en los ojos.
Estaba viva.
Su cuerpo gritó en silencio contra aquella atrocidad.
Había deformado a un mortal, haciendole nacer de la espalda dos inmensas alas, y el rostro... el rostro...
Loni apretó la barbilla, no quería llorar.

El rostro era Pedro, tal como ella lo había esculpido.
Revivió en su mente la agonía de aquella noche en Toledo, cuando sostuvo su cuerpo desgajado entre los brazos.
_ Me habéis regalado una estatua...- dijo Vykos- Yo os regalo la mía.

Loni contempló aquella monstruosidad, sin poder apartar la vista... Era tan atroz...
Vykos sonrió y abandonó el taller, dejándola sola con aquella pobre criatura, privada de toda voluntad...
Se acercó a él, con el rostro desfigurado por el dolor que le inspiraba, y se maldijo a si misma por sentir de aquella manera el mal de los demás...

La escultura viviente no la miró. Tenía la vista fija en el cielo, como la escultura, y un brazo clamaba a las alturas mientras que el otro se aferraba el pecho con fuerza.
Las grandes alas estaban caidas y se desparramaban por el suelo como una enorma cascada de plumas.
Deslizó la mano por el rostro, el contorno de la mandíbula, los labios.
Se acercó más a él, y apoyó frente contra frente, clavando la mirada en sus ojos.
No la veía.
_ Perdoname, Pedro.- murmuró. Lo rodeó con sus brazos, como hubiera querido hacer aquella vez, y reclinó la cabeza sobre el pecho, y besó su cabello.
La criatura no se movió, no dijo nada.
Loni hundió el rostro en su cuello y depositó un beso en la piel fina antes de extraerle hasta la última gota de su sangre.

Había vuelto a matar a Pedro.

6 mar 2005

Sesión Décimo Sexta (I) : Catársis

Isaac la miró como si no entendiera. Como si no pudiera creer las palabras que acababa de oír en su mente. Titubeó un instante.
_ Loni...-atinó a decir, tanteando con las palabras, mirando el caos en que se había convertido el taller, avanzó un paso hacia ella, tendiéndo las manos, para llegar
antes - ¿Qué...qué ha pasado?
_ No te acerques.- fue su respuesta, fría y cortante. El pelo lacio le caía a ambos lados del rostro y tenía los ojos serenos. Fue más el tono en qué lo dijo, inquietantemente tranquilo, el que hizo estremecer a Isaac. Se quedó paralizado en el mismo gesto de caminar durante una fracción de segundo, y retrocedió un paso. Le mostró las palmas de las manos, como si fuera un animal agresivo, como si fuera un loco...
_ Está bien...- dijo en tono conciliador, con los ojos tristes- Todo pasará, tranquilizate.
_ Estoy tranquila, Isaac. Más de lo que lo he estado en toda mi vida.
Y él mismo fue consciente de que se trataba de un mero formulismo, que no había desasosiego en sus ojos, que aquella determinación lo amedrentaba, que le hacía sentir
fuera de lugar, que no acababa de asumir en la pequeña persona de Loni...
_ Está bien...- frunció el ceño, tratando de entender, trantando de hallar las palabras adecuadas- Si quieres marcharte, no te lo impediré. Te ayudaré, pero por favor, ¿Estás segura de que es lo que quieres?- había en su voz una nota de súplica que no había querido darle. Él era el protector...

Loni siguió sin moverse, fría, impasible en medio de los escombros, como si fuera ajena a todo aquel desastre.
_ Ya he decidido, no hay nada que pensar.- dijo- Me enseñarás lo que sabes y me marcharé.
Isaac dejó caer los brazos a los lados, abatido.
_ ¿Te marcharás sola? Estoy seguro de que Talbo volverá... Te ama...
_ Me es indiferente.
Abrió mucho los ojos.
_ ¿¡Te es indiferente!?- sencillamente no podía creer, no podía entender...- ¡No te engañes, le has querido incluso después de la muerte y la maldición!¡Os habéis atado el uno al otro! ¡No puede serte indiferente!
Loni se movió entonces, rompiendo la impresión de ser una estatua viviente. Inclinó ligeramente el rostro y dio un paso para sortear un montón de escombros a sus pies.
_ Talbo ha cerrado la única puerta que le unía a mí al marcharse.- dijo. su voz seguía siendo segura en si misma, pero había un fondo de pena oculta, muy por debajo de la
superficie. Ella le había amado incluso cuando sabía que otras mujeres le esperaban y que él las tomaba como premio en la batalla, y él sabía que las Voces se lo contaban
todo. Le había amado incluso entonces. Le había salvado deuna muerte segura y le había llevado de la mano en el camino a la inmortalidad. Y él había decidido no entender.-
No seré yo quien la abra.
_ Sabes lo que Talbo ha visto- insistió Isaac, pero Loni supo que él tampoco lo entendía. Seguía cegado por el amor a su esposa, a su esposa muerta. No entendía que el amor
pudiera desaparecer de aquella manera.- sabes lo que ha pensado, Loni. Él te ama...
Loni negó con la cabeza.
_ Para Talbo odiar siempre ha sido más sencillo que amar, porque el odio es abandono y amar es constancia. Amarme era solo una manera de creerse más humano, por disfrutar de la sangre en el campo de batalla. Solo he sido una buena excusa.

Isaac frunció el ceño, entendiendo que no conseguirían ponerse de acuerdo...
_ Está bien,-dijo, tratando de sonar tan determinado como ella- así no conseguiremos nada, te enseñaré lo que me pidas. Pero solo te marcharás cuando yo crea que estás
preparada.- Loni alzó una ceja, divertida, irónica.
_ Si quieres entenderlo así, adelante.- entrecerró los ojos y le clavó la mirada- Pero no olvides que me enseñarás porque yo lo deseo.
_ Sí, pero será bajo mis condiciones.- su tono le resultó demasiado duro, y suavizó la mirada. Quería a aquella muchacha, la quería como había adorado a su hija. Un brillo
paternal relució en sus ojos y añadió mientras esbozaba un amago de sonrisa, esperando de Loni alguna muestra de familiaridad- Te prometo que seré objetivo.
Pero no había ya nada familiar en Loni. Sabiendo que no iba a obtener nada más de ella, Isaac desdibujó la sonrisa, se dio la vuelta y se marchó.

El entramiento comenzó entonces, tras aquel tácito acuerdo. Cada noche, Loni acudía a casa de Isaac, donde en un pequeño patio, la instruía en los poderes de la sangre que
conocía y en el manejo de la espada. De esta manera pasaron largas semanas, entrenando cada noche, sin efectuarse ningún tipo de acercamiento.
Un día que Isaac había decidido tomar de descanso, llamarona la puerta de Loni.
No se molestó en levantarse, y Pierre acudió a abrir. Entró con él un hombre de anchos hombros, alto y fornido, vestido con una armadura de cuero. Era un guerrero, y sin
embargo, no portaba armas. El hombre hizo una parca reverencia.
_ Saludos, dama Loni.-dijo. Su voz no sonaba ni elegante ni educada, sino extremadamente seria y cortés, como si hubiera aprendido de memoria lo que tenía que decir.- Mi nombre es Francisco de Pucela, y me envia mi sire a veros para entregaros un mensaje suyo.
Loni se recostó contra el respaldo de su asiento y alzó el mentón.
_ ¿Quién es vuestro sire y qué desea de mi?- preguntó. Franciso de Pucela sacó entonces una carta sin sello de una bolsa que le colgaba del cinto y se la tendió, dando un paso, para que ella pudiera alcanzarla sin ponerse en pie.
_ Estaré en la posada de la ciudad hasta pasado mañana, por si deseais dar respuesta.- dijo, volviendo a la posición de firmes cuando la mujer tomó la carta.
Loni giró el sobre entre los dedos.
_ Esperad un instante.- dijo al fin- Leeré ahora la carta.
Con dedos hábiles deshizo los pliegos del papel y leyó.

"La tierra de Lisboa es ahora tierra prohibida para vosotros, Loni, ahora Loni de Lances, e Isaac, hermano de sangre. Mi espada es ahora Azote del Príncipe y no sois bienvenidos en esta ciudad. Si ponéis un solo pie dentro de sus limites, os mataré.No hay ya nada entre nosotros, de manera que no hay razón para que debáis venir hasta aquí.
Recordadlo: Pisad Lisboa y moriréis."

Firmaba Talbo.
Una sonrisa sinuosa se dibujó en el rostro de Loni. sí que el guerrero ignorante había aprendido a escribir... Estuvo tentada de hacer notar su sorpresa al respecto al
guerrero que se mantenía firme frente a ella. Ahora que lo miraba, sí, era el tipo de hombre que Talbo habría escogido para reafirmar su ego.
Se puso en pie con elegancia, alzándo el mentón. Dejó la carta sobre la mesa. Dio a su voz el matiz exacto para que Francisco captara el desafío.
_ Decidle a vuestro sire que Loni de Lances va donde le place.- el hombre no cambió el gesto, ni se movió. Sí, estaba bien entrenado y podía ver la mano que le había
moldeado- Decidle también que le perdono su deuda.- sonrió, pero no había nada amigable en su sonrisa- Él entenderá.
Francisco de Pucela asintió, dando a entender que comprendía el mensaje.
_ Debo entregar una carta a Menahem.- dijo.
_ ¿Sabéis donde encontrarle o debo acompañaros?- preguntó con fingida cortesía.
_ Mi sire me ha dado instrucciones precisas, Dama Loni.- contestó el guerrero, imperturbable.- Me las sabré arreglar.

Loni volvió a sentarse.
_ Me despido de vos entonces.- añadió sin mirarle, volviendo a su lectura.
Pucela se despidió cortesmente y se marchó, sin esperar a que Pierre le abriera la puerta.
Continuó leyendo hasta que terminó el libro, sin mirar la carta que seguía sobre la mesa.
Por alguna razón, no le sorprendía. Había mentido a conciencia cuando dijo que le perdonaba porque sabía que le humillaría, pero no le había perdonado...
Y pensaba cobrar su deuda.
Pidió entonces a Pierre que fuera a buscar a Isaac y le hiciera venir, y el fiel sirviente, siempre obediente, cogió una capa y un farol y partió.
Volvió al tiempo, acompañado de Isaac, que entró en la casa con el gesto habitual que se había dibujado en su rostro desde el día en que Loni decidió marcharse.
_ Me has mandado llamar.- dijo- Ya te dije que hoy no habría entrenamiento.
Loni no respondió, tomó la carta de la mesa, y sin levantarse, se la tendió, recostándose de nuevo contra el respaldo según Isaac abría el sobre y desdoblaba el papel.
Supo por su mirada, las palabras que leía en cada momento, y una media sonrisa se dibujó en su rostro.
_ ¿Has tratado de hablar con él ahora que sabes donde está?- preguntó Isaac, plegando de nuevo la carta al terminar.- Ya sabes, con tus... habilidades...
Loni descansó las manos sobre los brazos del sillón como si fuera su trono.
_ El mensaje ha llegado hoy, lo trajo su chiquillo- dio a aquella palabra un deje de ironía, le divertía- No iré a buscarle- mintió- pero si mis pasos me llevan a Lisboa, a Lisboa iré.
_ No he dicho que vayas a buscarle. Pero le debes... le debemos una explicación.
_ No le debo nada, Isaac. Dale explicaciones por tí si así lo deseas. Si no ha sido capaz de entender lo que vio, no merece el más mínimo de mis pensamientos. Siempre fue egoista.
Isaac bajó la mirada apesadumbrado, entristecido por no conseguir que entrara en razón.
_ Loni...- había muchas palabras no pronunciadas trás aquella mirada. Se rendía, decidía no seguir intentando interponerse, se refugiaba pensando en el pasado, incluso en lo que no había ocurrido. Loni no contestó e Isaac volvió a marcharse, como era habitual las últimas semanas, sin un adios.

Casi un año más tarde, recibió Girona una grata visita. Lucía de Aragón visitó la ciudad en compañía de un peregrino, un malkavian, llamado Anatole. Era un hombre desgarbado de larga melena y barba rubios, vestido con andrajos. Una extraña compañía para tan insigne dama. Lucía acudía a la ciudad para visitar a Isaac, pero en cuanto tuvo noticia de que también Loni vivía allí, la joven toreador fue invitada acasa de Isaac.
La reunión no fue distendida, ni tan siquiera agradable, pese a que era grato volver a ver a la infanta Lucía. Isaac no hablaba y paseaba la mirada seria entre Loni y Lucita.
La infanta percibió aquel gesto taciturno, pero nada dijo, siguiendo las normas de cortesía. Traía noticias de ultramar y sobre todo, del este de Europa; estaba de paso, realmente, una pequeña pausa para regresar a los caminos y Loni vio entonces la oportunidad que esperaba.
_ ¿Seguiréis viajando entonces?- preguntó con cortesía.
_ Así es- respondió Lucía, sonriendo como una niña traviesa- No puedo quedarme en un solo sitio.
Loni asinió.
_ ¿Y qué lugares queréis visitar?
Lucía pensó un segundo.
_ De momento, iré a Madrid a rendir pleitesía a mi sire, el Arzobispo Monçada. Y luego, donde sea necesaria, o donde Anatole desee ir.- Loni estudió al hombre taciturno que
viajaba con la infanta y se reafirmó en la opinión de que no era la compañçia que hubiera imaginado para Lucía.
_ Lo cierto es que yo también había pensado viajar.- dijo Loni, como quien comenta algo sin importancia, pero a sabiendas de que sí era importante. Y Lucía le dio la respuesta que esperaba.
_ Bueno, si deseas ir hacia el interior de la península, nosotros vamos a Madrid.- la joven toreador frunció el ceño como si aquello le desagradara.
_ La verdad es que tenía pensado abandonar la península.- dijo.- ¿cuanto tiempo os demoraréis en Madrid?
_ Unos meses. Después... ya veremos. Había pensado regresar a Tierra Santa. Hay alguien a quien quiero ver...
_ Ese si que es un destino atractivo.- respondió Loni conuna sonrisa.
Se fijó entonces en que Anatole se había vuelto hacia Lucíaal oir sus palabras y la miradaba con reprobación.
_ Quieres volver... ¿con ella? Si casi os matais la última vez...- inquirió.- Es una perra infiel, no sigue al Señor.
Lucía no contestó y Loni decidó hacer caso omiso del comentario, aunque le picaba la curiosidad.
_ ¿Aceptariais pues una acompañante en vuestro viaje a Tierra Santa, Lucia?- la Infanta alzó las cejas, sorprendida.
_ Creía que eras escultora, Loni. Tierra Santa no tiene mucho arte. Las cruzadas la han devastado.
Loni sonrió.
_ Oh, lo sé, pero es la tierra de nuestro señor. Además llevo demasiado tiempo quieta, me apetece viajar, había pensado visitar Francia e Italia, entre otros lugares...
Lucía frunció el ceño con gravedad.
_ Viajar a Tierra Santa no es algo que tomarse a la ligera, Loni de Lances.- se llevó la mano a la empuñadura de la espada que llevaba a la cadera- ¿Sabes usar esto?

Se puso en pie y desenvainó la espada. Loni asintió con suavidad, pero segura de sí misma.
_ ¿Debo haceros una demostración?- inquirió, plácida, levantando una ceja. Lucía le tendió la espada.
_ Atácame.- Loni tomó la espada por la empuñadura con ambas manos. Era grande y pesada, y por un momento pensó que toda la destreza con las armas que había adquirido, no le serviría de nada. Aún así, extrajo de su sangre la fuerza necesaria para sostener la espada sin problemas. Con un movimiento rápido se lanzó contra ella, percibiendo
al embestir el ademán de apartarse, como si tratara de mostrarle que era más rápida que ella.
Pero Loni ya conocía aquel truco. Se lo había enseñado un buen maestro, y giró la empuñadura, cambiando así la trayectoría de la embestida y golpeando con fuerza el
vientre de una Lucía tremendamente sorprendida.
Un gesto de dolor se dibujó en su rostro y tardó un instante en recuperarse.
_ Vaya...- dijo al fin, recomponiéndo su vestido- Parece que nuestra escultora ha aprendido algunos trucos...- se irguió solemne e hizo un gesto a Anatole con la cabeza.- :
Te espero mañana, una hora después del anochecer. Ven sola, no quiero séquitos.

Trás aquello, tomó su espada de las manos de Loni y se despidió de Isaac, que no había hablado durante toda la reunión, y seguida de Anatole, se marchó.

Loni miró con gravedad a Isaac, sabía que le estaba haciendo daño, pero era necesario y estaba satisfecha con la decisión que había tomado. Por un instante sus labios
temblaron con "gracias" no pronunciado, pero decidió que no debía flaquear ahora e irguiendo el mentón, se marchó y caminó en la noche hacia su casa.

Cuando llegó, Pierre la esperaba en la entrada, despierto. Jamás se acostaba si ella estaba fuera de casa, e incluso cuando trabajaba en el taller, dormitaba en un pequeño
taburete junto a la puerta por si su señora necesitaba algo...
Su fiel sirviente la contemplaba con admiración y amor en sus ojos, un amor que era una ilusión provocada por el lazo de sangre con que le había atado a ella. Y ahora debía separarse de él, y no era una decisión que pudiera tomar a la ligera.
Pierre era la única persona en su vida que no le había fallado, que le había dado siempre lo que ella había necesitado de él.
Si se separaba de él, si no le alimentaba con su sangre, la única persona que quedaba junto a ella de los tiempos felices en Occitania, envejecería un siglo entero en apenas
unos días y moriría presa del dolor. Y no podía permitir eso. Podría haberlo hecho- ahora lo sabía- con cualquier otra persona, pero no con él.
_ Buenas noches, mi señora.- dijo con la amabilidad y el cariño de siempre.
_ Buenas noches, Pierre.- respondió, consciente ahora de loque debería hacer... Dejó los guantes sobre la mesa con gesto ausente y dejó que le quitara la capa para colgarla
en una percha en la entrada.- ¿Ha ocurrido algo en mi ausencia?
Pierre negó con la cabeza.-
_ No, mi señora.
Loni se dirigió hacia el pasillo del que nacían las escaleras que llevaban al sótano, a su dormitorio.
_ Bien. Apaga todas las luces y cierra la puerta. Prepara mi equipaje. Después ven a verme, he de hablar contigo.
_ Sí, mi señora.

Cuando llegó a la habitación, encendió algunas velas para alumbrar la estancia y suspiró. Se estiró perezosamente y miró a su alrededor. Las llamas proyectaban sombras en las
paredes que danzaban arriba y abajo en un baile macabro. Instantes depués, los golpes discretos de Pierre sonaron en la puerta.
_ Adelante, pasa.
Con un andar silencioso que había aprendido a controlar para no perturbar los sentidos de su señora, Pierre entró en la habitación e hizo una reverencia y esperó en silencio.
Loni tomó aire y convocó para sí la belleza y el encantamiento, convirtiéndose en una visión sublime. Sabía que Pierre ya la encontraba hermosa, pero necesitaba hechizarlo por completo. Vio como sus ojos se agrandaban al contemplarla, totalmente embelesado.

_ Acercate, Pierre.- dijo con suavidad, y el hombre, como si no tuviera voluntad ya, dio un paso y otro y quedó a apenas un metro de ella.- Acercate más - susurró dando a su
voz un matiz que sonaba como una invitación, sutil pero prometedora. Pierre dio un paso más y Loni tendió dos brazos de alabastro para sujetarle por las solapas de la chaqueta y tiró de él para acercarlo. No le dio tiempo a hablar, aunque vio que iba a murmurar
algo, sorprendido, y le selló los labios con un beso cálido, rodeándole con los brazos.
Su eterno sirviente permaneció un instante petrificado, incapaz de moverse o de reaccionar.Tuvo ella que tomarle las manos inertes a ambos lados del cuerpo, y mientras le susurraba palabras hermosas al oido, hizo que la ciñeta por la cintura.
Primero, inseguro, estuvo a punto de retirar las manos, pero Loni las sostuvo allí y volvió a besarle. Esta vez no dudó y su rigidez desapareció, apretándola contra su pecho, rodeando la cintura fina y se entregó al beso como si no hubiera nacido para hacer otra cosa. Empezó con un beso suave y dulce, como el primer beso ansiado, como una caricia, y fue creciendo hasta convertirse en algo mucho más grande, como una chispa que
prende y se convierte en una llamarada que arrasa todo. Y con una ansiedad que solo había sentido cuando pasaba demasiado tiempo sin recibir la maravillosa vitae vampírica, la alzó en brazos, liviana y pequeña como era y la llevó hasta el lecho, depositando la hermosa cabeza contra la almohada.
La contempló así un instante, deteniendo el tiempo, yaciente en la cama con el cabello desparramado sobre la colcha. Casi le parecía una herejía profanar aquel templo... Su pecho se agitaba al ritmo de su respiración, y aunque sabía que realmente ella no respiraba, no le importó. A sus ojos, la mirada se le antojó febril y la piel cálida, y los labios, una invitación irrefutable. Se inclinó sobre ella y volvió a besarla, acariciando el
rostro de alabastro con devoción.
Loni se abandonó con calculada precisión, dejando que Pierre la besara y recorriera con sus manos. Sabía que, pese a no ser un amor real, él se sentía enamorado. Y cuando el cuello rozó sus labios, sintió la sangre ardiente palpitando bajo la piel con cada latido del
corazón y decidió que había llegado el momento. Acercó los labios al oido de aquel pobre condenado y susurró:
_ Te amo.
Y cuando él la estrechó todavía más contra su cuerpo, hundió el rostro en su cuello y rasgando la piel fina con los colmillos, se sumergió en los placeres de la sangre hasta que yació muerto entre sus brazos.

23 feb 2005

Ira

Casi corría por el pasillo cuando volvió a la casa, haciendo oidos sordos a las llamadas de Isaac, que corría trás ella.
Como hiciera Talbo, Loni no se volvió, y cuando llegó al taller, cerró la pesada puerta trás de sí, atravesando un leño para atrancarla.
_¡Loni! ¡Loni! ¿Qué ha ocurrido? ¡Abre!- gritaba Isaac golpeando con fuerza la puerta, al otro lado- ¡Déjame entrar, Loni!

Loni retrocedió, mirándo fijamente la puerta temiendo que el brujah, con su fuerza e insistencia pudiera tirarla abajo. Retrocedía como un animalillo asustado que se ve acorralado, y comenzó a volver la cabeza a un lado y a otro, buscando algo, sin saber el qué.

_ ¡Loni! ¡Déjame entrar!- gritó Isaac al otro lado. La puerta no cedía.

Loni se volvió entonces hacia el taller, sintiendo la rabia crecer en su interior, con los ojos llenos de ira.
En dos grandes zancadas, llegó hasta la escultura que tallara de Pedro, que estaba junto a la pared, y cogiéndo las alas con sendas manos, tiró con fuerza de ella hasta que consiguió tirarla al suelo, rompiéndola en pedazos con un estruendo ensordecedor.
_ ¡Loni!- gritó alarmado Isaac al escuchar el estruendo- ¿Qué estás haciendo? ¡Abre! ¡Abre, por el amor de Dios, Loni!

No respondió, corrió hasta otra estatua y la tiró al suelo, rompiendola en mil pedazos que rodaron por el suelo. Y luego otra, y otra, y otra, y el taller se convirtió en un montón de escombros.
Con un grito cargado de ira, barrió todas las herramientas de la mesa tirándolas al suelo, y volcó la mesa empujando con fuerza.
_ ¡Voy a tirar la puerta abajo!- bramó Isaac, y su potente voz se perdió en el sonido de la piedra al partise- ¡Loni!

Loni se volvió entonces hacia la puerta y gritó.
Gritó con todas sus fuerzas, inclinándo el cuerpo hacia delante para proyectar su voz, sintiendo como le ardía la garganta como si fuera a rasgarse.
Gritó y gritó en un alarido interminable, apretando los puños hasta casi hacerlos sangrar.

Un golpe sacudió la puerta y casi pareció que iba a salirse de sus goznes. Isaac había comenzado a embestirla y la madera no aguantaría.
Pero no le importaba, cogió otra escultura y la arrojó al suelo, mirando desafiante la puerta, invitándole a deternerla si se atrevía.

Pronto dejó de pensar y se abandonó al consuelo de la ira, destruyendo todo en el taller, con los ojos llameantes y los dientes apretados.
Descargó su ira a golpes contra todo lo que halló a su paso, por todo y por nada, por la sonrisa confiada de Pedro y su cadáver desgajado entre sus brazos, por la mente de Rodrigo derramándose en su mente, por el odio en los ojos de Talbo, por la mirada paternal de Isaac, por todo lo que tocaba y destruía.

"Cristo caminó solo por el desierto" dijo una voz en su mente, pero era ella, su propia voz volviéndose en su contra como un pequeño farol en medio de la tempestad.

Corrió entonces hasta la espléndida escultura que hizo de Isaac y la empujó con todas sus fuerzas hasta que se venció por su peso y cayó al suelo partiendose en pedazos.
_ ¡Yo no soy Cristo!- bramó con la voz rota, mientras todo a su alrededor se teñía de rojo, dando vueltas, todo caos y destrucción.

"Tampoco eres una bestia"

Y el tiempo se detuvo.
Todo dejó de girar. El polvo de piedra que lo llenaba todo, quedó suspendido en el aire y se hizo un repentino silencio.

Después de unos segundos que parecieron siglos, la madera cedió con un crujido e Isaac entró violentamente en la sala.
Y cuando el polvo que flotaba en el aire se depositó en el suelo, permitiéndole ver el interior, quedó clavado en el suelo.

No quedaba una sola escultura en pie.
Convertidas en escombros, ocupaban ahora el suelo del taller en pedazos irreconocibles, los muebles estaban astillados y tirados por el suelo...
No quedaba nada en pie.
Y en medio de aquella destrucción, estaba Loni.

Estaba de pie y llevaba el cabello y las ropas revueltas, y estaba cubierta de polvo de piedra y diversas heridas se cerraban en sus manos.
Estaba quieta, de pie, en medio de los escombros.
Algo en ella resultaba inquietante, pero Isaac no supo el qué.

Durante un instante no se movieron. Se observaron el uno al otro a través de la sala.
Y entonces Isaac comprendió qué le inquietaba en ella, qué le impedía caminar para acercarse.
No había locura en sus ojos. Su rostro era una perfecta máscara de serenidad.
Y en sus ojos, brillaba una fría determinación.
Y cuando habló en su mente, su voz le heló las venas.

"No quiero tu protección, quiero que me ames. Si no puedes darme eso, me marcharé."

No se había movido, no había cambiado un ápice su gesto ni su mirada, fría como el hielo.

"Pero no me marcharé todavía. Antes, me enseñarás lo que sabes para que no vuelva a necesitarte nunca más"


_ Enseñame.

22 feb 2005

Sesión Décimo Quinta: Girona

Girona no había cambiado.
Una semana después de dejar Toledo, la ciudad que había sido su refugio en tiempos turbulentos se alzaba frente a ellos. El carruaje recorrió las calles familiares y les llevó hasta casa de Menahem, donde encontraron a Pierre, que había sido mantenido con vitae por el brujah judío y que había pasado una importante crisis de ansiedad al haber perdido a su amada Loni.

Fue Isaac quien dio la noticia a Menahem: su hermano de sangre había muerto a manos de los humanos en Toledo. Para el viejo judío, fue un duro golpe, pero no tardó demasiado en plantearse encontrar un nuevo hijo para su causa.

Por su parte, Loni e Isaac se reunieron largas noches. Habían sido separados de golpe en Salou, dando lugar a las sospechas del Brujah y con los sucesos ocurridos, no habían tenido tiempo de hablar, de contar qué había ocurrido, de disipar las dudas...
De modo que trás alimentarse, se reunieron en el acogedor salón en casa de Loni, en el que habían pasado largas horas con Talbo, charlando, y cada uno a su vez, explicó los derroteros de su vida desde que se separaron hasta el reencuentro en Toledo.

Loni le explicó por qué había seguido a Ètienne (Isaac pensaba que estaba huyendo con él) y lo ocurrido en la capilla, así como su entrada en el Ordo, aunque obvió por completo el hecho de que Rodrigo volcara en su mente todos aquellos pensamientos, pues le humillaba y avergonzaba.
Le explicó lo que había descubierto sobre el Tercer Caín, aunque sin poder evitarlo, se consternaba a la mención de Pedro, y su rostro se volvía frío al recordar su muerte.
No volvió a hablar de Talbo.

Por su parte, Isaac le explicó como Talbo se había separado de él en Salou, partiendo en su búsqueda, y como él se había embarcado hacia Mallorca, cumpliendo su trato con el capadocio Xoan. Allí había comprobado como el rey Jaime, el muchacho que educó con ayuda de Miquel, se había convertido en un magnifico estratega y gobernante.

Pero habían sufrido una traición y habían sido atacados sin estar apenas preparados, ataque en el cual Isaac había resultado herido. Cuando se hubo recuperado, cerró algunos tratos con Lucrecia, su contacto, y recibió el mensaje.
Se había despertado y había visto a Loni flotándo junto a la cama. Y trás oir el mensaje, había preparado todo para la partida y había vuelto a la Península, dirigiéndose a Toledo y haciendo llegar a Talbo un mensaje para que acudiera él también en la ciudad.

Y mientras hablaban, Loni miraba a Isaac con una sonrisa en los labios, con los ojos llenos de cariño por su viejo amigo. Y él comprendió que sus dudas habían sido infundadas y que si sus sospechas le habían hecho daño, le compensaría con creces.
Pero Loni no encontró en sus ojos lo que buscaba, y trás la última noche de conversaciones, no volvió a invitar a Isaac a su casa y se encerró en el taller.

Pasaron así largas semanas sin que ni Menahem ni Isaac supieran nada de la joven toreador, que no salía de su casa, encerrada con sus herramientas. Sabían que Pierre le ayudaba para alimentarse, puesto que ella no salía a cazar jamás, y si, a cualquier hora de la noche uno pasaba en las cercanías de su casa, podía escuchar, en cualquier momento, el repiqueteo del cincel sobre la piedra.

Hasta que un día, estando Isaac cómodamente sentado en su butaca, sumergido en la lectura de los libros de leyes, tratando de regresar a sus tiempos de juez y erudito, tres golpes quedos sonaron en su puerta.

Isaac frunció el ceño, pues era muy avanzada la madrugada y faltaba poco para el amanecer, de modo que se levantó de su butaca sin cerrar el libro y fue a abrir la puerta, temeroso de que se tratara de una emergencia.

En la entrada, y con el gesto solemne, estaba Pierre.
_ Mi señora desea veros en su taller ahora .-dijo- Hay algo que desea mostraros.
Isaac asintió, intrigado y en cierto modo alegre, pues echaba de menos a su vieja amiga y le preocupaba que se hubiera encerrado para languidecer a causa de la muerte de Talbo.

Caminaron en silencio por las calles de Girona durante varios minutos, sin cruzarse con nadie en su camino, dada la hora que era. Aquí y allá se oia el sonido de la gente al despertar y moverse en la oscuridad, y tan solo en el taller del panadero había luz, y el aroma de las hogazas de pan inundaban las calles.

Al fin llegaron a casa de Loni. Del interior llegaba el eterno repiqueteo, que tan solo cesaba durante el día y en ocasiones ni siquiera entonces. Pierre no llamó a la puerta. Sacó de los pliegues de su capa un manojo de llaves y abrió, haciendo pasar a Isaac.

Encendió algunos faroles que, aunque no eran necesarios para ver, daban al hogar un aspecto acogedor, y pidió a Isaac que le acompañara. Entraron por una portezuela a la derecha del salón y bajaron unos escalones.
Allí el aire era más frío y humedo, y Pierre se frotó los brazos con energía.
Llegaron a otra puerta, de madera, y sin llamar de nuevo, entraron.

Lo primero que notaron al entrar, fue que el repiqueteo era mucho más audible allí, puesto que provenía del fondo de la gran sala, el taller de Loni, repleto de esculturas distribuidas junto a las paredes.
Una vez Isaac hubo entrado, Pierre salió de la habitación, cerrando la puerta trás de sí.

Isaac miró a su alrededor un instante: nunca había entrado en el taller y ahora le sorprendía la cantidad de figuras talladas que había allá donde posara la vista.
Junto a la puerta, y apartada de todas las demás, había una escultura.

Se trataba de un ángel que, arrodillado en el suelo, miraba al cielo con gesto de súplica, con los brazos extendidos y las enormes alas desplegadas. Casi parecía que iba a echar a volar, o que si acariciaba las plumas de sus alas, sentiría su tacto suave bajo las yemas de los dedos.
Y entonces vio el rostro y lo reconoció.
Era el muchacho que había visto en Toledo, el Tercer Caín, el muchacho que Malkav había querido poseer y que Loni, con ayuda de la extraña mujer, Layla, habían matado.

Un nombre vino a su mente.
Pedro.

Recordó el rostro desencajado de Loni cuando cuchillaba el vacío como si estuviera loca, sus lágrimas cuando sostuvo el cadaver entre sus brazos.
Quería a aquel muchacho.

Sacudió la cabeza, tratando de sacar aquellos pensamientos de su mente: aquello ya había terminado, y ahora quería olvidar.
Se adentró más en el taller, dirigiéndose hacia el lugar del que venia el repiqueteo contra la piedra.

Loni estaba allí, subida a una pequeña escalera de madera, tallando con el cincel una nueva creación. Iba vestida con un sencillo vestido de paño y un delantal, y se había recogido el cabello rubio ceniza en la nuca para que no le molestara.
Isaac observó la escultura, y no pudo reprimir una exclamación.

Tan inmortal como era por su sangre, la enorme figura de la estatua de Isaac dejó impresionado al juez.
En su mano derecha, sostenía un pesado tomo, que sin duda se trataba de un libro sagrado o de leyes, y el puño izquierdo se cerraba alrededor de la empuñadura de una espada, apoyada contra el suelo.
Su espada.
Loni estaba terminando unos detalles de la túnica con esmero.

Isaac recorrió la figura con la mirada y admiró el arte de la joven toreador: si había sido capaz de hacer todo aquello en unas pocas semanas, era realmente una maestra en aquel arte...
_ Isaac..- dijo Loni, sin volverse, sin dejar de trabajar- te esperaba.
Isaac salió de su ensimismamiento.
_ Loni, es magnífica -dijo, como si le costara articular palabra.
La mujer no se volvió, siguió trabajando.
_ Gracias... pero aun no está. ¿Me pasas la lija?- y sin volverse señaló una mesa a su espalda.

Isaac se acercó la mesa, repleta de herramientas, sin saber cual era la que tenía que coger.
_ Esa, la del mango desgastado- dijo, como si le hubiera leido el pensamiento. Isaac tomó la lija y se acercó a la escalera para tendersela.
Sin mirarle, Loni tomó la lija y pulió la filigrana con la que reproducía el bordado que tenía la túnica de Isaac, la que gustaba llevar en ocasiones importantes.
Continuó deslizando la lija unos instantes, y al fin retrocedió un instante para ver el efecto de su obra.

Satisfecha con lo que había conseguido, se volvió y depositó la lija en la mano de Isaac.
Pero no la soltó.
Le miró fijamente a los ojos hasta que pudo sumergise en ellos. Isaac estaba visiblemente emocionado, y acarició con una mano los pliegues de la túnica.
_ Es magnífica, Loni.- dijo, pero ella no le soltó la mano ni dejó de mirarle.
El tiempo se detuvo un instante, y sus ojos se clavaron los unos en los del otro, y al fin, con un suspiro, Loni soltó la mano y se volvió hacia la escultura y comenzó a repiquetear.

_ No estaba segura de cómo hacer la forma de tus cejas.- dijo. Isaac supiró aliviado y arqueó las cejas para facilitar la tarea de la artista.
Al fin y al cabo, era el modelo...

Pasarón así unos minutos más, Isaac en silencio y Loni repiqueteando con el cincel hasta que de nuevo se detuvo, bajó la escalera de madera y miró alternativamente a la estatua a Isaac.
Al fin asintió rotundamente, complacida.
_ Ya está.- dijo- está lista.

Se quitó el polvo de piedra de las manos frotándolas con el delantal. Cerró los ojos, arqueó un poco el cuello y relajó su cuerpo con un suspiro, cargado por el extasis creativo que la había embargado todo aquel tiempo.
_ Es perfecta.- dijo Isaac, agradeciéndole aquel esfuerzo- jamás me había fijado en tu tremenda habilidad.

Loni entreabrió los ojos.
_ ¿Sabes por qué lo he hecho, Isaac?- preguntó en voz baja. Isaac se acercó a la estatua, inspeccionando el libro tallado, y Loni se acercó a él por detrás, y le rodeó con sus brazos de alabastro, hundiendo el rostro en su espalda y dejando caer el cincel en el suelo con un sonido metálico, estruendoso.
Isaac sonrió y se volvió, abrazándola a su vez, como si fuera una niña pequeña, la niña pequeña y desprotegida que siempre le había parecido que era. Loni se acurrucó contra su pecho, y por un momento, el juez casi notó un latido de corazón en el pecho de la toreador.
Tratando de no dejar de sonreir, con suavidad, se deshizo del abrazo, separando su cuerpo el de Loni.
_ Cuentame -preguntó con dulzura- ¿Por qué lo has hecho?

Loni no respondió. Le miró con unos ojos llenos de comprensión y tristeza y le tomó una mano.
_ De acuerdo...- dijo con una voz que era una mezcla de determinación y lástima de si misma- Pero déjame al menos hacerte un regalo.
Isaac alzó las cejas, sorprendido.
_ Pensé que eso era lo que querías que viera-dijo, echando un vistazo a la escultura. Loni tiró de su mano.
_ Ven.
E Isaac se dejó guiar por la casa, aferrado a la mano de Loni.

Llegaron entonces a una habitación sin ventanas, con una gran cama en el medio, rodeada de velas encendidas, creando juegos de sombra que se proyectaban y danzaban por las paredes. Guiándole, le hizo sentarse en el borde de la cama, y una vez lo hubo hecho, se sentó sobre sus rodillas.
Isaac que no entendía, la miraba inseguro, sin saber si debía detener aquello para evitar cualquier malententido que lamentara después.
Loni rodeó el cuello con sus brazos y le hizo descansar la cabeza contra su pecho, meciéndolo con un movimiento rítmico y suave, casi atávico.
_ Dejate llevar-dijo en un murmullo inaudible- no te resistas...

Isaac relajó su cuerpo, siendo solo consciente de aquel movimiento, y de pronto, Loni se detuvo.
Pero antes de que tuviera oportunidad de hablar o moverse, sintió como su cuerpo era más ligero, se sintió liviano y se dio cuenta, de que estaba flotando.

Miró hacia abajo: su cuerpo sostenía a Loni en sus brazos.
_ Ven conmigo.- dijo una voz a su espalda.
Loni flotaba junto a él, varios metros por encima de la cama. Le tomó la mano y tirando de él, atravesó la pared.

Se vio entonces flotando, su espiritu casi entrelazado con el de Loni, volando bajo el cielo estrellado en cuerpos de plata, viendo su Girona natal a vista de pájaro, y de repente, una inquietud que no entendía, hizo presa en él.

Pero Loni, no parecía preocupada, y le llevó sobrevolando los campos hasta que se detuvieron en un prado. Y entonces Isaac comprendió su miedo.
Iba a amanecer.
_ Pase lo que pase.- dijo Loni-no te sueltes.

Y de pronto, como si esperara una señal, el sol apareció trás las colinas, derramando su luz por los campos y bañando todo de color. Isaac asustado abrazó a Loni y escondió el rostro contra su cuerpo, pero se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada y se volvió.

Por primera vez en treinta años, estaba viendo la luz del sol.

Deslizó la mirada por los campos de verde intenso, al cielo azul, a las flores de colores vibrantes, a los rayos del sol cada vez más intensos, según el gran astro ascendía en su camino diario.

De pronto, reparó en dos personas a algunos metros de donde ellos estaban. Una mujer y una niña.
Y dos lágrimas cayeron de sus ojos y fueron a caer al suelo.
Tal y como las recordaba en su memoria, allí estaban su esposa y su hija, con la paz dibujada en el rostro.
Quiso acercarse, tocarlas, pero tuvo miedo de romper el hechizo si se acercaba demasiado.
La mujer y la niña saludaron con la mano y sonrieron.
_ Tenemos que irnos.- dijo Loni, a su lado. Isaac negó con la cabeza, suplicante.- Donde ellas están no puedo llevarte.
_ Un momento más -murmuró, casi sin poder hablar, suplicante- solo un instante más, por favor...
_ Tenemos que irnos, Isaac.- tiró de su mano, flotándo de nuevo- Vamos.

Isaac asintió levemente y alzó la mano para despedirse de aquella ilusión. La mujer y la niña le sonrieron y le despidieron con la mano mientras se alejaba en el aire, de la mano de Loni.

Flotaron de nuevo sobre los campos hasta la ciudad, bajo el sol brillante, y volvieron a atravesar los muros de piedra, retornando a sus cuerpos.
Despertó la noche siguiente.
Seguían aferrados el uno al otro, pero ahora estaban tumbados en la cama y Loni se había encogido sobre sí misma, contra su pecho.
Isaac miró al techo, tratando de asimilar lo que había visto, lo que había ocurrido.
No olvidaría aquello jamás... Su esposa, su hija, tan felices, tan hermosas...
Aferró el vestido de Loni lleno de pena, rabia y alegría a un tiempo.

Se dio cuenta entonces de que Loni no se movía.
No había abierto los ojos y había caido dormida en el momento en que volvió a su cuerpo, agotada por el esfuerzo sobrehumano de arrancarle de su cuerpo y llevarle con ella en su viaje del alma.
Isaac la miró con ternura, lleno de agradecimiento y de cariño, y apartó un mechón de pelo que le caia sobre el rostro, besándole la frente y dejando que una lágrima de sangre cayera sobre su piel de alabastro.
Después la recostó contra su pecho y la rodeó con los brazos, haciendo firme la decisión de permanecer a su lado hasta que despertara.

Loni no despertó aquella noche, ni tampoco la siguiente, e Isaac permaneció a su lado, sentado en una butaca junto a la cama, observando aquel rostro que parecía de niña, incapaz de entender como había podido sospechar de ella.
Pierre tan solo entró una vez en la habitación, preocupado al ver que su señora no despertaba, pero al ver a Isaac velando su sueño, pareció comprender, y con un atisbo de envidia en su mirada, cerró la puerta y siguió ocupandose de la casa.

Y la tercera noche, despertó.
Estaba aún cansada, pero sobre todo, estaba infinitamente triste.
Isaac se inclinó sobre la cama y le acarició el rostro con dulzura.
Ella le miró. Sus ojos eran tristes pero mostraban determinación.
Le tomó la mano.
_ Esto fue lo último que podías querer de mí y que yo podía darte.- su voz era débil, pero entendió con amargura lo que la muchacha le decía.
Se observaron en silencio.

Oyeron pasos en el piso superior. Unos pertenecían a Pierre, ligeros y rápidos. Otros parecían mucho más pesados.
Isaac apretó la mano que sostenía la suya y habló:
_ Loni, te quiero.-dijo, mirándola a los ojos- Tu eres mi familia ahora, lo único que tengo, ahora que apenas me queda nadie.

Y en aquel preciso instante en que decía aquellas palabras, se abrió la puerta.
Y una voz dijo:

_ Sea.

Y con un golpe de una fuerza irracional, Talbo, con el rostro desencajado, sin poder creer lo que acababa de ver, cerró la puerta trás de sí, partiéndola en dos y astillandola contra el marco.
_ ¡Talbo- exclamó Loni saltando de la cama,y corrió trás él.
Sabía por qué no había atacado a Isaac: era su hermano de sangre y le respetaba demasiado.
Débil como estaba, tiró durante unos instantes de la puerta rota e impracticable hasta que consiguió abrirla y corrió trás su marido.

Talbo no se detuvo, continuó caminando con grandes zancadas, con una mochila al hombro, haciendo caso o mismo a las llamadas de su mujer, que corría trás él, débil, renqueante.

Loni le siguió por las calles, sin alcanzarle, sin que se volviera para mirarla, hasta que llegaron al río, y sin dirigirle una última mirada, Talbo se lanzó al agua y desapareció.

La joven toreador llegó a la orilla del agua segundos después de que su esposo saltara, pero ya se había desvanecido en el agua oscura.
No iba a seguirle, había decidido que ya no la necesitaba a su lado.

Y Loni, al pie del agua, con el viento agitando su cabello y el vestido arrugado que llevara tres noches antes al trabajar en el taller, le perdonó como le había perdonado cuando estaban vivos y las Voces le habían dicho que muchas mujeres esperaban su regreso.

Era hora de tomar decisiones.

21 feb 2005

Sesión Décimo Cuarta: La Torre

_ ¿Qué hacen con los prisioneros en esta ciudad?- preguntó Isaac mirando la torre, temiendo por la vida de su hermano de sangre.
Loni trató de recordar, pero era todo muy confuso: las voces seguían hablando en su interior.
_ Creo... creo que el rey imparte justicia en la plaza de Zocodover, pero lo que hacen con ellos hasta ese momento... no quiero saberlo...- agitó la cabeza, tratando de sacar aquellas murmullos de su cabeza.- Tenemos que sacarlo ahora. No podemos dejar que descubran lo que somos. Si esperamos al alba y Talbo ve amanecer, la guardia estará sacando a la luz del día a todos los cainitas de la ciudad, y mañana, los de Madrid, y después los de Soria, Barcelona... No, no podemos permitir eso.
El muchacho tiró de su manga.
_ Disculpad, señora, pero ya saben que es un demonio.- dijo. Loni se zafó de él.
_ ¡Pero no saben lo que ocurre con la luz del sol! Tenemos que sacarle de ahí antes de que amanezca.

O matarlo nosotros antes de que lo hagan ellos.

Isaac la miró a los ojos.
_ Loni, ya perdí a mi familia una vez y Talbo es ahora mi hermano de sangre. No dejaré que ocurra otra vez. ¿Entraremos?


No había curiosos ni espectadores. Era tarde y la gente se había refugiado en sus casas al llegar la oscuridad. Eran pocos al pie de la torre, a parte de ellos.
De pronto, de un callejón oscuro, surgió un hombre, un mendigo vestido con harapos y que arrastraba la pierna derecha.

_ Loni... eres familia...- dijo el hombre- debo ayudarte.
_ ¿Quién es?- preguntó Isaac mirando a su compañera.
Loni retrocedió sorprendida.

"¿Quien eres?"


*Las voces me piden que te ayude... Y yo te ayudo*

Isaac se acercó más a ella, tratando de protegerla con su cuerpo si ocurriera algo inesperado.

Otro hombre surgió de las sombras. Este vestía elegantemente, con calzón de seda y zapatos brillantes. Curiosamente, cada calza y cada zapato, al igual de cada guante, eran de un color diferente.

Isaac llevó la mano a la empuñadura de su espada.
_ Loni ¿Quienes son?
Loni asintió, comprendiendo, y depositó una mano tranquilizadora en el brazo de Isaac.
_ Amigos.

_ Saludos, señores. Creo que precisan de mis servicios.- dijo el recién llegado. Loni le dio la bienvenida con una leve inclinación de cabeza.
_ ¿Ha de venir alguien más?- preguntó Loni al último en llegar.

Ambos hombres asintieron. Y ella asintió también.
Un tercer hombre llego a caballo. Vestía como un caballero de alta cuna, y montaba como tal. Se acercó a ellos.

_ ¿Vos sois Loni de Lances?- preguntó con cortesía. Loni asintió con gesto grave.
_ Soy yo.
Isaac murmuró entre dientes.
_ Esto es demencial...- pero Loni apretó un poco el brazo, que no había soltado e Isaac se calmó un poco. Siempre le habían puesto nervioso las cosas que no podía ver.
_ Me han dicho que venga, que hay un problema- dijo el caballero- Mi nombre es Miguel de Montoro, para serviros.

Unos pasos resonaron en otra calle y por ella llegó la dama Elena.
Loni quiso avisarla, pero los demás la habían visto ya. Apretó fuerte el brazo de Isaac y vocalizó: Corre.

La dama tardó un instante en reaccionar, pero comprendió rápido, y corrió de nuevo a las sombras.
_ ¿Loni, puedes explicarme qué es todo esto?- inquirió Isaac que había visto huir a Elena y seguía sin entender lo que ocurría.
Sin dejar de mirar a los tres hombres, Loni respondió.
_ Yo... pedí ayuda.

Los tres hombres miraron a Isaac.
_ ¿Quién es él? No es de los nuestros.- preguntó el caballero. Le miraban con recerlo. A él y a Niza.
Isaac obvió el comentario.
_ Ya, y uno dice ser tu familia y al otro ni siquiera le conoces.- Pero no había duda en los ojos de Loni.
_ Esta gente son amigos míos.- dijo Loni al caballero y los otros dos- Yo confio en ellos y vosotros debéis hacer igual. Alguien ahí dentro necesita nuestra ayuda. Necesitamos saber cuanta gente hay dentro y donde lo tienen encerrado.

De pronto, los tres llegado y el joven mendigo se agitaron con convulsiones. El muchacho se llevó las manos a la cabeza con un grito y Loni se estremeció.
Aquello era demasiado familiar.
De pronto, el primer hombre que llegó, el mendigo, cayó al suelo retorciendose de dolor mientras que los otros dos y Luc, el joven, se relajaban visiblemente.

Isaac había retrocedido.
_ Loni ¿Lo estás haciendo tú?- preguntó asustado.
Loni miraba la escena sin parpadear, y su gesto era una mezcla de sorpresa, complaciencia y preocupación.
_ ¡Yo no estoy haciendo nada!

En el suelo, el mendigo se agitaba y contorsionaba en posturas imposibles, con el rictus deformado por el dolor. Extrañamente, ni un solo sonido salía de su garganta.
_ Loni... ¿recuerdas lo que le ocurrió a aquel muchacho en la fiesta de fin de año?- preguntó Isaac retrocediendo otro paso.
_ Sí.- su voz sonaba lejana, ausente.

De pronto, con un suspiro, el cuerpo del mendigo se quedó quieto y se deshizo en un montón de polvo y cenizas
_ ¡Por todos los dioses, Loni! ¿Qué es lo que pasa?- Isaac estaba cada vez más asustado.
_ ¡No lo sé!- exclamó Loni, soltandose bruscamente del brazo de Isaac.
_ Loni...- parecía aturdido, dolido por aquel gesto.

La sangre comenzó a calentarse, a hervir en sus venas, a encender su piel como si estuviera en llamas.
"No, no, no, no, no ¡ahora no!"

Se alejó de Isaac. Pero él se acercó a ella de nuevo.
_ Alejate de mí- suplicó con amargura- por favor...

Trató de sumergirse en el Ordo, entender qué estaba ocurriendo.
Las Voces cantaban.
Isaac permaneció a su lado.
_ Alejate, por favor, por favor.- suplicó.
Su viejo amigo la miró consternado.
_ Está... está bien... tranquilizate.

De pronto, un sonido llegó del cielo: dos espadas entrechocando.
Todos volvieron la vista hacia arriba, hacia lo alto de la torre. Allí dos templarios habían desenvainado sus armas y se habían arrojado uno contra otro, gritando.

_ ¡Deteneos!- gritó una voz.
Se volvieron todos buscando el origen.

Pedro.

_ ¡No!- gritó Loni, corriendo hacia él. Llegó hasta él y lo cogió por los hombros, zarandeándolo- ¡No!¡Pedro!¡Márchate! ¡Escóndete!- las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Ya no había vuelta atrás, pero aunque lo sabía, siguió suplicando. No quería hacer lo que ahora sabía que debía hacer- Marchate, Pedro...Escóndete, por favor...

Pedro la miró un instante, y luego miró a los demás.
_ Apartaos.- dijo. Loni, que había agarrado su brazo,sintió como de repente lo soltaba y sus pies retrocedían.
Asustada, desesperada, vio como lo mismo ocurría a los otros.
_ ¡Pedro!- gritó Niza- ¿Qué pasa?
Pero el muchacho no escuchaba, y comenzó a caminar en dirección a la Torre, ignorando las súplicas de Loni y de Niza.
_ ¡Detente!- exclamó cuando Pedro pasó por su lado, utilizando su presencia.
El muchacho se volvio hacia él, e Isaac pudo ver en sus ojos el fuego de mil demonios, y retrocedió, al ver un atisbo de algo que entendía que le superaba.
Niza comenzó a cantar, utilizándo su magia, y de repente, Pedro alzó una mano y el aire volvió a la garganta de la assamita, de golpe, tirándola al suelo con un grito ahogado.

_ ¿No lo entendeis?-gritó Pedro- No es por mi que hago esto, sino por vosotros, los cainitas. ¡No me detengais!
Loni, clavada en el suelo, sollozaba con amargura, y trataba de gritar a Pedro, pero su voz quedaba en un patético murmullo.
_ No lo hagas, Pedro...-decía- vete...por favor...

Pero no se detuvo, continuó andando hasta entrar en la Torre ante la mirada atónita de los guardias, que nada podían hacer para evitarlo.
De pronto, el hechizo que los mantenía paralizados desapareció, y los tres se lanzaron corriendo en pos del chico, entrando en la Torre trás él.

De repente, Pedro se detuvo en la entrada de la Torre y se volvió, mirando a lo que era un vacío a ojos de los demás.
Pero no lo era.
Luc, el joven mendigo, permanecía ofuscado, observando como en extasis al joven mortal.
El malkavian alzó un brazo, y un segundo después, Pedro, como ido, imitó el gesto.
Niza llegó corriendo y se lanzó contra el muchacho, derribándolo.
Buscó su cuello y le mordió, pero al instante emitió un chillido: la sangre del chico la abrasaba.

En la entrada, los guardias cayeron dormidos, y más allá, en el pasillo. Dormirdos, dormidos todos ellos.
Y Loni se dio cuenta de que en el preciso instante en que Pedro había entrado en la torre, el Ordo había desaparecido.
Los dos hombres que acudieron a ayudar a Loni, cayeron al suelo convertidos en ceniza.
Un poder demasiado grande se estaba concentrando allí y era incapaz de reconocerlo.
De la nada surgió Luc, chocando contra algo invisible.

Debían hacerlo, y debían hacerlo ahora.

"Mata al chico, usa tu espada"
Isaac no se movió
"¡Hazlo ahora!"

Una mujer se materializó de la nada, enfrentada con Luc.
_ Has perdido, Malkav, has perdido...- dijo, y se volvió hacia Isaac.- ¡Isaac! ¡Mata al chico ahora! - Y volvió a abalanzarse sobre Luc.
_ ¡Hazlo ya!- gritó Loni.
Isaac desenvainó su espada y se acercó a Pedro, que estaba tumbado en el suelo ahora, con los brazos abiertos en cruz. Alzó su espada sobre el cuerpo y cuando iba a descargarla con fuerza, Niza se lanzó contra él, derribándolo y haciéndole errar el golpe, y comenzaron a rodar por el suelo.

Y Loni supo lo que tenía que hacer. Sacó un puñal de los pliegues de su vestido, y aprovechando que Niza estaba ocupada con Isaac y que la extraña mujer peleaba con Luc, enarboló el cuchillo y se lanzó sobre Pedro, directa al corazón.

Pero cuando clavó el cuchillo, Pedro, sencillamente, desapareció.
El cuchillo se clavó en el suelo. Sin embargo tuvo la impresión de haber golpado algo.
Permaneció un instante aturdida, sin entender qué había ocurrido, hasta que se dio cuenta que Pedro seguía allí, con Luc, solo que no los veía, y comenzó a acuchillar el aire, con el rostro surcado de lágrimas, frenética.

Isaac seguía peleando con Niza, espada en mano y con una notable superioridad.
La mujer había aparecido a su lado y golpeaba también el vacio, con insistencia.
De pronto, en una de sus estocadas, Loni vio como su cuchillo hacía brotar la sangre.

Sangre, no vitae.

_ Lo siento, Pedro.- murmuró, y ahora, sabiendo donde estaba el chico, apuñaló con más insistencia, mezclando la vitae de sus lágrimas con la sangre del muchacho.- Perdoname...- murmuraba.
De pronto, el manto de ofuscación desapareció y pudo ver a Pedro en el suelo, con el vientre abierto, pero vivo...
El muchacho se puso en pie y Loni supo que había llegado tarde, había comprendido tarde. Y con una voz que no era la suya, el muchacho habló.
_ Por fin un cuerpo...
Pero la mujer se situó delante de él, y trasformando sus manos en garras, exclamñó:
_ ¡Ni lo sueñes!- y atravesó con un golpe el pecho del muchacho.

Pedro... ahora Malkav, miró hacia abajo, al agujero abierto en su pecho, con incredulidad...
Loni aprovechó entonces y se lanzó sobre su espalda, cuchillo en mano, y deslizó la hoja por el cuello tierno, abriendo un gran surco rojo.
El cuerpo cayó al suelo, como si fuera de plomo, y una explosión psiquica y un grito de furia y dolor les sacudió a todos.

Pedro había muerto.

Loni cayó de rodillas sollozando.

Lo he hecho... Le he matado


Arrojó el cuchillo lejos y se arrastró hacia el cuerpo de Pedro, desgajado en dos, y tomó el torso entre los brazos y lo acunó en su regazo, meciéndolo suavemente, y murmurando:
_ Perdoname, perdoname Pedro...

El Ordo había desaparecido.
Del todo.

Isaac se acercó a ella, tratando de consolarla.
_ Tenemos que ir por Talbo, Loni- murmuró con suavidad- antes de que pasen los efectos de ese sueño...
Pero Loni no reaccionaba, mecía el cadáver entre sus brazos y murmuraba.

Y Elena entró en la torre.
Su cuerpo estaba rígido, su gesto, descompuesto. Se acercó a ellos con paso lento e indeciso, como no queriendo ver lo que sabía que iba a encontrar.
_ Lo siento, Elena.- dijo Niza, tirada en el suelo. Elena clavó las rodillas en el suelo, contemplando el cadáver de su hijo.

Por un momento, el tiempo pareció suspenderse, hasta que la extraña mujer habló.
_ Soy Layla.- dijo, y se volvió hacia Niza- Tus amigos me liberaron en Córdoba. Me supo mal que muriese Ricardo.

Al oir aquel nombre, una lágrima cruzó el rostro de la assamita.
La mujer se despidió, alegando que no debía conocerse su relación con lo ocurrido, y desapareció.

Isaac continuó tratando de sacar a Loni de su trance.
_ No.. no podemos hacerlo solos.- atinó a decir ella.
Isaac la sujetó por los hombros, con un aura autoritaria que no podía pasar por alto.
_ ¡Loni, dejalo ya no puedes hacer nada, sin embargo Talbo morirá!

Loni depositó un beso en la frente de Pedro y se puso en pie.
Llevaba el vestido empapado de sangre y el gesto ausente. Miró a su amigo con ojos vacíos.
_ No podemos salvarle, Isaac- dijo- no solos, debemos huir.
_ Tenemos que intentarlo, el malkavian puede ocultarse - insistió el Brujah.
Loni señaló la puerta, un grupo de gente se acercaba a la Torre.
_ ¡Pero no podemos hacerlo solos!

Com un acto reflejo, tomó el cadáver de Pedro por un brazo y lo arrastró hacia la penumbra, tratando de no ver su rostro. Los demás hicieron lo mismo con los otros cadáveres.
_ ¡Rápido! - exclamó Luc, que había vuelto a la normalidad- ¡Inventaos una historia! ¡Decid que un demonio salió, mató al chico y huyó!

Los humanos entraron en la torre.
Isaac dio un paso al frente.
_ ¡Rápido! - dijo a los mortales- el demonio ha escapado, debemos perseguirlo.
Loni trató de introducir en su mente la idea de obedecer al juez, pero no funcionó.
_ ¿Quienes sois?- dijo un hombre con vestiduras de Obispo- ¿Qué hacéis aquí?

Elena se colocó junto a Isaac, provocando la fascinación de los humanos.
El obispo les miró, y apartando a Isaac, comenzó a cantar.

Instintivamente, los cuatro dieron un paso atrás.
Su Fe comenzó a arañar su piel, abrasar su sangre... y gritaron de un modo inhumano.
El Obispo los señaló con gesto fanático.
_ ¡Demonios! ¡Asesinos! ¡A ellos!

Isaac tomó a Loni de la mano y cargó contra los asustados hombres, abriendo una brecha en el grupo por la que Niza y Elena pudieran pasar también.
Corrieron mucho y muy rápido, pero al poco tiempo la Dama Elena comenzó a quedar atrás. Afortunadabamente los humanos que los perseguían vestían sus armaduras completas y fueron incapacez de alcanzarlos.

Loni los guió, sin dejar de correr, hacia la salida secreta, sin pensar, sin querer darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, dando un paso detrás de otro como una automata.
Cuando hubieron cruzado las murallas, se permitieron un descanso.
_ Hay un carro.- dijo Elena, y de pronto recordaron el carruaje en el que llegaron Niza y ella a la ciudad, y que dejaron cerca de la entrada secreta.

Encontraron el carro sin problemas, y, sin pensarlo, se lanzaron a la profundidad de la noche.

Loni se dejó caer en el suelo nada más subió al carro, cerró los ojos y flotó por encima de su cuerpo, y mientras el carro se alejaba de la ciudad, su alma cruzó las murallas de nuevo y llegó a la Torre, descendió las escaleras hasta las mazmorras y entró en la celda.
El potro de tortura estaba ensangrentado.
Pero Talbo ya no estaba.

Y antes de que volviera a su cuerpo, los demás, en el carro, pudieron ver que su cuerpo inerte estaba llorando.
 

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