Malkav la estudió con detenimiento con aquel único ojo suyo.
_ Necesito reunir mi cuerpo.- dijo.
Michelle recordó las palabras de Arístides cuando le preguntó por Malkav ¿Qué pasaría si volviera el rey de los locos?
_ ¿Qué ocurrirá cuando lo hagas?- se sorprendió preguntando, osada.
Gata se sentó junto a la puerta de la torre en ruinas... Bloqueaba la única salida desde allí. Aunque pareciese que se hubiera sentado ahí casualmente y ttuviera aire despreocupado, supo que no era casualidad el lugar en que estaba. Le estaba cortando la retirada ¿Por qué deberia huir? ¿Qué le iba a pedir Malkav?
_ Estaré preparado para trascender- respondió aquel amasijo de carne. Costaba creer que fuera la poderosa criatura que era, pero aquella sensación de respeto reverencial emanaba de aquella cosa como lo había hecho del bebé que fue Tzimisce.
_ ¿Y qué ocurrirá con el Ordo?- insistió: no había entrado allí para ayudar a Malkav gratuitamente. Quería recuperar el Ordo, la sensación de deslizarse por la red de mentes...
La voz de Malkav sonó crepitante pero firme.
_ Yo soy el Ordo.- Michelle fue a insistir de nuevo, pero no tuvo tiempo- Acércate, niña.
Quiso alzar el mentón, no demostrar miedo alguno, pero el poder de aquella cosa, de Malkav, era sobrecogedor incluso en aquella forma, y se acercó temblorosa e insegura. ¿Qué iba a pedirle? ¿Por qué Gata le bloqueaba la salida?
_ Noto la huella de mi hermano en tí.- dijo entonces el antediluviano husmeando el aire, y Michelle frunció el ceño, sorprendida ¿Su hermano?- Mekhet...
_ ¿Mekhet?- había oído aquel nombre antes, lo había pronunciado la falsa Loni cuando hizo aquello a Arístides... ¿Malkav era hermano del Dracon? No, no podía ser, Yorak era el hermano de Arístides, y ellos eran chiquillos de Tzimisce.
De pronto, algo se removió en la herida que dejara la moneda al traspasar su carne, y aterrada, Michelle contempló como algo se revolvía en su interior, pujando por salir. Primero surgió una cabeza, una cabeza de bebé. Era un niño pequeño: el niño pequeño que había amamantado con su propia vitae y que había cuidado en la casa de Florencia... El rostro desencajado por el horror, Michelle solo conseguía preguntarse si había estado siempre dentro de ella... Y ante aquel pensamiento, volvió a sentirse honrada...
Tzimisce y Malkav comenzaron a hablar en una lengua que Michelle no entendía y que dolía. Podía sentir la presión en los oídos, y agradeció a María desde lo más ínfimo de su ser que le enseñara el poder de alejar el dolor de su cuerpo: a su espalda, Gata se había acurrucado en el suelo y se tapaba los oídos, chillándo de dolor...
Trató de prestar atención a lo que decían, pero tan solo consiguió entender dos nombres en toda la conversación: Tremere y Saulot.
Michelle consiguió reunir valor para hablar a aquellas dos criaturas.
_ ¿Estuvisteis siempre dentro de mí?- preguntó temblorosa, pero su voz se perdió en el sonido de aquella extraña lengua, y ninguno de los dos le prestó la más mínima atención. Michelle se permitió sentir rabia por ser ignorada ¡Ella le había portado en su pecho!
No estaba segura de cuanto tiempo pasaron así, hablando, la grotesca figura de Tzimisce surgiendo de su pecho, pero de pronto estaba en el suelo, su ropa desgarrada allá donde surgiera la cabeza, y se sentía completamente agotada. Ya no había ni rastro de la herida. ¿Había vuelto Tzimisce a su cuerpo?
_ ¿Dónde está?- preguntó con voz débil a Malkav, que continuaba en el pedestal.
_ Él es como yo, él es como el Ordo- Michelle no entendió aquello, se sentía exhausta y no conseguía comprender qué quería decir Malkav- Pero a su manera
_ ¿De qué manera?
Malkav la ignoró de nuevo y Michelle apretó los puños con rabia.
_ Necesito un cuerpo- prosiguió el antediluviano y Michelle permaneció silenciosa, segura ahora de que iba a pedirle algo realmente terrible- Debo hallar mi cuerpo. Queda menos tiempo del que creía. Ya he perdido demasiado. Tómame.
Michelle retrocedió en el suelo, asustada ¿Qué le estaba pidiendo? ¿Que absorviera su vida? Recordó como Arístides había debilitado el alma de aquel vampiro que encontraron en Petra antes de permitir que ella lo tomara ¿Qué ocurriría si bebía la sangre de un antediluviano? Retrocedió un poco más, aunque la idea le tentaba... Poder...
_ Cógeme con tus manos- insistió Malkav, y Michelle, temiendo lo que ocurriría, certera de que no podía luchar contra Gata para salir de allí... Sería como luchar contra el Dracon, o su hermano Yorak. Se puso en pie temblorosa, y se acercó para sujetar aquello con sus manos.
Gata se puso en pie, aturdida, y Michelle temió que fuera a arrojarse sobre ella.
Al tomar la cara entre las manos, descubrió sorprendida que en realidad era mucho más fina de lo que había imaginado, como si alguien hubiera cortado una tajada del rostro de Malkav con más saña que arte... Era una lámina fina, sin hueso.
Entonces aquella fina cortada de carne, habló de nuevo y formuló las palabras que Michelle temía.
_ Necesito tu cuerpo un tiempo, Loni de Lances, Michelle de Mauvernay.-dijo- Pósame en tu rostro.
Michelle se controló para no soltarlo de golpe, aterrada.
_ ¿Qué ocurrirá con mi rostro si lo hago?- inquirió.
La respuesta de Malkav fue total y no admitía réplica.
_ Hazlo, o Gata lo hará por mí.- Michelle miró a la joven, que todavía parecía aturdida- Pero mi hermano tiene planes para tí. Serás respetada.
Michelle quiso creer que aquello quería decír que Tzimisce se encargaría de que su rostro no mostrara aquel aberrante trozo de carne, y despacio, con las manos temblando, acercó Aquello a su rostro. De pronto, sintió que su propia sangre anhelaba desesperantemente tener a Malkav... Su poder de vicisitud se desató, y zarcillos de sangre como finos tentáculos carmesí surgieron de su rostro para unirse al de Malkav, uniéndolos. La presencia de Malkav en su mente la invadió de un modo sofocante, neutralizándola en su propio cuerpo, haciendola sentir pequeña y nimia junto aquella entidad, incapaz siquiera de controlar su cuerpo.
De aquella noche, lo único que consiguió recordar era a Gata caminando alegre a su lado...
Las noches siguientes fueron confusas. Recordaba como de un sueño el verse caminando por un palacio siciliano para contemplar a un hombre que dormía el letargo en una cripta, y después marcharse sencillamente de aquel lugar. Recordaba un lugar lleno de crucifijos y efigies de Cristo, y haberse quemado las manos al sostener una reliquia sagrada... Vaticano... Rercodaba la euforia de Malkav al recuperar un fragmento de su cuerpo cerca de Pisa. Los momentos de lucidez eran escasos, invadida como estaba su mente por la mente de Malkav. Los pocos de los que gozaba, no eran más que pesadillas atroces.
De cuando en cuando sus sueños se mezclaban con los recuerdos de Malkav, y en aquel extraño lugar que era su mente, descubrió su pasado.
Malkav y Tzimisce eran hermanos de sangre, compartían el mismo sire... Junto a Saulot, antediluviano del clan salubri diabolizado por Tremere, cabeza de la casa Tremere. Al parecer Saulot era el único capaz de sanar temporalmente la atroz locura de Malkav y de consolarle, y él le quería más que a nada en el mundo. Malkav tenía una hermana, una gemela, llamada Malakai.
También vio que los trece antediluvianos no batallaron entre sí, sino que fue algo mucho más oscuro. Caín creó su progenie, que a su vez creó progenie, pero impuso la ley de que no hubiera más. Los trece rompieron el mandato de Caín, y crearon su progenie. Pero hasta siete se mantuvieron leales, y se unieron a Caín cuando éste decidió dar castigo a los demás: Malakai era una de estos siete. Al parecer, en un momento dado, Caín se cansó de la guerra y abandonó Enoch, la ciudad donde vivian; los Siete se sintieron traicionados, y sin Caín,y sin chiquillos, sólo podían esperar la muerte. Desaparecieron, pero desde entonces, usaron medios desde la sombra para acabar con los hijos de los trece. Más tarde, los trece crearon su ciudad, hasta que sus chiquillos se revelaron como antaño hicieran ellos y como Caín, ellos se cansaron de la guerra. No todos, pero sí algunos, como Saulot y Malkav, y se retiraron del mundo. Sin embargo, los Siete aún actuaban en el mundo: Mataron a Ventrue, ayudando a algunos de sus chiquillos rebeldes, y mataron al menos a otros dos antediluvianos más. Descubrió también que la Tal-mahe-rah era una secta que estaba bajo control de estos antediluvianos muertos, operando desde el Más Allá.
Había hecho bien en temerles...
Cuando pasó un tiempo y su fragmentada mente recobró algo de voluntad, trató de averiguar que pretendían Malkav y Tzimisce, de qué hablaron en la torre en ruinas, así como qué había sido de las dos ciudades y donde estaban: La Primera y la Segunda Ciudad habían desaparecido, sus ruinas engullidas por el tiempo. Las localizaciones, sin embargo, las descubrió. Pero eran sitios muy peligrosos, sellados con poderes que escapaban a comprensión... O a la de Malkav. El máximo objetivo de ambos antediluvianos era trascender, superar el estado vampírico y superar a Dios. Aquello sorprendió a Michelle ¿De qué manera se podía superar el estado vampírico? ¿Para qué?
Descubrió que los antediluvianos tenían un poder nacido del propio Dios, y su maldición era casi la misma en fuerza que en Caín. Al parecer, Saulot profetizó que a través de ese poder venido de Dios, se podía trascender la forma vampírica, y convertirse en un ser todopoderoso. Era sabido públicamente que los capadocios estudiaban la muerte para acercarse al misterio de la vida, y acercarse a Dios. De hecho, los Giovanni difundieron el extraño rumor que Augustus diabolizó a Cappadocius porque éste pretendía diabolizar al mismo Dios Todopoderoso en su locura. Saulot creó la Golconda, un estadio superior al vampírico, y su manera de trascender, pero el propio Saulot creía que sólo había recorrido la mitad del camino y Tzimisce lo buscaba a través de la alteración del cuerpo y el espíritu, en busca de la perfección.
Michelle quiso saber más sobre aquello, pero tan solo sacó en claro que solo la sangre de la tercera generación estaba lo suficientemente maldita para alcanzar aquel estado, de hecho, una de las vertientes de la Yihad consistía en evitar que los demás llegasen a ese estado antes que uno mismo. No consiguió ver más, ni tan siquiera reunir la suficiente fuerza para intentarlo, hasta que una noche...
Dolor.
Dolor en el rostro, en el pecho, en el cuerpo entero. Se vio tirada en el suelo, sangrando en medio del barro. No solo sangraba su cara, sino que descubrió al menos tres espadazos en el pecho y uno de sus brazos había sido seccionado y apenas podía moverse. El terror hizo presa en ella. Miró a su alrededor con un único ojo sano, desesperada ¿Qué había ocurrido? Había alguien junto a ella, y destrozaba con saña el rostro de Malkav... Se lo habían arrancado. ¿Estaba entre los enemigos de Malkav? ¡La matarían también! ¿En qué lugar estaba? Alguien hablaba en valaco ¿Los Cárpatos? Invocó el poder de su sangre para sanar las heridas, pero sabía que el brazo tardaría más. ¿Cómo saldría de allí? Maldijo no conocer ninguna disciplina que le permitiera acabar con aquellos hombres para marcharse... Su pensamiento, frenético, no hacía más que calcular sus posibilidades de supervivencia, de huida, cuando de repente una voz familiar llegó a sus oídos.
_ ¿Loni? ¿Loni de Lances?- se revolvió en el suelo para localizar la fuente de aquella voz, no podía ser verdad, era demasiado bueno para serlo... ¿Vykos?- ¡No, no la mateis! Es amiga mía...
Entonces se dio cuenta ¿Loni? El mechón de cabello que tenía sobre el hombro, bajo la sangre, ya no era del color del cobre bruñido... Rubio. ¿Qué había pasado? ¿Qué había ocurrido con Michelle?
Vykos se había arrodillado junto a ella y le tomaba una mano.
_ Te lo hemos sacado, Loni. ¿Estás bien?¿Me oyes?- decía. Se volvió hacia alguien que Loni no podía ver-¡Ramonev! ¡Trae esos cadáveres de los ghouls, necesita sangre!
Trató de incorporarse pese al dolor lacerante en el pecho y el hombro, pero Vykos la ayudó.
_ ¿Qué... qué ha pasado?- preguntó. Podía hablar, pero se sentía exhausta.
_ Hace tres noches,-contestó Vykos- eso que tenías en la cara te hizo acabar con dos voivodas tizmisce, sólo que uno de ellos era uno de los nuestros bajo una tapadera. Así que nos unimos para acabar con la amenaza.- Sí., recordaba algo entre nieblas. Malkav esperaba recuperar de ellos una parte de su cuerpo, pero ninguno de los dos había resultado tener nada.-No podía creerme que fueras tu cuando te vi, pero entonces vimos esa... Cosa... En tu cara. Mi plan ha funcionado.
Miró a su alrededor: vio seis heridos y casi doce montones de cenizas, aparte de dos o tres de pie intactos. Una matanza.
_ ¿Lo he hecho... yo?- inquirió, aunque ya conocía la respuesta.
Vykos señaló la masa sanguinolienta que había sido el rostro de Malkav.
_ Lo hizo eso. ¿Qué es?
Michelle ¿O era Loni? Apretó los ojos al recordar la locura, los sueños. Apretó el puño que sostenía Vykos.
_ Yo no... no recuerdo- murmuró. Y era cierto: era algo demasiado terrible como para recordarlo para la persona inapropiada.- ¿Cómo he llegado aquí?¿Qué me habéis hecho?
Quería averiguar por qué había dejado de ser Michelle, por qué volvía a ser la pequeña y solemne Loni...
_ Peleaste como mil demonios, no había visto a nadie aguantar tanto- contestó Vykos.- ¿De veras no recuerdas nada? Me tenías preocupada. Theresa no sabe nada de ti desde hace dos años.
El recuerdo de la falsa Loni la hizo enfurecer.
_ Esa no era yo...- espetó. Luego se calmó y se dio cuenta de la magnitud de lo ocurrido.- Llévame a un espejo.
Vykos la miró con gravedad un instante y después se puso en pie, dando indicaciones a sus hombres.
_ Vámonos. ¡Quemad eso!- la ayudó a ponerse en pie, aún tambaleante. Se sentía muy extraña sin el brazo que le faltaba...- Necesitas sangre. Tenemos bastantes ghouls muertos. Debes alimentarte.
Devoró muchos cadáveres, y curó todo salvo el brazo. Estaba sorprendida de la cantidad de vitae que podía llegar a ingerir y la velocidad a la que sanaban sus heridas. Se preguntó si durante aquel tiempo Malkav le había traspasado su apetito o parte de su poder. Le trajeron un espejo.
El rostro que le devolvía era un rostro que hacía mucho tiempo que no veía en sí misma. No había duda, era Loni de Lances, aunque algo más delgada de lo que recordaba. Y aquellos ojos... Algo había ocurrido: seguían siendo azules como el hielo, y no del color oliva que los tenía Loni... ¿Qué estaba pasando? Cuando se quedó a solas, trató de volver a ser Michelle, pero sin éxito. Podía conseguir una copia fiel, pero le faltaba aquella perfección, aquel toque sobrenatural que era la belleza casi legendaria de Michelle. De modo que volvió a ser Loni. ¿Había sido una farsa la joya? ¿Al ponerse negra, no había desaparecido su esencia? ¿Había residido siempre dentro de ella?
Cuando Vykos volvió a reunirse con ella a solas, le dijo que se hallaban en el año 1452. Dos años habían pasado desde que dejara Florencia para ir a Malta y para que pisara aquel maldito torreón. Y no había Ordo... Necesitaba explicaciones. Y necesitaba volver a ser Michelle.
Vykos se había sentado en una butaca cerca del lecho donde descansaba cuando Michelle, ahora Loni, habló en su mente.
"¿Ha despertado ya el Dracon?" Sabía que aquello era descubrirse, que Vykos sería la primera persona, después de Arístides y ella misma, que supiera que Michelle había sido Loni en realidad.
Vykos reaccionó como esperaba, recerloso.
"¿Qué sabes de él?"
Loni envió a su mente algunos recuerdos. La cena en la casa de Florencia, cuando se había revelado como agente del Dracon, la joya, así como el tiempo que pasaron en aquel barco, en pos del libro que Ardan había comprado...
"El barco... ¿cómo sabes lo del barco?" inquirió Vykos, sin entender, sorprendido. "Fue con tu chiquilla, con Michelle..."
Loni negó con la cabeza.
_ Michelle no existe.- Vykos abrió mucho los ojos y dio un paso atrás.
_ ¿Eres Michelle de Mauvernay?- preguntó, aún incrédulo. Loni volvió a negar.
_ No,- respondió- Michelle de Mauvernay era Loni de Lances siempre.- El Dracon me dio un bonito disfraz.
Vykos parecía confudido.
_ Entonces... ¿quién demonios es la que estaba hace dos años con Theresa Kymena?
Loni se encogió de hombros, aunque sabía muy bien a quién se refería. Se preguntó que habría tramado con Vykos, con Theresa.
_ Una farsante, imagino, no sería la primera Loni que tiene la desfachatez de venir a mi casa, haciéndose pasar por mí.
_ Pero... Pero esa Loni sabía de mi, de nuestros encuentros, de las cosas que habíamos hablado...
Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Loni.
_ Sí... eso también fue obra del Dracon.
Vykos se sentó según comenzaba a asimilar la información que estaba recibiendo.
_ ¿Qué demonios te ha sucedido? Parece que el Dracon te ha tomado en gran estima. En un par de meses, iré hacia la península ibérica. Si quieres volver por esa zona, puedes venir conmigo
Loni suspiró.
_ Lo último que recuerdo es que estaba en Malta, y era Michelle, hace dos años. Era primavera de 1450 cuando me marché de Florencia. Trataba de averiguar quien había secuestrado a mis Medici, pero ya deben estar muertos...
Vykos alzó las cejas.
_ ¿Medici? Puede que en eso pueda serte útil...

27 sept 2005
19 sept 2005
Sesión Trigésimo Novena: Malta
La carta llegó dos noches después de su conversación con María. Iba lacrada con el sello de los Toreador, una rosa con espinas. No desprendía ningún aroma y su interior así rezaba.
"Lo profano y lo sagrado se hunden en los corazones que no laten, pero no en los que viven. Si quieres que los que viven lo sigan haciendo, halla a Simón de Malta y tráenoslo. Si no lo haces antes de tres lunas, tus queridos Medici no podrán seguir viviendo. María sabrá más.
Firmado, D'angelo."
No había señales que pudiera leer en la carta, tan solo las del monje que la escribió al dictado de otra persona que no podía ver. Dejó que la ira le trepara por los brazos y la embargara, acompañada de una fría satisfacción. Al fin se había revelado el culpable de la desaparición de los Medici, de sus Medici... Trató de ubicar D'Angelo en su mente, pero no había oído jamás su nombre, y ahora no disponía de la magnífica red que fue el Ordo para estas lides. Pero María... ah, María ¿Más secretos?
Se cubrió con una capa y salió de la casa con paso firme, haciéndo caso omiso de sus doncellas, que no entendían a donde marchaba con tanta prisa. Llegó a la casa en poco tiempo y María la recibió en uno de los salones superiores, vestida de negro, como venía haciendo desde que Michelle matara a la falsa Loni.
_ Buenas noches, Michelle- dijo con cortesía- ¿Quieres tomar algo? Pasa...
Tres sirvientas esperaban juntas en un lateral del salón, expectantes. Michelle no esperó, alzó la carta con las manos, poniéndola frente a María, con la ira relampagueándole en el rostro.
_ ¿Qué es esto, María?- su voz restalló como un látigo. La reina de Florencia tomó la carta con las manos, y un gesto de sorpresa y enfado se dibujó en su rostro al leerla.- ¿Quién es D'Angelo?- insistió Michelle.
_ D'Angelo, no lo sé...- contestó ella- Pero Simón de Malta, sí, le conozco. Es mi sire.
Michelle sintió el peso de la revelación: María jamás había hablado de su sire, ni había desmentido ni confirmado los rumores que decían que era chiquilla de François Villon, príncipe de París. Michelle había dado por supuesto que esto era cierto, y jamás había insistido pues ella siempre se había mostrado no reacia, sino incluso violenta ante la idea de hablar de su Abrazo. Y ahora acababa de revelarle su primer secreto.
_ Pues espero que no le tengas mucho aprecio,-le espetó- porque pienso recuperar a mis Medici.
María no se dejó provocar por el tono iracundo de Michelle.
_ Aprecio, el justo.- respondió- Pero si le buscan, es que van tras aquello que él custodia. La biblioteca de Malta. Sentémonos, Michelle, este no es un tema que tratar de pie.
Se sentaron en las butacas y Michelle trató de rebajar su ira: necesitaba pensar.
_ ¿Qué tiene de especial esa biblioteca?- preguntó.
_ Mucho de lo que fue salvado en secreto de la Biblioteca de Alejandría se halla en unas cuevas ocultas bajo las rocas de la isla de Malta. Simón custodia galerías inmensas con el saber de la antigüedad. Y tiene secretos de los días antiguos, crónicas que los más viejos creen que el mundo ha olvidado. Simon, él se ha distanciado de la Yihad. No cree en ella. Sólo se preocupa por sus libros, y muy pocos saben de la gran biblioteca. François Villon sabía de ella.- María suspiró al mencionar al príncipe de París, recordando el pasado, un pasado del que Michelle esperaba tener noticias gracias a Ariadna.- Muy pocos saben mi ascendencia real. Y te usan a ti para llegar a mi sin dañarme de manera visible o llamativa...
_ Tú también...- dijo Michelle, haciéndole notar que no era la única que tenía secretos.
_ Sí, yo también tengo un pasado. Por eso tantas preguntas estos días, de si tenía que contarte todo lo referente a mi, o dejarte libre en una feliz ignorancia. Supongo... Debe haber alguien más interesado no sólo en la biblioteca, sino en separarnos pues en Florencia es grande nuestra fuerza, nuestra unión. Y esto es un ataque a los cimientos de esa unión. Debe ser alguien conocido...
Michelle entrecerró los ojos.
_ ¿Te atrae la idea de deshacerte de mí, María?- Pero ella la miró a los ojos con lo más cercano a la ternura que podía sentir, y su mirada decía que no. Michelle asintió- Habías conseguido que dudara.
_ Siento haberte hecho dudar. Han sido noches extrañas, estas últimas, debemos descubrir quién manda la carta. Debemos desenmascarar a nuestro rival.
_ Ayúdame a recuperar a mis Medici, los traeremos aquí, para la grandeza de Florencia.- María asintió- Traté de ver la carta, pero tan solo habia huella del monje que la escribió, nuestro amigo dictó la carta, no pude ver nada de él. Inténtalo tú, por si a mí me faltara fuerza.
María se concentró y trató de ver huellas en la carta, pero nada encontró que Michelle no hubiera visto.
_ Es astuto- dijo la reina al fín.
_ ¿Tiene enemigos tu sire?- preguntó Michelle.
_ Mi sire guarda secretos de muchos antiguos. Y el saber crea enemigos, aunque sólo sea porque existe. Por sí sólo no es peligroso, créeme. Le conozco bien, y le he visto impasible ante promesas de poder, tierras, sangre, arte... Sólo se mueve por sus malditos libros... Y una vez se movió por mi, o eso creí... Y por eso estoy aquí. En esta noche eterna.
Michelle se llevó disimuladamente la mano al pecho, sobre la moneda, y envió un pensamiento que decía "Biblioteca de Malta". Arístides no respondió, tampoco esperaba que lo hiciera, pero tal vez recibiera el mensaje y se pondría en contacto con ella más adelante.
_ Ya había comprobado que haces temblar cimientos, sí...- dijo a María con media sonrisa dibujada en el rostro, y María le devolvió el gesto.
_ No iré a Malta, Michelle. Pero puedo mover mis hilos para buscar la identidad de nuestro enemigo. Quizás Simón sepa más de qué va esto. Sería bueno que fueras a Malta, a hablar con él. Si vas de mi parte, te recibiría. Quizás así sepamos más quién le busca, y por qué motivo.
_ Tendrás que darme instrucciones, un lugar al que acudir, Malta puede ser muy grande.
María negó con la cabeza.
_ No te preocupes, sé muy bien donde debes ir y a quien debes acudir.- su voz se convirtió en un susurro- Demasiado bien lo sé.
Se levantó para dirigirse al escritorio y se sentó a él, tomando un pergamino y una pluma, que mojó en la sangre de su propio dedo. Tardó poco, y cuando terminó la lacró y selló.
_ Esta carta es para Simón- dijo tendiéndosela- te abrirá sus puertas. Siguiendo la linea de la costa hacia el norte desde Malta mismo, a unos cinco kilómetros hay un caserío. Es una gran hacienda, rodeada de viñedos y olivos. En su extremo, da a un gran acantilado sobre el mar. Ve allí, y pregunta por Simón. Si te dicen algo más, entrega mi carta, eso debería bastar para que te dejaran verle.
Michelle tomó la carta y María se recostó contra el respaldo de su asiento.
_ D'Angelo...- murmuró la reina para sí, tratanto de recordar.
_ ¿No te dice nada ese nombre?- preguntó Michelle frente a ella.
María suspiró.
_ No estoy segura, yo he oído ese nombre en alguna parte. ¿Dónde? D'Angelo...
Michelle se llevó levemente la mano a la frente.
_ ¿Me dejas mirar?- María entendió y asintió, y Michelle penetró en su mente con suavidad, en busca del recuerdo.
María era mucho más vieja de lo que había pensado siempre, había siglos en su mente, muchos más de los que pensaba... Y entre todos aquellos recuerdos, encontró el que buscaba, un recuerdo de ochocientos años atrás, cuando María era todavía una niña mortal. Ochocientos años...
Había acudido a la boda de Renato Sforza y Emmanuelle D'Angelo, aquello era todo. No había en su mente nada más referente a aquel nombre, y podía darse perfectamente la casualidad de que tuvieran el mismo nombre. Sin embargo, encontró otro recuerdo con este, entrelazados tan firmemente que supo que pertenecían al mismo momento, pero que había sido bloqueado por su mente para protegerse. No pudo evitarlo, y con mucho cuidado, penetró en aquel recuerdo.
María había sido violada en aquella fiesta por un pariente. Ella no recordaba aquello y Michelle decidió que no se lo diría.
Pero María vio el gesto de desagrado que se dibujó en su rostro e inquirió preocupada.
_ ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
Michelle negó con la cabeza.
_ Era el nombre de una mujer mortal, hace muchísimo tiempo. No sé si eso nos llevará a algun lado.
Fue el turno de María para negar.
_ Una mujer mortal... No,no recuerdo.
_ Viajaré a Malta entonces ¿Estás segura de que no quieres venir?
María se levantó de la silla y caminó hacia la ventana.
_ No volveré a ese lugar. aquello sonó tajante y sin embargo parecía decírselo a sí misma. Michelle decidió que quería saber qué había ocurrido en Malta.
_ Está bien, entonces partiré pronto. Volveré a casa a preparar todo, tu intenta averiguar quien ese D'Angelo.- Estuvo a punto de pedirle que no acudiera a su casa, pues temía que quisiera despertar con mortis a Arístides, ahora que sospechaba que alguien dormía en la casa. Pero María asintió y ella decidió no decir nada.
_ Ten cuidado, mi amor... - dijo la reina- Presiento que se acercan tiempos oscuros.
Se despidieron y aquella noche Michelle regresó a casa para disponerlo todo. Quería preguntar a sus contactos si alguien había oido aquel nombre, pero nadie le supo decir nada, nadie conocía a ningún D'Angelo. Ambrogino Giovanni estaba en el Cairo y era peligroso viajar fuera de su cuerpo tan lejos, y Vykos estaba ilocalizable, de modo que no se demoró más. Dispuso cinco doncellas para que la acompañaran, así como Vincenzo y cuatro guardias, dos de ellos los ghouls que padecieron el caldero de sangre, ya recuperados.
Mientras preparaba todo, Michelle no podía evitar sospechar una trampa. Tal vez María quería sacarla de la casa para ver quién había allí, o cualquier cosa, o tal vez estaba cometiendo un error al marcharse, tal vez eso era lo que quería quien envió la carta...
Sin embargo, poco podía hacer, de manera que tres noches después embarcaron y en poco tiempo la isla de Malta se perfiló contra las aguas negras del Mediterráneo de noche. Podía ver la silueta de la villa de Malta contra el resplandor de la luna menguante, y desembarcaron en el puerto, para buscar alojamiento para las doncellas y los guardias en una posada. Cuando todo estuvo dispuesto, Michelle buscó la casa del Príncipe de Malta, un brujah que, según le había dicho María, era "muy curioso, muy calmado y muy poco brujah". Michelle imaginó un pintoresco hombre rural, dado el entorno que suponía la isla, y mucho no se equivocó.
La casa era grande pero estaba vieja y destartalada, y necesitaba urgentes reparaciones en el tejado y las balconadas, y tampoco estaba muy limpia.
Llamó a la puerta y un hombre delgado abrió. Vestía una túnica de lino vieja y raida, calzaba sandalias de esparto, de campesino y llevaba en la mano una vieja linterna de grasa.
_ Ah, una cainita.-dijo el hombre sin mas rodeos, como si recitara una retahila aprendida mucho tiempo atrás- Supongo que debes venir a presentarte. Soy el príncipe Alvar, brujah. Mucho gusto.- Michelle fue a responder a la bienvenida, pero el hombre no le dejó hablar. Desde luego, Maria tenía razón- Tiempo de estancia? Respetarás las tradiciones y todo eso?
Michelle reprimió una carcajada, aquel era desde luego un hombre pintoresco. Asintió.
_ No sé cuanto tiempo me quedaré, pero no debes preocuparte, traigo mi propio rebaño.- le dijo, y Alvar parecio satisfecho.
_ Bien.- iba a despedirse, pero recordó algo.- Ah, sí, tu nombre.
Michelle sonrió.
_ Michelle.- no le pareció necesario decir nada más.
El hombre la inspeccionó de arriba a abajo y alzó una ceja.
_ ¿De Mauvernay?- esta vez fue ella quien alzó ambas, sorprendida.
_ ¿Me conocéis?
_ Una Michelle de vuestra belleza aquí en Malta- dijo Alvar- O sois Michelle de Mauvernay, la amante de María, o sois una buena réplica.- Michelle rió, aquel hombre no era tonto del todo...- Bien, en cualquier caso, bienvenida a Malta. Respete las tradiciones y no tendrá problemas conmigo. Buenas noches.
Y cerró la puerta sin más.
Michelle sonrió divertida, tenía que darle toda la razón a María.
Faltaba bastante para el amanecer, de modo que Michelle decidió caminar por Malta para situarse y ver el lugar. Se trataba de una población pequeña y tranquila, y no debía albergar más de tres cainitas. Había demasiados pocos mortales como para poder mantener a más.
Caminó por las calles silenciosas y cuando llevaba cerca de media hora, sus sentidos le advirtieron de que alguien la seguía. Había desarrollado un grado de percepción que le permitió saber que quien le seguía no era hostil, sino curioso, de modo que se detuvo un instante para enviar su alma a ver de quién se trataba.
Encontró a una muchacha de quince o dieciséis años, pequeña y mugrienta, que la observaba medio ofuscada desde la vuelta de la esquina. Llevaba la ropa sucia, el rostro sucio y sucio el cabello. Parecía haberse dado cuenta de que la había visto, y se mantenía trás la esquina. Michelle regresó a su cuerpo y sonrió, mirando hacia ella.
_ No hace falta que te escondas, querida, no... muerdo- sonrió. Al fin la muchacha salió de su escondite, perpleja.
_ ¿Podías verme?- Michelle sonrió.
_ Te intuía, querida. ¿Cómo te llamas?
La muchacha se rascó el cuello.
_ Gata.
Michelle pensó enseguida en el poder de la viscisitud para cambiar de forma, o tal vez en el poder de los gangrel que se transformaban en bestias.
_ Curioso nombre ¿Dirías que es apropiado para tí?- Gata dibujó un gesto de desaprobación en el rsotro.
_ ¡Eh! ¡A mi me gusta!- espetó, y Michelle sonrió apacible e inclinó la cabeza a modo de disculpa.
_ ¿Eres chiquilla de Alvar?- preguntó con cortesía, pero la muchacha negó con la cabeza con despreocupación.
_ No. Alvar es bueno conmigo, pero no, no soy eso suya.- Michelle decidió que aquella muchacha parecía una buena mascota. Si tenía algo de interés para ella, trataría de llevarla consigo a Florencia...- Alvar me deja limpiar de ratas y ratones la ciudad. Gata.
De pronto no le pareció tan buena idea. No estaba equivocada cuando le preguntó si el nombre era apropiado. Se preguntó si habría algo más. Le preguntó su edad, pero la muchacha se encogió de hombros, de modo que intentó entrar en su mente. No esperaba aquello, pero de pronto su cabeza parecía a punto de explotar y se sintió aturdida... Una malkavian.
Se obligó a sonreir.
_ No te había visto, eres guapa- dijo la muchacha.
_ Eres muy amable, querida- respondió ella con amabilidad- Me ha gustado lo que has hecho antes de ir escondida ¿Qué mas sabes hacer?
Gata sonrió.
_ Esto.- dijo, y desapareció. Michelle trató de verla con auspex, pero no estaba ¿Cómo lo había hecho?- Estoy aquí-dijo la muchacha a su espalda. No se había osfuscado, se había movido deprisa, muy deprisa.
_ Realmente notable querida.- reconoció Michelle, cuyos sentidos no habían podido percibir su movimiento, aquello compensaba la suciedad y las ratas, tal vez si fuera buena idea llevarla a Florencia o incluso diabolizarla si tenía mas poderes interesantes.- realmente notable, y útil sin duda. ¿Vives sola aquí en la isla, Gata?
_ No, con mis gatos.- dijo, silbó, y de pronto se escucharon maullidos por toda la villa. Michelle había visto aquel poder antes, y le resultaba sumamente interesante. ¿Qué más sabía hacer?
_ ¿Puedes hacer que vengan?- dijo Michelle fingiéndose ilusionada- ¡Me encantan los gatos!
_ Sí, pero prefiero no molestarles- respondió la muchacha, y Michelle sonrió satisfecha, aquella muchacha le podía ser muy útil- Muchos están en celo, y se lo pasan bien.
Debía llevarla a la posada, convencerla de que la acompañara a Florencia.
_ Estamos aqui en medio de la calle- le dijo mirando a su alrededor- ¿Quieres acompañarme a la posada y charlamos mas tranquilamente allí?
Gata negó sin mucho interés.
_ Nah, hay hombres en la posada. No me gustan.
_ No te molestaran, si no quieres. Pueden dejarnos solas...
Ella negó con la cabeza, era terca como una mula.
_ Mmmm... A mi sí, pero no a ti ¿O también sabes esconderte? No, hueles demasiado bien.
Trató de dirigir la conversación para que la muchacha accediera a enseñarle, pero fue tarea imposible: definitivamente, Michelle olía demasiado bien y Gata no quería dejar a sus gatos.
Convocó su poder para fascinar, con la esperanza de que aquello sirviera para convencerla.
_ ¿No te aburres en una isla tan pequeña?- le preguntó condescendiente.
Gata negó energicamente.
_ No, es divertido estar aquí y él nunca se cansa de mi, de hablar. Asi que nunca me aburro.
Michelle alzó las cejas ¿Un sire?
_ ¿Quién, Alvar?
Gata abrió mucho los ojos, sorprendida, excitada.
_ ¿No le conoces? ¡No, Alvar no! ¡Vamos, ven, que te lo presentaré!- y comenzó a correr y saltar calle arriba, deteniéndose de vez en cuando para asegurarse de que Michelle la seguía.
Y así lo hizo, caminó deprisa trás ella para no perderla, y al cabo de un rato saliero de la villa y llegaron a un oscuro torreón que parecía abandonado. Había gatos por todos lados, de modo que se preguntó si sería allí donde vivía Gata.
_ ¡Aquí! ¡Ven!- exclamó Gata desde el interior, pero Michelle se detuvo antes de entrar, tratando de captar cualquier cosa extraña que pudiera venir del torreón. Y lo encontró, una sensación familiar, muy conocida, que hacía tiempo que no percibía ¿Dónde había percibido aquello? De repente un torrente de imágenes asaltó su mente: de mortal esculpiendo y las Voces hablando, el castillo de Béziers, Pamplona, el caliz, Pedro...
O-R-D-O
¡Al fin! Había huido de ellos cuando estuvo en su poder, y ahora que los buscaba, ahora que sabía que así cobraría más valor para Arístides... por fin los encontraba. Recordó las mañanas navegando en las mentes de la red malkavian, leyendo libros que jamás había visto, sabiendo cosas de lugares en los que jamás había estado, viendo por otros ojos, oyendo por otros oídos... Aprendiendo la magia de la sangre sin un maestro y con gran facilidad... ¡El dolor era un pequeño precio por todos aquellos dones! No perdió un instante y entró en la torre.
Gata bailoteaba alrededor de una columna partida, sobre la que reposaba algo que no conseguía distinguir. Se acercó más y no pudo reprimir un gesto de asco.
Sobre el pilar descansaba un amasijo de carne del que podía distinguir una boca, algo que parecía un trozo de nariz y de oído, y un ojo. Y el ojo la miraba.
_ Loni...- dijo aquello, aún la recordaban.
_ Ha pasado mucho tiempo- contestó ella, aún no del todo segura de con quién hablaba.
_ Sí... Toledo, Pedro- respondió la cosa, y Michelle supo entonces que se encontraba ante Malkav, o al menos, ante una parte de éll. Sintió que la invadía el mismo terror reverencial que sintió cuando sostuvo a Tzimisce entre sus brazos- ¿Por qué me lo arrebatasteis? ¿Acaso no te traté bien?
Michelle alzó el mentón.
_ Era joven e inexperta, cometí un error, me encariñé del muchacho.- dijo con desprecio hacia su propia debilidad. Se dio cuenta entonces de que Gata, tan pequeña y tan mugrienta, no era ni por asomo la pequeña mosquita muerta que imaginaba... era una chiquilla de Malkav. La miró con renovado estupor, una mezcla de fascinación y desprecio: ¡Aquella sucia criatura no merecía tanto poder!
Malkav habló de nuevo desde el pilar.
_ Necesito restaurar el Ordo. Tú eras un nodo.- dijo. Michelle asintió, era justo lo que quería.
_ Te serviré.- le dijo. La expresión en el medio rostro de Malkav era indescifrable, y tardó un instante en responder.
_ Bien- dijo al fin- pero esto me sobra.
De pronto Michelle sintió un dolor abrasador en el pecho y casi como un reflejo invocó el poder que le permitía no sentir dolor, aunque la herida estuviera ahí y fuera real, y maldijo tres veces, pues afloraba a su pecho, derretida, la moneda que le entregara Arístides.
"Lo profano y lo sagrado se hunden en los corazones que no laten, pero no en los que viven. Si quieres que los que viven lo sigan haciendo, halla a Simón de Malta y tráenoslo. Si no lo haces antes de tres lunas, tus queridos Medici no podrán seguir viviendo. María sabrá más.
Firmado, D'angelo."
No había señales que pudiera leer en la carta, tan solo las del monje que la escribió al dictado de otra persona que no podía ver. Dejó que la ira le trepara por los brazos y la embargara, acompañada de una fría satisfacción. Al fin se había revelado el culpable de la desaparición de los Medici, de sus Medici... Trató de ubicar D'Angelo en su mente, pero no había oído jamás su nombre, y ahora no disponía de la magnífica red que fue el Ordo para estas lides. Pero María... ah, María ¿Más secretos?
Se cubrió con una capa y salió de la casa con paso firme, haciéndo caso omiso de sus doncellas, que no entendían a donde marchaba con tanta prisa. Llegó a la casa en poco tiempo y María la recibió en uno de los salones superiores, vestida de negro, como venía haciendo desde que Michelle matara a la falsa Loni.
_ Buenas noches, Michelle- dijo con cortesía- ¿Quieres tomar algo? Pasa...
Tres sirvientas esperaban juntas en un lateral del salón, expectantes. Michelle no esperó, alzó la carta con las manos, poniéndola frente a María, con la ira relampagueándole en el rostro.
_ ¿Qué es esto, María?- su voz restalló como un látigo. La reina de Florencia tomó la carta con las manos, y un gesto de sorpresa y enfado se dibujó en su rostro al leerla.- ¿Quién es D'Angelo?- insistió Michelle.
_ D'Angelo, no lo sé...- contestó ella- Pero Simón de Malta, sí, le conozco. Es mi sire.
Michelle sintió el peso de la revelación: María jamás había hablado de su sire, ni había desmentido ni confirmado los rumores que decían que era chiquilla de François Villon, príncipe de París. Michelle había dado por supuesto que esto era cierto, y jamás había insistido pues ella siempre se había mostrado no reacia, sino incluso violenta ante la idea de hablar de su Abrazo. Y ahora acababa de revelarle su primer secreto.
_ Pues espero que no le tengas mucho aprecio,-le espetó- porque pienso recuperar a mis Medici.
María no se dejó provocar por el tono iracundo de Michelle.
_ Aprecio, el justo.- respondió- Pero si le buscan, es que van tras aquello que él custodia. La biblioteca de Malta. Sentémonos, Michelle, este no es un tema que tratar de pie.
Se sentaron en las butacas y Michelle trató de rebajar su ira: necesitaba pensar.
_ ¿Qué tiene de especial esa biblioteca?- preguntó.
_ Mucho de lo que fue salvado en secreto de la Biblioteca de Alejandría se halla en unas cuevas ocultas bajo las rocas de la isla de Malta. Simón custodia galerías inmensas con el saber de la antigüedad. Y tiene secretos de los días antiguos, crónicas que los más viejos creen que el mundo ha olvidado. Simon, él se ha distanciado de la Yihad. No cree en ella. Sólo se preocupa por sus libros, y muy pocos saben de la gran biblioteca. François Villon sabía de ella.- María suspiró al mencionar al príncipe de París, recordando el pasado, un pasado del que Michelle esperaba tener noticias gracias a Ariadna.- Muy pocos saben mi ascendencia real. Y te usan a ti para llegar a mi sin dañarme de manera visible o llamativa...
_ Tú también...- dijo Michelle, haciéndole notar que no era la única que tenía secretos.
_ Sí, yo también tengo un pasado. Por eso tantas preguntas estos días, de si tenía que contarte todo lo referente a mi, o dejarte libre en una feliz ignorancia. Supongo... Debe haber alguien más interesado no sólo en la biblioteca, sino en separarnos pues en Florencia es grande nuestra fuerza, nuestra unión. Y esto es un ataque a los cimientos de esa unión. Debe ser alguien conocido...
Michelle entrecerró los ojos.
_ ¿Te atrae la idea de deshacerte de mí, María?- Pero ella la miró a los ojos con lo más cercano a la ternura que podía sentir, y su mirada decía que no. Michelle asintió- Habías conseguido que dudara.
_ Siento haberte hecho dudar. Han sido noches extrañas, estas últimas, debemos descubrir quién manda la carta. Debemos desenmascarar a nuestro rival.
_ Ayúdame a recuperar a mis Medici, los traeremos aquí, para la grandeza de Florencia.- María asintió- Traté de ver la carta, pero tan solo habia huella del monje que la escribió, nuestro amigo dictó la carta, no pude ver nada de él. Inténtalo tú, por si a mí me faltara fuerza.
María se concentró y trató de ver huellas en la carta, pero nada encontró que Michelle no hubiera visto.
_ Es astuto- dijo la reina al fín.
_ ¿Tiene enemigos tu sire?- preguntó Michelle.
_ Mi sire guarda secretos de muchos antiguos. Y el saber crea enemigos, aunque sólo sea porque existe. Por sí sólo no es peligroso, créeme. Le conozco bien, y le he visto impasible ante promesas de poder, tierras, sangre, arte... Sólo se mueve por sus malditos libros... Y una vez se movió por mi, o eso creí... Y por eso estoy aquí. En esta noche eterna.
Michelle se llevó disimuladamente la mano al pecho, sobre la moneda, y envió un pensamiento que decía "Biblioteca de Malta". Arístides no respondió, tampoco esperaba que lo hiciera, pero tal vez recibiera el mensaje y se pondría en contacto con ella más adelante.
_ Ya había comprobado que haces temblar cimientos, sí...- dijo a María con media sonrisa dibujada en el rostro, y María le devolvió el gesto.
_ No iré a Malta, Michelle. Pero puedo mover mis hilos para buscar la identidad de nuestro enemigo. Quizás Simón sepa más de qué va esto. Sería bueno que fueras a Malta, a hablar con él. Si vas de mi parte, te recibiría. Quizás así sepamos más quién le busca, y por qué motivo.
_ Tendrás que darme instrucciones, un lugar al que acudir, Malta puede ser muy grande.
María negó con la cabeza.
_ No te preocupes, sé muy bien donde debes ir y a quien debes acudir.- su voz se convirtió en un susurro- Demasiado bien lo sé.
Se levantó para dirigirse al escritorio y se sentó a él, tomando un pergamino y una pluma, que mojó en la sangre de su propio dedo. Tardó poco, y cuando terminó la lacró y selló.
_ Esta carta es para Simón- dijo tendiéndosela- te abrirá sus puertas. Siguiendo la linea de la costa hacia el norte desde Malta mismo, a unos cinco kilómetros hay un caserío. Es una gran hacienda, rodeada de viñedos y olivos. En su extremo, da a un gran acantilado sobre el mar. Ve allí, y pregunta por Simón. Si te dicen algo más, entrega mi carta, eso debería bastar para que te dejaran verle.
Michelle tomó la carta y María se recostó contra el respaldo de su asiento.
_ D'Angelo...- murmuró la reina para sí, tratanto de recordar.
_ ¿No te dice nada ese nombre?- preguntó Michelle frente a ella.
María suspiró.
_ No estoy segura, yo he oído ese nombre en alguna parte. ¿Dónde? D'Angelo...
Michelle se llevó levemente la mano a la frente.
_ ¿Me dejas mirar?- María entendió y asintió, y Michelle penetró en su mente con suavidad, en busca del recuerdo.
María era mucho más vieja de lo que había pensado siempre, había siglos en su mente, muchos más de los que pensaba... Y entre todos aquellos recuerdos, encontró el que buscaba, un recuerdo de ochocientos años atrás, cuando María era todavía una niña mortal. Ochocientos años...
Había acudido a la boda de Renato Sforza y Emmanuelle D'Angelo, aquello era todo. No había en su mente nada más referente a aquel nombre, y podía darse perfectamente la casualidad de que tuvieran el mismo nombre. Sin embargo, encontró otro recuerdo con este, entrelazados tan firmemente que supo que pertenecían al mismo momento, pero que había sido bloqueado por su mente para protegerse. No pudo evitarlo, y con mucho cuidado, penetró en aquel recuerdo.
María había sido violada en aquella fiesta por un pariente. Ella no recordaba aquello y Michelle decidió que no se lo diría.
Pero María vio el gesto de desagrado que se dibujó en su rostro e inquirió preocupada.
_ ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
Michelle negó con la cabeza.
_ Era el nombre de una mujer mortal, hace muchísimo tiempo. No sé si eso nos llevará a algun lado.
Fue el turno de María para negar.
_ Una mujer mortal... No,no recuerdo.
_ Viajaré a Malta entonces ¿Estás segura de que no quieres venir?
María se levantó de la silla y caminó hacia la ventana.
_ No volveré a ese lugar. aquello sonó tajante y sin embargo parecía decírselo a sí misma. Michelle decidió que quería saber qué había ocurrido en Malta.
_ Está bien, entonces partiré pronto. Volveré a casa a preparar todo, tu intenta averiguar quien ese D'Angelo.- Estuvo a punto de pedirle que no acudiera a su casa, pues temía que quisiera despertar con mortis a Arístides, ahora que sospechaba que alguien dormía en la casa. Pero María asintió y ella decidió no decir nada.
_ Ten cuidado, mi amor... - dijo la reina- Presiento que se acercan tiempos oscuros.
Se despidieron y aquella noche Michelle regresó a casa para disponerlo todo. Quería preguntar a sus contactos si alguien había oido aquel nombre, pero nadie le supo decir nada, nadie conocía a ningún D'Angelo. Ambrogino Giovanni estaba en el Cairo y era peligroso viajar fuera de su cuerpo tan lejos, y Vykos estaba ilocalizable, de modo que no se demoró más. Dispuso cinco doncellas para que la acompañaran, así como Vincenzo y cuatro guardias, dos de ellos los ghouls que padecieron el caldero de sangre, ya recuperados.
Mientras preparaba todo, Michelle no podía evitar sospechar una trampa. Tal vez María quería sacarla de la casa para ver quién había allí, o cualquier cosa, o tal vez estaba cometiendo un error al marcharse, tal vez eso era lo que quería quien envió la carta...
Sin embargo, poco podía hacer, de manera que tres noches después embarcaron y en poco tiempo la isla de Malta se perfiló contra las aguas negras del Mediterráneo de noche. Podía ver la silueta de la villa de Malta contra el resplandor de la luna menguante, y desembarcaron en el puerto, para buscar alojamiento para las doncellas y los guardias en una posada. Cuando todo estuvo dispuesto, Michelle buscó la casa del Príncipe de Malta, un brujah que, según le había dicho María, era "muy curioso, muy calmado y muy poco brujah". Michelle imaginó un pintoresco hombre rural, dado el entorno que suponía la isla, y mucho no se equivocó.
La casa era grande pero estaba vieja y destartalada, y necesitaba urgentes reparaciones en el tejado y las balconadas, y tampoco estaba muy limpia.
Llamó a la puerta y un hombre delgado abrió. Vestía una túnica de lino vieja y raida, calzaba sandalias de esparto, de campesino y llevaba en la mano una vieja linterna de grasa.
_ Ah, una cainita.-dijo el hombre sin mas rodeos, como si recitara una retahila aprendida mucho tiempo atrás- Supongo que debes venir a presentarte. Soy el príncipe Alvar, brujah. Mucho gusto.- Michelle fue a responder a la bienvenida, pero el hombre no le dejó hablar. Desde luego, Maria tenía razón- Tiempo de estancia? Respetarás las tradiciones y todo eso?
Michelle reprimió una carcajada, aquel era desde luego un hombre pintoresco. Asintió.
_ No sé cuanto tiempo me quedaré, pero no debes preocuparte, traigo mi propio rebaño.- le dijo, y Alvar parecio satisfecho.
_ Bien.- iba a despedirse, pero recordó algo.- Ah, sí, tu nombre.
Michelle sonrió.
_ Michelle.- no le pareció necesario decir nada más.
El hombre la inspeccionó de arriba a abajo y alzó una ceja.
_ ¿De Mauvernay?- esta vez fue ella quien alzó ambas, sorprendida.
_ ¿Me conocéis?
_ Una Michelle de vuestra belleza aquí en Malta- dijo Alvar- O sois Michelle de Mauvernay, la amante de María, o sois una buena réplica.- Michelle rió, aquel hombre no era tonto del todo...- Bien, en cualquier caso, bienvenida a Malta. Respete las tradiciones y no tendrá problemas conmigo. Buenas noches.
Y cerró la puerta sin más.
Michelle sonrió divertida, tenía que darle toda la razón a María.
Faltaba bastante para el amanecer, de modo que Michelle decidió caminar por Malta para situarse y ver el lugar. Se trataba de una población pequeña y tranquila, y no debía albergar más de tres cainitas. Había demasiados pocos mortales como para poder mantener a más.
Caminó por las calles silenciosas y cuando llevaba cerca de media hora, sus sentidos le advirtieron de que alguien la seguía. Había desarrollado un grado de percepción que le permitió saber que quien le seguía no era hostil, sino curioso, de modo que se detuvo un instante para enviar su alma a ver de quién se trataba.
Encontró a una muchacha de quince o dieciséis años, pequeña y mugrienta, que la observaba medio ofuscada desde la vuelta de la esquina. Llevaba la ropa sucia, el rostro sucio y sucio el cabello. Parecía haberse dado cuenta de que la había visto, y se mantenía trás la esquina. Michelle regresó a su cuerpo y sonrió, mirando hacia ella.
_ No hace falta que te escondas, querida, no... muerdo- sonrió. Al fin la muchacha salió de su escondite, perpleja.
_ ¿Podías verme?- Michelle sonrió.
_ Te intuía, querida. ¿Cómo te llamas?
La muchacha se rascó el cuello.
_ Gata.
Michelle pensó enseguida en el poder de la viscisitud para cambiar de forma, o tal vez en el poder de los gangrel que se transformaban en bestias.
_ Curioso nombre ¿Dirías que es apropiado para tí?- Gata dibujó un gesto de desaprobación en el rsotro.
_ ¡Eh! ¡A mi me gusta!- espetó, y Michelle sonrió apacible e inclinó la cabeza a modo de disculpa.
_ ¿Eres chiquilla de Alvar?- preguntó con cortesía, pero la muchacha negó con la cabeza con despreocupación.
_ No. Alvar es bueno conmigo, pero no, no soy eso suya.- Michelle decidió que aquella muchacha parecía una buena mascota. Si tenía algo de interés para ella, trataría de llevarla consigo a Florencia...- Alvar me deja limpiar de ratas y ratones la ciudad. Gata.
De pronto no le pareció tan buena idea. No estaba equivocada cuando le preguntó si el nombre era apropiado. Se preguntó si habría algo más. Le preguntó su edad, pero la muchacha se encogió de hombros, de modo que intentó entrar en su mente. No esperaba aquello, pero de pronto su cabeza parecía a punto de explotar y se sintió aturdida... Una malkavian.
Se obligó a sonreir.
_ No te había visto, eres guapa- dijo la muchacha.
_ Eres muy amable, querida- respondió ella con amabilidad- Me ha gustado lo que has hecho antes de ir escondida ¿Qué mas sabes hacer?
Gata sonrió.
_ Esto.- dijo, y desapareció. Michelle trató de verla con auspex, pero no estaba ¿Cómo lo había hecho?- Estoy aquí-dijo la muchacha a su espalda. No se había osfuscado, se había movido deprisa, muy deprisa.
_ Realmente notable querida.- reconoció Michelle, cuyos sentidos no habían podido percibir su movimiento, aquello compensaba la suciedad y las ratas, tal vez si fuera buena idea llevarla a Florencia o incluso diabolizarla si tenía mas poderes interesantes.- realmente notable, y útil sin duda. ¿Vives sola aquí en la isla, Gata?
_ No, con mis gatos.- dijo, silbó, y de pronto se escucharon maullidos por toda la villa. Michelle había visto aquel poder antes, y le resultaba sumamente interesante. ¿Qué más sabía hacer?
_ ¿Puedes hacer que vengan?- dijo Michelle fingiéndose ilusionada- ¡Me encantan los gatos!
_ Sí, pero prefiero no molestarles- respondió la muchacha, y Michelle sonrió satisfecha, aquella muchacha le podía ser muy útil- Muchos están en celo, y se lo pasan bien.
Debía llevarla a la posada, convencerla de que la acompañara a Florencia.
_ Estamos aqui en medio de la calle- le dijo mirando a su alrededor- ¿Quieres acompañarme a la posada y charlamos mas tranquilamente allí?
Gata negó sin mucho interés.
_ Nah, hay hombres en la posada. No me gustan.
_ No te molestaran, si no quieres. Pueden dejarnos solas...
Ella negó con la cabeza, era terca como una mula.
_ Mmmm... A mi sí, pero no a ti ¿O también sabes esconderte? No, hueles demasiado bien.
Trató de dirigir la conversación para que la muchacha accediera a enseñarle, pero fue tarea imposible: definitivamente, Michelle olía demasiado bien y Gata no quería dejar a sus gatos.
Convocó su poder para fascinar, con la esperanza de que aquello sirviera para convencerla.
_ ¿No te aburres en una isla tan pequeña?- le preguntó condescendiente.
Gata negó energicamente.
_ No, es divertido estar aquí y él nunca se cansa de mi, de hablar. Asi que nunca me aburro.
Michelle alzó las cejas ¿Un sire?
_ ¿Quién, Alvar?
Gata abrió mucho los ojos, sorprendida, excitada.
_ ¿No le conoces? ¡No, Alvar no! ¡Vamos, ven, que te lo presentaré!- y comenzó a correr y saltar calle arriba, deteniéndose de vez en cuando para asegurarse de que Michelle la seguía.
Y así lo hizo, caminó deprisa trás ella para no perderla, y al cabo de un rato saliero de la villa y llegaron a un oscuro torreón que parecía abandonado. Había gatos por todos lados, de modo que se preguntó si sería allí donde vivía Gata.
_ ¡Aquí! ¡Ven!- exclamó Gata desde el interior, pero Michelle se detuvo antes de entrar, tratando de captar cualquier cosa extraña que pudiera venir del torreón. Y lo encontró, una sensación familiar, muy conocida, que hacía tiempo que no percibía ¿Dónde había percibido aquello? De repente un torrente de imágenes asaltó su mente: de mortal esculpiendo y las Voces hablando, el castillo de Béziers, Pamplona, el caliz, Pedro...
O-R-D-O
¡Al fin! Había huido de ellos cuando estuvo en su poder, y ahora que los buscaba, ahora que sabía que así cobraría más valor para Arístides... por fin los encontraba. Recordó las mañanas navegando en las mentes de la red malkavian, leyendo libros que jamás había visto, sabiendo cosas de lugares en los que jamás había estado, viendo por otros ojos, oyendo por otros oídos... Aprendiendo la magia de la sangre sin un maestro y con gran facilidad... ¡El dolor era un pequeño precio por todos aquellos dones! No perdió un instante y entró en la torre.
Gata bailoteaba alrededor de una columna partida, sobre la que reposaba algo que no conseguía distinguir. Se acercó más y no pudo reprimir un gesto de asco.
Sobre el pilar descansaba un amasijo de carne del que podía distinguir una boca, algo que parecía un trozo de nariz y de oído, y un ojo. Y el ojo la miraba.
_ Loni...- dijo aquello, aún la recordaban.
_ Ha pasado mucho tiempo- contestó ella, aún no del todo segura de con quién hablaba.
_ Sí... Toledo, Pedro- respondió la cosa, y Michelle supo entonces que se encontraba ante Malkav, o al menos, ante una parte de éll. Sintió que la invadía el mismo terror reverencial que sintió cuando sostuvo a Tzimisce entre sus brazos- ¿Por qué me lo arrebatasteis? ¿Acaso no te traté bien?
Michelle alzó el mentón.
_ Era joven e inexperta, cometí un error, me encariñé del muchacho.- dijo con desprecio hacia su propia debilidad. Se dio cuenta entonces de que Gata, tan pequeña y tan mugrienta, no era ni por asomo la pequeña mosquita muerta que imaginaba... era una chiquilla de Malkav. La miró con renovado estupor, una mezcla de fascinación y desprecio: ¡Aquella sucia criatura no merecía tanto poder!
Malkav habló de nuevo desde el pilar.
_ Necesito restaurar el Ordo. Tú eras un nodo.- dijo. Michelle asintió, era justo lo que quería.
_ Te serviré.- le dijo. La expresión en el medio rostro de Malkav era indescifrable, y tardó un instante en responder.
_ Bien- dijo al fin- pero esto me sobra.
De pronto Michelle sintió un dolor abrasador en el pecho y casi como un reflejo invocó el poder que le permitía no sentir dolor, aunque la herida estuviera ahí y fuera real, y maldijo tres veces, pues afloraba a su pecho, derretida, la moneda que le entregara Arístides.
12 sept 2005
Sesión Trigésimo Octava: Marionette
No dudó, ni aún sabiendo que sin ser auténtica, aquella mujer era Loni en realidad... Arístides la había creado para que Theresa tuviera su venganza y la matara, no para que sobreviviera y además le enseñara sus extrañas artes.
Debía morir porque había sido creada para morir.
Desde el lecho en la oscura torre, envió su alma a Vincenzo ordenándole que, sin quitarle la estaca del pecho, cargara a Loni en un carro, la cubriera con una manta gruesa y retirara la manta en el campo, en algún lugar apartado. Si el sol no bastaba para matarla, debía acabar con ella con la espada.
Pero no existió tal problema: cuando despertó, la noche siguiente, Vincenzo se presentó en su alcoba con un mechón de cabellos quemados, de Loni. Por si se trataba de algun truco Tremere, Michelle buscó en su mente el recuerdo de la muerte, y lo halló. Estacada e inconsciente, no se había dibujado en su rostro temor ni dolor, tan solo un gesto apacible.
Fue extraño ver su propio cuerpo sucumbir a las cenizas, como si se hubiera alzado de nuevo su alma en el aire para ver el cuerpo yaciente en el lecho...
Pero ya estaba hecho. Premió a Vincenzo, pues era sabio tener a la servidumbre contenta (así creían que servían por placer), sin embargo, cuando aquella noche se peinaba frente al tocador, algo llamó su atención, y si hubiera tenido un corazón vivo, este se habría detenido de súbito al ver que, en su pecho, la joya que contenía la esencia de Loni se había vuelto completamente negra.
Dejó el cepillo con suavidad sobre la mesa y concentró su mirada en el reflejo de la joya en el espejo. Negra, completamente negra donde antes fuera color amatista...
Tomó la joya con las manos y trató de leerla con la mente, pero estaba vacía, no había nada. ¿Quería eso decir que había matado cualquier posibilidad de volver a ser Loni? ¿Que la joya no contenía a Loni, sino que era un vehiculo para quitarle el alma a aquella marioneta? Ah, tendría unas cuantas palabras con Arístides cuando despertara... si despertaba algún día.
El resto de la noche pasó tranquila, María no apareció en la casa y Michelle le agradeció que no insistiera, aunque ahora que ya estaba solucionado... debería darle una explicación... Recordó entonces que allá en Venecia, sus Medici habían desaparecido y nadie parecía haberse tomado la molestia de investigar lo ocurrido, de modo que escribió una carta al joven Príncipe de la ciudad, instándole a investigar el caso. Era obvio que al muchacho le gustaban los halagos, de modo que bañó la carta en mieles para que, él tambien, obedeciera creyendo que lo hacía por propia voluntad.
Y el tiempo pasó, y dos semanas después de que enviara la carta, regresó el mensajero con una respuesta el príncipe. La carta decía que sus investigaciones apuntaban a que los Medici no habían sido asesinados, sino secuestrados, ya que los cadáveres que aparecieron descuartizados en el canal no eran ellos, sino unos plebeyos que asistían a la fiesta popular celebrada por el lasombra Monticio Aldano. Nada más sabía, pero a parte de aquello, la carta venía acompañada por dos jóvenes Toreador que acudían a la llamada de la famosa Michelle de Mauvernay, enviadas por Pietro.
Se presentaron como Ariadna y Cristiana, y eran cantante y pintora respectivamente.
Ariadna tenía el rostro afilado y una densa melena oscura que le caía sobre los hombros, tenía los ojos del color de las avellanas y una boca grande y generosa. Vestía con elegancia, con ropas de calidad, y había en ella seguridad en sí misma. Cristiana era el tipo de mujer que los artistas representaban en sus obras: tenía el rostro con forma de corazón, y caderas y pechos generosos, toda ella compuesta de redondeces que prometían mil placeres. Tenía el cabello castaño claro que le caía en tirabuzones sobre los hombres y los ojos verdes como esmeraldas. Michelle decidió que ya no creía en la sencillez, de modo que entró en la mente de Cristiana para asegurarse de que era quien decía, y así fue. Frescos y mosaicos, aquella era Cristiana. Sin embargo, cuando fue a entrar en la mente de Ariadna, se sintió como una niña torpe que tira al suelo los cacharros de la cocina, pues le fue incapaz entrar en su mente y la muchacha la miró sobresaltada y preocupada. ¡Ah! Hacía tiempo que no recordaba la sensación de ser detectada...
Habló un rato con ellas e hizo pasara a Cristiana a la casa, para que la atendieran los sirvientes y Alba, su chiquilla, tuviera algo con qué entretenerse.
Pero a Ariadna la hizo pasar al despacho, donde la muchacha la siguió con aquel gesto preocupado. La hizo tomar asiento al otro lado de la mesa, y Michelle procedió a hablar del Arte, de la auténtica razón del artísta, pero también de lo que había detrás del artista, pues no dejaría a una niña tonta gastar su dinero y su nombre si no había algo que valiera la pena en su linda cabecita.
Ariadna escuchó atenta, ensimismada con sus palabras, y cuando hubo terminado, la muchacha salió de su trance y frunció el ceño, indignada.
_ ¿Cómo osa usted llamarme niña tonta?- exclamó, con rabia en los ojos- ¿Y poner en duda mi talento? ¡Alguien que ni siquiera me ha escuchado!
Michelle invocó el poder de la presencia y tejió órdenes en su voz.
_ Si no eres una niña tonta, déjame verlo.- dijo- Abre tu mente para mí.
La joven lo hizo, y sin embargo no puedo entrar en ella, se le resistía. Ya no sabía si al fallar la primera vez, aquello la había escudado, o si realmente se trataba de un poder que la rechazaba. No mostró su decepción.
_ Canta ahora.- le pidió, y Ariadna se puso en pie, alzó el rostro y comenzó a cantar. Su voz lo llenó todo como si se tratara de un manto cálido, y poco a poco comenzó a sentir que el trance la invadía, pero mantuvo la compostura. Sí, era buena, tenía una gran voz y mucho talento... Aquella muchacha le serviría.
Cuando terminó, Ariadna le dirigio una mirada rabiosa y desafiante, retándola a decir que no tenía talento.
Michelle optó por romper a reir como respuesta a su desafio. Rió con carcajadas claras y juveniles que sonaban como cascabeles, con los ojos brillando con ferocidad. La muchacha la miró indignada, pero no dijo nada. Michelle podía sentir como crecía la rabia en ella. Al cabo de un rato dejó de reir y miró con dureza a la muchacha.
_ No me mires con esa cara, Ariadna. En Europa nadie va a dar por supuesto tu talento, nadie va a confiar en tu voz solo porque tú lo digas...- le dijo- Eres buena, lo sabes, no necesitas demostrar nada a nadie, ni enfurruñarte como una niña pequeña: solo dejales que oigan tu voz, y ella hará el resto.
Y mi nombre, también.
Ariadna asintió levemente, no parecía muy contenta.
_ ¿Y entonces?- inquirió. Michelle sonrió: con carácter e impaciente, debería enseñarle un par de cositas.
_ Hablame de tí, Ariadna.
La joven suspiró, pero habló.
_ Nací en Pésaro. Pertenezco a una familia acomodada. El canto fue una afición, pero mi voz no pasó inadvertida.- suspiró- Mi belleza tampoco. Mi sire me sedujo, me Abrazó, y cuando se cansó de mi me abandonó por otra. Ahora me las arreglo por mi misma, pero no quiere decir que no reconozca las oportunidades cuando se presentan.
Michelle asintió y le tendió una pequeña escultura que adornaba su mesa.
_ ¿Qué ves cuando tocas este objeto?- le preguntó con suavidad. Ella negó con la cabeza.
_ Mi sire no me enseñó tal habilidad, pero me habló de ella- respondió- Pero me enseño a ser irresistible...
Y de pronto, lo fue: todo en ella era fascinante, pero antes de que el trance pudiera invadirla, Ariadna desconjuró el hechizo. Michelle sonrió, también ella conocía aquel poder.
_ Está bien, Ariadna- dijo- te enviaré a Europa, a París si así lo deseas. Dudo que muchos puedan resistirse a tí en las Cortes del Amor. Pero quiero resultados, quiero que los rumores de tu exito lleguen hasta mí.
Ariadna asintió y se puso en pie, saludandola con una profunda y grácil reverencia. Realmente era hija de una buena familia.
_ Os agradezco la confianza, Signora. No os defraudaré. Necesitaré dinero, y ropas, por eso, y vuestra recomendación para entrar en París...
Michelle se puso en pie y asintió.
_ No te preocupes por eso, mañana por la noche haré llamar a mis modistos. Ellos diseñaran para tí los vestidos más exquisitos y tentadores, tendrás dinero para vivir con comodidad, pero no me defraudes, Ariadna, o las ropas y el dinero desaparecerán y volverás a valerte por tí misma.
En los días que siguieron, Michelle habló con ellas en un tono mucho más amable que las entrevistas iniciales, desplegando con ellas todo su encanto, a fin de ganar su confianza. También vertió su vitae en las copas de vino que bebían con el fin de vincularlas, pero pronto se dio cuenta de que no surtía efecto: ya existía un vínculo en cada una de ellas, de modo que volvió a entrar en sus mentes, en busca del origen de aquel vínculo. Daba por supuesto que Ariadna le resultaría esquiva hasta entonces, y prefirió indagar primero en la mente de la sencilla Cristiana.
No le sorprendió lo que encontró, de hecho, se preguntaba como no había pensado en ello antes. Antes de venir, otras neonatas las habían advertido a ambas que los antiguos vinculaban a los jóvenes para utilizarlos. Para evitarlo, ella y Ariadna intercambiaron vitae hasta el segun paso del vínculo, y en cuanto vieron las intenciones de Michelle, solo tuvieron que hacerlo una vez más para quedar completamente vinculadas.
Aquello suponía un poco más de trabajo con el que no contaba.
_ Ah, queridas -dijo con aire apesadumbrado- contaba con que llegaramos a conocernos, no me siento feliz ante vuestra desconfianza.
Un pensamiento fugaz le llegó de la mente de Cristiana.
"Y bien fundamentada que estaba la desconfianza"
Michelle la traspasó con la mirada.
_ Si no hay confianza, no hay dinero- dijo con dureza- el vínculo es una leve medida de seguridad. Me sentiré mucho mas segura si sé a ciencia cierta que no vais a dedicaros a gastar mi dinero en otra cosa que no sea para lo que os he enviado. Además, si vais juntas pasaréis mas desapercibidas, tendréis mas probabilidades de éxito en cortes distintas.
Las muchachas se miraron tristes: el vínculo hacía que para ellas fuera ahora dolorosa la idea de separarse.
_ Pero al menos dejadnos estar cerca -rogó Ariadna- Versalles está cerca de París...
Michelle sopesó la idea; si las separaba sería inevitable que se fugaran para verse. Bueno, tendría que ir más despacio de lo que pensaba, eso era todo.
_ Podrás ir a Versailles y Ariadna a París, veréis como no hay nada que tengais que temer de mi. Pero... hay una condición- les dijo- si veo que hacéis lo posible por mantener vuestro vínculo, os retiraré mi confianza, y eso incluye mi dinero y mi nombre ¿Estamos de acuerdo?
Las muchachas asintieron.
En los días que siguieron, Michelle se dedicó a convertirse en su amiga, en ganarse su confianza y en enseñarles algunos trucos para ello. Su adiestramiento se alargó durante varias semanas, pues eran jóvenes e inexpertas y tenían mucho que aprender, sin embargo, mientras dedicaba su tiempo a las dos muchachas, se dio cuenta de que había delegado mucho tiempo otro asunto no menos importante.
María la recibió en su casa, y no había cariño ni confianza en su voz, sino la más absoluta frialdad. Pasaron al salón privado y tomaron asiento junto al fuego de la chimenea.
_ La has matado, ¿verdad?- preguntó con aquel tono que decía que ya sabía la respuesta.
Michelle asintió.
_ Era lo que tenía que hacer- respondió- esa mujer fue creada para morir.
María alzó una ceja, fingiendos sorprendida.
_ Te dije que había estado en Damasco - continuó Michelle- Allí estaba mi sire, la auténtica Loni de Lances. Ella mató a la chiquilla de Theresa Kymena, la mujer de la que te hablé, por razones que desconozco, y huyó, temiendo la venganza de la tremere.
Yo traté de desviar la atención de Theresa, haciendole creer que alguien la buscaba para matarla,y no volví a ver a Loni.
María la escuchaba silenciosa, las piernas cruzadas en la butaca de terciopelo, los brazos cruzados sobre el pecho.
Michelle continuó su historia.
_ Más adelante, hice un favor a un conocido que resultó tener muchos contactos y poder, y me ofreció una recompensa por ayudarle.- suspiró- Yo le pedí una Loni para Theresa, para que tuviera su venganza y la matara, y mi Sire estuviera a salvo.- una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.- Por lo visto cumplió su parte del trato, sin embargo, Theresa no mató a la Loni que se le proporcionó. Como dijo la mjer que llegó a mi casa, la torturó durante décadas pero después la dejó libre, y creo que no me equivoco si digo que le enseñó magia: hizo un par de trucos muy impresionantes en el recibidor.- María asintió, en silencio- Esa mujer debía morir, fue creada para ello. Pero sobrevivió, y se convirtió en un peligro para mi Sire y para mí.
Entonces María formuló las palabras que temía oir.
_ Hablame de Arístides y el Dracon.
_ Arístides es un amigo.- se limitó a decir- No puedo decirte más, María. Tal vez más adelante, pero aún no.
María asintió de nuevo y permaneció en silencio un momento.
_ Bien... Quiero pensar un rato. A solas, por favor...- dijo al fin. Su rostro no reflejaba emoción alguna, salvo la concentración por atar los cabos que su mente le mostraba. Michelle se puso en pie y se acercó a la puerta.
_ No eres la única persona con secretos, María.- le dijo, alzándo el mentón, y dicho esto, se marchó.
Debía morir porque había sido creada para morir.
Desde el lecho en la oscura torre, envió su alma a Vincenzo ordenándole que, sin quitarle la estaca del pecho, cargara a Loni en un carro, la cubriera con una manta gruesa y retirara la manta en el campo, en algún lugar apartado. Si el sol no bastaba para matarla, debía acabar con ella con la espada.
Pero no existió tal problema: cuando despertó, la noche siguiente, Vincenzo se presentó en su alcoba con un mechón de cabellos quemados, de Loni. Por si se trataba de algun truco Tremere, Michelle buscó en su mente el recuerdo de la muerte, y lo halló. Estacada e inconsciente, no se había dibujado en su rostro temor ni dolor, tan solo un gesto apacible.
Fue extraño ver su propio cuerpo sucumbir a las cenizas, como si se hubiera alzado de nuevo su alma en el aire para ver el cuerpo yaciente en el lecho...
Pero ya estaba hecho. Premió a Vincenzo, pues era sabio tener a la servidumbre contenta (así creían que servían por placer), sin embargo, cuando aquella noche se peinaba frente al tocador, algo llamó su atención, y si hubiera tenido un corazón vivo, este se habría detenido de súbito al ver que, en su pecho, la joya que contenía la esencia de Loni se había vuelto completamente negra.
Dejó el cepillo con suavidad sobre la mesa y concentró su mirada en el reflejo de la joya en el espejo. Negra, completamente negra donde antes fuera color amatista...
Tomó la joya con las manos y trató de leerla con la mente, pero estaba vacía, no había nada. ¿Quería eso decir que había matado cualquier posibilidad de volver a ser Loni? ¿Que la joya no contenía a Loni, sino que era un vehiculo para quitarle el alma a aquella marioneta? Ah, tendría unas cuantas palabras con Arístides cuando despertara... si despertaba algún día.
El resto de la noche pasó tranquila, María no apareció en la casa y Michelle le agradeció que no insistiera, aunque ahora que ya estaba solucionado... debería darle una explicación... Recordó entonces que allá en Venecia, sus Medici habían desaparecido y nadie parecía haberse tomado la molestia de investigar lo ocurrido, de modo que escribió una carta al joven Príncipe de la ciudad, instándole a investigar el caso. Era obvio que al muchacho le gustaban los halagos, de modo que bañó la carta en mieles para que, él tambien, obedeciera creyendo que lo hacía por propia voluntad.
Y el tiempo pasó, y dos semanas después de que enviara la carta, regresó el mensajero con una respuesta el príncipe. La carta decía que sus investigaciones apuntaban a que los Medici no habían sido asesinados, sino secuestrados, ya que los cadáveres que aparecieron descuartizados en el canal no eran ellos, sino unos plebeyos que asistían a la fiesta popular celebrada por el lasombra Monticio Aldano. Nada más sabía, pero a parte de aquello, la carta venía acompañada por dos jóvenes Toreador que acudían a la llamada de la famosa Michelle de Mauvernay, enviadas por Pietro.
Se presentaron como Ariadna y Cristiana, y eran cantante y pintora respectivamente.
Ariadna tenía el rostro afilado y una densa melena oscura que le caía sobre los hombros, tenía los ojos del color de las avellanas y una boca grande y generosa. Vestía con elegancia, con ropas de calidad, y había en ella seguridad en sí misma. Cristiana era el tipo de mujer que los artistas representaban en sus obras: tenía el rostro con forma de corazón, y caderas y pechos generosos, toda ella compuesta de redondeces que prometían mil placeres. Tenía el cabello castaño claro que le caía en tirabuzones sobre los hombres y los ojos verdes como esmeraldas. Michelle decidió que ya no creía en la sencillez, de modo que entró en la mente de Cristiana para asegurarse de que era quien decía, y así fue. Frescos y mosaicos, aquella era Cristiana. Sin embargo, cuando fue a entrar en la mente de Ariadna, se sintió como una niña torpe que tira al suelo los cacharros de la cocina, pues le fue incapaz entrar en su mente y la muchacha la miró sobresaltada y preocupada. ¡Ah! Hacía tiempo que no recordaba la sensación de ser detectada...
Habló un rato con ellas e hizo pasara a Cristiana a la casa, para que la atendieran los sirvientes y Alba, su chiquilla, tuviera algo con qué entretenerse.
Pero a Ariadna la hizo pasar al despacho, donde la muchacha la siguió con aquel gesto preocupado. La hizo tomar asiento al otro lado de la mesa, y Michelle procedió a hablar del Arte, de la auténtica razón del artísta, pero también de lo que había detrás del artista, pues no dejaría a una niña tonta gastar su dinero y su nombre si no había algo que valiera la pena en su linda cabecita.
Ariadna escuchó atenta, ensimismada con sus palabras, y cuando hubo terminado, la muchacha salió de su trance y frunció el ceño, indignada.
_ ¿Cómo osa usted llamarme niña tonta?- exclamó, con rabia en los ojos- ¿Y poner en duda mi talento? ¡Alguien que ni siquiera me ha escuchado!
Michelle invocó el poder de la presencia y tejió órdenes en su voz.
_ Si no eres una niña tonta, déjame verlo.- dijo- Abre tu mente para mí.
La joven lo hizo, y sin embargo no puedo entrar en ella, se le resistía. Ya no sabía si al fallar la primera vez, aquello la había escudado, o si realmente se trataba de un poder que la rechazaba. No mostró su decepción.
_ Canta ahora.- le pidió, y Ariadna se puso en pie, alzó el rostro y comenzó a cantar. Su voz lo llenó todo como si se tratara de un manto cálido, y poco a poco comenzó a sentir que el trance la invadía, pero mantuvo la compostura. Sí, era buena, tenía una gran voz y mucho talento... Aquella muchacha le serviría.
Cuando terminó, Ariadna le dirigio una mirada rabiosa y desafiante, retándola a decir que no tenía talento.
Michelle optó por romper a reir como respuesta a su desafio. Rió con carcajadas claras y juveniles que sonaban como cascabeles, con los ojos brillando con ferocidad. La muchacha la miró indignada, pero no dijo nada. Michelle podía sentir como crecía la rabia en ella. Al cabo de un rato dejó de reir y miró con dureza a la muchacha.
_ No me mires con esa cara, Ariadna. En Europa nadie va a dar por supuesto tu talento, nadie va a confiar en tu voz solo porque tú lo digas...- le dijo- Eres buena, lo sabes, no necesitas demostrar nada a nadie, ni enfurruñarte como una niña pequeña: solo dejales que oigan tu voz, y ella hará el resto.
Y mi nombre, también.
Ariadna asintió levemente, no parecía muy contenta.
_ ¿Y entonces?- inquirió. Michelle sonrió: con carácter e impaciente, debería enseñarle un par de cositas.
_ Hablame de tí, Ariadna.
La joven suspiró, pero habló.
_ Nací en Pésaro. Pertenezco a una familia acomodada. El canto fue una afición, pero mi voz no pasó inadvertida.- suspiró- Mi belleza tampoco. Mi sire me sedujo, me Abrazó, y cuando se cansó de mi me abandonó por otra. Ahora me las arreglo por mi misma, pero no quiere decir que no reconozca las oportunidades cuando se presentan.
Michelle asintió y le tendió una pequeña escultura que adornaba su mesa.
_ ¿Qué ves cuando tocas este objeto?- le preguntó con suavidad. Ella negó con la cabeza.
_ Mi sire no me enseñó tal habilidad, pero me habló de ella- respondió- Pero me enseño a ser irresistible...
Y de pronto, lo fue: todo en ella era fascinante, pero antes de que el trance pudiera invadirla, Ariadna desconjuró el hechizo. Michelle sonrió, también ella conocía aquel poder.
_ Está bien, Ariadna- dijo- te enviaré a Europa, a París si así lo deseas. Dudo que muchos puedan resistirse a tí en las Cortes del Amor. Pero quiero resultados, quiero que los rumores de tu exito lleguen hasta mí.
Ariadna asintió y se puso en pie, saludandola con una profunda y grácil reverencia. Realmente era hija de una buena familia.
_ Os agradezco la confianza, Signora. No os defraudaré. Necesitaré dinero, y ropas, por eso, y vuestra recomendación para entrar en París...
Michelle se puso en pie y asintió.
_ No te preocupes por eso, mañana por la noche haré llamar a mis modistos. Ellos diseñaran para tí los vestidos más exquisitos y tentadores, tendrás dinero para vivir con comodidad, pero no me defraudes, Ariadna, o las ropas y el dinero desaparecerán y volverás a valerte por tí misma.
En los días que siguieron, Michelle habló con ellas en un tono mucho más amable que las entrevistas iniciales, desplegando con ellas todo su encanto, a fin de ganar su confianza. También vertió su vitae en las copas de vino que bebían con el fin de vincularlas, pero pronto se dio cuenta de que no surtía efecto: ya existía un vínculo en cada una de ellas, de modo que volvió a entrar en sus mentes, en busca del origen de aquel vínculo. Daba por supuesto que Ariadna le resultaría esquiva hasta entonces, y prefirió indagar primero en la mente de la sencilla Cristiana.
No le sorprendió lo que encontró, de hecho, se preguntaba como no había pensado en ello antes. Antes de venir, otras neonatas las habían advertido a ambas que los antiguos vinculaban a los jóvenes para utilizarlos. Para evitarlo, ella y Ariadna intercambiaron vitae hasta el segun paso del vínculo, y en cuanto vieron las intenciones de Michelle, solo tuvieron que hacerlo una vez más para quedar completamente vinculadas.
Aquello suponía un poco más de trabajo con el que no contaba.
_ Ah, queridas -dijo con aire apesadumbrado- contaba con que llegaramos a conocernos, no me siento feliz ante vuestra desconfianza.
Un pensamiento fugaz le llegó de la mente de Cristiana.
"Y bien fundamentada que estaba la desconfianza"
Michelle la traspasó con la mirada.
_ Si no hay confianza, no hay dinero- dijo con dureza- el vínculo es una leve medida de seguridad. Me sentiré mucho mas segura si sé a ciencia cierta que no vais a dedicaros a gastar mi dinero en otra cosa que no sea para lo que os he enviado. Además, si vais juntas pasaréis mas desapercibidas, tendréis mas probabilidades de éxito en cortes distintas.
Las muchachas se miraron tristes: el vínculo hacía que para ellas fuera ahora dolorosa la idea de separarse.
_ Pero al menos dejadnos estar cerca -rogó Ariadna- Versalles está cerca de París...
Michelle sopesó la idea; si las separaba sería inevitable que se fugaran para verse. Bueno, tendría que ir más despacio de lo que pensaba, eso era todo.
_ Podrás ir a Versailles y Ariadna a París, veréis como no hay nada que tengais que temer de mi. Pero... hay una condición- les dijo- si veo que hacéis lo posible por mantener vuestro vínculo, os retiraré mi confianza, y eso incluye mi dinero y mi nombre ¿Estamos de acuerdo?
Las muchachas asintieron.
En los días que siguieron, Michelle se dedicó a convertirse en su amiga, en ganarse su confianza y en enseñarles algunos trucos para ello. Su adiestramiento se alargó durante varias semanas, pues eran jóvenes e inexpertas y tenían mucho que aprender, sin embargo, mientras dedicaba su tiempo a las dos muchachas, se dio cuenta de que había delegado mucho tiempo otro asunto no menos importante.
María la recibió en su casa, y no había cariño ni confianza en su voz, sino la más absoluta frialdad. Pasaron al salón privado y tomaron asiento junto al fuego de la chimenea.
_ La has matado, ¿verdad?- preguntó con aquel tono que decía que ya sabía la respuesta.
Michelle asintió.
_ Era lo que tenía que hacer- respondió- esa mujer fue creada para morir.
María alzó una ceja, fingiendos sorprendida.
_ Te dije que había estado en Damasco - continuó Michelle- Allí estaba mi sire, la auténtica Loni de Lances. Ella mató a la chiquilla de Theresa Kymena, la mujer de la que te hablé, por razones que desconozco, y huyó, temiendo la venganza de la tremere.
Yo traté de desviar la atención de Theresa, haciendole creer que alguien la buscaba para matarla,y no volví a ver a Loni.
María la escuchaba silenciosa, las piernas cruzadas en la butaca de terciopelo, los brazos cruzados sobre el pecho.
Michelle continuó su historia.
_ Más adelante, hice un favor a un conocido que resultó tener muchos contactos y poder, y me ofreció una recompensa por ayudarle.- suspiró- Yo le pedí una Loni para Theresa, para que tuviera su venganza y la matara, y mi Sire estuviera a salvo.- una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.- Por lo visto cumplió su parte del trato, sin embargo, Theresa no mató a la Loni que se le proporcionó. Como dijo la mjer que llegó a mi casa, la torturó durante décadas pero después la dejó libre, y creo que no me equivoco si digo que le enseñó magia: hizo un par de trucos muy impresionantes en el recibidor.- María asintió, en silencio- Esa mujer debía morir, fue creada para ello. Pero sobrevivió, y se convirtió en un peligro para mi Sire y para mí.
Entonces María formuló las palabras que temía oir.
_ Hablame de Arístides y el Dracon.
_ Arístides es un amigo.- se limitó a decir- No puedo decirte más, María. Tal vez más adelante, pero aún no.
María asintió de nuevo y permaneció en silencio un momento.
_ Bien... Quiero pensar un rato. A solas, por favor...- dijo al fin. Su rostro no reflejaba emoción alguna, salvo la concentración por atar los cabos que su mente le mostraba. Michelle se puso en pie y se acercó a la puerta.
_ No eres la única persona con secretos, María.- le dijo, alzándo el mentón, y dicho esto, se marchó.
10 sept 2005
Revelación
"Buen trabajo, Loni. ¿O debo llamarte Michelle?"
Michelle se volvió con una enorme sonrisa franca cruzandole el rostro.
"Me temo que Loni está encerrada en una bonita joya, y ser Michelle es maravilloso, monsieur."
El Dracon le devolvió la sonrisa y acarició con ternura el lomo del libro sobre la mesa.
" Este libro... Me trae tantos recuerdos" dijo con melancolía. Por un momento le recordó a aquel viajero que encontró en Constantinopla paseando entre las ruinas con melancolía, aquel primer Arístides que le regaló las bellezas perdidas del mundo en una moneda... Se preguntó si no amaba a aquel hombre... "Te habría gustado conocer a Aristóteles"
Michelle sonrió con ternura, los ojos le brillaban.
"Me habria gustado conocer todo lo que vos conoceis"
Arístides tendió una mano hacia el libro y la depositó con la palma abierta sobre la cubierta de cuero. De pronto, vio un leve resplandor surgir del libro y ascender por la mano del tzimisce, y comprendió ¡Estaba absorbiendo su esencia!
Contempló embelesada aquel fenómeno cuando de repente la puerta se abrió de golpe y Ardan entró en su camarote, mirando a todos lados: sabía que algo ocurría, pero no sabía el qué, a sus ojos todo parecía normal. Michelle se preguntó si debía regresar a su cuerpo, puesto que desconocía el poder de los tremere en el plano astral.
Miró al Dracon y este, trás absorber por completo la esencia del libro, le dio un manotazo que le hizo salir volando hacia Ardan, que lo interceptó perplejo: estaba en blanco.
Michelle sonrió, Arístides la miró y le tendió la mano.
"Vámonos"
Juntos, sobrevolaron el Adriático, de vuelta a Split, donde Vykos esperaba el regreso de Michelle a su cuerpo. Michelle trató de grabar aquel momento en su mente, entre las estrellas y el mar con aquel hombre tan fascinante.
"Me sirves bien, Michelle. Dime, ¿hay algo que pueda hacer por ti?"
Michelle le miró: en aquel momento sabía que quería muchas cosas, pero necesitaba tiempo para pensarel orden en que las quería y para formular los deseos correctos.
"Dadle una Loni a Theresa Kymena" dijo al fin.
Abrió los ojos, sobresaltada: Ahora todo tenía sentido.
Michelle se volvió con una enorme sonrisa franca cruzandole el rostro.
"Me temo que Loni está encerrada en una bonita joya, y ser Michelle es maravilloso, monsieur."
El Dracon le devolvió la sonrisa y acarició con ternura el lomo del libro sobre la mesa.
" Este libro... Me trae tantos recuerdos" dijo con melancolía. Por un momento le recordó a aquel viajero que encontró en Constantinopla paseando entre las ruinas con melancolía, aquel primer Arístides que le regaló las bellezas perdidas del mundo en una moneda... Se preguntó si no amaba a aquel hombre... "Te habría gustado conocer a Aristóteles"
Michelle sonrió con ternura, los ojos le brillaban.
"Me habria gustado conocer todo lo que vos conoceis"
Arístides tendió una mano hacia el libro y la depositó con la palma abierta sobre la cubierta de cuero. De pronto, vio un leve resplandor surgir del libro y ascender por la mano del tzimisce, y comprendió ¡Estaba absorbiendo su esencia!
Contempló embelesada aquel fenómeno cuando de repente la puerta se abrió de golpe y Ardan entró en su camarote, mirando a todos lados: sabía que algo ocurría, pero no sabía el qué, a sus ojos todo parecía normal. Michelle se preguntó si debía regresar a su cuerpo, puesto que desconocía el poder de los tremere en el plano astral.
Miró al Dracon y este, trás absorber por completo la esencia del libro, le dio un manotazo que le hizo salir volando hacia Ardan, que lo interceptó perplejo: estaba en blanco.
Michelle sonrió, Arístides la miró y le tendió la mano.
"Vámonos"
Juntos, sobrevolaron el Adriático, de vuelta a Split, donde Vykos esperaba el regreso de Michelle a su cuerpo. Michelle trató de grabar aquel momento en su mente, entre las estrellas y el mar con aquel hombre tan fascinante.
"Me sirves bien, Michelle. Dime, ¿hay algo que pueda hacer por ti?"
Michelle le miró: en aquel momento sabía que quería muchas cosas, pero necesitaba tiempo para pensarel orden en que las quería y para formular los deseos correctos.
"Dadle una Loni a Theresa Kymena" dijo al fin.
Abrió los ojos, sobresaltada: Ahora todo tenía sentido.
5 sept 2005
Sesión Trigésimo Séptima: Loni de Lances
María.
Su solo nombre, después de tantos años, encendía su cuerpo como si hubiese prendido una fiera hoguera. Desde que hizo su corazón latir en el balcón, la noche de su primera fiesta para la sociedad cainita de Florencia, jamás se habían separado. Era una mujer arrojada y pasional, y al mismo tiempo fría y con una mente escurridiza como la de un gato. De igual manera compartían miradas cómplices, abrazos cálidos y crueles pasatiempos, y como Reina de Florencia, era la consorte perfecta para la hermosa Michelle de Mauvernay y sus fiestas. María la había guiado en el descenso por los escabrosos sótanos de la humanidad, ayudandole a dejar en el camino los restos de su pasado hasta que, cuando ascendió el primer peldaño de la catársis, no quedaba en ella el más mínimo escrúpulo. Durante la revuelta anarquista, Michelle la había acogido en su casa cuando el palacio en el que vivía María ardió, y, aunque en ocasiones deseaba poder deshacerse de ella, hacerla desaparecer un instante para sentir que no estaba encadenada a ella pese a su presencia casi absoluta, se sorprendió una noche descubriendo que amante y aliada, comenzaba a amarla, pero no con un amor débil como el que había sentido por Talbo o Isaac, ni siquira por Aristides, no era un amor en el que refugiarse... Podía compartir con ella cualquier cosa que su mente pudiera concebir, caminar cualquier senda por oscura que fuera, volcar su mente en ella, confiarle cualquier cosa. Una vida compartida tantos años había comenzado a tejer entre ellas un lazo invisible pero poderoso...
También rondaba a su mente otro asunto al que debía dedicarle tiempo: adoraba la vida en Florencia, le encantaba ser Michelle de Mauvernay, la hermosa, la diva de Florencia, le encantaba dar fiestas y observar a sus invitados, y dedicarse de pleno a la escultura y al comercio. De hecho, estaba en proceso la compra de un gran barco para poder dedicarse al arte tanto como artista como mecenas y marchante... Sin embargo, de vez en cuando, flotaba por encima de su cuerpo en el lecho y trataba de recordar que, después de todo, aquel cuerpo, aquella vida, no eran mas que una máscara. Se dio cuenta de que había empezado a creer en la farsa, en el disfraz que era Michelle, pensaba como Michelle y sentía como Michelle...
"Loni de Lances, Loni de Lances... Soy Loni, Loni, Loni..." se repetía una y otra vez desde su alma flotando sobre la habitación. "Loni, Loni, Loni..."
Michelle era un monstruo social, todo en ella eran música, fiestas, fuegos de artificio, grandes recepciones y una sonrisa que podía barrer imperios. ¿Cuando había querido aquello?¿Cuando había olvidado por completo lo que era para convertirse en eso? Sí, había pedido a Arístides ser poderosa, y sin duda aquella era una forma de poder... Pero no de la manera que hubiera esperado. Loni era menuda, discreta, más fría y solitaria... ¿Cómo, por todo lo sagrado, había podido convertise en ella? Michelle era un animal de costumbres, sedentaria en sus amplios salones, una depredadora, sí, pero una bestia que disfrutaba haciéndose ver, una bestia que, al contrario que las alimañanas, se vestía con vistosos colores y joyas, y reia a carcajadas para que todos vieran como depredaba.
Loni nunca había sido así. Jamás. Y aunque aquella noche en Girona había roto con todo lo que era... tampoco era Michelle lo que había planeado. Había querido viajar, recorrer el mundo por sendas oscuras, llevando el terror a los rincones en los que los mortales se creían a salvo, había querido demostrarse a sí misma que no necesitaba a Talbo, ni a Isaac para que cuidaran de ella... Y sin embargo, ahora tenía a Arístides. Después de todo, después de tantas vueltas... estaba de nuevo en el principio... ¿Y si deshacía todo aquello? ¿Y si rompía la imagen de Michelle como si fuera una ilusión creada con humo? Y volver a ser Loni, volver a recorrer los caminos...
Aquella idea la tentaba, pero incluso como Loni se daba cuenta de que Michelle tenía muchas bazas a su favor para realizar ciertos viajes: era hermosa, y era conocida dentro del clan por su escultura y las escuelas, y por su romance con María, que no dejaba de ser Reina de Florencia y chiquilla del Príncipe de París. Allá donde fuera, casi en cualquier lugar, alguien habría oido hablar de ella, y en cualquier lugar donde hubiera Artesanos, habría jovenes Toreador dispuestos a hacer cualquier cosa por cobijarse bajo las alas de Michelle de Mauvernay...
Pero no era el momento para pensar en aquello, la vida en Florencia trás la revuelta anarquista había traido una falsa sensación de seguridad, y la llegada de Marianne a sus puertas le hacía pensar que algo estaba empezando, algo para lo que era mejor tener los pies en el suelo... y aliados de confianza.
Pietro regresó a Venecia con dinero y profesores para volver a abrir la escuela, con órdenes de afiliarse a la camarilla y con un rumor que hacer correr en la corte del príncipe de Venecia: que Michelle de Mauvernay buscaba nuevos genios entre los jóvenes Toreador para enviarlos a las más famosas cortes de toda Europa con su nombre como credencial... No tardaría en recibir noticias sobre aquello, y mientras tanto, se dedicó a buscar infructuosamente cualquier rastro de Marianne, la misteriosa malkavian. Y fue entonces cuando llegó la carta...
Apareció bajo la puerta un día, los sirvientes no sabían si la habían dejado allí antes o después de salir el sol. No llevaba remitentes ni sellos de ningún tipo, pero con letra clara habían escrito unas palabras.
"La vida es un sueño esculpido en alabastro"
Llevó la carta a la torre y la dejó sobre el escritorio, donde la contempló largo rato. Alguien planeaba quebrar la precaria tranquilidad que había conseguido trás la revuelta, como había esperado. Sí pero ¿Quién? Deslizó las manos sobre el papel, esperando casi sin pensar que la carta no tuviera rastro alguno que pudiera seguir, como si no estuviera allí, como Marianne...
Pero no fue así.
Una imagen llenó su mente al leer el papel con los dedos, una imagen clara... y familiar.
Podía ver el lugar desde el cual se había escrito la carta, podía ver la mesa de roble y los árboles y esculturas alrededor. Sí, conocía aquel lugar, pero si no recordaba mal, aquel lugar ya no existía. Los franceses lo habían quemado hasta los cimientos en la Cruzada Albigense. Pudo verlo cuando buscaba a Talbo: el castillo de Rodrigo ya no existía más que en su recuerdo... Y como si de un recuerdo se tratara, podía ver el jardín en el que se había reunido hacía ya tanto tiempo con el inefable Rodrigo, con Motoko y Boudicca, con Étienne y el pequeño bastardo de Claudio... Pero la imagen que vio al leer el papel no era tan antigua, no. No hacía mucho que habían escrito aquella carta. La dejó de nuevo en el escritorio y la observó: después de todo, trás su huida de Pamplona, no había vuelto a ver a ninguno de ellos, salvo a Rodrigo. Y se había marchado con Isaac.
Tal vez, después de todo, el Ordo regresaba y la llamaba a sus filas.
En otro tiempo aquella idea le habría aterrorizado, pero Arístides le había confesado la razón por la que la había elegido, y había sido su capacidad como nodo del Ordo. Y recordaba gratamente las mañanas deslizando su mente por la red de Malkav, buscando lo que desconocía pues todo estaba allí, todos los saberes ocultos, todos los dones de Lilith... Solo había que saber cómo buscar.
No, no le espantó la idea de que el Ordo hubiera regresado, aunque le hizo pensar de nuevo en Pedro y en lo que había dicho Tonino aquella noche: Pedro había vuelto de entre los muertos...
Sonrió: si el Ordo la buscaba, no tenía más que llamar a su puerta, ella les estaría esperando.
Sin embargo, la carta, la aparición de Marianne... Alguien parecía interesado en encontrar a Loni de Lances y Michelle quería saber por qué, de modo que hizo llamar a Alba, su chiquilla creada durante la revuelta para suplirla, que languidecia en los salones de su sire. Le dio dinero y un carruaje y la envió a buscar a Loni de Lances. Si viajaba a Béziers era probable que alguien oyera de su búsqueda y diera alguna pista. De esa manera podría averiguar quien la buscaba con tal insistencia...
Lo que no esperaba era que, tres días después de marchar, Alba llamara de nuevo a su puerta...
... con Loni.
Alba entró en el despacho de la torre con una sonrisa radiante y Michelle pudo ver que se sentía orgullosa de haber cumplido su encargo con tanta presteza, teniendo en cuenta lo insegura que estaba cuando se marchó a buscar a una persona que no había visto en su vida. Le dijo que la había encontrado a un día de Florencia, y que precisamente, la mujer iba en busca de Michelle de Mauvernay. Ahora, estaba esperando en el salón de la entrada.
Michelle alzó una ceja escéptica pero felicitó a Alba por su trabajo y la despidió para que la dejara a solas. Cuando la puerta se cerró trás ella, el alma de Michelle sobrevoló la habitación y bajó hasta el lugar en el que la extraña esperaba.
Y definitivamente, parecía Loni. Era idéntica a lo que recordaba de ella misma la última vez que vio su cuerpo, en Damasco, hacía tanto tiempo, y sin embargo había en sus ojos rabia y algo que no podía descifrar. Llevaba el cabello recogido en un complicado moño en la nuca, y vestía suntuosas ropas de terciopelo negro... No, ella jamás se habría vestido de aquella manera, no con tanta opulencia. Fuera quien fuera aquella impostora, había cometido un error. Si se trataba de la misma Loni que pasó por Venecia con Rodrigo, podía estar perfectamente basada en los recuerdos que su sire tenía de ella.
Entró en su mente, pue siempre parecía la manera más fácil de descubrir las traiciones, pero lo que vio la dejó estupefacta por un momento: aquella mujer creía en lo más profundo de sí misma ser Loni de Lances, y estaba enfadada, muy enfadada, y parecía esperar muchas explicaciones aquella noche. Michelle negó con la cabeza, aquello era un auténtico disparate ¿Cómo osaba venir a su propia casa con aquellas intenciones?
Volvió a su cuerpo, escondió una estaca en la amplia manga de su vestido y bajó al salón, acompañada por dos guardias, donde la impostora esperaba, sentada en una de las butacas de la entrada. Cuando la vio llegar, se puso en pie, en el rostro dibujado un gesto de indignación.
_ Ya era hora. No me gusta esperar.-dijo con acritud- Espero que te hayas divertido mirando desde la sala de al lado.
Michelle reprimió una sonrisa.
_ Es grato volver a verte, Loni. La última vez que te vi, en Venecia, apenas me dirigiste una mirada...
La impostora rió, pero no era una risa amable.
_ No sé quién eres, pero no eres mi chiquilla. Dime quién eres, impostora.- Michelle había esperado aquello. Tanto tiempo siendo Michelle daría lugar tarde o temprano a que alguien se hiciera pasar por ella misma para sacar provecho.
Hizo a sus guardias un gesto ensayado para invitados no gratos, y ellos rápidamente se acercaron para sujetarla. A su vez, imprimió a sus gestos la velocidad suficiente para estacarla, pero vio que la mujer hacía exactamente lo mismo y se zafaba de los guardias, poniendose fuera de su alcance.
_ Ni lo intentes...- dijo la extraña. Parecía una fiera dispuesta a saltar sobre su presa.
De modo que no era del todo débil.
Michelle se irguió en toda su estatura.
_ Entonces no juegues conmigo, los mentirosos no son bien recibidos en esta casa.
La mujer dibujó en su rostro una sonrisa nada amigable.
_ Mentirosos...-dijo- Cuidado con tus palabras, pues se aplican para ti.- Ah... de modo que ¿ese era el juego?- He venido de lejos para saber quién usurpa mi nombre en pos de anunciar ser mi chiquilla
Michelle conjuró toda su presencia y tejió en su voz magia para ser obedecida.
_ ¿Quien eres y quien te envía?- pero la mujer no se dejó amedrentar. Su mente resistió la orden de responder, y pudo ver en sus ojos que la ira crecía. Cuando respondió, su voz sonó cargada de una rabia mal contenida.
_ Me envío yo misma- dijo- Quiero eso.- Y al decir estas palabras, alzó un dedo para señalar al pecho de Michelle, y esta supo de inmediato que se refería a la joya. Aquello se ponía interesante ¿Cómo sabía de la existencia de la joya?- Michelle de Mauvernay... No sabes nada. No sabes cuánto he sufrido por tu culpa, ni lo títere que eres, no sabes na...
No pudo terminar la frase: de pronto, del suelo, brotó un poderoso tentáculo y se enrolló entorno a su pierna con fuerza. La mujer gritó y trató de retroceder. Michelle sonrió, Arístides seguía allí.
_ ¡No! ¡Tú no!- gritó con rabia y desesperación la mujer al tentáculo ¿Conocía al Dracon? ¿Qué estaba pasando?- Tú me lo arrebataste todo, maldito... Azak Ashrak Azur Mekhet...- Michelle no entendiò aquellas palabras, pero de pronto un resplandor brilló entorno al tentáculo que sujetaba a la extraña y la pierna de la falsa Loni se desprendió de su cuerpo. Para sorpresa de Michelle, el tentáculo comenzó a marchitarse y desapareció por el lugar que había llegado.
Aquello la alarmó definitivamente ¿Quién era aquella mujer que usaba poderes semejantes? ¿Qué le había ocurrido a Arístides? Sin su pierna izquierda, la falsa Loni cayó de rodillas.
Volvió a ordenar a los guardias que la prendieran, pero en el preciso momento en que la tocaron, cayeron al suelo agonizantes. La había oido murmurar algo en voz baja antes de que cayeran ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Había oido hablar de aquel poder, lo llamaban Caldero de Sangre pero era la primera vez que veía como lo usaban en su presencia.
La falsa Loni comenzó a renquear hacia la puerta.
_ No sabes nada, Michelle de Mauvernay... - siseó- Theresa ya me advirtió
¡Ah! Theresa Kymena, aquello explicaba muchas cosas, o eso creía.
_ Deja que me vaya, y no habrá represalias- continuó la falsa Loni. Michelle sonrió con desprecio.
_ Dime quien eres, y te dejare ir.- fue su respuesta. La mujer parecía desesperada, la herida de la pierna la había debilitado y había consumido gran parte de su energía en invocar su magia.
Su voz se hizo débil, pero aún así había ira en ella, solo que ahora había también miedo.
_ Soy Loni de Lances, chiquilla de Rodrigo de Lances muy a mi pesar, Nodo del Ordo para mi desgracia.- Esta vez, Michelle la miró de forma diferente, había percibido en su voz algo... algo que reconocía, algo que ella misma había sentido una vez. ¿Qué estaba ocurriendo?- Y tú, no eres quien crees ser...
Michelle se fingió indiferente.
_ Tal vez podría decirte yo lo mismo...- y tan deprisa como pudo, empuñó la estaca de nuevo y se arrojó con fuerza sobre la falsa Loni. La piel cedió y sintió como la madera afilada penetraba en la carne y en el corazón. La mujer quedó paralizada y quedó tendida en el suelo, inconsciente.
Atacar a una persona herida en el suelo no era muy honorable. Michelle rió. El honor era para los reyes, no para las bestias.
Se acercó entonces a dos guardias, que agonizaban en el suelo, y se dio cuenta de la magnitud de lo sucedido: si hubieran sido mortales, habrían muerto sin remedio alguno. Había sido la vitae que circulaba por sus venas la que los había mantenido con vida, aunque su sangre había hervido en las venas, abrasando sus órganos... Se mordió la muñeca y derramó su vitae en la boca de los guardias, esperando que aquello siriviera de algo. Por supuesto, si morían, podría conseguir otros, pero tener ghouls con un cierto poder llevaba tiempo, y era una molestia tener que esperar a que aprendieran lo suficiente.
En cuanto la vitae se deslizó por sus gargantas, parecieron serenarse: había hecho efecto, con algo de suerte y cuidados podrían salvarse. Un ghoul poderoso bien valía la molestia.
Llamó a los otros guardias, que esperaban arriba, y les ordenó llevar a los heridos a las habitaciones, para que las sirvientas se ocuparan de ellos. Vincenzo bajó también, y cargó el cuerpo de la falsa Loni hasta el sótano, donde María y Michelle llevaban a cabo algunos de sus juegos.
Cuando hubo encadenado a la falsa Loni, le vendó los ojos. Había oído que los magos no podían conjurar sin vista. Luego despidió a Vincenzo y se sentó frente a la mujer. De modo que Theresa Kymena la enviaba. Había creído que, después de tanto tiempo y habiendose convertido en Michelle, la tremere se habría olvidado de ella. Y sin embargo, había hechizado a aquella mujer para que creyera ser Loni... Pero aquello era un disparate... La mujer continuaba inconsciente, y la herida en de la pierna era grave: si no la desestacaba, no podría regenerarse y entraría en letargo. Y aquello no era lo que pretendía, no todavía. Tal vez, cuando tuviera todo lo que necesitaba saber, enviara la cabeza de la impostora a Theresa Kymena con sus mejores deseos, pero aquello podría atraer a la tremere hasta ella, y si algo sabía Michelle de los magos, era que cuanto mas lejos, mejor. No... no todavía, no era el momento. Primero debía saber qué estaba ocurriendo... Michelle necesitaba a la mujer despierta, pero no podía devolverle la consciencia sin quitarle la estaca (y aquello era algo que prefería no hacer si no era estrictamente necesario). Sin embargo, sabía lo que necesitaba, y minutos después, María, Reina de Florencia, atravesaba la puerta y descendía al sótano, donde Michelle la esperaba.
_¿Quién es?-preguntó al ver a la mujer encadenada, desde la puerta.
Michelle suspiró.
_ No lo sé.- admitió- Dice ser mi sire, pero es una impostora.
María depositó la palma de la mano en el pecho de la mujer, y esta abrió los ojos. Estaba consciente sin necesidad de desestacarla. Adoraba a María.
_ ¿Quieres que la corte a cachitos? Seguro que así habla.- dijo la Reina con una sonrisa pícara en el rostro, pero Michelle no sonreía, tenía la vista fija en la mujer, y había preocupación en sus ojos.
_ Quiero saber quien la envia. Confio en tu critero, amor mío.- respondió, volviéndose hacia su amante- Sin embargo tengo la impresión de que ella realmente cree ser mi sire, alguien la ha dominado y alterado su aspecto para que pareciera ella, pero yo sé que no lo es.
María asintió y se acercó para tomar de la frente a la falsa Loni; cuando lo hizo, la mujer se revolvió en un espasmo. Michelle la había visto utilizar aquello en otras ocasiones, y era efectivo..
_ ¿Te ha gustado? Pues habla.
La mujer parecía turbada, turbada y débil. Su voz carecía de la energía que había tenido cuando llegó a la casa.
_ Soy Loni de Lances, he venido por propia voluntad.- dijo- Y busco la esencia que el Dracon me robó.
Michelle contuvo la respiración y María alzó una ceja:
_ ¿El Dracon?
La mujer asintió:
_ Ese bastardo de Arístides... Sí, él...- Michelle sintió como si un puño gélido le atrapara las entrañas. Sabía de Arístides... María se volvió hacia ella con un gesto de extrañeza en el rostro.
_ ¿Te suena de algo todo esto que dice?
Michelle entrecerró los ojos.
_ Me resulta familiar. Cuentame tu historia, Loni de Lances.- Se sentía confusa y empezaba a estar asustada...
La mujer cerró los ojos un instante y volvió a hablar:
_ La conoces bien, Michelle de Mauvernay... Esa noche en Petra, cuando me sedujo... Cuando me pidió que me alimentara de su presa... Esa noche me robó mi alma.- Michelle murmuró algo con desprecio, tratando de que su preocupación no fuera demasiado evidente- Desperté en Damasco, Theresa Kymena me despertó y me dijo quién era yo. Tardé treinta años en lograr que me dejara libre de su capilla, por lo de su chiquilla. Treinta años de hambre y de letargo, de torturas que no comprendía.
Michelle se sentó, fingiendo comodidad, en la butaca y dibujó una sonrisa de burla en su rostro. Pero aquello sí era una máscara: dentro, todo su mundo se tambaleraba.
_ ¿Cómo llegaste a Petra, Loni?-inquirió con sorna. La mujer entornó los ojos.
_ Lo sabes bien. Desligando mi alma.- dijo- Al fin, Theresa me usó en sus experimentos de Oniromancia y descubrió algo que la intrigó. Cuando me robó el alma, la usó para crearte... A tí. Como una costilla de Adán, moldeó tu cuerpo, te entregó mi mente, y te hizo leal a él...Yo me convertí en un despojo, que sobraba. Sólo entonces empecé a poder recordar quién había sido y que ese bastardo me había quitado.- suspiró- No eres quien crees ser, Michelle de Mauvernay. Nunca lo has sido, desde esa noche.
¿Por qué? ¿Por qué todo aquello tenía sentido? ¿Por qué le estaba contando lo que había temido cuando Arístides la convirtió en Michelle? Era aterrador, todo tenía sentido y lo habría creído... si no fuera un auténtico disparate ¡Ella era Loni! ¡La auténtica Loni! Tenía la joya, era su mente, podía volver a ser ella... ¡Michelle no existía! ¡Era solo un disfraz! Todo aquello no era más que una farsa, tenía que serlo.
_ Me temo, querida, que tu amiga Theresa te está usando para sus extraños experimentos.- dijo, fingiéndose indiferente- Convenciendote de ser quien no eres...
La mujer frunció el ceño.
_ No esperaba que él durmiese aquí.- dijo- Al menos, eso que me he vengado de él.
Michelle sintió una punzada ¿Qué le había hecho a Arístides?
María se volvió hacia ella, ya no sonreía.
_ ¿De qué está hablando? ¿Quién duerme aquí?- podía intuir su enfado, su indignación.- Hay muchas cosas que debes contarme, Michelle.
Michelle asintió levemente, pero no apartó la vista de la mujer.
_ Tal vez mas adelante, ahora quiero averiguar quien es realmente esta marioneta de Theresa Kymena.
_ ¡Yo no soy una marioneta!-exclamó la mujer, ofendida.- Pero tú sí lo eres...
Michelle entornó los ojos, no quería entrar en aquel juego aunque hubieran construido el tablero a su alrededor.
_ Y pensar que el Dracon tenía a Theresa entre sus protegidas...- continuó la mujer, como para sí misma.- Menudo traidor... Y todo por culpa de Vykos.
No estaba sacando nada en claro de todo aquello, cada palabra que decía aquella mujer la turbaba cada vez más, y María había oido demasiado... Se acercó rápidamente a la mujer y la golpeó con fuerza en el rostro, dejándola inconsciente. Permaneció así, a escasos centímetros de la falsa Loni, dejando su mente sucumbir al caos que habían traído sus palabras.
María la miró, recelosa.
_ ¿Por qué lo has hecho?-era evidente que quería continuar oyendo. Y lo oiría, pero no de aquel modo, no de aquella manera. Michelle se encogió de hombros y se volvió hacia ella.
_ Necesito pensar, esa mujer cree realmente lo que está diciendo...- inclinó el rostro, con la mirada perdida. - Pero no es verdad... no puede serlo...
María no parecía nada contenta, se acercó a la puerta.
_ Bien... Voy a irme.-dijo- Estaré en casa. Haz lo que quieras, pero tienes muchas cosas que contarme, me parece a mi.
Michelle tardó un instante en reaccionar, no podía dejar que María volviera a casa después de aquello, no si no quería perderla. Y la necesitaba, necesitaba su apoyo, su amistad, necesitaba su ayuda para aquello. Amante y aliada, así era María.
_ María, espera.- dijo en voz baja, y María se detuvo en las escaleras, y se volvió hacia ella.- Vamos arriba, tenemos que hablar...
Cuando estuvieron sentadas frente a la chimenea, en la intimidad del salón de la torre, María hizo un gesto para que una de las sirvientas se acercara y le ofreciera la muñeca. Tomó un sorbo de su sangre mientras esperaba una explicación. Las sirvientas ya estaban acostumbradas a sus gustos y todas sabían lo que debían hacer. Acabado el sorbo, la propia María lamió la herida para cerrarla y la sirvienta se marchó, algo mareada. Entró otra para sustituirla.
_ No sé quien es esa mujer, María.- dijo Michelle al fin, con la vista perdida en el fuego- Pero no es Loni de Lances, no puede serlo...Por alguna razón Theresa Kymena le ha convencido de lo contrario, pero lo que dice tiene sentido, si no supiera yo que es un auténtico disparate...
María frunció el ceño.
_ Por partes. ¿Quién es Theresa Kymena, y por qué no puede ser Loni de Lances?
Michelle suspiró y miró a su amante. Era inevitable contarle todo, pero... no, no era el momento.
_ Theresa Kymena es una tremere de Damasco, a la que conocí hace mucho, mucho tiempo.
_ Creía que de Francia, Iberia e Italia no te habías movido nunca- inquirió recelosa la Reina.
Ah, primer error... María no era estúpida, no se habría mantenido tanto tiempo en el poder si lo hubiera sido.
_ En realidad no he viajado mucho más,-mintió pero sí, una vez estuve en Damasco, apenas una noche.- No era mentira. Michelle no había viajado apenas: nació en Damasco, y de allí fue a Venecia...- Creeme, María, conozco a Loni, y no es esa mujer. Necesito tu ayuda para desvelar esto, María, pero no puedo decirte nada más sin ponerte en peligro.
María alzó las cejas.
_ ¿En peligro? ¿Qué clase de peligro puede provenir de tu sire... mi amor?- aquellas últimas palabras habían sido frias como el hielo. María estaba preocupada. Michelle trató de no alterarse.
_ ¡No es mi sire!- exclamó. Había desaparecido la máscara de seguridad y ahora su turbación era obvia a cualquier ojo.- Creeme cuando te lo digo, María. Te contaría todo si supiera a ciencia cierta que no correrás ningun riesgo por ello. Pero no lo sé.
Para su sorpresa, María asintió.
_ Está bien. Te ayudaré en lo que pueda- dijo- Pero quiero una explicación de todo. De esa Theresa Kymena. De Damasco. De Petra. Del Dracon. De Arístides.
Michelle dejó que una leve sonrisa de agradecimiento cruzara su rostro. Por aquello amaba a María.
_ Te juro que cuando todo esto se solucione, te contaré lo que quieras saber.- María asintió de nuevo.
_ Puedo esperar a que me la des, incluso después de ayudarte, pero espero esa explicación de todos modos.
_ Yo tambien, mi vida, yo tambien.- Respondió Michelle.
Y era verdad.
María se puso en pie y se encaminó hacia la puerta.
_ Cuando quieras continuar el interrogatorio, hazme llamar. Esta noche estoy cansada.
Y cuando estaba a punto de cruzar el umbral, el corazón latió en el pecho de María, que se volvió lentamente para ver a Michelle con una mirada de claro agradecimiento dibujada en los ojos. Le devolvió el latido y caminó hacia ella.
Amante y aliada.
Así era María.
Su solo nombre, después de tantos años, encendía su cuerpo como si hubiese prendido una fiera hoguera. Desde que hizo su corazón latir en el balcón, la noche de su primera fiesta para la sociedad cainita de Florencia, jamás se habían separado. Era una mujer arrojada y pasional, y al mismo tiempo fría y con una mente escurridiza como la de un gato. De igual manera compartían miradas cómplices, abrazos cálidos y crueles pasatiempos, y como Reina de Florencia, era la consorte perfecta para la hermosa Michelle de Mauvernay y sus fiestas. María la había guiado en el descenso por los escabrosos sótanos de la humanidad, ayudandole a dejar en el camino los restos de su pasado hasta que, cuando ascendió el primer peldaño de la catársis, no quedaba en ella el más mínimo escrúpulo. Durante la revuelta anarquista, Michelle la había acogido en su casa cuando el palacio en el que vivía María ardió, y, aunque en ocasiones deseaba poder deshacerse de ella, hacerla desaparecer un instante para sentir que no estaba encadenada a ella pese a su presencia casi absoluta, se sorprendió una noche descubriendo que amante y aliada, comenzaba a amarla, pero no con un amor débil como el que había sentido por Talbo o Isaac, ni siquira por Aristides, no era un amor en el que refugiarse... Podía compartir con ella cualquier cosa que su mente pudiera concebir, caminar cualquier senda por oscura que fuera, volcar su mente en ella, confiarle cualquier cosa. Una vida compartida tantos años había comenzado a tejer entre ellas un lazo invisible pero poderoso...
También rondaba a su mente otro asunto al que debía dedicarle tiempo: adoraba la vida en Florencia, le encantaba ser Michelle de Mauvernay, la hermosa, la diva de Florencia, le encantaba dar fiestas y observar a sus invitados, y dedicarse de pleno a la escultura y al comercio. De hecho, estaba en proceso la compra de un gran barco para poder dedicarse al arte tanto como artista como mecenas y marchante... Sin embargo, de vez en cuando, flotaba por encima de su cuerpo en el lecho y trataba de recordar que, después de todo, aquel cuerpo, aquella vida, no eran mas que una máscara. Se dio cuenta de que había empezado a creer en la farsa, en el disfraz que era Michelle, pensaba como Michelle y sentía como Michelle...
"Loni de Lances, Loni de Lances... Soy Loni, Loni, Loni..." se repetía una y otra vez desde su alma flotando sobre la habitación. "Loni, Loni, Loni..."
Michelle era un monstruo social, todo en ella eran música, fiestas, fuegos de artificio, grandes recepciones y una sonrisa que podía barrer imperios. ¿Cuando había querido aquello?¿Cuando había olvidado por completo lo que era para convertirse en eso? Sí, había pedido a Arístides ser poderosa, y sin duda aquella era una forma de poder... Pero no de la manera que hubiera esperado. Loni era menuda, discreta, más fría y solitaria... ¿Cómo, por todo lo sagrado, había podido convertise en ella? Michelle era un animal de costumbres, sedentaria en sus amplios salones, una depredadora, sí, pero una bestia que disfrutaba haciéndose ver, una bestia que, al contrario que las alimañanas, se vestía con vistosos colores y joyas, y reia a carcajadas para que todos vieran como depredaba.
Loni nunca había sido así. Jamás. Y aunque aquella noche en Girona había roto con todo lo que era... tampoco era Michelle lo que había planeado. Había querido viajar, recorrer el mundo por sendas oscuras, llevando el terror a los rincones en los que los mortales se creían a salvo, había querido demostrarse a sí misma que no necesitaba a Talbo, ni a Isaac para que cuidaran de ella... Y sin embargo, ahora tenía a Arístides. Después de todo, después de tantas vueltas... estaba de nuevo en el principio... ¿Y si deshacía todo aquello? ¿Y si rompía la imagen de Michelle como si fuera una ilusión creada con humo? Y volver a ser Loni, volver a recorrer los caminos...
Aquella idea la tentaba, pero incluso como Loni se daba cuenta de que Michelle tenía muchas bazas a su favor para realizar ciertos viajes: era hermosa, y era conocida dentro del clan por su escultura y las escuelas, y por su romance con María, que no dejaba de ser Reina de Florencia y chiquilla del Príncipe de París. Allá donde fuera, casi en cualquier lugar, alguien habría oido hablar de ella, y en cualquier lugar donde hubiera Artesanos, habría jovenes Toreador dispuestos a hacer cualquier cosa por cobijarse bajo las alas de Michelle de Mauvernay...
Pero no era el momento para pensar en aquello, la vida en Florencia trás la revuelta anarquista había traido una falsa sensación de seguridad, y la llegada de Marianne a sus puertas le hacía pensar que algo estaba empezando, algo para lo que era mejor tener los pies en el suelo... y aliados de confianza.
Pietro regresó a Venecia con dinero y profesores para volver a abrir la escuela, con órdenes de afiliarse a la camarilla y con un rumor que hacer correr en la corte del príncipe de Venecia: que Michelle de Mauvernay buscaba nuevos genios entre los jóvenes Toreador para enviarlos a las más famosas cortes de toda Europa con su nombre como credencial... No tardaría en recibir noticias sobre aquello, y mientras tanto, se dedicó a buscar infructuosamente cualquier rastro de Marianne, la misteriosa malkavian. Y fue entonces cuando llegó la carta...
Apareció bajo la puerta un día, los sirvientes no sabían si la habían dejado allí antes o después de salir el sol. No llevaba remitentes ni sellos de ningún tipo, pero con letra clara habían escrito unas palabras.
"La vida es un sueño esculpido en alabastro"
Llevó la carta a la torre y la dejó sobre el escritorio, donde la contempló largo rato. Alguien planeaba quebrar la precaria tranquilidad que había conseguido trás la revuelta, como había esperado. Sí pero ¿Quién? Deslizó las manos sobre el papel, esperando casi sin pensar que la carta no tuviera rastro alguno que pudiera seguir, como si no estuviera allí, como Marianne...
Pero no fue así.
Una imagen llenó su mente al leer el papel con los dedos, una imagen clara... y familiar.
Podía ver el lugar desde el cual se había escrito la carta, podía ver la mesa de roble y los árboles y esculturas alrededor. Sí, conocía aquel lugar, pero si no recordaba mal, aquel lugar ya no existía. Los franceses lo habían quemado hasta los cimientos en la Cruzada Albigense. Pudo verlo cuando buscaba a Talbo: el castillo de Rodrigo ya no existía más que en su recuerdo... Y como si de un recuerdo se tratara, podía ver el jardín en el que se había reunido hacía ya tanto tiempo con el inefable Rodrigo, con Motoko y Boudicca, con Étienne y el pequeño bastardo de Claudio... Pero la imagen que vio al leer el papel no era tan antigua, no. No hacía mucho que habían escrito aquella carta. La dejó de nuevo en el escritorio y la observó: después de todo, trás su huida de Pamplona, no había vuelto a ver a ninguno de ellos, salvo a Rodrigo. Y se había marchado con Isaac.
Tal vez, después de todo, el Ordo regresaba y la llamaba a sus filas.
En otro tiempo aquella idea le habría aterrorizado, pero Arístides le había confesado la razón por la que la había elegido, y había sido su capacidad como nodo del Ordo. Y recordaba gratamente las mañanas deslizando su mente por la red de Malkav, buscando lo que desconocía pues todo estaba allí, todos los saberes ocultos, todos los dones de Lilith... Solo había que saber cómo buscar.
No, no le espantó la idea de que el Ordo hubiera regresado, aunque le hizo pensar de nuevo en Pedro y en lo que había dicho Tonino aquella noche: Pedro había vuelto de entre los muertos...
Sonrió: si el Ordo la buscaba, no tenía más que llamar a su puerta, ella les estaría esperando.
Sin embargo, la carta, la aparición de Marianne... Alguien parecía interesado en encontrar a Loni de Lances y Michelle quería saber por qué, de modo que hizo llamar a Alba, su chiquilla creada durante la revuelta para suplirla, que languidecia en los salones de su sire. Le dio dinero y un carruaje y la envió a buscar a Loni de Lances. Si viajaba a Béziers era probable que alguien oyera de su búsqueda y diera alguna pista. De esa manera podría averiguar quien la buscaba con tal insistencia...
Lo que no esperaba era que, tres días después de marchar, Alba llamara de nuevo a su puerta...
... con Loni.
Alba entró en el despacho de la torre con una sonrisa radiante y Michelle pudo ver que se sentía orgullosa de haber cumplido su encargo con tanta presteza, teniendo en cuenta lo insegura que estaba cuando se marchó a buscar a una persona que no había visto en su vida. Le dijo que la había encontrado a un día de Florencia, y que precisamente, la mujer iba en busca de Michelle de Mauvernay. Ahora, estaba esperando en el salón de la entrada.
Michelle alzó una ceja escéptica pero felicitó a Alba por su trabajo y la despidió para que la dejara a solas. Cuando la puerta se cerró trás ella, el alma de Michelle sobrevoló la habitación y bajó hasta el lugar en el que la extraña esperaba.
Y definitivamente, parecía Loni. Era idéntica a lo que recordaba de ella misma la última vez que vio su cuerpo, en Damasco, hacía tanto tiempo, y sin embargo había en sus ojos rabia y algo que no podía descifrar. Llevaba el cabello recogido en un complicado moño en la nuca, y vestía suntuosas ropas de terciopelo negro... No, ella jamás se habría vestido de aquella manera, no con tanta opulencia. Fuera quien fuera aquella impostora, había cometido un error. Si se trataba de la misma Loni que pasó por Venecia con Rodrigo, podía estar perfectamente basada en los recuerdos que su sire tenía de ella.
Entró en su mente, pue siempre parecía la manera más fácil de descubrir las traiciones, pero lo que vio la dejó estupefacta por un momento: aquella mujer creía en lo más profundo de sí misma ser Loni de Lances, y estaba enfadada, muy enfadada, y parecía esperar muchas explicaciones aquella noche. Michelle negó con la cabeza, aquello era un auténtico disparate ¿Cómo osaba venir a su propia casa con aquellas intenciones?
Volvió a su cuerpo, escondió una estaca en la amplia manga de su vestido y bajó al salón, acompañada por dos guardias, donde la impostora esperaba, sentada en una de las butacas de la entrada. Cuando la vio llegar, se puso en pie, en el rostro dibujado un gesto de indignación.
_ Ya era hora. No me gusta esperar.-dijo con acritud- Espero que te hayas divertido mirando desde la sala de al lado.
Michelle reprimió una sonrisa.
_ Es grato volver a verte, Loni. La última vez que te vi, en Venecia, apenas me dirigiste una mirada...
La impostora rió, pero no era una risa amable.
_ No sé quién eres, pero no eres mi chiquilla. Dime quién eres, impostora.- Michelle había esperado aquello. Tanto tiempo siendo Michelle daría lugar tarde o temprano a que alguien se hiciera pasar por ella misma para sacar provecho.
Hizo a sus guardias un gesto ensayado para invitados no gratos, y ellos rápidamente se acercaron para sujetarla. A su vez, imprimió a sus gestos la velocidad suficiente para estacarla, pero vio que la mujer hacía exactamente lo mismo y se zafaba de los guardias, poniendose fuera de su alcance.
_ Ni lo intentes...- dijo la extraña. Parecía una fiera dispuesta a saltar sobre su presa.
De modo que no era del todo débil.
Michelle se irguió en toda su estatura.
_ Entonces no juegues conmigo, los mentirosos no son bien recibidos en esta casa.
La mujer dibujó en su rostro una sonrisa nada amigable.
_ Mentirosos...-dijo- Cuidado con tus palabras, pues se aplican para ti.- Ah... de modo que ¿ese era el juego?- He venido de lejos para saber quién usurpa mi nombre en pos de anunciar ser mi chiquilla
Michelle conjuró toda su presencia y tejió en su voz magia para ser obedecida.
_ ¿Quien eres y quien te envía?- pero la mujer no se dejó amedrentar. Su mente resistió la orden de responder, y pudo ver en sus ojos que la ira crecía. Cuando respondió, su voz sonó cargada de una rabia mal contenida.
_ Me envío yo misma- dijo- Quiero eso.- Y al decir estas palabras, alzó un dedo para señalar al pecho de Michelle, y esta supo de inmediato que se refería a la joya. Aquello se ponía interesante ¿Cómo sabía de la existencia de la joya?- Michelle de Mauvernay... No sabes nada. No sabes cuánto he sufrido por tu culpa, ni lo títere que eres, no sabes na...
No pudo terminar la frase: de pronto, del suelo, brotó un poderoso tentáculo y se enrolló entorno a su pierna con fuerza. La mujer gritó y trató de retroceder. Michelle sonrió, Arístides seguía allí.
_ ¡No! ¡Tú no!- gritó con rabia y desesperación la mujer al tentáculo ¿Conocía al Dracon? ¿Qué estaba pasando?- Tú me lo arrebataste todo, maldito... Azak Ashrak Azur Mekhet...- Michelle no entendiò aquellas palabras, pero de pronto un resplandor brilló entorno al tentáculo que sujetaba a la extraña y la pierna de la falsa Loni se desprendió de su cuerpo. Para sorpresa de Michelle, el tentáculo comenzó a marchitarse y desapareció por el lugar que había llegado.
Aquello la alarmó definitivamente ¿Quién era aquella mujer que usaba poderes semejantes? ¿Qué le había ocurrido a Arístides? Sin su pierna izquierda, la falsa Loni cayó de rodillas.
Volvió a ordenar a los guardias que la prendieran, pero en el preciso momento en que la tocaron, cayeron al suelo agonizantes. La había oido murmurar algo en voz baja antes de que cayeran ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Había oido hablar de aquel poder, lo llamaban Caldero de Sangre pero era la primera vez que veía como lo usaban en su presencia.
La falsa Loni comenzó a renquear hacia la puerta.
_ No sabes nada, Michelle de Mauvernay... - siseó- Theresa ya me advirtió
¡Ah! Theresa Kymena, aquello explicaba muchas cosas, o eso creía.
_ Deja que me vaya, y no habrá represalias- continuó la falsa Loni. Michelle sonrió con desprecio.
_ Dime quien eres, y te dejare ir.- fue su respuesta. La mujer parecía desesperada, la herida de la pierna la había debilitado y había consumido gran parte de su energía en invocar su magia.
Su voz se hizo débil, pero aún así había ira en ella, solo que ahora había también miedo.
_ Soy Loni de Lances, chiquilla de Rodrigo de Lances muy a mi pesar, Nodo del Ordo para mi desgracia.- Esta vez, Michelle la miró de forma diferente, había percibido en su voz algo... algo que reconocía, algo que ella misma había sentido una vez. ¿Qué estaba ocurriendo?- Y tú, no eres quien crees ser...
Michelle se fingió indiferente.
_ Tal vez podría decirte yo lo mismo...- y tan deprisa como pudo, empuñó la estaca de nuevo y se arrojó con fuerza sobre la falsa Loni. La piel cedió y sintió como la madera afilada penetraba en la carne y en el corazón. La mujer quedó paralizada y quedó tendida en el suelo, inconsciente.
Atacar a una persona herida en el suelo no era muy honorable. Michelle rió. El honor era para los reyes, no para las bestias.
Se acercó entonces a dos guardias, que agonizaban en el suelo, y se dio cuenta de la magnitud de lo sucedido: si hubieran sido mortales, habrían muerto sin remedio alguno. Había sido la vitae que circulaba por sus venas la que los había mantenido con vida, aunque su sangre había hervido en las venas, abrasando sus órganos... Se mordió la muñeca y derramó su vitae en la boca de los guardias, esperando que aquello siriviera de algo. Por supuesto, si morían, podría conseguir otros, pero tener ghouls con un cierto poder llevaba tiempo, y era una molestia tener que esperar a que aprendieran lo suficiente.
En cuanto la vitae se deslizó por sus gargantas, parecieron serenarse: había hecho efecto, con algo de suerte y cuidados podrían salvarse. Un ghoul poderoso bien valía la molestia.
Llamó a los otros guardias, que esperaban arriba, y les ordenó llevar a los heridos a las habitaciones, para que las sirvientas se ocuparan de ellos. Vincenzo bajó también, y cargó el cuerpo de la falsa Loni hasta el sótano, donde María y Michelle llevaban a cabo algunos de sus juegos.
Cuando hubo encadenado a la falsa Loni, le vendó los ojos. Había oído que los magos no podían conjurar sin vista. Luego despidió a Vincenzo y se sentó frente a la mujer. De modo que Theresa Kymena la enviaba. Había creído que, después de tanto tiempo y habiendose convertido en Michelle, la tremere se habría olvidado de ella. Y sin embargo, había hechizado a aquella mujer para que creyera ser Loni... Pero aquello era un disparate... La mujer continuaba inconsciente, y la herida en de la pierna era grave: si no la desestacaba, no podría regenerarse y entraría en letargo. Y aquello no era lo que pretendía, no todavía. Tal vez, cuando tuviera todo lo que necesitaba saber, enviara la cabeza de la impostora a Theresa Kymena con sus mejores deseos, pero aquello podría atraer a la tremere hasta ella, y si algo sabía Michelle de los magos, era que cuanto mas lejos, mejor. No... no todavía, no era el momento. Primero debía saber qué estaba ocurriendo... Michelle necesitaba a la mujer despierta, pero no podía devolverle la consciencia sin quitarle la estaca (y aquello era algo que prefería no hacer si no era estrictamente necesario). Sin embargo, sabía lo que necesitaba, y minutos después, María, Reina de Florencia, atravesaba la puerta y descendía al sótano, donde Michelle la esperaba.
_¿Quién es?-preguntó al ver a la mujer encadenada, desde la puerta.
Michelle suspiró.
_ No lo sé.- admitió- Dice ser mi sire, pero es una impostora.
María depositó la palma de la mano en el pecho de la mujer, y esta abrió los ojos. Estaba consciente sin necesidad de desestacarla. Adoraba a María.
_ ¿Quieres que la corte a cachitos? Seguro que así habla.- dijo la Reina con una sonrisa pícara en el rostro, pero Michelle no sonreía, tenía la vista fija en la mujer, y había preocupación en sus ojos.
_ Quiero saber quien la envia. Confio en tu critero, amor mío.- respondió, volviéndose hacia su amante- Sin embargo tengo la impresión de que ella realmente cree ser mi sire, alguien la ha dominado y alterado su aspecto para que pareciera ella, pero yo sé que no lo es.
María asintió y se acercó para tomar de la frente a la falsa Loni; cuando lo hizo, la mujer se revolvió en un espasmo. Michelle la había visto utilizar aquello en otras ocasiones, y era efectivo..
_ ¿Te ha gustado? Pues habla.
La mujer parecía turbada, turbada y débil. Su voz carecía de la energía que había tenido cuando llegó a la casa.
_ Soy Loni de Lances, he venido por propia voluntad.- dijo- Y busco la esencia que el Dracon me robó.
Michelle contuvo la respiración y María alzó una ceja:
_ ¿El Dracon?
La mujer asintió:
_ Ese bastardo de Arístides... Sí, él...- Michelle sintió como si un puño gélido le atrapara las entrañas. Sabía de Arístides... María se volvió hacia ella con un gesto de extrañeza en el rostro.
_ ¿Te suena de algo todo esto que dice?
Michelle entrecerró los ojos.
_ Me resulta familiar. Cuentame tu historia, Loni de Lances.- Se sentía confusa y empezaba a estar asustada...
La mujer cerró los ojos un instante y volvió a hablar:
_ La conoces bien, Michelle de Mauvernay... Esa noche en Petra, cuando me sedujo... Cuando me pidió que me alimentara de su presa... Esa noche me robó mi alma.- Michelle murmuró algo con desprecio, tratando de que su preocupación no fuera demasiado evidente- Desperté en Damasco, Theresa Kymena me despertó y me dijo quién era yo. Tardé treinta años en lograr que me dejara libre de su capilla, por lo de su chiquilla. Treinta años de hambre y de letargo, de torturas que no comprendía.
Michelle se sentó, fingiendo comodidad, en la butaca y dibujó una sonrisa de burla en su rostro. Pero aquello sí era una máscara: dentro, todo su mundo se tambaleraba.
_ ¿Cómo llegaste a Petra, Loni?-inquirió con sorna. La mujer entornó los ojos.
_ Lo sabes bien. Desligando mi alma.- dijo- Al fin, Theresa me usó en sus experimentos de Oniromancia y descubrió algo que la intrigó. Cuando me robó el alma, la usó para crearte... A tí. Como una costilla de Adán, moldeó tu cuerpo, te entregó mi mente, y te hizo leal a él...Yo me convertí en un despojo, que sobraba. Sólo entonces empecé a poder recordar quién había sido y que ese bastardo me había quitado.- suspiró- No eres quien crees ser, Michelle de Mauvernay. Nunca lo has sido, desde esa noche.
¿Por qué? ¿Por qué todo aquello tenía sentido? ¿Por qué le estaba contando lo que había temido cuando Arístides la convirtió en Michelle? Era aterrador, todo tenía sentido y lo habría creído... si no fuera un auténtico disparate ¡Ella era Loni! ¡La auténtica Loni! Tenía la joya, era su mente, podía volver a ser ella... ¡Michelle no existía! ¡Era solo un disfraz! Todo aquello no era más que una farsa, tenía que serlo.
_ Me temo, querida, que tu amiga Theresa te está usando para sus extraños experimentos.- dijo, fingiéndose indiferente- Convenciendote de ser quien no eres...
La mujer frunció el ceño.
_ No esperaba que él durmiese aquí.- dijo- Al menos, eso que me he vengado de él.
Michelle sintió una punzada ¿Qué le había hecho a Arístides?
María se volvió hacia ella, ya no sonreía.
_ ¿De qué está hablando? ¿Quién duerme aquí?- podía intuir su enfado, su indignación.- Hay muchas cosas que debes contarme, Michelle.
Michelle asintió levemente, pero no apartó la vista de la mujer.
_ Tal vez mas adelante, ahora quiero averiguar quien es realmente esta marioneta de Theresa Kymena.
_ ¡Yo no soy una marioneta!-exclamó la mujer, ofendida.- Pero tú sí lo eres...
Michelle entornó los ojos, no quería entrar en aquel juego aunque hubieran construido el tablero a su alrededor.
_ Y pensar que el Dracon tenía a Theresa entre sus protegidas...- continuó la mujer, como para sí misma.- Menudo traidor... Y todo por culpa de Vykos.
No estaba sacando nada en claro de todo aquello, cada palabra que decía aquella mujer la turbaba cada vez más, y María había oido demasiado... Se acercó rápidamente a la mujer y la golpeó con fuerza en el rostro, dejándola inconsciente. Permaneció así, a escasos centímetros de la falsa Loni, dejando su mente sucumbir al caos que habían traído sus palabras.
María la miró, recelosa.
_ ¿Por qué lo has hecho?-era evidente que quería continuar oyendo. Y lo oiría, pero no de aquel modo, no de aquella manera. Michelle se encogió de hombros y se volvió hacia ella.
_ Necesito pensar, esa mujer cree realmente lo que está diciendo...- inclinó el rostro, con la mirada perdida. - Pero no es verdad... no puede serlo...
María no parecía nada contenta, se acercó a la puerta.
_ Bien... Voy a irme.-dijo- Estaré en casa. Haz lo que quieras, pero tienes muchas cosas que contarme, me parece a mi.
Michelle tardó un instante en reaccionar, no podía dejar que María volviera a casa después de aquello, no si no quería perderla. Y la necesitaba, necesitaba su apoyo, su amistad, necesitaba su ayuda para aquello. Amante y aliada, así era María.
_ María, espera.- dijo en voz baja, y María se detuvo en las escaleras, y se volvió hacia ella.- Vamos arriba, tenemos que hablar...
Cuando estuvieron sentadas frente a la chimenea, en la intimidad del salón de la torre, María hizo un gesto para que una de las sirvientas se acercara y le ofreciera la muñeca. Tomó un sorbo de su sangre mientras esperaba una explicación. Las sirvientas ya estaban acostumbradas a sus gustos y todas sabían lo que debían hacer. Acabado el sorbo, la propia María lamió la herida para cerrarla y la sirvienta se marchó, algo mareada. Entró otra para sustituirla.
_ No sé quien es esa mujer, María.- dijo Michelle al fin, con la vista perdida en el fuego- Pero no es Loni de Lances, no puede serlo...Por alguna razón Theresa Kymena le ha convencido de lo contrario, pero lo que dice tiene sentido, si no supiera yo que es un auténtico disparate...
María frunció el ceño.
_ Por partes. ¿Quién es Theresa Kymena, y por qué no puede ser Loni de Lances?
Michelle suspiró y miró a su amante. Era inevitable contarle todo, pero... no, no era el momento.
_ Theresa Kymena es una tremere de Damasco, a la que conocí hace mucho, mucho tiempo.
_ Creía que de Francia, Iberia e Italia no te habías movido nunca- inquirió recelosa la Reina.
Ah, primer error... María no era estúpida, no se habría mantenido tanto tiempo en el poder si lo hubiera sido.
_ En realidad no he viajado mucho más,-mintió pero sí, una vez estuve en Damasco, apenas una noche.- No era mentira. Michelle no había viajado apenas: nació en Damasco, y de allí fue a Venecia...- Creeme, María, conozco a Loni, y no es esa mujer. Necesito tu ayuda para desvelar esto, María, pero no puedo decirte nada más sin ponerte en peligro.
María alzó las cejas.
_ ¿En peligro? ¿Qué clase de peligro puede provenir de tu sire... mi amor?- aquellas últimas palabras habían sido frias como el hielo. María estaba preocupada. Michelle trató de no alterarse.
_ ¡No es mi sire!- exclamó. Había desaparecido la máscara de seguridad y ahora su turbación era obvia a cualquier ojo.- Creeme cuando te lo digo, María. Te contaría todo si supiera a ciencia cierta que no correrás ningun riesgo por ello. Pero no lo sé.
Para su sorpresa, María asintió.
_ Está bien. Te ayudaré en lo que pueda- dijo- Pero quiero una explicación de todo. De esa Theresa Kymena. De Damasco. De Petra. Del Dracon. De Arístides.
Michelle dejó que una leve sonrisa de agradecimiento cruzara su rostro. Por aquello amaba a María.
_ Te juro que cuando todo esto se solucione, te contaré lo que quieras saber.- María asintió de nuevo.
_ Puedo esperar a que me la des, incluso después de ayudarte, pero espero esa explicación de todos modos.
_ Yo tambien, mi vida, yo tambien.- Respondió Michelle.
Y era verdad.
María se puso en pie y se encaminó hacia la puerta.
_ Cuando quieras continuar el interrogatorio, hazme llamar. Esta noche estoy cansada.
Y cuando estaba a punto de cruzar el umbral, el corazón latió en el pecho de María, que se volvió lentamente para ver a Michelle con una mirada de claro agradecimiento dibujada en los ojos. Le devolvió el latido y caminó hacia ella.
Amante y aliada.
Así era María.
29 ago 2005
Sesión Trigesimo Sexta: Marianne
Le gustaba repasar las cuentas de la casa. Su chambelán se ocupaba de ello con eficiencia, pero cada noche, nada más levantarse y asearse, repasaba minuciosamente los gastos de la casa y de las escuelas que tenía repartidas por Italia, puesto que la Escuela de Florencia era considerada la Casa Madre de todas las que había abierto, y sus responsables enviaban regularmente todos los documentos de gestión que se generaban.
Aquella noche estaba inmersa en las cifras del cuaderno cuando Giancarlo, su actual chambelán, llamó a la puerta del salón privado de la Torre y anunció que había alguien en la puerta.
_ Es una mujer, signora.-dijo- Pregunta por una tal Loni de Lances ¿La despedimos?
Michelle (que era ahora la signora Rosanna de Papieri, trás casarse con el último violinista que generó la escuela) alzó la vista para mirarle:
_ Preguntad quien la busca.- Giancarlo asintió y bajó de nuevo a la entrada.
El alma de Michelle flotó por la habitación entonces y descendió hasta la planta baja, donde aguardaba la mujer.
Se trataba de una mujer delgada, de complexió sencilla y porte simple, atractiva a su manera. Aunque no supo ponerle un nombre a aquel rostro, supo en el preciso instante en que la vio, que conocía a aquella mujer. Hizo memoria, repasó los lugares en los que había estado, los cainitas que había conocido, pero no consiguió ubicar a la mujer en sus recuerdos, sin embargo tenía la impresión de haber conocido bien a aquella mujer. Frunció el ceño: ¿se trataba de otro truco como el de la falsa Loni?
Trató de entrar en su mente, pero se encontró ante un vacío blanco completamente anormal. No había nada, era casi... como si no estuviera allí. Conocía aquel poder, pertenecía a los Malkavian y ella misma había tratado de aprenderlo... Y una palabra se formó en su mente a toda velocidad...
Ordo.
La puerta se abrió y Giancarlo asomó de nuevo. Michelle regresó a su cuerpo.
_ Signora, dice que es su madre.- Michelle reprimió una carcajada y se puso en pie. Su chambelán entendió que bajaba a recibirla y se retiró. Sí, bajaría a recibir a aquella mujer. Ahora que hablaban de su madre, recordó que sí podría ser ella, si que era su aspecto, claro que el aspecto era algo bastante mutable... De todos modos, apenas la recordaba, hacía demasiado que había muerto para los vivos, e incluso cuando la Abrazaron... apenas la recordaba.Se llamaba Marianne... Pero la madre de Loni había muerto cuando tenía doce años. Era incluso inverosímil para el Ordo.
Bajó las escaleras lentamente, conjurando para sí toda la majestuosidad de la que era capaz y al cabo de unos instantes se halló ante la extraña. La habían hecho pasar al recibidor y se había sentado en una pequeña butaca de piel. Al verla llegar, la mujer se puso en pie e hizo una torpe reverencia, tratando de imitar las reverencias cortesanas. Michelle devolvió la reverencia con elegancia.
_ ¿Puedo ayudaros, Signora?- inquirió con voz suave.
_ Buenas noches,- contesto la supuesta Marianne- busco a mi hija. Me dijeron que podría encontrarla en esta casa.
Trató de detectar algo en su voz, en ella, de nuevo en su mente, pero cada vez que lo intentaba se encontraba como si no estuviera allí. Aquello no podía ser bueno, y la quería lejos cuanto antes.
_ Me temo que os informaron mal, signora.- dijo con amabilidad.
La mujer miró al suelo.
_ Lástima, hace más de doscientos años que no veo a mi hija. Cosas de la vida.- volvió a efectuar aquella torpe reverencia- No os molesto más.
Michelle la acompañó de nuevo hasta la puerta, y cuando la mujer bajaba la escalinata de la entrada, la llamó. Si quería una Loni, tendría una Loni.
_ Oi decir que había marchado a la corona de Aragón, pero de eso hace mucho tiempo...- Marianne la miró un instante y asintió.
_ Vaya... Eso queda lejos de aquí. Bueno, no es problema. Gracias.
Se marchó a pie, no había carro que la esperara ni que la hubiera traido.
Michelle volvió a la torre y envió su alma a seguirla ¿Era realmente un agente del Ordo? La vio caminar por las calles de Florencia hasta las puertas de una de las posadas más modestas de la ciudad. Allí la esperaba un hombre mortal con aspecto de campesino. Hablaron un rato, pero lo único inteco interesante que escuchó fue que la pista de Florencia era falsa, pero que se había visto a Loni en el Reino de Aragón hacía algun tiempo. Después de aquello entraron y se fueron a dormir. Aprovechó entonces para penetrar en la mente del hombre, ya que la de ella resultaba inasequible.
La había conocido hacía algunos años y ella ya estaba buscando a su hija perdida. Realmente no sabía nada de ella, tan solo que siempre parecía tener dinero para pagar la comida y las posadas, y con aquello le bastaba, era feliz con ella.
Por otro lado, la mente de Marianne seguía siendo inalcanzable, y puesto que no pensaba que pudiera encontrar nada más de interés allí, regresó a su cuerpo: tenía un chiquillo durmiendo el letargo en Venecia y debía despertarlo.
Al día siguiente Vincenzo llevó a cabo los preparativos del viaje y Michelle se puso en contacto con Lucio, que vivía en la corona de Aragón. Dejó ordenes para él de vigilar a la tal Marianne cuando llegara hasta allí y él tomó cuidadosa nota de todo. Se puso en contacto también con numerosos contactos, en busca de alguna pista sobre la extraña mujer, y una especialmente interesante llegó de Venecia: Marianne había estado allí, y alguien de aquella ciudad la había enviado a Florencia. Prefería viajar como Michelle, puesta tanto su aspecto como su reputación facilitaban mucho las cosas, de modo que, cuando anocheció, recuperó su aspecto y partieron hacia Venecia.
Se preguntó cuanto habría cambiado la ciudad desde que murió Guillermo, el príncipe lasombra. Después de la revuelta, imaginaba que no quedaría nadie de los viejos cainitas venecianos. Al llegar, para su sorpresa, se encontró con que la casa en la que había vivido, en la que había montado la primera escuela, y donde dormía el letargo Pietro desde la revuelta... estaba ocupada por una familia de nobles venecianos. Indignada, se dirigió a casa de los Medici, pues eran ellos quienes gestionaban la propiedad desde que se marchó. Pero no estaban, al parecer se habían marchado hacía tres o cuatro meses, y aquello era sumamente extraño.
Había oido hablar del nuevo príncipe de la ciudad, un joven Ventrue de la Camarilla que reclamaba Venecia bajo el pretexto de que alguien de su clan la había gobernado. Michelle se dijo que debía recordar pedir a Pietro, cuando despertara, que se infiltrara en la Camarilla, pues era bueno tener ojos en todas partes. El palacio del príncipe no estaba muy lejos, y se dirigió hacia allí, consciente de que su belleza (que además había potenciado con sus artes) atraía todas las miradas.
La corte era un bullicio de gente que no conocía. La mayoría eran mortales, pero no le costó demasiado reconocer a la media docena de cainitas que había en la sala. Los que no eran particularmente atractivos, se les reconocía como adinerados, no había otra cosa.
Un sirviente se acercó a ella y pidió audiencia con el príncipe Marco, al que no conocía personalmente. Este le guió por el salón ante uno de los jovenes de rostro hermoso,que la recibió con una sonrisa. A un par de palmas de su anfitrión, todos los mortales abandonaron la sala, quedando solo los cainitas.
_ Adelante, por favor.- dijo el príncipe- ¿Vuestro nombre?
Michelle saludó con una profunda reverencia.
_ Soy la signora Michelle de Mauvernay, de Florencia.-dijo con su sonrisa más arrebatadora- Soy una... antigua residente de esta ciudad.
El principe Marco abrió mucho los ojos y Michelle supo que su fama la había precedido.
_ ¿Michelle de Florencia?- se inclinó en una profunda reverencia que la hizo sentir como si fuera ella la anfitriona- Es un honor, signora.
Un par de muchachas cainitas cuchicheaban en un rincón, pero no tuvo problema para escuchar lo que decían: estaban maravilladas de tener a una antigua Toreador en la ciudad y que querían mostrarle algunas obras de arte para que las juzgara. Les dirigió una leve sonrisa y se volvió hacia Marco, que la miraba a medio camino entre sorprendido, honrado y preocupado.
_ Quisiera hablaros en privado, signore.- le dijo.
Con una gran sonrisa dibujada en el rostro, Marco dibujo un amplio gesto con la mano y todos los presentes abandonaron la sala, salvo un hombretón de tamaño considerable, que se mantuvo apostado detrás de lo que parecía ser un trono. Michelle alzó una ceja inquisitiva, pero imaginó que se trataba de su guardaespaldas.
_ Vos diréis, señora mía.
Michelle sonrió.
_ Decidme ¿Qué sabéis de Venecia antes de vuestra llegada?-inquirió. Marco dio una respuesta demasiado ensayada para ser sincera.
_ Que era el Caos. Y que yo traje el nuevo Orden.- Michelle hubiera querido responderle con dureza: Guillermo había sido un buen príncipe y le apreciaba, y en sus manos Venecia había sido una ciudad esplendorosa. Decidió no decir nada y entrar en su mente directamente- Pero probablemente vos sabeis más de sus viejos habitantes que yo mismo...
Marco estaba asustado.
Estaba convencido de que alguien la enviaba para algún tipo de misión o para obligarle a cumplir algun juramento que hizo a cambio del principado. Era un peon de los Ventrue, puesto donde estaba por Hardestat el joven, un camarilla de alto rango. Estaba tan inseguro que ni tan siquiera sabía si Michelle pertenecía a la Camarilla y seguía pensando que todos los antiguos eran afiliados o a favor de la Camarilla. Era definitivamente joven, con veinte o treinta años como vampiro y con evidentes sentimientos humanos dada la cara que había puesto al verla entrar en el salón, hermosa como era.
Aprovechando aquella situación, Michelle le habló de Marianne, una extraña mujer que había aparecido en Florencia y que era probable tuviera oscuras intenciones. En este punto alzó las cejas, dando a entender que Marco debía saber de qué estaba hablando. Él asintió como si en verdad asintiera y le hizo una inesperada revelación:
_ Vino, efectivamente- dijo- Marianne del clan Malkavian, así se presentó. Preguntaba por una tal Loni de Lances. Tengo entendido que es vuestra sire.- Michelle asintió- De modo que la envié a Florencia a ver si vos podíais guiarla.
Michelle sonrió con cortesía y Marco se sentó en su trono.
_ Entiendo. Me temo que la enviasteis en vano, signore, mi señora no ha pasado jamás por la hermosa ciudad de Florencia. La última vez que la vi, fue en esta ciudad, en una grandiosa fiesta que dio Lucio Giovanni, hace mucho, mucho tiempo.
Marco pareció de nuevo preocupado.
_ Vaya, espero que no os causara muchas molestias...- Michelle negó con la cabeza y comenzó a caminar lentamente alrededor del trono del joven ventrue.
_ No os preocupéis, sin embargo quisiera hablaros de otra cosa. Como os he dicho, hace tiempo viví en esta ciudad- casi podía sentir la expectación de Marco, que se había comenzado a remover inquieto en su asiento- Es una casa en la que vivi largos años y a la que tengo mucho aprecio, en la que dejé maestros y dinero suficiente para mantner la escuela, de la que sin duda habreis oido hablar...
Marco la interrumpió para disculparse antes siquiera de que le acusara.
_ Bueno... Con los medici muertos, dicen que su heredero ha empezado a vender sus posesiones.- Michelle saltó a su mente. Los Medici ¿muertos?
Al parecer los habían encontrado flotando en uno de los canales, completamente descuartizados, y Michelle no pudo evitar pensar en la masacre en casa de Lucio Giovanni, y en la Tal-mahe-rah...
Tal-mahe-rah... Hacía tantos años que se marchó de Venecia ¿Se habían olvidado de ella? ¿O después de todo había tenido siempre razón y jamás supieron lo que había visto? No dejó que su inquietud asomara y la disfrazó de justa indignación. Frunció el ceño y convocó un aura temible a su alrededor.
_ ¿Y desde cuando dejáis que los mortales interfieran en asuntos de cainitas?- inquirió con dureza.- ¡Esa casa me pertenece! Y puesto que sois el máximo representante de la Camarilla en esta ciudad, exijo que me sea devuelta.
Sus palabras tuvieron el efecto que deseaba: Marco se crispó en su asiento.
_ Se... Se hará vuestra voluntad, signora... Todo ha sido un... lamentable... error...- tartamudeó.
Michelle no se detuvo, pero suavizó el tono sin dejar de ser severa.
_ Por supuesto, espero que se lleve a cabo con la mayor prontitud. No deseo demorarme demasiado, tengo asuntos que atender en Florencia y la escuela debe ser reconstituida.
Marco asintió, inquieto.
_ Me encargaré personalmente de ello. Os doy mi palabra de honor de ventrue, signora...- Michelle sonrió pasa sí mimsa: fácil palabra entonces..
_ Espero que así sea. Volveré mañana para hablar con vos y espero que mi casa vuelva a ser mía para entonces.
Se despidió de él con una sonrisa cautivadora y se marchó. Mientras se alejaba, sus sentidos ya antinaturales le dejaron escuchar los gritos de furia de Marco a sus hombres y criados, dandoles muchas ordenes que ya no necesitaba oír. Sonrió en la oscuridad: al día siguiente, su casa estaría desalojada. Sin embargo, tenía otras cosas que hacer que requerían toda su atención.
Creó una ilusión para que entrara en una posadaa de aspecto lujoso y se alojó en otra un poco más alejada, pidió una habitación, un baño y dominó al encargado para que no la molestara hasta el anochecer siguiente. Cuando estuvo limpia, relajada y recostada en la cama, respiró hondo para que su alma flotara en la habitación, y la envió a las calles de Venecia.
La casa de los Médici seguía desierta: Ni rastro de la antigua actividad de la familia y cuando estuvo allí deslizó las manos por las paredes desnudas en busca de alguna huella psíquica, como hiciera en casa de Lucio Giovanni tanto tiempo atrás... Temía encontrar algo como lo que había visto entonces, sin embargo su sorpresa le hizo temer más todavía: alguien había limpiado toda huella psiquica de la casa, borrando cualquier rastro que pudiera leer alguien con el don apropiado. Era como si nunca hubiera habido nadie allí. Volvió a pensar en la Tal-mahe-rah. Tal vez, después de todo, si que supieron el modo en que ella había visto y por aquello habían eliminado cualquier rastro.
Se dirigió entonces al canal: si habían encontrado los cadáveres allí, era más que probable que quedara algún tipo de rastro que ella pudiera leer. La calle ya estaba desierta cuando llegó allí, y como había supuesto, vio los cadáveres flotando en el canal, de la misma manera que había visto a los Giovanni colgando de cadenas aquella otra vez. Aquello era sumamente extraño, y le recordó cada vez más a la Tal-Mahe-Rah ¿Qué había ocurrido? Desde luego que habría gente que envidiaba a los Medici por su fortuna y su reputación, pero esos eran asuntos de mortales y lo que había en la casa no era ni por asomo obra de un mortal.
Se acercó a los cadáveres: estaban descuartizados, un brazo aquí, una pierna allá, y algunos de los rostros estaban tan destrozados que resultaban irreconocibles. Sin embargo, había rostros que no habían sufrido estragos... y aquellos no eran Medici.
No, ninguno de aquellos cadáveres pertenecían a los Medici, y era un alivio. Los Medici habían huido y quien quiera que fuera, había matado a las personas equivocadas tomándolas por Medici. Sí, tenía que ser aquello. ¿Quién querría la muerte de los Medici? ¿A donde habían huido? ¿Y quien les había ayudado para que huyeran? Se negaba a pensar, en todo caso, que en verdad hubieran muerto... Hablaría con los Medici que se habían mudado a Florencia con ella. Tal vez ellos tuvieran noticias de sus parientes...
Voló al palacio del príncipe para ver qué se sabía de aquellos asesinatos, pero una vez en su mente vio que ni tan siquiera se habian preocupado en investigar: el número de cadáveres coincidía con el número de Medici, y con aquello bastaba. Era sumamente extraño, sí. Debía averiguar más cosas, pero ahora no tenía tiempo.
Cuando despertó la noche siguiente y fue a ver a Marco, ya sabía que su casa estaría disponibñe. Sin embargo ver a un hombre tan joven e influenciable en el principado de una ciudad le resultaba demasiado tentador. Se vistió y peinó solo para conquistarle, y no tuvo mucho problema para cautivarle por completo, aun siendo tan conocida la relación de María Sforza con la divina escultora Michelle de Mauvernay. Tampoco necesitaba fingir un romance, sino tan solo que el joven Marco estuviera dispuesto a beber los vientos por ella. Aquello siempre venía bien, y más en el príncipe de una ciudad... que tal vez se preocuparía por adquirir más adelante.
Aquella noche, Marco la recibió con las llaves de la casa, todo reverencias y disculpas, y ella deslizó las manos por el sofá en el que se sentaba, el trono de Marco, el propio Marco y su guardaespaldas. Fue una sorpresa que aquel hombretón no fuera un cainita, y terriblemente absurdo que un príncipe ventrue tuviera como único guardaespaldas, un ghoul.
Descubrió de esta manera que a Marco le encantaba rodearse de toreador que hicieran hermosa y pintoresca su nueva y flamante ciudad, pero también a él le habían borrado cualquier huella espiritual unos meses atrás. Michelle se preguntó si tenía algo que ver con lo que había ocurrido en casa ed los Medici. En cuanto al guardaespaldas, era tan estúpido (o tal vez al contrario) que presenciaba todo pero no prestaba atención a nada, pues los asuntos de su amo no le concernían. Tenía una leve opinión formada del asunto de los Medici y se limitaba a no entender por qué el príncipe no había mandado investigar nada.
No pudo averiguar nada más, y prefirió esperar a estar de nuevo en Florencia para buscar mas pistas acerca de lo ocurrido a los Medici. De modo que la noche siguiente entró en la casa y abrió la cámara secreta que había construido hacía tanto tiempo, y en la que estaba Pietro en letargo. No tuvo problema para sacarlo de allí y subirlo a su carruaje, para llevarlo de nuevo a casa.
Una vez en Florencia, María no tuvo problema alguno para despertar a Pietro de su letargo, y el muchacho permaneció allí durante un tiempo para rehabituarse a la vida cosmoplita, contratar nuevos maestros y escuchar las instrucciones de Michelle en cuanto a la Camarilla. Cuando estuvo listo, tomó dinero de las arcas de Michelle y viajó por Italia en busca de nuevos alumnos para regresar a Venecia. En cuanto a Lucio, cuando Michelle volvió a ponerse en contacto con él, parecía haber olvidado todo cuanto le había dicho respecto a Marianne. Insistía en que no había recibido instrucciones sobre ella, y que aunque sí, había pasado por allí, no había tratado de averiguar nada, puesto que nadie se lo había pedido. De modo que la mujer había borrado su memoria... Aunque también pudiera ser - aunque prefería no creerlo- que Lucio le hubiera mentido deliberadamente. Pensó entonces en preguntarle a Vykos, pero se dedicaba a viajar y era imposible contactar con él salvo cuando pasaba de visita por Florencia, una vez cada pocos años.
Decidió preguntarle entonces.
Aquella noche estaba inmersa en las cifras del cuaderno cuando Giancarlo, su actual chambelán, llamó a la puerta del salón privado de la Torre y anunció que había alguien en la puerta.
_ Es una mujer, signora.-dijo- Pregunta por una tal Loni de Lances ¿La despedimos?
Michelle (que era ahora la signora Rosanna de Papieri, trás casarse con el último violinista que generó la escuela) alzó la vista para mirarle:
_ Preguntad quien la busca.- Giancarlo asintió y bajó de nuevo a la entrada.
El alma de Michelle flotó por la habitación entonces y descendió hasta la planta baja, donde aguardaba la mujer.
Se trataba de una mujer delgada, de complexió sencilla y porte simple, atractiva a su manera. Aunque no supo ponerle un nombre a aquel rostro, supo en el preciso instante en que la vio, que conocía a aquella mujer. Hizo memoria, repasó los lugares en los que había estado, los cainitas que había conocido, pero no consiguió ubicar a la mujer en sus recuerdos, sin embargo tenía la impresión de haber conocido bien a aquella mujer. Frunció el ceño: ¿se trataba de otro truco como el de la falsa Loni?
Trató de entrar en su mente, pero se encontró ante un vacío blanco completamente anormal. No había nada, era casi... como si no estuviera allí. Conocía aquel poder, pertenecía a los Malkavian y ella misma había tratado de aprenderlo... Y una palabra se formó en su mente a toda velocidad...
Ordo.
La puerta se abrió y Giancarlo asomó de nuevo. Michelle regresó a su cuerpo.
_ Signora, dice que es su madre.- Michelle reprimió una carcajada y se puso en pie. Su chambelán entendió que bajaba a recibirla y se retiró. Sí, bajaría a recibir a aquella mujer. Ahora que hablaban de su madre, recordó que sí podría ser ella, si que era su aspecto, claro que el aspecto era algo bastante mutable... De todos modos, apenas la recordaba, hacía demasiado que había muerto para los vivos, e incluso cuando la Abrazaron... apenas la recordaba.Se llamaba Marianne... Pero la madre de Loni había muerto cuando tenía doce años. Era incluso inverosímil para el Ordo.
Bajó las escaleras lentamente, conjurando para sí toda la majestuosidad de la que era capaz y al cabo de unos instantes se halló ante la extraña. La habían hecho pasar al recibidor y se había sentado en una pequeña butaca de piel. Al verla llegar, la mujer se puso en pie e hizo una torpe reverencia, tratando de imitar las reverencias cortesanas. Michelle devolvió la reverencia con elegancia.
_ ¿Puedo ayudaros, Signora?- inquirió con voz suave.
_ Buenas noches,- contesto la supuesta Marianne- busco a mi hija. Me dijeron que podría encontrarla en esta casa.
Trató de detectar algo en su voz, en ella, de nuevo en su mente, pero cada vez que lo intentaba se encontraba como si no estuviera allí. Aquello no podía ser bueno, y la quería lejos cuanto antes.
_ Me temo que os informaron mal, signora.- dijo con amabilidad.
La mujer miró al suelo.
_ Lástima, hace más de doscientos años que no veo a mi hija. Cosas de la vida.- volvió a efectuar aquella torpe reverencia- No os molesto más.
Michelle la acompañó de nuevo hasta la puerta, y cuando la mujer bajaba la escalinata de la entrada, la llamó. Si quería una Loni, tendría una Loni.
_ Oi decir que había marchado a la corona de Aragón, pero de eso hace mucho tiempo...- Marianne la miró un instante y asintió.
_ Vaya... Eso queda lejos de aquí. Bueno, no es problema. Gracias.
Se marchó a pie, no había carro que la esperara ni que la hubiera traido.
Michelle volvió a la torre y envió su alma a seguirla ¿Era realmente un agente del Ordo? La vio caminar por las calles de Florencia hasta las puertas de una de las posadas más modestas de la ciudad. Allí la esperaba un hombre mortal con aspecto de campesino. Hablaron un rato, pero lo único inteco interesante que escuchó fue que la pista de Florencia era falsa, pero que se había visto a Loni en el Reino de Aragón hacía algun tiempo. Después de aquello entraron y se fueron a dormir. Aprovechó entonces para penetrar en la mente del hombre, ya que la de ella resultaba inasequible.
La había conocido hacía algunos años y ella ya estaba buscando a su hija perdida. Realmente no sabía nada de ella, tan solo que siempre parecía tener dinero para pagar la comida y las posadas, y con aquello le bastaba, era feliz con ella.
Por otro lado, la mente de Marianne seguía siendo inalcanzable, y puesto que no pensaba que pudiera encontrar nada más de interés allí, regresó a su cuerpo: tenía un chiquillo durmiendo el letargo en Venecia y debía despertarlo.
Al día siguiente Vincenzo llevó a cabo los preparativos del viaje y Michelle se puso en contacto con Lucio, que vivía en la corona de Aragón. Dejó ordenes para él de vigilar a la tal Marianne cuando llegara hasta allí y él tomó cuidadosa nota de todo. Se puso en contacto también con numerosos contactos, en busca de alguna pista sobre la extraña mujer, y una especialmente interesante llegó de Venecia: Marianne había estado allí, y alguien de aquella ciudad la había enviado a Florencia. Prefería viajar como Michelle, puesta tanto su aspecto como su reputación facilitaban mucho las cosas, de modo que, cuando anocheció, recuperó su aspecto y partieron hacia Venecia.
Se preguntó cuanto habría cambiado la ciudad desde que murió Guillermo, el príncipe lasombra. Después de la revuelta, imaginaba que no quedaría nadie de los viejos cainitas venecianos. Al llegar, para su sorpresa, se encontró con que la casa en la que había vivido, en la que había montado la primera escuela, y donde dormía el letargo Pietro desde la revuelta... estaba ocupada por una familia de nobles venecianos. Indignada, se dirigió a casa de los Medici, pues eran ellos quienes gestionaban la propiedad desde que se marchó. Pero no estaban, al parecer se habían marchado hacía tres o cuatro meses, y aquello era sumamente extraño.
Había oido hablar del nuevo príncipe de la ciudad, un joven Ventrue de la Camarilla que reclamaba Venecia bajo el pretexto de que alguien de su clan la había gobernado. Michelle se dijo que debía recordar pedir a Pietro, cuando despertara, que se infiltrara en la Camarilla, pues era bueno tener ojos en todas partes. El palacio del príncipe no estaba muy lejos, y se dirigió hacia allí, consciente de que su belleza (que además había potenciado con sus artes) atraía todas las miradas.
La corte era un bullicio de gente que no conocía. La mayoría eran mortales, pero no le costó demasiado reconocer a la media docena de cainitas que había en la sala. Los que no eran particularmente atractivos, se les reconocía como adinerados, no había otra cosa.
Un sirviente se acercó a ella y pidió audiencia con el príncipe Marco, al que no conocía personalmente. Este le guió por el salón ante uno de los jovenes de rostro hermoso,que la recibió con una sonrisa. A un par de palmas de su anfitrión, todos los mortales abandonaron la sala, quedando solo los cainitas.
_ Adelante, por favor.- dijo el príncipe- ¿Vuestro nombre?
Michelle saludó con una profunda reverencia.
_ Soy la signora Michelle de Mauvernay, de Florencia.-dijo con su sonrisa más arrebatadora- Soy una... antigua residente de esta ciudad.
El principe Marco abrió mucho los ojos y Michelle supo que su fama la había precedido.
_ ¿Michelle de Florencia?- se inclinó en una profunda reverencia que la hizo sentir como si fuera ella la anfitriona- Es un honor, signora.
Un par de muchachas cainitas cuchicheaban en un rincón, pero no tuvo problema para escuchar lo que decían: estaban maravilladas de tener a una antigua Toreador en la ciudad y que querían mostrarle algunas obras de arte para que las juzgara. Les dirigió una leve sonrisa y se volvió hacia Marco, que la miraba a medio camino entre sorprendido, honrado y preocupado.
_ Quisiera hablaros en privado, signore.- le dijo.
Con una gran sonrisa dibujada en el rostro, Marco dibujo un amplio gesto con la mano y todos los presentes abandonaron la sala, salvo un hombretón de tamaño considerable, que se mantuvo apostado detrás de lo que parecía ser un trono. Michelle alzó una ceja inquisitiva, pero imaginó que se trataba de su guardaespaldas.
_ Vos diréis, señora mía.
Michelle sonrió.
_ Decidme ¿Qué sabéis de Venecia antes de vuestra llegada?-inquirió. Marco dio una respuesta demasiado ensayada para ser sincera.
_ Que era el Caos. Y que yo traje el nuevo Orden.- Michelle hubiera querido responderle con dureza: Guillermo había sido un buen príncipe y le apreciaba, y en sus manos Venecia había sido una ciudad esplendorosa. Decidió no decir nada y entrar en su mente directamente- Pero probablemente vos sabeis más de sus viejos habitantes que yo mismo...
Marco estaba asustado.
Estaba convencido de que alguien la enviaba para algún tipo de misión o para obligarle a cumplir algun juramento que hizo a cambio del principado. Era un peon de los Ventrue, puesto donde estaba por Hardestat el joven, un camarilla de alto rango. Estaba tan inseguro que ni tan siquiera sabía si Michelle pertenecía a la Camarilla y seguía pensando que todos los antiguos eran afiliados o a favor de la Camarilla. Era definitivamente joven, con veinte o treinta años como vampiro y con evidentes sentimientos humanos dada la cara que había puesto al verla entrar en el salón, hermosa como era.
Aprovechando aquella situación, Michelle le habló de Marianne, una extraña mujer que había aparecido en Florencia y que era probable tuviera oscuras intenciones. En este punto alzó las cejas, dando a entender que Marco debía saber de qué estaba hablando. Él asintió como si en verdad asintiera y le hizo una inesperada revelación:
_ Vino, efectivamente- dijo- Marianne del clan Malkavian, así se presentó. Preguntaba por una tal Loni de Lances. Tengo entendido que es vuestra sire.- Michelle asintió- De modo que la envié a Florencia a ver si vos podíais guiarla.
Michelle sonrió con cortesía y Marco se sentó en su trono.
_ Entiendo. Me temo que la enviasteis en vano, signore, mi señora no ha pasado jamás por la hermosa ciudad de Florencia. La última vez que la vi, fue en esta ciudad, en una grandiosa fiesta que dio Lucio Giovanni, hace mucho, mucho tiempo.
Marco pareció de nuevo preocupado.
_ Vaya, espero que no os causara muchas molestias...- Michelle negó con la cabeza y comenzó a caminar lentamente alrededor del trono del joven ventrue.
_ No os preocupéis, sin embargo quisiera hablaros de otra cosa. Como os he dicho, hace tiempo viví en esta ciudad- casi podía sentir la expectación de Marco, que se había comenzado a remover inquieto en su asiento- Es una casa en la que vivi largos años y a la que tengo mucho aprecio, en la que dejé maestros y dinero suficiente para mantner la escuela, de la que sin duda habreis oido hablar...
Marco la interrumpió para disculparse antes siquiera de que le acusara.
_ Bueno... Con los medici muertos, dicen que su heredero ha empezado a vender sus posesiones.- Michelle saltó a su mente. Los Medici ¿muertos?
Al parecer los habían encontrado flotando en uno de los canales, completamente descuartizados, y Michelle no pudo evitar pensar en la masacre en casa de Lucio Giovanni, y en la Tal-mahe-rah...
Tal-mahe-rah... Hacía tantos años que se marchó de Venecia ¿Se habían olvidado de ella? ¿O después de todo había tenido siempre razón y jamás supieron lo que había visto? No dejó que su inquietud asomara y la disfrazó de justa indignación. Frunció el ceño y convocó un aura temible a su alrededor.
_ ¿Y desde cuando dejáis que los mortales interfieran en asuntos de cainitas?- inquirió con dureza.- ¡Esa casa me pertenece! Y puesto que sois el máximo representante de la Camarilla en esta ciudad, exijo que me sea devuelta.
Sus palabras tuvieron el efecto que deseaba: Marco se crispó en su asiento.
_ Se... Se hará vuestra voluntad, signora... Todo ha sido un... lamentable... error...- tartamudeó.
Michelle no se detuvo, pero suavizó el tono sin dejar de ser severa.
_ Por supuesto, espero que se lleve a cabo con la mayor prontitud. No deseo demorarme demasiado, tengo asuntos que atender en Florencia y la escuela debe ser reconstituida.
Marco asintió, inquieto.
_ Me encargaré personalmente de ello. Os doy mi palabra de honor de ventrue, signora...- Michelle sonrió pasa sí mimsa: fácil palabra entonces..
_ Espero que así sea. Volveré mañana para hablar con vos y espero que mi casa vuelva a ser mía para entonces.
Se despidió de él con una sonrisa cautivadora y se marchó. Mientras se alejaba, sus sentidos ya antinaturales le dejaron escuchar los gritos de furia de Marco a sus hombres y criados, dandoles muchas ordenes que ya no necesitaba oír. Sonrió en la oscuridad: al día siguiente, su casa estaría desalojada. Sin embargo, tenía otras cosas que hacer que requerían toda su atención.
Creó una ilusión para que entrara en una posadaa de aspecto lujoso y se alojó en otra un poco más alejada, pidió una habitación, un baño y dominó al encargado para que no la molestara hasta el anochecer siguiente. Cuando estuvo limpia, relajada y recostada en la cama, respiró hondo para que su alma flotara en la habitación, y la envió a las calles de Venecia.
La casa de los Médici seguía desierta: Ni rastro de la antigua actividad de la familia y cuando estuvo allí deslizó las manos por las paredes desnudas en busca de alguna huella psíquica, como hiciera en casa de Lucio Giovanni tanto tiempo atrás... Temía encontrar algo como lo que había visto entonces, sin embargo su sorpresa le hizo temer más todavía: alguien había limpiado toda huella psiquica de la casa, borrando cualquier rastro que pudiera leer alguien con el don apropiado. Era como si nunca hubiera habido nadie allí. Volvió a pensar en la Tal-mahe-rah. Tal vez, después de todo, si que supieron el modo en que ella había visto y por aquello habían eliminado cualquier rastro.
Se dirigió entonces al canal: si habían encontrado los cadáveres allí, era más que probable que quedara algún tipo de rastro que ella pudiera leer. La calle ya estaba desierta cuando llegó allí, y como había supuesto, vio los cadáveres flotando en el canal, de la misma manera que había visto a los Giovanni colgando de cadenas aquella otra vez. Aquello era sumamente extraño, y le recordó cada vez más a la Tal-Mahe-Rah ¿Qué había ocurrido? Desde luego que habría gente que envidiaba a los Medici por su fortuna y su reputación, pero esos eran asuntos de mortales y lo que había en la casa no era ni por asomo obra de un mortal.
Se acercó a los cadáveres: estaban descuartizados, un brazo aquí, una pierna allá, y algunos de los rostros estaban tan destrozados que resultaban irreconocibles. Sin embargo, había rostros que no habían sufrido estragos... y aquellos no eran Medici.
No, ninguno de aquellos cadáveres pertenecían a los Medici, y era un alivio. Los Medici habían huido y quien quiera que fuera, había matado a las personas equivocadas tomándolas por Medici. Sí, tenía que ser aquello. ¿Quién querría la muerte de los Medici? ¿A donde habían huido? ¿Y quien les había ayudado para que huyeran? Se negaba a pensar, en todo caso, que en verdad hubieran muerto... Hablaría con los Medici que se habían mudado a Florencia con ella. Tal vez ellos tuvieran noticias de sus parientes...
Voló al palacio del príncipe para ver qué se sabía de aquellos asesinatos, pero una vez en su mente vio que ni tan siquiera se habian preocupado en investigar: el número de cadáveres coincidía con el número de Medici, y con aquello bastaba. Era sumamente extraño, sí. Debía averiguar más cosas, pero ahora no tenía tiempo.
Cuando despertó la noche siguiente y fue a ver a Marco, ya sabía que su casa estaría disponibñe. Sin embargo ver a un hombre tan joven e influenciable en el principado de una ciudad le resultaba demasiado tentador. Se vistió y peinó solo para conquistarle, y no tuvo mucho problema para cautivarle por completo, aun siendo tan conocida la relación de María Sforza con la divina escultora Michelle de Mauvernay. Tampoco necesitaba fingir un romance, sino tan solo que el joven Marco estuviera dispuesto a beber los vientos por ella. Aquello siempre venía bien, y más en el príncipe de una ciudad... que tal vez se preocuparía por adquirir más adelante.
Aquella noche, Marco la recibió con las llaves de la casa, todo reverencias y disculpas, y ella deslizó las manos por el sofá en el que se sentaba, el trono de Marco, el propio Marco y su guardaespaldas. Fue una sorpresa que aquel hombretón no fuera un cainita, y terriblemente absurdo que un príncipe ventrue tuviera como único guardaespaldas, un ghoul.
Descubrió de esta manera que a Marco le encantaba rodearse de toreador que hicieran hermosa y pintoresca su nueva y flamante ciudad, pero también a él le habían borrado cualquier huella espiritual unos meses atrás. Michelle se preguntó si tenía algo que ver con lo que había ocurrido en casa ed los Medici. En cuanto al guardaespaldas, era tan estúpido (o tal vez al contrario) que presenciaba todo pero no prestaba atención a nada, pues los asuntos de su amo no le concernían. Tenía una leve opinión formada del asunto de los Medici y se limitaba a no entender por qué el príncipe no había mandado investigar nada.
No pudo averiguar nada más, y prefirió esperar a estar de nuevo en Florencia para buscar mas pistas acerca de lo ocurrido a los Medici. De modo que la noche siguiente entró en la casa y abrió la cámara secreta que había construido hacía tanto tiempo, y en la que estaba Pietro en letargo. No tuvo problema para sacarlo de allí y subirlo a su carruaje, para llevarlo de nuevo a casa.
Una vez en Florencia, María no tuvo problema alguno para despertar a Pietro de su letargo, y el muchacho permaneció allí durante un tiempo para rehabituarse a la vida cosmoplita, contratar nuevos maestros y escuchar las instrucciones de Michelle en cuanto a la Camarilla. Cuando estuvo listo, tomó dinero de las arcas de Michelle y viajó por Italia en busca de nuevos alumnos para regresar a Venecia. En cuanto a Lucio, cuando Michelle volvió a ponerse en contacto con él, parecía haber olvidado todo cuanto le había dicho respecto a Marianne. Insistía en que no había recibido instrucciones sobre ella, y que aunque sí, había pasado por allí, no había tratado de averiguar nada, puesto que nadie se lo había pedido. De modo que la mujer había borrado su memoria... Aunque también pudiera ser - aunque prefería no creerlo- que Lucio le hubiera mentido deliberadamente. Pensó entonces en preguntarle a Vykos, pero se dedicaba a viajar y era imposible contactar con él salvo cuando pasaba de visita por Florencia, una vez cada pocos años.
Decidió preguntarle entonces.
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